Mostrando entradas con la etiqueta misión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta misión. Mostrar todas las entradas

sábado, 23 de junio de 2018

NACIDOS PARA UNA MISIÓN


HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA



Queridos hermanos en el Señor:

            Celebramos hoy la solemnidad de la natividad de san Juan Bautista. El nacimiento de aquel niño esperado y formado, milagrosamente, en el seno de santa Isabel para, cual Elías redivivo, preparar el camino del Señor y ser luz de las naciones para que la salvación llegue al confín de la tierra.

            Esta predicación de san Juan, que anticipa la misión del salvador Jesucristo, esta atestiguada, también, por san Pablo quien no duda en presentarla como aval de los nuevos tiempos dado la importancia de esta tradición en el cristianismo primitivo.

            San Juan Bautista, siguiendo la profecía de Isaías, es el vástago llamado desde el seno materno y destinado para una misión concreta en Israel: la de reunir a las tribus de Jacob para que, este Israel unido, fuese un pueblo misionero que atrajera a otros hacia si para conocer y adorar al Dios único y verdadero. En este sentido, como dice el salmo, el Bautista fue escogido portentosamente cuando, dada la ancianidad y esterilidad de santa Isabel, era imposible que éste naciera; pero este prodigio nos enseña que para Dios no hay nada imposible y que puede sacar vida de donde, naturalmente, no la hay.

            En un mundo imbuido por la cultura de la muerte, donde se niega la categoría de persona a los niños en gestación, las lecturas de hoy atestiguan, hasta la saciedad, la vida que se forma en lo escondido del seno materno. El lugar más seguro y sagrado del mundo pero que hoy, por las perversas leyes sobre el aborto, mal llamadas de interrupción voluntaria del embarazo, se ha convertido en el lugar donde más de 100.000 niños mueren al año. ¡Qué horror!


            Pero, como dijimos al inicio, el niño que nace tiene una importante misión por delante. Lo mismo ocurre con cada uno de nosotros. No venimos al mundo por casualidad. Cada uno de nosotros es un pensamiento de Dios, un proyecto de salvación para la humanidad. O dicho de otra manera, todos hemos venido a este mundo para una misión importante: la redención del mundo, ser luminarias que lleven la alegría del Evangelio hasta los confines de la tierra. Pero, estableciendo esta verdad espiritual y existencial como principio, la cuestión es cómo concretarla, cómo vivirla, cómo contribuyo yo a la salvación del mundo.

            Y aquí cada uno debemos hacer un serio y sereno ejercicio de reflexión. Cuál es mi misión en este mundo. Como cristianos hemos de ser constructores de paz, dar testimonio de nuestra fe y nuestra esperanza; sobre todo, con la coherencia en nuestro vivir, nuestro obrar, nuestro hablar, nuestro vestir, nuestra manera de relacionarnos, etc.

            San Juan Bautista es, pues, ejemplo y estímulo para tomar conciencia de nuestro ser y nuestro estar en el mundo. Como aquel que fue luz en su época anunciando un bautismo de conversión que preparara la venida de Cristo, los cristianos, Iglesia en el mundo, hemos de ser, también, luz para los demás hombres de manera que, también, nosotros preparemos la vuelta de Nuestro Señor Jesucristo, a quien pertenece el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Dios te bendiga

sábado, 3 de junio de 2017

RECIBID EL ESPÍRITU SANTO


HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS



Queridos hermanos en el Señor:

            Estamos en el último día de la cincuentena pascual, en el llamado Domingo de Pentecostés. Según el texto bíblico, en este día el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles en forma de lenguas de fuego. Haciendo una lectura a golpe de ojo del texto de los Hechos de los apóstoles podemos observar tres detalles: el primero, la situación psicológica de los apóstoles, que es de auténtico miedo, pavor, rechazo hostil a lo que los judíos pudieran hacerle, pues el texto griego usa el sustantivo “fobos” (= miedo, de donde viene “fobia”). Sin embargo, esos mismos hombres encerrados en la clandestinidad, de repente los vemos predicando abiertamente a todos sin temor a ser detenidos o asesinados. ¿Cómo explicar este cambio psicológico? Por la acción del Espíritu. Y es que, queridos hermanos, solo cuando el Espíritu Santo inunda nuestro corazón, llenando nuestra alma, podemos romper con toda clase de miedo y hostilidad que nos impide crecer en gracia y dar valiente testimonio de Jesús. Pueden ser muchas las ocasiones en que nuestro ánimo se muestre débil, temeroso, cobarde,… pero es precisamente en esos instantes cuando con más fuerza hemos de invocar la fuerza, la valentía y la acción del Paráclito.

            Otro detalle que se destaca es esta expresión “se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra”. Jerusalén es la ciudad donde las profecías decían que confluirían las naciones para adorar al único Dios. Jerusalén es la ciudad de la paz y de la reconciliación porque ha sido regada por la sangre de muchos profetas, y, sobre todo, por la de Jesucristo. En Jerusalén estaba el Templo, lugar físico de la presencia de Dios en la tierra. Pues bien, allí tiene lugar, como esta profetizado, el encuentro de todos los pueblos de la tierra, como indica la lista de nacionalidades que se enumeran incluidas Roma y Arabia. Al contrario de Babel que supuso dispersión y barreras, Pentecostés hace posible el encuentro y la inteligibilidad de las mismas lenguas provocando la unión en la diversidad.

            Y esta unión en la diversidad es, precisamente, el tercer detalle aunque está más desarrollado en la lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios. Los dones pertenecen a un único Espíritu, los ministerios fluyen de un único Señor y las diversas funciones sirven a un único Padre. La diversidad en la Iglesia, hoy como ayer, debe remitirnos siempre a la unicidad de Dios, esto es, a construir la única Iglesia de Dios, el único pueblo de Dios, el único cuerpo de Cristo. Unidad en el amor y en el bien común. Cuánto ganaríamos si todos los cristianos tuviéramos claro esto. Cuántas disputas, rivalidades, envidias, celos, tropiezos se evitarían si cada uno trabajásemos en la consecución de un único fin: la gloria de Cristo y el bien de la Iglesia. Hemos de pedir, pues, el espíritu de amor y concordia, de unidad y comunión que animó a la Iglesia de los primeros siglos.

            No podemos olvidar, por último, que el Espíritu Santo es el gran don del Resucitado, pues Él mismo dijo que era necesario que muriera y resucitara para que el Padre nos lo enviara; por esto mismo, la mañana de Pascua, cuando los apóstoles están escondidos, Cristo les regala el Espíritu otorgándoles cuatro dones: la paz, la alegría, el envío y el poder o autoridad sobre el pecado. Es Espíritu de la paz en cuanto les fortalece el alma y les disipa las “fobias” que zaherían su ánimo; es Espíritu de alegría en cuanto les hace mantener la confianza que creían haber perdido, una alegría que se mantiene intacta en medio de las pruebas, dificultades, persecuciones, martirios. La misión también es un don que Cristo les hace, pues sentirse elegido por Él para anunciar su palabra es tan alto honor como grave responsabilidad por eso el Espíritu es quien nos capacita para desempeñar la misión evangelizadora. Y para que esa misión sea creíble y eficaz, Jesús les reviste un poder y una autoridad que se ha ido transmitiendo a través de los obispos en la sucesión de los siglos hasta hoy. Perdonar o retener pecados es un poder concedido desde lo alto, pero que se debe administrar con generosidad y recibirlo con humildad.

            Así pues, queridos hermanos, vivamos este Pentecostés pidiendo que el Espíritu renueve nuestra alma para comprender la riqueza incomparable que Dios quiere darnos con su gracia. Pidamos que este Espíritu disipe nuestros miedos y resistencias; que nos haga crecer en la unidad y amor a su Iglesia; que nos de conciencia de que nuestro servicio en la Iglesia solo es para gloria de Dios y no nuestra. Pidamos que este Espíritu aumento en nosotros la paz y la alegría que provienen de Dios para desempeñar la misión a cada uno encomendada confiando en el poder y la capacitación que Dios nos otorga. Ven Espíritu Santo y renueva nuestros corazones.

Dios te bendiga

sábado, 4 de febrero de 2017

EL JUSTO BRILLA EN LAS TINIEBLAS COMO UNA LUZ


HOMILIA DEL V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            No es poco a lo que el Señor nos está invitando a ser en este quinto domingo del tempus per annum. Hoy se nos presenta un reto importante para nuestra vida cristiana: ser sal de la tierra y luz del mundo. El oráculo del profeta Isaías enumera una serie de obras de misericordia que vienen a especificar cuál debería ser el verdadero programa de vida de un piadoso israelita: asistir al hambriento, al desnudo, al indigente,… en este se concentra la verdadera y pura religión que Yahvé quiere. El sacrificio ofrecido a Yahvé solo es grato y acepto por éste si va acompañado de las buenas obras.

            De alguna manera, Dios hace depender su presencia en medio del pueblo al ejercicio constante de la caridad humilde. Cuando la humildad una a todos los hombres y mujeres entonces la presencia gloriosa del Señor descansará sobre ellos. Dios se dejará encontrar en tanto en cuanto lo busquemos por medio de un corazón puro y limpio. Y esta limpieza solo se obtiene practicando la misericordia. Ciertamente, el cambio hacia un nuevo día comienza en el interior de los pecadores cuando iluminados por la luz de la gracia se vuelven a Dios y dan frutos de amor al prójimo.

            No se trata, pues, de contraponer culto y misericordia, sino de unirlos para alcanzar la pureza del primero y la verdad de la segunda. Así es como actúan los justos. ¿Qué es ser “justo” en el lenguaje bíblico? Ante todo, es un hombre amigo de Dios, un celoso judío cumplidor de la ley que destaca por un gran amor a Dios y al prójimo. Ejemplos de justos en la Escritura es Abraham, Moisés, Job, san José. Ser justo es ser piadoso. En el lenguaje actual, ser justo es ser santo. Porque los santos son los que han brillado como luz en medio de las tinieblas de cada época histórica.

            Siguiendo, de este modo, la línea teológica del profeta Isaías, Jesús nos llama a no pasar desapercibidos por este mundo. En el mundo antiguo, la sal y la luz eran elementos muy valorados en la sociedad hasta el punto de que en su obra Historia natural, Plinio dice que “nada es tan necesario como la sal y el brillo del sol”. Jesús usa de estas imágenes para describir cómo ha de ser la existencia de un cristiano en la medida en que vive las bienaventuranzas.

La sal es un condimento que aviva el sabor de las comidas; sirve para conservar los alimentos y, además, cuando es puesta sobre una herida hace que ésta cicatrice. Del mismo modo los cristianos hemos de ser sal de la tierra: que de sabor a esta sociedad marchita y decadente harta de inmoralidades; hemos de ser sal que conserve el depósito de la fe verdadera y que haga denuncia profética sobre las heridas que afligen a este mundo sean estas cuales sean. De lo contrario, esta sal no será otra cosa sino un elemento inútil e impuro que solo valga para que la pisoteen las gentes. Y, a veces, como Iglesia corremos el riesgo de ser una sal impura cuando corrompemos el evangelio de Cristo y la tradición de los apóstoles; cuando nos dejamos arrastrar por las corrientes de este mundo esperando el aplauso fácil y olvidamos la eterna ley de Dios.

La luz del mundo. El mismo Jesucristo dijo de sí mismo que era la luz del mundo (cf. Jn 8, 12) que ha venido como luz para todo hombre (cf. Jn 1, 9). Por tanto, nosotros no somos, en este sentido, sino un reflejo de su luz en medio del mundo. El cristiano está llamado a iluminar el mundo por el cumplimiento íntegro de la nueva ley del evangelio. Solo seremos luz en la medida en que irradiemos la misericordia y la caridad que vienen de Jesucristo. Seremos luz por el testimonio de amor que demos con nuestras obras y palabras a Dios y al prójimo. Solo así seremos luz, como luz fueron la insigne pléyade de mártires de todas las épocas, los confesores, las vírgenes consagradas, los matrimonios santos, los laicos apóstoles, y un largo etcétera de cristianos anónimos que están en el cielo.

Los cristianos en medio del mundo somos como aquella ciudad puesta en lo alto de un monte para ser guía y referencia a los errantes y perdidos de la vida. No podemos acobardarnos de la misión que Cristo nos ha confiado, porque el discípulo de Cristo no vive para sí mismo sino para los demás. Pero del mismo modo que la sal, la luz puede apagarse en nosotros si no somos fieles al aceite que hemos recibido de la tradición de la Iglesia. Hoy en día, ser luz radiante es muy difíciles porque las tinieblas del pecado cada vez son más espesas, pero aun así no podemos olvidar que nuestra luz viene de Cristo y que en su luz vemos nuestra luz (cf. Sal 36,9).

Concluye, el Señor, diciendo que las buenas obras moverán a los otros a la glorificación de Dios. Y esto, hermanos, hemos de tenerlo muy presente para obtener un sano equilibrio entre la realización de las buenas obras y nuestro orgullo personal, es decir, para evitar el atribuirnos a nosotros el mérito de las obras buenas. La ejercitación del bien no es un fin en sí mismo sino un medio para la evangelización. El cristiano no realiza obras buenas por una razón altruista o filantrópica sino para que Dios sea glorificado en todo. Del mismo modo que Cristo no realizó milagros para su beneficio si no para despertar la fe de aquellos de entonces.

El cristianismo tiene, como vemos, un reto importante en el mundo de hoy: despertar las conciencias, transmitir la fe, no pasar desapercibido, mostrarse como actual. Solo así, brillaremos como luz en medio de las tinieblas y se dirá de nosotros, parafraseando al salmo: el cristiano brilla en las tinieblas como una luz.

Dios te bendiga