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sábado, 18 de marzo de 2017

SI CONOCIERAS EL DON DE DIOS...


HOMILIA DEL III DOMINGO DE CUARESMA


Queridos hermanos en el Señor:

Con el tercer domingo de cuaresma entramos en la segunda parte de la cuaresma. Tras haber sido llevados al desierto para ser tentados y al monte alto para contemplar la gloria de Jesucristo, en el primer y segundo domingo, respectivamente; a partir de ahora iniciamos nuestro camino de subida a Jerusalén para celebrar la Pascua del Señor. Pero ahora, la cuaresma toma un carácter más catecumenal: los domingos tercero, cuarto y quinto de cuaresma, recogen una antiquísima tradición de exponer los tres temas más inmediatos a la recepción de los sacramentos de la iniciación cristiana: el agua, la luz y la vida.

Estos tres elementos, se fusionan en la expresión “fos-zoé” (= luz y vida). Un binomio que recoge la experiencia humana del re-nacer espiritual propio de los cultos iniciáticos antiguos. El cristiano recoge esta tradición remitiéndola a Cristo como luz y como vida, o dicho de otra manera, Cristo como luz que da vida al mundo.


En este domingo meditaremos sobre la imagen cristológica del agua. En el caso de la primera lectura, Moisés golpea con su cayado la roca y, al punto, mana el agua. Este portento viene provocado por la duda y desesperación del pueblo israelita que siente el ardor de la sed que el sol del desierto provoca. En el Evangelio, será Jesús el que pide agua para calmar su propia sed; sin embargo, pronto hará girar el objeto de su petición haciéndolo necesario para la samaritana. Es Jesús quien provoca en ella una sed de Él. El agua que Jesús ofrece es el mismo don de Dios, es decir, el Espíritu que se nos dará tras la Ascensión.

El diálogo de Jesús con aquella mujer tiene tres ideas principales: 1) el agua como don de Dios; 2) El culto en “espíritu y verdad” y 3) La autorevelación de Jesús como Mesías y Cristo.

El agua como don de Dios: con esta idea Jesús inicia un camino catequético con la samaritana en el que progresivamente va a ir revelando su identidad divina. Le da dos señales de su poder: Él es superior a Jacob, porque aquel construyó un pozo, pero éste es la misma agua que calma la sed y… ¿Qué es un pozo sin agua? ¿Para qué sirve? El don de Dios no se queda en una quietud silenciosa en lo profundo de las personas, sino que tiene un poder dinámico, arrollador, como si fuera un “surtidor de agua” que nos lleva a la vida eterna. En definitiva, el gran don de Dios es la misma vida eterna. Para el que va a ser bautizado en el agua consagrada, es necesario saber que va a ser introducido en la salvación, es decir, en la vida eterna. Por otra parte, Jesús muestra su divinidad y poder adivinando la situación sentimental de ésta cuando le muestra que ha tenido cinco maridos y el de ahora no lo es.

El culto en “espíritu y verdad”: los judíos y los samaritanos estaban divididos por una cuestión teológica, entre otras: para los primeros, el culto a Dios estaba localizado y centrado en el templo de Jerusalén y fuera de él no había ni sacerdote, ni sacrificio ni Shekiná (presencia de Dios); mientras que para los segundos, Dios había elegido el monte Garizim (donde estaba Samaria) para que se le rindiera culto, era el monte de las bendiciones, el, llamado, ombligo del mundo. Jesús viene a decir que, efectivamente, la salvación viene de los judíos en cuanto son el pueblo elegido por Dios para esta misión, pero que el culto que Dios quiere es un culto puro y purificado tanto en lo externo como en lo interno; en la intención, en el corazón y en la ejecución. Jesús no pretende abolir el culto ni crear un culto inmaterial y abstracto, sino imbuir el culto de la pureza necesario para nuestro corazón. De tal manera que el creer, el obrar y el hablar concuerden y no se contradigan.

La autorevelación de Jesús: al final de este Evangelio, Jesús hará ver su verdadera identidad a la mujer recurriendo a dos testimonios: hacer la voluntad de su Padre y autodenominándose “Mesías” y “Señor” precedido de la fórmula veterotestamentaria “Yo soy”.

Así pues, queridos hermanos, es un buen día para reavivar el don de la fe en nosotros; para sentir cada día una sed nueva de Jesús y de la eternidad a la que nos llama. ¿Tienes sed de Dios? ¿Estás tan saciado de cosas de este mundo que no te acuerdas de Dios? ¿Crees en el don de la vida eterna? Hermanos míos, adelante y a caminar guiados por la fe en Jesús y pidiendo, cada día, sentir sed de esta agua viva que nos hace saltar a la eternidad.

Dios te bendiga

viernes, 17 de marzo de 2017

III DOMINGO DE CUARESMA




Antífona de entrada

«Tengo los ojos puestos en el Señor, porque él saca mis pies de la red. Mírame, oh Dios, y ten piedad de mí, que estoy solo y afligido». Tomada del salmo 24, versículos 15 a 16. Como cada domingo, los cristianos sentimos la premura de querer estar con Dios, de poder gozar de su paz y de su amor. Sobre todo, en este tiempo penitencial de cuaresma, el domingo nos da un respiro en medio del camino ascético.   

«Cuando, por medio de vosotros, haga ver mi santidad, os reuniré de todos los países; derramare sobre vosotros un agua pura que os purificará de todas vuestras inmundicias, y os daré un espíritu nuevo, dice el Señor». Inspirada en el capítulo 36 del profeta Ezequiel, versículos 23 al 26. Muy apropiada para este domingo de la samaritana, donde el agua ocupa un puesto importante en el ambiente espiritual de la liturgia. Dios quiere llamar a los hombres y mujeres dispersos por el mundo para congregarles en un solo pueblo, su Iglesia. Esta idea está concentrada en un texto muy antiguo de la Iglesia para la liturgia “Como este pan fue repartido sobre los montes, y, recogido, se hizo uno, así sea recogida tu Iglesia desde los límites de la tierra en tu Reino porque tuya es la gloria y el poder, por Jesucristo, en los siglos” (Didajé IX,3).

Oración colecta

«Oh, Dios, autor de toda misericordia y bondad que aceptas el ayuno, la oración y la limosna como remedio de nuestros pecados, mira con amor el reconocimiento de nuestra pequeñez y levanta con tu misericordia a los que nos sentimos abatidos por nuestra conciencia. Por nuestro Señor Jesucristo». Tomada del sacramentario gelasiano antiguo con algún cambio gramatical. Esta antigua oración pone de manifiesto que desde siempre la Iglesia valoró la triple práctica penitencial de ayuno-oración-limosna no solo como perdón para los pecados sino como concreción y manifestación del don de la misericordia.

Otro filón teológico de la oración es la conciencia. Sentirse “abatidos por nuestra conciencia” es reflejo de una conciencia rectamente formada, esto es, de aquel que reconoce su pequeñez ante la inmensidad insondable de Dios. Pero no basta con sentirse “abatidos” como aquel que ha perdido la esperanza, sino como aquel cuya actitud es la de volver confiadamente hacia Dios. La conciencia rectamente formada sabe que Dios ante todo es padre misericordioso y que si muchas son nuestras ofensas, infinito es su perdón. Que si en el pecado va la penitencia, en la penitencia va la gracia de su misericordia. Por eso, la intensidad de este texto pivota en estos dos verbos “mira con amor” y “levanta”. Porque su misericordia es sanante y elevante. La gracia restaura al hombre desde el interior convirtiéndolo en criatura nueva. Devolviéndolo a su inocencia original.

Oración sobre las ofrendas

«Señor, por la celebración de este sacrificio concédenos, en tu bondad, que, al pedirte el perdón [de] nuestras ofensas, nos esforcemos en perdonar las de nuestros hermanos». Aparece en el sacramentario gelasiano antiguo, también en el gregoriano adrianneo y mantenido en el misal romano de 1570. Esta oración, contenida en los diversos sacramentarios, está inspirada en la antepenúltima petición del Padre nuestro “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. La Eucaristía es sacrificio de reconciliación; en palabras de san Agustín “signo de reconciliación y vínculo de unión fraterna” y en este momento es donde mejor se expresa.

Antífonas de comunión

«El que beba del agua que yo le daré, dice el Señor, se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna» inspirada en Juan 4, versículos 13 al 14 para cuando en este domingo se lee el evangelio de la Samaritana. El agua es el don de la fe que por el bautismo nos hace herederos de la eternidad. Ahora ese don se actualiza en la comunión con el Cuerpo y la Sangre del Señor.

«Hasta el gorrión ha encontrado una casa; la golondrina, un nido donde colocar sus polluelos: tus altares, Señor del universo, Rey mío y Dios mío. Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre». Del salmo 83, versículos 13 al 14. Se usa cuando se lee otro evangelio distinto al de la Samaritana. Lo que decíamos al comienzo de la misa en la antífona de entrada se hace realidad ahora en la recepción de la sagrada comunión: por medio de ella, Cristo nos une y nos asocia a sí mismo para que pongamos nuestro nido en su corazón, en su pecho abierto por nuestro amor, de donde brotan los sacramentos que nos dan la vida.

Oración después de la comunión

«Alimentados ya en la tierra con el pan del cielo, prenda de eterna salvación, te suplicamos, Señor, que se haga realidad en nuestra vida lo que hemos recibido en este sacramento. Por Jesucristo, nuestro Señor». De la compilación veronense. De claro contenido escatológico, al comulgar sacramentalmente con el cuerpo y la sangre del Señor estamos anticipando el cielo y la eternidad en el “aquí y ahora” de nuestra existencia. Por ello mismo queremos vivir en coherencia con lo que esperamos un día gozar eternamente, aunque de momento haya que esperarlo y actualizarlo aquí en la temporalidad limitada de nuestra vida.

Oración sobre el pueblo

«Señor, que tu pueblo reciba los frutos de tu generosa bendición para que, libre de todo pecado, logre alcanzar los bienes que desea. Por Jesucristo, nuestro Señor». De nueva incorporación, aunque la primera parte está tomada del veronense. Esta oración está en sintonía con la de poscomunión inmediatamente anterior.

Visión de conjunto

Decía el beato Newman que la conciencia es una ley de nuestro espíritu, pero que va más allá de él, nos da órdenes, significa responsabilidad y deber, temor y esperanza; es la mensajera que nos instruye y gobierna. La conciencia es el primero de todos los  vicarios de Cristo.

El formulario litúrgico de este domingo nos ofrece la oportunidad de meditar sobre el tema de “obrar en conciencia”. El Concilio Vaticano II definió la conciencia como “el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que esta solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella” (Gaudium et Spes 16). La conciencia, además, nos dice el Catecismo, “hace posible asumir la responsabilidad de los actos realizados” (cf. CEC1781).

Para un cristiano, la conciencia nunca es un tema baladí, sino algo capital para una vida cristiana seria y recta. La conciencia es el espacio íntimo donde Dios habla al hombre, como vimos más arriba. Es importante, por este motivo, que una persona que se preocupe de su vida espiritual forme convenientemente su conciencia de tal modo que esta devenga como recta y veraz. Esta es una tarea de toda la vida, desde que tenemos uso de razón hasta el final.

Solo quien se esfuerza por ir educando su conciencia podrá lograr la libertad y la paz del corazón. ¿Cuántas veces nos vemos envueltos en situaciones difíciles de enfrentar? Pues la conciencia rectamente formada es el gran salvavidas para obrar con rigor y no errar. En este sentido el Catecismo de la Iglesia nos dice que “la educación de la conciencia es indispensable a seres humanos sometidos a influencias negativas y tentados por el pecado a preferir su propio juicio y a rechazar las enseñanzas autorizadas” (1783).

La oración colecta de la misa de hoy nos da unas claves para que la conciencia cristiana se vea rectamente guiada y son: por un lado las prácticas ascéticas de la limosna, el ayuno y la oración; y por otra, la misericordia sanadora de Dios. Los cristianos debemos aprovechar este tiempo de gracia y salvación para volvernos hacia Dios y hacer de él lugar donde anidar, donde descansar. La conciencia sana es aquella capaz de perdonar, y de un perdón generoso.

Así pues, queridos lectores, estamos llamados a cultivar una conciencia cristiana que no se case con las pompas y lisonjas que el mundo ofrece; una conciencia que responda ante Dios y no solo, y siempre, a los criterios y leyes humanas. ¿Qué hacemos para formarnos? ¿Qué lecturas espirituales nos guían? ¿Qué tiempo dedicamos a leer la Escritura o el catecismo de la Iglesia?

Dios te bendiga

viernes, 10 de marzo de 2017

II DOMINGO DE CUARESMA




Antífona de entrada Sal  26, 8-9

«Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro.» Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro». Tomada del salmo 26 versículos 8 al 9. Hoy toda la liturgia está centrada en el rostro resplandeciente de Cristo, contemplado así en la Transfiguración. La misa desde el principio marca un itinerario espiritual que persigue que el fiel descubra en su vida la presencia transfigurante del Señor escuchando su palabra para entrar en la gloria.

«Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas. Que no triunfen de nosotros nuestros enemigos; sálvanos, Dios de Israel, de todos nuestros peligros». Inspirada en el salmo 24 versículos 6, 2 y 22. En esta misa se propone otra antífona que pone ante nuestros ojos el misterio de la misericordia divina. Ese don gratuito de Dios que vence a las fuerzas del mal (nuestros enemigos) librándonos de todos los peligros de alma y cuerpo.

Oración colecta

«Oh Dios, que nos has mandado escuchar a tu Hijo amado, alimenta nuestro espíritu con tu palabra; para que, con mirada limpia, contemplemos gozosos la gloria de tu rostro. Por nuestro Señor Jesucristo». De nueva incorporación al sacramentario del beato Pablo VI. Es una síntesis de lo mejor que se destila del pasaje de la Transfiguración, aunque la expresión “alimenta nuestro espíritu con tu palabra” pretende enlazar con la temática del domingo anterior, de las tentaciones.

Oración sobre las ofrendas

«Te pedimos, Señor, que esta oblación borre nuestros pecados y santifique los cuerpos y las almas de tus fieles, para que celebren dignamente las fiestas pascuales. Por Jesucristo, nuestro Señor». Tomada del sacramentario gregoriano de Adriano (s. VII) y presente en el misal romano de 1570, se ha mantenido en el actual. Una mirada limpia, como hemos pedido en la colecta, solo brota de un corazón puro y para ello es necesario que sea el mismo Cristo, mediante su sacrificio redentor, quien lo purifique; de ahí surge esta súplica que recoge la oración sobre las ofrendas.

Antífona de comunión

«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo» de Mt 17, 5. Última confesión de fe inmediatamente antes de recibir la comunión sacramental en el cuerpo de Cristo, no ya transfigurado, sino ahora transubstanciado por la acción del mismo Espíritu que entonces lo envolvió en la sombra de la nube y ahora en la sombra de la epíclesis con la imposición de manos, la inclinación y las palabras de la consagración.

Oración después de la comunión

«Te damos gracias, Señor, porque al participar en estos gloriosos misterios nos haces recibir, ya en este mundo, los bienes eternos del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor». El sustrato más primitivo lo hallamos en el veronense (s. V) y con alguna modificación pasó al gelasiano antiguo (s. VIII). El misal de Pablo VI lo retomó con algunos cambios gramaticales. Es el fin de todo este proceso espiritual de búsqueda del rostro divino: hemos escuchado sus palabras y alimentado con su pan previa purificación de nuestros ojos y corazón por su sacrificio redentor; y esto nos conduce a entrar en la eternidad del cielo, cuyos dones y gloria hemos anticipado en la comunión sacramental con el Hijo de Dios.

Oración sobre el pueblo

«Señor, protege con tu mano poderosa a este pueblo suplicante; dígnate purificarlo y orientarlo para que, consolado en el presente, tienda sin cesar hacia los bienes futuros. Por Jesucristo, nuestro Señor». De nueva incorporación. Es una oración, eminentemente dinámica, es decir, expresa un movimiento progresivo del pueblo cristiano que camina sin cesar hacia los “bienes futuros”. Pero no es una empresa exclusiva del hombre, sino que requiere de la orientación (ad orientem) del mismo Dios, que como un día hiciera en el desierto con su pueblo, hoy sigue asistiéndonos con la columna de fuego, que es el Espíritu, y con la nube del desierto que es la maternidad de María.

Visión de conjunto

            Hoy el mundo es un constante ajetreo. Los hombres y mujeres que lo pueblan van constantemente de acá para allá, de la ceca a la meca sin otra preocupación de llegar pronto a los sitios, estar el menos tiempo posible y volver a sus casas, donde hallan solaz y brotes de estrés. Pasamos la vida buscando cosas que nos satisfagan, que aplaquen nuestras primarias necesidades y luego las secundarias y después las que nosotros mismos nos creamos. Esta búsqueda no se realiza sin dificultad. Pues con frecuencia tropezamos con nuestros miedos, incertidumbres y, lo que es peor, la disyuntiva de tener que pisar a alguien para conseguir lo que buscamos. Esto último es terrible.

            La liturgia de este domingo nos invita a hacer un alto en esta fatigosa tarea que nos autoimponemos todos los días. Se nos invita a buscar lo único importante que puede satisfacer los anhelos profundos de cada uno de nosotros: el rostro de Dios. “Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro” nos hacía suspirar el salmo de la antífona de entrada. Ojalá que fuera este nuestro programa de vida: anhelar día tras día el poder ver a Dios, querer estar con Él para siempre.

            Para ello será imprescindible una vida jalonada de la escucha, lectura y práctica de la Palabra de Dios, de la comunión sacramental (siempre en gracia), de la confesión frecuente y de una caridad sin límites, de esto último nunca estaremos satisfechos.

Dios te bendiga


sábado, 4 de febrero de 2017

EL JUSTO BRILLA EN LAS TINIEBLAS COMO UNA LUZ


HOMILIA DEL V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            No es poco a lo que el Señor nos está invitando a ser en este quinto domingo del tempus per annum. Hoy se nos presenta un reto importante para nuestra vida cristiana: ser sal de la tierra y luz del mundo. El oráculo del profeta Isaías enumera una serie de obras de misericordia que vienen a especificar cuál debería ser el verdadero programa de vida de un piadoso israelita: asistir al hambriento, al desnudo, al indigente,… en este se concentra la verdadera y pura religión que Yahvé quiere. El sacrificio ofrecido a Yahvé solo es grato y acepto por éste si va acompañado de las buenas obras.

            De alguna manera, Dios hace depender su presencia en medio del pueblo al ejercicio constante de la caridad humilde. Cuando la humildad una a todos los hombres y mujeres entonces la presencia gloriosa del Señor descansará sobre ellos. Dios se dejará encontrar en tanto en cuanto lo busquemos por medio de un corazón puro y limpio. Y esta limpieza solo se obtiene practicando la misericordia. Ciertamente, el cambio hacia un nuevo día comienza en el interior de los pecadores cuando iluminados por la luz de la gracia se vuelven a Dios y dan frutos de amor al prójimo.

            No se trata, pues, de contraponer culto y misericordia, sino de unirlos para alcanzar la pureza del primero y la verdad de la segunda. Así es como actúan los justos. ¿Qué es ser “justo” en el lenguaje bíblico? Ante todo, es un hombre amigo de Dios, un celoso judío cumplidor de la ley que destaca por un gran amor a Dios y al prójimo. Ejemplos de justos en la Escritura es Abraham, Moisés, Job, san José. Ser justo es ser piadoso. En el lenguaje actual, ser justo es ser santo. Porque los santos son los que han brillado como luz en medio de las tinieblas de cada época histórica.

            Siguiendo, de este modo, la línea teológica del profeta Isaías, Jesús nos llama a no pasar desapercibidos por este mundo. En el mundo antiguo, la sal y la luz eran elementos muy valorados en la sociedad hasta el punto de que en su obra Historia natural, Plinio dice que “nada es tan necesario como la sal y el brillo del sol”. Jesús usa de estas imágenes para describir cómo ha de ser la existencia de un cristiano en la medida en que vive las bienaventuranzas.

La sal es un condimento que aviva el sabor de las comidas; sirve para conservar los alimentos y, además, cuando es puesta sobre una herida hace que ésta cicatrice. Del mismo modo los cristianos hemos de ser sal de la tierra: que de sabor a esta sociedad marchita y decadente harta de inmoralidades; hemos de ser sal que conserve el depósito de la fe verdadera y que haga denuncia profética sobre las heridas que afligen a este mundo sean estas cuales sean. De lo contrario, esta sal no será otra cosa sino un elemento inútil e impuro que solo valga para que la pisoteen las gentes. Y, a veces, como Iglesia corremos el riesgo de ser una sal impura cuando corrompemos el evangelio de Cristo y la tradición de los apóstoles; cuando nos dejamos arrastrar por las corrientes de este mundo esperando el aplauso fácil y olvidamos la eterna ley de Dios.

La luz del mundo. El mismo Jesucristo dijo de sí mismo que era la luz del mundo (cf. Jn 8, 12) que ha venido como luz para todo hombre (cf. Jn 1, 9). Por tanto, nosotros no somos, en este sentido, sino un reflejo de su luz en medio del mundo. El cristiano está llamado a iluminar el mundo por el cumplimiento íntegro de la nueva ley del evangelio. Solo seremos luz en la medida en que irradiemos la misericordia y la caridad que vienen de Jesucristo. Seremos luz por el testimonio de amor que demos con nuestras obras y palabras a Dios y al prójimo. Solo así seremos luz, como luz fueron la insigne pléyade de mártires de todas las épocas, los confesores, las vírgenes consagradas, los matrimonios santos, los laicos apóstoles, y un largo etcétera de cristianos anónimos que están en el cielo.

Los cristianos en medio del mundo somos como aquella ciudad puesta en lo alto de un monte para ser guía y referencia a los errantes y perdidos de la vida. No podemos acobardarnos de la misión que Cristo nos ha confiado, porque el discípulo de Cristo no vive para sí mismo sino para los demás. Pero del mismo modo que la sal, la luz puede apagarse en nosotros si no somos fieles al aceite que hemos recibido de la tradición de la Iglesia. Hoy en día, ser luz radiante es muy difíciles porque las tinieblas del pecado cada vez son más espesas, pero aun así no podemos olvidar que nuestra luz viene de Cristo y que en su luz vemos nuestra luz (cf. Sal 36,9).

Concluye, el Señor, diciendo que las buenas obras moverán a los otros a la glorificación de Dios. Y esto, hermanos, hemos de tenerlo muy presente para obtener un sano equilibrio entre la realización de las buenas obras y nuestro orgullo personal, es decir, para evitar el atribuirnos a nosotros el mérito de las obras buenas. La ejercitación del bien no es un fin en sí mismo sino un medio para la evangelización. El cristiano no realiza obras buenas por una razón altruista o filantrópica sino para que Dios sea glorificado en todo. Del mismo modo que Cristo no realizó milagros para su beneficio si no para despertar la fe de aquellos de entonces.

El cristianismo tiene, como vemos, un reto importante en el mundo de hoy: despertar las conciencias, transmitir la fe, no pasar desapercibido, mostrarse como actual. Solo así, brillaremos como luz en medio de las tinieblas y se dirá de nosotros, parafraseando al salmo: el cristiano brilla en las tinieblas como una luz.

Dios te bendiga

viernes, 3 de febrero de 2017

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO





Entremos con espíritu nuevo en la liturgia que se nos da como regalo en este domingo V del tiempo ordinario (tempus per annum).


Antífona de entrada
«Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios». Tomada del salmo 94 versículos del 6 al 7, esta antífona es una invitación a no quedarse fuera de la celebración, a poner todo nuestro empeño en vivir la santa misa participando activa, consciente y piadosamente. Para ello, debemos reconocer dónde estamos y ante quién estamos.

Oración colecta
             «Vela, Señor, con amor continuo sobre tu familia; protégela y defiéndela siempre, ya que sólo en ti ha puesto su esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo». Tomada del sacramentario gregoriano y presente en el misal romano de 1570 en el domingo V post Epiphaniam. Por el tono que inspiran estas líneas podemos decir que el origen de esta oración fuera un momento de inestabilidad o desorden social y eclesial. Los verbos “velar”, “proteger” y “defender” denotan la necesidad de acudir a Dios en situaciones difíciles que, a veces, escapan a nuestro control. Como consecuencia de esto, el orante siente como único refugio ante la calamidad al mismo Dios, en quien ha puesto toda su esperanza y confianza.

Oración sobre las ofrendas
             «Señor, Dios nuestro, que has creado este pan y este vino para reparar nuestras fuerzas, concédenos que sean también para nosotros sacramento de vida eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor». Ha sido tomada y reformada del sacramentario Veronense, gelasiano antiguo y gregoriano. También presente en el misal romano de 1570 en el domingo V post Epiphaniam. Esta oración está en la misma página que la colecta anterior y pertenece al mismo formulario, que se ha mantenido inalterado desde el origen. Prueba de ello es que se mantiene el tono dramático de la anterior: frente al peligro que acecha, solo podemos obtener fuerzas y valor cuando nos alimentamos del pan y el vino eucarísticos. En el duro camino de la vida estos dones santos nos pondrán en pistas a la vida eterna.

Antífonas de comunión
             «Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. Calmó el ansia de los sedientos y a los hambrientos los colmó de bienes». Tomada del salmo 106 versículos del 8 al 9, en el momento de la comunión, estos versos nos ponen ante el misterio del pan que da vida al mundo y que es capaz de saciar la verdadera hambre. Pues el mismo Señor dice  que quien coma del pan de su cuerpo no tendrá más hambre (cf. Jn 6,35).

«Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados». Expresión que encontramos en el Evangelio de Mateo capítulo 5 versículos del 5 al 6. Se enmarca en la misma línea que la antífona anterior: Cristo ha venido al mundo y viene en cada Eucaristía para ser comido por los pecadores que buscan el consuelo de la misericordia divina. La santa comunión es el banquete de los desheredados de la tierra y de aquellos que no hallan justicia en este mundo sino solo el desprecio y el olvido de los poderosos.

Oración de pos comunión
           «Oh Dios, que has querido hacernos partícipes de un mismo pan y de un mismo cáliz, concédenos vivir tan unidos en Cristo, que fructifiquemos con gozo para la salvación del mundo. Por Jesucristo, nuestro Señor». Esta oración nueva del misal, sin precedente anterior, sigue la misma línea temática que la colecta y la pos comunión: si al principio invocábamos al Señor como nuestra única esperanza, ahora se concreta mucha más al saber que solo podemos pasar los momentos amargos de la vida unidos a Cristo, vid verdadera; y que solo por medio de esa unión daremos frutos de vida cristiana (cf. Jn 15, 5).

Visión de conjunto
            La experiencia del miedo es connatural al ser humano. Hay situaciones en la vida que generan en nosotros una extraña sensación de desconfianza, de sospecha, de incertidumbre. Hay, por otra parte, situaciones límites donde el sistema de valores en que hemos montado nuestra vida se tambalea hasta caerse o invertirse. En definitiva, no todo en la vida es de color de rosas: el mal, la enfermedad o la muerte pueden truncar las esperanzas humanas y poner en jaque hasta la misma fe.

            Pero como cristianos ¿qué debemos hacer? ¿Cómo lo podemos afrontar? Ante todo mucha confianza en Dios mismo. Él es padre y providente. Vela y guarda con amor a cada uno de sus hijos. Sabe lo que nos conviene en cada momento y todo cuanto pueda sucedernos o afectarnos ya lo tiene previsto. De aquí surge espontáneamente una actitud de confianza y abandono en su poder y su misericordia.
            La providencia divina no es solo una expresión piadosa para consolar nuestra miseria, la providencia divina es, ante todo, una realidad espiritual muy presente en la vida del cristiano. Nada ocurre por casualidad ni por azar ni por arte de birlibirloque sino que todo cuanto sucede responde al designio misterioso de Dios bien por acción o bien por consentimiento. Dios puede intervenir directamente en algo para otorgar un don del mismo modo que puede consentir el mal para sacar de ello un bien. La providencia, pues, será esa acción de Dios que misteriosamente va procurando los caminos de nuestra vida para hacerlos confluir en el mayor bien posible: la salvación.
            Por eso las oraciones de este domingo hablan de la acción paternal y amorosa de Dios. El Señor vela con amor continuo sobre nosotros, no cesa de protegernos y defendernos en los peligros que acechan nuestra alma. Como muestra de esta protección constante cada día se da en alimento reparador de fuerzas en la Eucaristía. De este modo, al hombre solo le resta poner su esperanza en Él. Nuestra salvación está en sus manos (cf. Gn 47,25); nuestra esperanza está puesto solo en Cristo, único salvador del hombre.

            Por tanto ¿Has sentido miedo alguna vez? ¿Sientes que Dios camina contigo? ¿Dónde tienes puesta tu esperanza, tu felicidad, tu vida, tu salvación? ¿Qué te impide confiar del todo en Dios?
            Para este domingo, como ejercicio espiritual, escribe una breve oración expresando tu confianza en Dios. Si quieres la puedes enviar por privado a este correo:

                                                            pacocatolico@hotmail.com

Dios te bendiga





















sábado, 28 de enero de 2017

DICHOSOS LOS POBRES EN EL ESPÍRITU


HOMILÍA DEL IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            Siguiendo la lectura continuada del Evangelio según san Mateo que nos propone este ciclo A, este domingo contemplamos al Señor en lo alto de la montaña, pronunciando el primero de los cinco discursos en que está estructurada la predicación de Jesús en el Evangelio de Mateo.

            Dios no habla nunca en el vacío sino que su palabra va siempre dirigida a una persona o a un grupo en concreto. En este caso, el oráculo de Sofonías va dirigido al pueblo de Israel, un pueblo humilde y oprimido que debe buscar a su Dios, el único que puede hacerle justicia; es un pueblo que vive su fidelidad a la alianza cumpliendo los mandamientos. En definitiva, es un pueblo pobre y humilde que ha puesto su esperanza sólo en Dios.

            El nuevo Israel que nos presenta san Pablo en su primera carta a los corintios sigue las mismas características que el anterior: la Iglesia de Cristo es una comunidad débil y frágil cuya única gloria es su Señor Jesucristo, "sabiduría, justicia, santificación y redención".

            A este doble Israel de los pobres, los anawim, van dirigidas hoy las palabras del Señor, que nos han llegado a nosotros como “bienaventuranzas”. Una bienaventuranza es una exclamación de felicidad, que recoge un estado real de felicidad, y que comienza con el término hebreo “asre” o el griego “makarioi”. Las bienaventuranzas se encuentran tanto en el evangelio de Lucas (cuatro) como en el de Mateo (ocho). No es el lugar este para hacer una reseña de sus convergencias y divergencias, tampoco tengo capacidad para ello; solo quiero constatar este hecho para hacer ver que es una tradición recogida por la fuente en común de los sinópticos, la llamada fuente Q.

            Es interesante detenernos brevemente en el marco de la narración: Cristo esta en la montaña. La montaña en la Sagrada Escritura es un lugar teológico, donde está Dios, donde habla Dios y donde Dios da su ley. La montaña es un lugar sagrado por excelencia. Allí Dios entregó las tablas de la ley a Moisés del mismo modo que Cristo promulgará su nueva ley que son las bienaventuranzas.

            Las bienaventuranzas son la carta de ciudadanía del Reino de Dios, del nuevo pueblo de Dios surgido en la Pascua de Cristo. Las bienaventuranzas tiene por sujeto y destinatario a Cristo, Él es la bienaventuranza suprema y el gran bienaventurado. Él presenta, al inicio de su ministerio público, el programa que marcará toda su predicación: dar consuelo, ejercer la misericordia, trabajar por la paz; Él será consuelo para los que lloran, visión de Dios, quien sacie el hambre y la sed de la justicia a los pobres,… Pero las bienaventuranzas solo pueden ser vividas en esperanza, pues su recompensa es escatológica, es decir, solo se alcanza en el Reino de Dios, según se desprende de los verbos en futuro.  

            Las bienaventuranzas tienen su correspondencia con el salmo responsorial que hemos escuchado:

“Dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el reino de los cielos”
“Sustenta al huérfano y a la viuda” Porque Dios es un rey a imagen de los reyes orientales que debían proteger a los más débiles del reino.
“Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados”
“Él hace justicia a los oprimidos” los que lloran son los que ven y experimentan el mal del mundo
“Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra”
“Él da pan a los hambrientos” en clara correspondencia con el salmo 37,11 que profetiza que los mansos poseerán la tierra. Los sufridos son aquellos que carecen de lo esencial para vivir.
“Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados”
“El Señor ama a los justos” porque casi siempre son aquellos a los que defrauda la misma justicia.
“Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”
“El Señor endereza a los que ya se doblan”. Y se han doblado porque han gastado sus vidas y sus fuerzas en practicar las obras de misericordia.
“Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”
“El Señor abre los ojos al ciego” a aquellos que han oscurecido la imagen de Dios en ellos; a aquellos que han apagado la luz del Creador distorsionando su imagen en él.
“Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios”
“El Señor guarda a los peregrinos” peregrinos que buscan la paz y abren caminos para ella.
“Dichosos los perseguidos por causa de la justicia porque de ellos es el reino de los cielos”
“El Señor liberta a los cautivos” a los que por perseguir la Verdad han sido perseguidos por las sombras del error y la mentira.



            Quizá de todas ellas, la última bienaventuranza sea la más actual y la más difícil de vivir. Ser bienaventurados en la persecución, en el desprecio por mantener el testimonio de Cristo es la mayor gloria que un cristiano puede tener. El martirio es el supremo testimonio de la fe; el mayor don que Dios puede concedernos. Decía Tertuliano que la sangre de los mártires se semilla de cristianos; por eso no debemos tener miedo en esta hora de la historia a dar testimonio del Evangelio, no temer a decir que creemos en Jesús, que amamos a Dios, que somos católicos.

Porque las potencias oscuras que atenazan nuestra vida cristiana no son nada comparado con la gloria que nos aguarda en la eternidad. Porque las presiones de los lobys que tienen conquistada esta sociedad decadente no son nada comparado con la vida eterna a la que hemos sido llamados. Porque por mucho que se empeñen los poderes de este mundo y, por muy terribles que sean los tribunales humanos, son paja que arrebata el viento en comparación con la presencia de Dios y el tribunal supremo de Cristo, Señor y juez de la historia.

No olvidemos que nuestra verdadera patria está en los cielos (cf. Flp 3,20) y que allí es a donde nos dirigimos, allí donde se cumplen las bienaventuranzas, allí donde se recompensarán los sufrimientos de esta vida. Allí nos será desvelada la Verdad y el sentido de esta vida. A nosotros, mientras tanto, solo nos queda esperar y aguardar la manifestación de Cristo.

Bienaventurados, pues, seremos si mantenemos la esperanza en Dios hasta el final de la vida; bienaventurado si morimos con el nombre de Jesús en los labios. Bienaventurados si vivimos las bienaventuranzas sabiendo que cada obra buena hecha a un prójimo en realidad se la hemos hecho al mismo Señor.



Dios te bendiga