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sábado, 13 de mayo de 2017

YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA


HOMILÍA DEL V DOMINGO DE PASCUA


Queridos hermanos en el Señor:

            Mientras cada domingo vamos deshojando las páginas de los Hechos de los apóstoles y la primera carta del apóstol san Pedro, estamos más cerca de la Ascensión del Señor a los cielos, de ahí que la liturgia traiga hoy uno de los discursos de despedida de Jesús en el evangelio de Juan.

            Jesús exhorta a sus discípulos a creer. Es este uno de los puntos fundamentales de la teología joánica: la fe en Jesucristo “creed en Dios, creed también en mí”. Jesús reclama la fe para Él. Él, enviado del Padre, es la imagen más perfecta, plena y acabada de la Divinidad, por tanto, esa expresión es una redundancia. Jesús es el Salvador. El único que puede prometer, con verdad, que tras su muerte volverá y llevará a su reino a aquellos que crean en Él. Jesús ofrece, así, una promesa que no defrauda. La fe que reclama Jesús es una fe que no nos hace temblar, que no agita el alma ni la inquieta sino que le da seguridad, firmeza y paz.

            De alguna manera, estas palabras que Jesús dirige a los discípulos que estaban reunidos con Él en aquel cenáculo, están dirigidas, también, a los discípulos de todos los tiempos; y, en particular, a los de hoy. Queridos hermanos, es verdad que los tiempos que corren no son los más favorables para ser cristianos; es cierto que la doble persecución a la que asistimos pone en jaque nuestras convicciones más profundas; no es menos cierto que hay discursos que suenan bien cuando los oímos fuera pero que se hacen amargos cuando los oímos y vivimos en nuestras familias; pero, aun así, también hoy, nuestro corazón no debe temblar. Si nuestro corazón está firme en el Señor nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios. Se trata pues, de vivir en la más radical y profunda esperanza arraigada en Cristo. Confiar en que Él cumple sus promesas.

            Pero Jesús no es solo el guía de nuestra salvación, sino el origen y la misma salvación que se goza si vivimos la vida buscando la verdad. Él mismo nos lo indica con la famosa expresión “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. No hay otro acceso al Padre sino es a través del mismo hijo de Dios, esto es, Jesús. Con tres imágenes describe Jesús su papel como mediador entre Dios y los hombres: el camino (= odós): medio recto y seguro de acceso a Dios. Sus palabras, sus obras, sus ejemplos son estímulo y modelo para emprender una vida cristiana sana y estable. La verdad (= aleteia) : que no es solo un puro concepto filosófico abstracto, sino algo operativo. La verdad es la transformación de la vida, salir de la doble vida y abandonar toda hipocresía. La verdad que Jesús ofrece es operar un cambio de vida donde el evangelio sea el eje que la mueva. La verdad es descubrir lo objetivo de la biología, de la razón, de la fe; la verdad es rendir el juicio y la voluntad hacia lo que Dios quiere y ha establecido, desechando de nosotros todo capricho e infantilismo intelectual y espiritual. La vida (= zoé): plena, querida, buscada, deseada. Así es la vida que nos ofrece Jesucristo. Lo que todos los humanos buscan, solo nos lo ofrece Él. La vida es la salvación en toda su amplitud, el fin del camino y la consecuencia de la verdad.

            El último aspecto que aparece en este pasaje de san Juan es el conocimiento de Cristo tal como Él se ha revelado. Conocerle a Él es conocer al Padre, porque comparten la misma divinidad. Pero no se trata de un conocimiento intelectual, racional o lógico. El conocimiento de Cristo se adquiere por la fe. Para ello, es necesario recibir el bautismo, sacramento por el cual entramos a formar parte de una raza elegida, de un pueblo sacerdotal, una nación consagrada para que, como hemos cantado en el salmo, la misericordia de Dios llegue a todos los que la esperan.

            Queridos hermanos, la elección divina por el bautismo no es un privilegio de unos pocos, ni algo que nos separe del resto de la gente; al contrario, es una alta responsabilidad la que tenemos por ser católicos. Si Cristo es la piedra angular donde fundar la vida, no podemos olvidar que, como dice san Pedro, esta piedra puede ser “piedra de tropezar y roca de estrellarse” para los que rechazan al mismo Cristo, para los que desprecian al evangelio y para los que persiguen a los cristianos. Así pues, queridos hermanos, debemos permanecer fieles al conocimiento del Señor, mantener una fe contra viento y marea para que nuestro corazón este fuertemente anclado en Dios y no se deje turbar por las contradicciones de este mundo. Ánimo, hermanos, sabemos el camino, la verdad como señal y la vida como fin pleno. Por tanto, no hay nada que temer.

Dios te bendiga

sábado, 4 de febrero de 2017

EL JUSTO BRILLA EN LAS TINIEBLAS COMO UNA LUZ


HOMILIA DEL V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            No es poco a lo que el Señor nos está invitando a ser en este quinto domingo del tempus per annum. Hoy se nos presenta un reto importante para nuestra vida cristiana: ser sal de la tierra y luz del mundo. El oráculo del profeta Isaías enumera una serie de obras de misericordia que vienen a especificar cuál debería ser el verdadero programa de vida de un piadoso israelita: asistir al hambriento, al desnudo, al indigente,… en este se concentra la verdadera y pura religión que Yahvé quiere. El sacrificio ofrecido a Yahvé solo es grato y acepto por éste si va acompañado de las buenas obras.

            De alguna manera, Dios hace depender su presencia en medio del pueblo al ejercicio constante de la caridad humilde. Cuando la humildad una a todos los hombres y mujeres entonces la presencia gloriosa del Señor descansará sobre ellos. Dios se dejará encontrar en tanto en cuanto lo busquemos por medio de un corazón puro y limpio. Y esta limpieza solo se obtiene practicando la misericordia. Ciertamente, el cambio hacia un nuevo día comienza en el interior de los pecadores cuando iluminados por la luz de la gracia se vuelven a Dios y dan frutos de amor al prójimo.

            No se trata, pues, de contraponer culto y misericordia, sino de unirlos para alcanzar la pureza del primero y la verdad de la segunda. Así es como actúan los justos. ¿Qué es ser “justo” en el lenguaje bíblico? Ante todo, es un hombre amigo de Dios, un celoso judío cumplidor de la ley que destaca por un gran amor a Dios y al prójimo. Ejemplos de justos en la Escritura es Abraham, Moisés, Job, san José. Ser justo es ser piadoso. En el lenguaje actual, ser justo es ser santo. Porque los santos son los que han brillado como luz en medio de las tinieblas de cada época histórica.

            Siguiendo, de este modo, la línea teológica del profeta Isaías, Jesús nos llama a no pasar desapercibidos por este mundo. En el mundo antiguo, la sal y la luz eran elementos muy valorados en la sociedad hasta el punto de que en su obra Historia natural, Plinio dice que “nada es tan necesario como la sal y el brillo del sol”. Jesús usa de estas imágenes para describir cómo ha de ser la existencia de un cristiano en la medida en que vive las bienaventuranzas.

La sal es un condimento que aviva el sabor de las comidas; sirve para conservar los alimentos y, además, cuando es puesta sobre una herida hace que ésta cicatrice. Del mismo modo los cristianos hemos de ser sal de la tierra: que de sabor a esta sociedad marchita y decadente harta de inmoralidades; hemos de ser sal que conserve el depósito de la fe verdadera y que haga denuncia profética sobre las heridas que afligen a este mundo sean estas cuales sean. De lo contrario, esta sal no será otra cosa sino un elemento inútil e impuro que solo valga para que la pisoteen las gentes. Y, a veces, como Iglesia corremos el riesgo de ser una sal impura cuando corrompemos el evangelio de Cristo y la tradición de los apóstoles; cuando nos dejamos arrastrar por las corrientes de este mundo esperando el aplauso fácil y olvidamos la eterna ley de Dios.

La luz del mundo. El mismo Jesucristo dijo de sí mismo que era la luz del mundo (cf. Jn 8, 12) que ha venido como luz para todo hombre (cf. Jn 1, 9). Por tanto, nosotros no somos, en este sentido, sino un reflejo de su luz en medio del mundo. El cristiano está llamado a iluminar el mundo por el cumplimiento íntegro de la nueva ley del evangelio. Solo seremos luz en la medida en que irradiemos la misericordia y la caridad que vienen de Jesucristo. Seremos luz por el testimonio de amor que demos con nuestras obras y palabras a Dios y al prójimo. Solo así seremos luz, como luz fueron la insigne pléyade de mártires de todas las épocas, los confesores, las vírgenes consagradas, los matrimonios santos, los laicos apóstoles, y un largo etcétera de cristianos anónimos que están en el cielo.

Los cristianos en medio del mundo somos como aquella ciudad puesta en lo alto de un monte para ser guía y referencia a los errantes y perdidos de la vida. No podemos acobardarnos de la misión que Cristo nos ha confiado, porque el discípulo de Cristo no vive para sí mismo sino para los demás. Pero del mismo modo que la sal, la luz puede apagarse en nosotros si no somos fieles al aceite que hemos recibido de la tradición de la Iglesia. Hoy en día, ser luz radiante es muy difíciles porque las tinieblas del pecado cada vez son más espesas, pero aun así no podemos olvidar que nuestra luz viene de Cristo y que en su luz vemos nuestra luz (cf. Sal 36,9).

Concluye, el Señor, diciendo que las buenas obras moverán a los otros a la glorificación de Dios. Y esto, hermanos, hemos de tenerlo muy presente para obtener un sano equilibrio entre la realización de las buenas obras y nuestro orgullo personal, es decir, para evitar el atribuirnos a nosotros el mérito de las obras buenas. La ejercitación del bien no es un fin en sí mismo sino un medio para la evangelización. El cristiano no realiza obras buenas por una razón altruista o filantrópica sino para que Dios sea glorificado en todo. Del mismo modo que Cristo no realizó milagros para su beneficio si no para despertar la fe de aquellos de entonces.

El cristianismo tiene, como vemos, un reto importante en el mundo de hoy: despertar las conciencias, transmitir la fe, no pasar desapercibido, mostrarse como actual. Solo así, brillaremos como luz en medio de las tinieblas y se dirá de nosotros, parafraseando al salmo: el cristiano brilla en las tinieblas como una luz.

Dios te bendiga