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sábado, 16 de marzo de 2019

SERMÓN PARA LA LIBERTAD (II)


HOMILÍA DEL II DOMINGO DE CUARESMA


Queridos hermanos en el Señor:

Avanzando en el camino cuaresmal hacia la Pascua, el segundo domingo de Cuaresma siempre nos permite un alto gozoso para poder contemplar uno de los acontecimientos más hermosos de la historia de la salvación: la transfiguración del Señor. Este pasaje evangélico viene a dar cumplimiento a aquella invitación que el salmo responsorial nos hacía: “Buscad mi rostro”. Buscad un rostro transfigurado, nuevo, dispuesto a ir a Jerusalén para celebrar la Pascua de la muerte y de la resurrección.

En la primera lectura de este domingo encontramos a un Dios que se compromete con el hombre. Un Dios que hace promesas creíbles y que deberá cumplir. Y para ello no duda en establecer este pacto con Abrán usando un rito propio de las tribus nómadas: partiendo animales en dos mitades y cruzando entre ambas invocando sobre si mismo la suerte de las bestias sacrificadas si no se cumpliera el pacto. Vemos, pues, que Dios se empeña del todo y sin cortapisas.

La promesa hecha a Abrán puede resumirse en aquellas necesidades primarias de todo hombre y de toda civilización: descendencia y tierra. Tener una familia y tener una propiedad personal para poder vivir es algo que capacita y realiza al hombre. Es más, la propia familia y la propiedad privada son garantía de independencia y de libertad. Es por eso que, como se ha ido repitiendo a lo largo de la historia, todos los regímenes políticos que han pretendido restar libertad al individuo han querido desarraigarlo de su tierra, mediante la emigración, la expropiación; y han querido hacer leyes de injerencia en la familia: controlando la educación de los niños, eliminando la libertad de elección de centro, o con políticas antinatalistas. Frente a ello, la Iglesia ha desarrollado una acertada Doctrina Social donde prima el valor de la familia como Iglesia doméstica y primera célula de la sociedad, donde se aprenden valores espirituales y humanizadores; y donde se expone el recto uso de los bienes personales atendiendo a la propiedad privada y a la comunicación de los bienes.


Dios con esta doble promesa quiere garantizar el recto y libre desarrollo de la vida de los hombres y de los pueblos para que generen trabajo y riqueza y cooperan, de este modo, con Él en la obra de la Creación. Es por ello que solo cuando el hombre vive y trabaja en libertad y en condiciones adecuadas encuentra en su labor una rica fuente de crecimiento espiritual y de santificación: se santifica a si mismo, santifica el trabajo y santifica a los demás con su trabajo. Si estas condiciones se aseguran por parte del Estado y evitan a los hombres cualquier tipo de temor o de miedo a perderlas el progreso humano y material de los pueblos estará garantizado, de lo contrario se revivirán episodios tristemente acaecidos en épocas pretéritas.

La llamada a la libertad de la Pascua de Cristo hace necesaria, por tanto, la concreción de condiciones libres y de hombres y mujeres libres que amen, con esa misma libertad a Dios y puedan experimentar así su gloria y su compasión. En este sentido, hermanos, el pasaje de la Transfiguración nos invita a abandonar comodidades, a no caer en sueños vanos como los apóstoles y bajar presurosos a la Jerusalén del mundo donde Dios sigue celebrando su Pascua entre los afanes cotidianos y las tareas hodiernas.

Somos, en verdad, como recuerda san Pablo, ciudadanos del cielo, pero precisamente por eso debemos ser aun más ciudadanos de nuestras polis, de nuestros pueblos, barrios, calles y plazas para transformar éstas a imagen de la Jerusalén del cielo. Es, hermanos, nuestra responsabilidad más acuciante: si somos libres para amar a Dios hemos de ser igual de libres para amar al mundo y a sus habitantes.

Ojalá que el Tabor de este domingo nos reconforte en las duras luchas de la vida para ser cada día más libres para trabajar con denuedo y transformar este mundo que tanto necesita de nuestro testimonio. Así sea.

miércoles, 31 de enero de 2018

MISA POR LA RECONCILIACIÓN





I. Misterio

Este miércoles expondremos para la reflexión un elemento fundamental para la vida cristiana: la reconciliación. ¿Qué es? ¿Cómo se vive? es, ante todo, una palabra que significa: unir las partes, recomponer los diversos elementos perdidos de una misma realidad, que solo tendrá sentido en la medida en que estos se reconozcan. La reconciliación supone siempre una amistad original y anterior que ha sido destruida por una causa o influjo externo. En el caso de los humanos, lo destruido es la amistad entre Dios y los hombres, y la causa que lo produjo es el pecado original. Uno de los efectos de esta fuerza maligna es la desviación de la naturaleza y la libertad humana del bien que debería desear y apetecer, ante esto, la gracia viene a nosotros como un auxilio para devolvernos a la inocencia orinal, a la amistad del principio.

La libertad es el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar así por sí mismo acciones deliberadas. La libertad caracteriza los actos propiamente humanos. Se convierte en fuente de alabanza o de reproche, de mérito o de demérito. La libertad hace al hombre responsable de sus actos en la medida en que estos son voluntarios. El derecho al ejercicio de la libertad es una exigencia inseparable de la dignidad de la persona humana, especialmente en materia moral y religiosa.

Por otra parte, el pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. El pecado es una ofensa a Dios. El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones. Hay dos clases de pecados: original y actual.

·         Pecado original: es aquel con que todos nacemos y que hemos contraído por la desobediencia de nuestro primer padre Adán. Los daños del pecado de Adán son: privación de la gracia, pérdida del paraíso, ignorancia, inclinación al mal, la muerte y todas las demás miserias. El pecado original se borra con el santo Bautismo.

·         Pecado actual: es el que comete con su libre voluntad el hombre llegado al uso de razón. Hay dos clases de pecado actual: mortal y venial.

o   Pecado mortal: es una transgresión de la ley divina, por la que el pecador falta gravemente a los deberes con Dios, con el prójimo o consigo mismo. Se Llama mortal porque da muerte al alma, haciéndola perder la gracia santificante, que es la vida del alma, como el alma es la vida del cuerpo.

o   Pecado venial: es una transgresión leve de la divina ley, por la que el pecador sólo falta levemente a alguno de los deberes con Dios, con el prójimo o consigo mismo.


Frente al pecado que atenaza la vida del hombre, el Señor no nos abandona y nos concede el poder de su gracia para el perdón y la justificación, así como para la prevención de los mimos. La justificación no es solo remisión de los pecados, sino también santificación y renovación del interior del  hombre. La justificación establece la colaboración entre la gracia de Dios y la libertad del hombre. La gracia se puede clasificar en varias categorías:

·         La gracia santificante: es un don habitual, una disposición estable y sobrenatural que perfecciona al alma para hacerla capaz de vivir con Dios, de obrar por su amor. Se debe distinguir entre:

·         La gracia habitual: disposición permanente para vivir y obrar según la vocación divina.

·         Las gracias actuales: que designan las intervenciones divinas que están en el origen de la conversión o en el curso de la obra de la santificación.

·         Las gracias sacramentales: dones propios de los distintos sacramentos.

·         Las gracias especiales: llamadas también carismas, según el término griego empleado por san Pablo, y que significa favor, don gratuito, beneficio. Los carismas están ordenados a la gracia santificante y tienen por fin el bien común de la Iglesia. Están al servicio de la caridad, que edifica la Iglesia.

·         Las gracias de estado: que acompañan el ejercicio de las responsabilidades de la vida cristiana y de los ministerios en el seno de la Iglesia.


La libre iniciativa de Dios exige la respuesta libre del hombre, porque Dios creó al hombre a su imagen concediéndole, con la libertad, el poder de conocerle y amarle. El alma sólo libremente entra en la comunión del amor. Dios toca inmediatamente y mueve directamente el corazón del hombre. Puso en el hombre una aspiración a la verdad y al bien que sólo Él puede colmar. Las promesas de la “vida eterna” responden, por encima de toda esperanza, a esta aspiración.


La relación entre libertad, pecado y gracia se fundamentan en la obra redentora de Jesucristo en la cruz que con el derramamiento de su sangre ha establecido la paz entre los seres del cielo y los que pueblan la tierra. Cristo, satisfaciendo vicariamente la pena por el pecado, efectuó la obra salvífica que agradó al Padre abriendo así para nosotros las puertas del Reino de los cielos. Por tanto, vemos como la reconciliación trasciende la pura horizontalidad humana irrumpiendo en la trascendencia, donde solo tenemos un acceso mediado por la Cruz de Cristo y los velos del misterio.

II. Celebración


El formulario litúrgico que nos presenta esta misa por la reconciliación es de nueva creación, incorporado a las misas por diversas necesidades en la tercera edición del misal romano. Este formulario puede ser completado con las plegarias I o II para la reconciliación. Como curiosidad, este formulario está permitido más allá de la norma general del OGMR para el uso de estas misas. Por su temática puede ser usada en Cuaresma, en Pascua o en otro momento en que se halla dispuesto o concedido un tiempo de gracia y reconciliación por parte del ordinario. A este fin se han dispuesto en los textos eucológicos unos asertos entre corchetes []. Aunque sobre el color litúrgico no viene nada indicado ni legislado, por el tenor literario de la misa y su contenido espiritual es recomendable usar el morado aunque sea en tiempo ordinario. Se compone de dos oraciones colectas, una oración de ofrendas y una para después de la comunión; también una antífona de entrada y dos de comunión a elegir.

La primera oración colecta puede ser empleada en cualquier tiempo litúrgico. Su temática está centrada en la relación Dios-hombre. Dios, clemente y reconciliador, sale al encuentro del hombre para concederle el poder conocerle como Creador y Padre, el aceptar su mensaje, cumplir su voluntad y buscar el “instaurar todas las cosas en Cristo”. La segunda colecta de la misa está reservada para el tiempo de Pascua. Su temática está centrada en la libertad de los hijos de Dios: Dios es origen de la libertad que quiere sacar al hombre de la servidumbre del pecado y constituirle junto con los otros, en un pueblo libre que es la Iglesia quien debe presentarse con vigor ante el mundo para ser sacramento de salvación realizando el misterio de la caridad.

La oración sobre las ofrendas es un tratado sintético acerca de la reconciliación efectuada por Jesucristo en la cruz. Del hombre depende el que esta reconciliación alcance a todos sus coetáneos. La oración de pos-comunión llama a la Eucaristía “misterio de unidad” y su efecto en nosotros es el llenarnos de amor salvífico y el poder ser constructores de paz.

Los textos bíblicos elegidos para conformar este formulario los encontramos en las dos antífonas de comunión que se ofrecen a elegir: a) Mt 11,28, donde el Señor nos llama a poner nuestros cansancios y agobios en sus manos, y poder descansar en Él; b) Jn 16,24, la reconciliación, objeto de este misa, es un don de Dios que debe ser pedido y procurado. Sin embargo, para la antífona de entrada se ofrece un texto anónimo que no pertenece a la Escritura.

III. Vida


            De este formulario litúrgico podemos establecer, en líneas generales algunos puntos vitales que pueden guiar nuestra ética cristiana y conducir a buen puerto nuestra vida espiritual.

a) Obediencia y respeto a Dios: esto implica reconocerlo como Creador y Padre que nos ama, que quiere nuestro bien y que nos ha regalado la vida y lo que ésta conlleva. El hombre debe respetarlo y aceptar su mensaje de salvación.

b) La libertad de los hijos de Dios: el formulario litúrgico sitúa el origen y la causa de la libertad humana en el mismo Dios. Puesto que Éste es fuente de toda bondad y la libertad es elegir siempre el bien, la libertad humana residirá siempre en Dios, lo único y mejor que el hombre debiera elegir. La reconciliación, por tanto, consistirá en arrancar al hombre de la servidumbre esclava del pecado y restituirlo a la libertad de la gracia divina que no es otro, sino el mismo Cristo, gracia increada. Éste, por medio del sacrificio de la Cruz, ha pagado, a precio de su propia sangre, nuestra liberación.

c) Instaurare omnia in Christo: esta frase corresponde al lema pontificio de san Pio X. el fin de la reconciliación humana, y la restauración del hombre a la libertad de la gracia no es otro que el de reparar la unidad perdida en el linaje humano. La Iglesia siempre ha tenido vocación universal en la salvación. La mejor prueba es el empeño misionero desde el minuto cero de la misma. Y fiel a esta vocación, la Iglesia, siguiendo la exhortación del apóstol Pablo, hace todo lo posible para que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

            Así pues, queridos lectores, aprovechemos este día para revisar nuestra conducta y nuestra vida. Demos gracias a Dios por tanto bien cómo ha hecho en nosotros. No dudemos de la bondad de Dios y su generoso amor por cada uno de nosotros.

Dios te bendiga

sábado, 18 de noviembre de 2017

NO DESPERDICIES TU TALENTO


HOMILÍA DEL XXXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            Cada vez nos acercamos más al final del año litúrgico y a entrar de nuevo en el Adviento. Y mientras el tiempo va corriendo inexorablemente, las lecturas van acentuando la inminencia de la llegada del Señor al final de los tiempos. Y, por tanto, su mensaje es cada vez más duro y exigente.

            Este domingo está centrado en el trabajo. En concreto con trabajar los dones que hemos recibido de la bondad de Dios para que demos frutos de vida cristiana. Para darnos una enseñanza de la cotidianidad y la perseverancia que supone el trabajo cristiano, el libro de los Proverbios nos presenta el ejemplo de la mujer trabajadora, llena de virtudes por el generoso y esforzado desempeño de su labor en favor de su casa y de los pobres, que encuentran en ella una mano abierta. Con el denuedo de su labor, la mujer (imagen de los cristianos) se acarrea el éxito y la alabanza de todos. En el trabajo cotidiano en las cosas de Dios, se halla la felicidad y la dicha del hombre, como lo ha recordado el salmo responsorial.

            El carácter último y escatológico de este domingo viene reforzado por la carta de san Pablo a los Tesalonicenses donde se nos informa que el día del Señor vendrá de improviso y, por tanto, hemos de estar siempre preparados. Y, precisamente, este es el núcleo del Evangelio de hoy: la vuelta del Señor a cobrar los beneficios de sus empleados.  

            Este pasaje evangélico es meridianamente claro en el mensaje que hoy nos deja: el Señor nos ha dado a cada uno de nosotros un don y una misión a llevar a cabo, según las capacidades y las aptitudes de cada cual. Esta misión (talento) es la de trabajar por la edificación del Reino de Dios en este mundo, en los ambientes en que cada uno se mueve y desarrolla su vida. Este don, al que llamaremos carisma, solo crece en la medida en que se pone a producir, esto es, en la medida en que se ejercen al servicio de la Iglesia y la sociedad; y no se agotan sino cuando por egoísmo nos desentendemos de todo.


            Aquellos empleados de la parábola nos ofrecen dos actitudes: tanto el de cinco talentos como el que tenía dos se pusieron “manos a la obra” y obtuvieron un beneficio que pudieron entregar a su señor cuando llegó. Pero el que solo había recibido uno se llenó de complejos y de escusas vanas y nunca produjo nada con aquello por lo que no tenía nada que devolver al amo. Pero…y nosotros ¿con qué actitud nos identificamos? ¿Somos conscientes de los dones que Dios nos ha concedido? ¿Conocemos nuestra misión en el mundo?

            La tentación está en que muchas veces tomamos la actitud del empleado que solo tenía un talento: llenarnos de “peros”, de escusas, de complejos, de apocamiento para no hacer nada. Y no debe ser así. Todos, absolutamente todos, podemos contribuir a la edificación del Reino de Dios; todos tenemos algo que aportar en el fin de que Dios se conocido y su nombre crezca en el mundo. Nadie puede desentenderse de esta misión porque si no, no entrará en el banquete del Señor.

            Este es el último punto de esta reflexión: aunque el Señor tarde en llegar, se retrase la parusía (venida última de Cristo), Él volverá, al menos, al final de la vida de cada uno. Y allí, en el momento del juicio, Dios nos pedirá cuentas de los beneficios que hemos adquirido con la puesta en circulación de los talentos recibidos y según sean estos o bien pasaremos al banquete del Señor o bien al lugar de las tinieblas donde será el llanto y el rechinar de Dientes.

            Así pues, queridos hermanos, busquemos el ser fieles siempre a Dios y agradecidos por los dones que ha puesto en nosotros, sean muchos o pocos; y la mejor forma de vivir esta actitud es al de trabajar en la edificación del Reino de Dios en este mundo poniendo en juego todo lo que de Él hemos recibido, esperando un día poder entrar en el banquete del Reino de los cielos que hoy se nos anticipa en la Eucaristía. Así sea.

Dios te bendiga

viernes, 17 de noviembre de 2017

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO





Antífona de entrada

«Dice el Señor: “Tengo designios de paz y no de aflicción, me invocaréis y yo os escucharé; os congregaré sacándoos de los países y comarcas por donde es dispersé”». Tomada de Jeremías capítulo 29, versículos del 11 al 12 y el 14. La palabra Iglesia viene del término hebreo “qahal” que significa asamblea llamada, convocada y reunida en el nombre del Señor. Al inicio de la celebración, la antífona de entrada nos ayuda a centrarnos en el misterio de la Iglesia que cada domingo se manifiesta como Pueblo de Dios congregado de diversas regiones y países para invocar al Señor, para su alabanza y la salvación de la humanidad entera. Los cristianos, reunidos en asamblea santa, confían los designios del mundo a la voluntad de paz y reconciliación efectuada por la Cruz de su Hijo Jesucristo.

Oración colecta

«Concédenos, Señor, Dios nuestro, alegrarnos siempre en tu servicio, porque en dedicarnos a ti, autor de todos los bienes, consiste la felicidad completa y verdadera. Por nuestro Señor, Jesucristo». Tomada de la compilación veronense (s. V) y del sacramentario gregoriano del papa Adriano (s. X) aunque con alguna variación la encontramos en el sacramentario gelasiano de Angolenme (s. IX).

Esta oración, de las más antiguas de la Iglesia, está centrada en una tesis: servir a Dios es fuente de felicidad. Este principio es básico para la vida espiritual ya que como nos recuerda san Ignacio de Loyola en el s. XVI: “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor” (EE.EE 23) y aquí reside la plenitud espiritual del hombre, en buscar la voluntad divina, aceptarla y cumplirla. Y el aval con el que la oración sostiene la tesis, es que de Dios vienen todos los bienes, es decir, todo cuanto podemos esperar en esta vida y en la otra. Su servicio y su liberalidad reportan alegría a los humanos que vivimos en este mundo.

Oración sobre las ofrendas

«Concédenos, Señor, que estos dones ofrecidos ante la mirada de tu majestad, nos consigan la gracia de servirte y nos obtengan el fruto de una eternidad dichosa. Por Jesucristo, nuestro Señor». Aparece en el sacramentario gelasiano antiguo (s. VIII), en el gregoriano del papa Adriano (s. X) y en el misal romano de 1570, de donde ha sido tomada.

Siguiendo la lógica de la antífona de entrada en la que Dios nos prometía escucharnos cuando le invocáramos, esta oración concreta esta actitud divina con la expresión “ante la mirada de tu majestad”. La mirada de Dios supone un movimiento descendente, es decir, que se inclina, se abaja, para volver su rostro hacia nosotros. Así, Dios manifiesta su agrado y aceptación por las obras de los hombres. Por ello, al celebrar la Eucaristía, donde ofrecemos al mismo Jesucristo como víctima viva, podemos tener la confianza de que estamos agradando a Dios. Esto supone un servicio sacerdotal cotidiano que se extenderá y se plenificará en la “eternidad dichosa”.

Antífona de comunión

«Para mí lo bueno es estar junto a Dios, hacer del Señor Dios mi refugio». Tomada del salmo 72, versículo 28. La sagrada comunión nos permite, precisamente, hacer vida lo que esta antífona nos invita a cantar: “estar junto a Dios”. La comunión eucarística nos une a Dios y nos permite hacer de Éste nuestro mejor refugio que nos protege de los males y evita que nos alejemos de la presencia de la divinidad.

«En verdad os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que os lo han concedido y lo obtendréis, dice el Señor». Del evangelista Marcos capítulo 11, versículos del 23 al 24. Esta antífona es una llamada a la confianza en el momento de comulgar. Tras haberlo hecho, se nos ofrece un momento único y singular para entrar en oración profunda con Dios, a quien hemos comido, y poder pedirle cuanto necesitamos. Es el momento del silencio interno, del recogimiento en el banco de la Iglesia con la conciencia clara de que tenemos a Dios con nosotros. ¡No lo desaprovechemos!

Oración después de la comunión

«Señor, después de recibir el don sagrado de tu sacramento, te pedimos humildemente que nos haga crecer en el amor lo que tu Hijo nos mandó realizar en memoria suya. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos». Aparece en la compilación veronense (s. V), en el sacramentario gelasiano de Angolenme (s. IX), en el gregoriano del papa Adriano (s. X) y en el misal romano de 1570. En todas estas fuentes aparece igual no así en el misal de 1975 y del 2002 donde aparece tal cual salvo algunos cambios sintácticos y léxicos.

La recepción de los sacramentos, entre otros efectos, hace que progresemos en la fe, en el conocimiento y el amor a Dios. La Eucaristía, por ser sacramento de la entrega de Cristo, nos hace crecer en el amor oblativo, es decir, en un amor de entrega generosa a Dios y al prójimo.


Visión de conjunto

            Este domingo el misal nos trae de nuevo el tema del servicio de Dios. A lo largo del año litúrgico son muchas las ocasiones en que lo hemos abordado desde la perspectiva de la libertad, de la gracia, de la búsqueda de Dios, de afán por agradar a Dios, etc. Pero se nos plantea una dimensión distinta: la fuente de la alegría y la felicidad completa y verdadera.

            Ciertamente la voluntad de Dios no es algo que se descubra con facilidad, a menos que alguien tenga una luz espiritual que le capacite para conocerla rápidamente y sin confusión. Pero la mayoría de nosotros, simples mortales y cristianos imperfectos, no. Para ello es muy necesario lo que la espiritualidad ignaciana ha dado en llamar “el discernimiento”, es decir, ante una situación espiritual o un acontecimiento de la vida descubrir si es de Dios o es del diablo. Cuando las cosas vienen de Dios generan en nosotros paz, tranquilidad, sosiego y, sobre todo, tino en las decisiones; por el contrario, cuando son inspiraciones malignas comienza la agitación, la angustia, la inquietud. Porque el Espíritu malo tienta y no satisface el alma mientras que el espíritu bueno anima e impulsa al alma hacia Dios.

            El discernimiento en la vida espiritual conlleva una elección firme y fundamental que determina nuestro horizonte vital, es decir, el que ha conocido a Cristo y lo que Éste pide no puede negarse sino que sentirá siempre el ansía de lanzarse a la aventura con Él, de vivir la aventura de la santidad. Observa estos dos textos:

EL JOVEN RICO
(cf. Mt 19, 16-22)
ENCUENTRO CON ZAQUEO
                     (cf. Lc 19, 1-10)                    
Un joven fue a ver a Jesús y le preguntó:
–Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para tener vida eterna?
 Jesús le contestó:
– ¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Bueno solamente hay uno. Pero si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos.
–¿Cuáles? –preguntó el joven.
Jesús le dijo:
–‘No mates, no cometas adulterio, no robes, no digas mentiras en perjuicio de nadie, honra a tu padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo.’
 –Todo eso ya lo he cumplido –dijo el joven–. ¿Qué más me falta?
 Jesús le contestó:
–Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes y dáselo a los pobres. Así tendrás riquezas en el cielo. Luego ven y sígueme.
 Cuando el joven oyó esto, se fue triste, porque era muy rico.
Jesús entró en Jericó e iba atravesando la ciudad. Vivía en ella un hombre rico llamado Zaqueo, jefe de los que cobraban impuestos para Roma. Quería conocer a Jesús, pero no conseguía verle, porque había mucha gente y Zaqueo era de baja estatura. Así que, echando a correr, se adelantó, y para alcanzar a verle se subió a un árbol junto al cual tenía que pasar Jesús. Al llegar allí, Jesús miró hacia arriba y le dijo:
–Zaqueo, baja en seguida porque hoy he de quedarme en tu casa.
 Zaqueo bajó aprisa, y con alegría recibió a Jesús. Al ver esto comenzaron todos a criticar a Jesús, diciendo que había ido a quedarse en casa de un pecador. Pero Zaqueo, levantándose entonces, dijo al Señor:
–Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes; y si he robado algo a alguien, le devolveré cuatro veces más.
 Jesús le dijo:
–Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque este hombre también es descendiente de Abraham. Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que se había perdido.


En estos dos textos encontramos dos escenas de dos personas distintas que tienen un encuentro con Jesús. El primero es un joven rico, hastiado de todo, cumplidor de la ley que se entusiasma con Jesús y quiere seguirle. El segundo es un rico opulento que ha hecho su fortuna saqueando a impuestos a sus mismos conciudadanos y que siente curiosidad por ese tal Jesús y corre a verlo y luego lo lleva a casa a comer.

Ahora dime, ¿Qué actitudes ves en uno y otro? ¿Quién se llenó de alegría por su encuentro con Jesús? No sabemos, a ciencia cierta, de qué hablaron Jesús y Zaqueo pero…podrías tu inventar un diálogo en que el resultado fuera ese cambio de actitud de Zaqueo. Si te fijas bien, Zaqueo ha encontrado en la voluntad salvífica de Dios la fuente de su alegría completa y verdadera ¿Y tú? ¿Dónde buscas la felicidad?

También es cierto que no siempre la voluntad de Dios puede resultarnos agradable o fácil de cumplir o de aceptar: una muerte, una enfermedad, una desgracia puede ser consentida o permitida por Dios en su designio salvífico para sacar bienes mayores de santidad pero esto cuesta más entenderlo. Es la actitud del joven rico en la otra parábola, puso límites a su entrega, puso clausulas a su adhesión a Jesús, condicionó su fe a cambio de que no tuviera que perder ni arriesgar nada. La aceptación de la voluntad de Dios es algo que se aprende con el tiempo y a base de mucho llorar y de mucha oración, pero los resultados son la paz del alma y la felicidad completa y verdadera.

Dios te bendiga