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sábado, 16 de marzo de 2019

SERMÓN PARA LA LIBERTAD (II)


HOMILÍA DEL II DOMINGO DE CUARESMA


Queridos hermanos en el Señor:

Avanzando en el camino cuaresmal hacia la Pascua, el segundo domingo de Cuaresma siempre nos permite un alto gozoso para poder contemplar uno de los acontecimientos más hermosos de la historia de la salvación: la transfiguración del Señor. Este pasaje evangélico viene a dar cumplimiento a aquella invitación que el salmo responsorial nos hacía: “Buscad mi rostro”. Buscad un rostro transfigurado, nuevo, dispuesto a ir a Jerusalén para celebrar la Pascua de la muerte y de la resurrección.

En la primera lectura de este domingo encontramos a un Dios que se compromete con el hombre. Un Dios que hace promesas creíbles y que deberá cumplir. Y para ello no duda en establecer este pacto con Abrán usando un rito propio de las tribus nómadas: partiendo animales en dos mitades y cruzando entre ambas invocando sobre si mismo la suerte de las bestias sacrificadas si no se cumpliera el pacto. Vemos, pues, que Dios se empeña del todo y sin cortapisas.

La promesa hecha a Abrán puede resumirse en aquellas necesidades primarias de todo hombre y de toda civilización: descendencia y tierra. Tener una familia y tener una propiedad personal para poder vivir es algo que capacita y realiza al hombre. Es más, la propia familia y la propiedad privada son garantía de independencia y de libertad. Es por eso que, como se ha ido repitiendo a lo largo de la historia, todos los regímenes políticos que han pretendido restar libertad al individuo han querido desarraigarlo de su tierra, mediante la emigración, la expropiación; y han querido hacer leyes de injerencia en la familia: controlando la educación de los niños, eliminando la libertad de elección de centro, o con políticas antinatalistas. Frente a ello, la Iglesia ha desarrollado una acertada Doctrina Social donde prima el valor de la familia como Iglesia doméstica y primera célula de la sociedad, donde se aprenden valores espirituales y humanizadores; y donde se expone el recto uso de los bienes personales atendiendo a la propiedad privada y a la comunicación de los bienes.


Dios con esta doble promesa quiere garantizar el recto y libre desarrollo de la vida de los hombres y de los pueblos para que generen trabajo y riqueza y cooperan, de este modo, con Él en la obra de la Creación. Es por ello que solo cuando el hombre vive y trabaja en libertad y en condiciones adecuadas encuentra en su labor una rica fuente de crecimiento espiritual y de santificación: se santifica a si mismo, santifica el trabajo y santifica a los demás con su trabajo. Si estas condiciones se aseguran por parte del Estado y evitan a los hombres cualquier tipo de temor o de miedo a perderlas el progreso humano y material de los pueblos estará garantizado, de lo contrario se revivirán episodios tristemente acaecidos en épocas pretéritas.

La llamada a la libertad de la Pascua de Cristo hace necesaria, por tanto, la concreción de condiciones libres y de hombres y mujeres libres que amen, con esa misma libertad a Dios y puedan experimentar así su gloria y su compasión. En este sentido, hermanos, el pasaje de la Transfiguración nos invita a abandonar comodidades, a no caer en sueños vanos como los apóstoles y bajar presurosos a la Jerusalén del mundo donde Dios sigue celebrando su Pascua entre los afanes cotidianos y las tareas hodiernas.

Somos, en verdad, como recuerda san Pablo, ciudadanos del cielo, pero precisamente por eso debemos ser aun más ciudadanos de nuestras polis, de nuestros pueblos, barrios, calles y plazas para transformar éstas a imagen de la Jerusalén del cielo. Es, hermanos, nuestra responsabilidad más acuciante: si somos libres para amar a Dios hemos de ser igual de libres para amar al mundo y a sus habitantes.

Ojalá que el Tabor de este domingo nos reconforte en las duras luchas de la vida para ser cada día más libres para trabajar con denuedo y transformar este mundo que tanto necesita de nuestro testimonio. Así sea.

sábado, 9 de marzo de 2019

SERMÓN PARA LA LIBERTAD (I)


HOMILÍA DEL I DOMINGO DE CUARESMA


Queridos hermanos en el Señor:

Han llegados los días esperados de la Santa Cuaresma. Cuarenta días de preparación para celebrar solemnemente la gran fiesta de la liberación humana, la Pascua del Señor. Cristo, con su muerte y resurrección, ha pagado por nosotros la deuda al eterno Padre y nos ha conseguido la libertad de los hijos de Dios. Mediante su Pascua hemos sido arrancados de los vicios del mundo, de la esclavitud del pecado para entrar en la vida de la verdadera libertad que da la fe y el culto al único Dios verdadero, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo.

En el libro del Deuteronomio se nos describe un rito litúrgico prescrito por Moisés a los Israelitas: la deposición de las ofrendas en el altar acompañadas de una oración anamnética que pretende generar en el piadoso hebreo el recuerdo de la gran hazaña obrada por Dios en favor nuestro: la liberación de Egipto. De este modo, la primera lectura nos sitúa en el significado profundo de la Cuaresma: la libertad. Pero no una libertad como la da el mundo o la entienden las distintas corrientes filosóficas. No. Se trata de la libertad teológica, o dicho de otra manera, de la libertad que infunde la Fe en el alma cristiana: una libertad de quien se sabe Hijo de Dios y el único ante quien debe rendir cuentas de su conciencia. Una Fe que se concentra en confesar a Jesucristo como el Señor.

La liberación de Egipto es el acontecimiento central de todo el Antiguo Testamento. Toda la historia de Israel comienza en ese punto, de ahí que en el nuevo culto que debe rendir el pueblo judío lo tenga por núcleo, objeto y fuente del mismo. Un culto litúrgico, hermanos, solo se puede celebrar en libertad y es, además, generador de libertad. El culto cristiano, del mismo modo que el judío, va a tener por centro del mismo su propia Pascua de liberación efectuada por Jesucristo. También nosotros, como aquellos, recordamos anualmente las “magnalia Dei”, las maravillas que Dios ha obrado en favor nuestro. ¿Y acaso habrá alguna maravilla mayor que la entrega del propio Hijo a la muerte por nosotros y nuestra salvación? Este acontecimiento es el que infunde en nuestras almas la garantía y la certeza de que Él no nos abandona en la tribulación.


Y esto, hermanos, es algo esencial a tener en cuenta porque en esta peregrinación espiritual en la cual caminamos hacia la libertad Pascual, el enemigo nos tenderá trampas para que sucumbamos en nuestro propósito y volvamos a la segura esclavitud del Egipto seductor. El pasaje de las tentaciones que acabamos de proclamar es un verdadero manual de resistencia (ahora que esta muy de moda) para vivir santamente la vida cristiana. Las tres seducciones que el demonio propone a Jesús son el resumen de los males que aquejan a la humanidad de todos los tiempos: el ansia de saciar el hambre con cosas materiales sin tener en cuenta ni a Dios ni al prójimo; la consecución de fines usando medios ilícitos, pisando a los demás o trabajando sin honradez para ello; y, por último, la tentación de querer usar a Dios a nuestro servicio sin tener en cuenta su voluntad.

El pecado, hermanos, es el mayor enemigo a la verdadera libertad cristiana porque nos limita y nos esclaviza. Hermano, un pecado nunca viene sólo sino que necesita de otros para alimentarse y fortalecerse. Un pecado, por venial que sea, puede introducirnos en una peligrosa espiral de pecados que nos ata y nos oprime. Es por ello que, frente a la esclavitud de la mentira del pecado, Cristo nos ofrece la verdad que nos hace libres. Y esa verdad no es otra que, como recuerda san Pablo, confesar con los labios y creer con el corazón que Jesús es el Señor, el Hijo de Dios vivo que ha muerto y resucitado de entre los muertos.

¡Ánimo, hermanos! Confesemos la fe que salva. Huyamos la tentación de volver a ser esclavos del pecado y abracemos la libertad que nos ha traído la Pascua de Cristo. Así sea.

sábado, 14 de julio de 2018

LLAMADOS A SER PROFETAS


HOMILIA DEL XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            Seguimos con el segundo domingo dedicado al carisma profético de los cristianos. Como el profeta Ezequiel hemos de ser valientes para profetizar en medio de un ambiente hostil, aun cuando nadie nos haga caso ni nos tome en serio. Hoy meditaremos sobre el origen de este profetismo: la llamada.

            En primer lugar, nos encontramos a Amós. Un personaje singular sin ascendencia profética. Un simple “pastor y cultivador de higos”. Pero que, sin embargo, ha sido llamado por Dios a una misión más alta que cualquier actividad de la vida, por importante que ésta fuera. Y, Amós es consciente de esta misión pues no admite la tramposa recomendación de Amasias, que quiere expulsarle del templo. Amós sabe que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.

            El Evangelio, por otra parte, nos narra el envío de los doce apóstoles aun en vida de Cristo. Todo parte, de nuevo, de una llamada trascendente. De la llamada de Jesucristo. Cristo llama para ser enviados, dando autoridad a sus apóstoles. Cristo nos ha dado autoridad sobre los demonios y poder para curar enfermedades. Y este es el punto al cual quisiera llegar hoy con ustedes, queridos hermanos.


            Las recomendaciones que Cristo da a sus apóstoles (un bastón, ni pan, ni alforja, etc) pueden resumirse en ese empeño, paradójico, de Dios, de expoliarnos de toda seguridad mundana. Dios nos expropia de nuestros asideros para ser Él mismo nuestro único refugio, “alcázar donde me pongo a salvo”.  El enviado por Dios sabe que Él es su única seguridad. Tan solo admite que se lleve un par de sandalias, para no emporcarse con el polvo de este mundo. Dios nos necesita limpios para él. Llevamos un mensaje divino, no del mundo; si para el mundo pero no mundano. Las sandalias de la gracia pueden preservarnos de la suciedad del mundo hostil a Dios y a sus enviados.

            Los enviados de Dios, desposeídos de seguridades humanas y sostenidos por la gracia de Cristo, pueden, perfectamente, pertrecharse con ánimo generoso hacia l mundo en el que viven para hablar palabras que no son suyas, sino de aquel Tú trascendente que se empeña en dialogar con el hombre. Dios ha concedido a sus enviados autoridad sobre los demonios que atacan a este mundo queriendo apartarlo, sistemáticamente, del amor de Dios, su Creador. Hoy, cuando esos demonios cobran rostros y nombres diferentes, los cristianos tenemos que estar preparados para identificarlos y combatirlos con la oración y la Palabra de Dios. Del mismo modo, los cristianos, ungidos con el aceite en el bautismo, estamos llamados a poner el bálsamo del consuelo y a sanar enfermedades que están desangrando este mundo, querido por Dios.

            Así pues, en conclusión, hemos de sentirnos llamados  por Jesucristo y enviados por Él para hablar palabras suyas, no nuestras, al mundo. Palabras de vida, palabras de verdad, palabras de esperanza, palabras de eternidad. El mundo nos necesita y nos espera. Pero no caigamos en el error de gastar fuerzas en vano. A quien no quiera escuchar, donde no se quiera acoger a Dios y a sus enviados no merece la pena echarle las perlas del Evangelio. ¡Ánimo! Y a ser profetas en el mundo. Así sea.

           

sábado, 9 de junio de 2018

EL ESPÍRITU SANTO CONTRA EL DEMONIO


HOMILIA DEL X DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

Retomamos, nuevamente, la lectura del Evangelio de Marcos que durante los domingos del Tiempo Ordinario de este ciclo B vamos haciendo.

Las lecturas que acabamos de proclamar, tanto del Génesis como del Evangelio, tienen como persona principal al diablo y sus consecuencias. “Diablo” es una palabra griega que significa “el que divide” o “el que separa”. Esta es la temática general de las lecturas de hoy: la división y la discordia causadas cuando se hace caso del diablo.

En la primera lectura observamos cómo crecen, rápidamente, las hostilidades y los miedos entre los seres humanos y para con  Dios en el momento que en Satanás ha hecho su obra. Adán culpa a Eva, Eva a la serpiente y a Dios no le queda más remedio que imponer a cada cual su merecida sanción. Es, pues, el pecado el que conlleva la discordia entre las personas. Cuando apartamos a Dios del horizonte de la vida, desparece todo lo bueno y positivo que hay en nosotros, se emborrona y difumina la imagen divina que cada ser humana contiene. En definitivo, sin la luz del misterio de Dios, el hombre se halla en la más triste desnudez de lo humano. Una desnudez que se traduce en soledad, en sensación de abandono, en desprecio por la propia alma, en tristeza espiritual.


El diablo quiere impedir nuestro seguimiento de Cristo, quiere dividir nuestras fuerzas y que nos perdamos en bagatelas para hacer infecundo nuestro apostolado. Por eso, el Señor en el Evangelio de hoy nos advierte de la necesidad de saber reconocer lo que tiene al Espíritu Santo por actor principal y la fuerza que proviene de El Espíritu da vida a la Iglesia, hace eficaz las acciones sacramentales y fecunda el apostolado del Pueblo de Dios. Así pues, frente a la discordia y dispersión que ocasiona el demonio, el Espíritu Santo es artífice de la paz y de unidad en la Iglesia y en la humanidad. Por eso, el Evangelio de hoy concluía con la necesidad de no solo escuchar la Palabra de Dios, sino ponerla en práctica. De este modo podemos entrar a formar parte de su familia y de su misión.

Es, pues, imprescindible que aprendamos a decir “no” al demonio, que sepamos rechazar sus insinuaciones y obras en la vida. Con el diablo no se debe dialogar para no sucumbir a sus encantos, pues su forma de actuar siempre es suave, confusa, y sin desagradar. Esta es su trampa. Es necesario, por el contrario, invocar la presencia del Espíritu Santo en nosotros para caminar a la luz de la fe, a la luz de la unidad, a la luz de la comunión con la Iglesia. Pues es ahí, en la unión con Dios y su Iglesia donde reside el secreto de nuestra perseverancia. En estos tiempos tan recios que se avecinan es más necesario que nunca olvidar rencores y hostilidades y, frente a la desnudez del pecado, revestirnos de la gracia de Dios, revestirnos de la fuerza de los sacramentos. Adelante, pues, y vivamos la vida cristiana asidos de la mano de Dios y de su santa Madre, la Virgen María. Así sea.

Dios te bendiga

sábado, 27 de enero de 2018

UNA VOZ AUTORIZADA EN EL MUNDO


HOMILIA DEL IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO



Queridos hermanos en el Señor:

Estamos inmersos en un mundo tan agitado por los vaivenes de las modas y las ideologías, que los ruidos han apagado los sonidos y los eslóganes han ahogado los discursos. Un mundo en que con tan solo 144 caracteres podemos inundar de mensajes la red y éstos en menos de un segundo son capaces de dar la vuelta al mundo propagando todo tipo de comunicado que, seguramente, en la mayoría de los casos o no se leen o se obvian. Cada vez estamos más acostumbrados a discursos insustanciales que prometen mucho y no concretan nada.  Son discursos repetitivos, demagógicos, moralistas, aleccionadores, diciéndonos cómo debemos pensar, cómo debemos de hablar. Y todo ello sin ningún fundamento en la Verdad, sino más bien al contrario: en mentiras y opinión.

Hoy día, el simplemente hecho de buscar la Verdad es una hazaña prodigiosa, encontrarla, un tesoro y anunciarla o proclamarla, un acto revolucionario. Verdad y opinión se confunden porque no son lo mismo. La opinión puede contener algún elemento de verdad, pero nunca la Verdad completa puesto que ésta es una y única y no está sujeta a la variabilidad de las ideologías.

Hoy como ayer, necesitamos, como pueblo y familia humana, una voz que se erija en autoridad indiscutible en medio de las ideas mesiánicas que se levantan entre las naciones. Una voz autorizada capaz de captar la atención de todos los que pueblan el mundo; una voz capaz de someter los espíritus inmundos que buscan apartarnos del amor de Dios. Una voz autorizada capaz de sobresalir por encima de los huecos mensajes para sanar los corazones lastimados por el daño del pecado. Es un profeta cuya voz merece la pena ser escuchada porque dirá las palabras que Dios quiere, y no otra cosa. Sin embargo, al que desoiga esta voz y haga todo lo contrario, le estará reservado un castigo eterno.

La autoridad con la que Jesús habla no es otra que la de jefe o Maestro de la ley, es decir, una voz que conoce la Palabra de Dios, que la predica y la expone, que no inventa nada sino que da cumplimiento pleno a la que en ella se dice. Es la autoridad de quien se percibe que se cree lo que dice. Una autoridad reconocida, incluso, por las potencias maléficas, a las que manda callar.


Esa voz autorizada que tanto demanda este mundo bullicioso, no es otra que la de Jesucristo, el Hijo de Dios y Dios verdadero. Pero, lógicamente, esta deseada voz no se puede oír hoy como hace veinte siglos sino que esta mediada por el testimonio de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo y prolongación histórica de la presencia del Resucitado entre nosotros. Hoy la Iglesia si quiere tener una voz autorizada en medio de la humanidad, debe hablar lo que Dios disponga; debe exponer claramente la doctrina revelada por la Escritura y la Tradición y ser coherente con lo que su Señor pide de ella.

Y aquí, queridos hermanos, entramos en juego nosotros, los cristianos, los discípulos de Cristo, los fieles hijos de la Iglesia. A nosotros nos toca dar testimonio de Jesús en el mundo; nuestras palabras y nuestras obras no pueden ser altavoces de esos discursos vacíos y huecos que quieren cambiar el Evangelio de Cristo por las nuevas ideologías (y no tan nuevas) que van enquistando el alma a la par que desdibujan la impronta divina grabada en ellas. No podemos permitirlo, queridos hermanos, nosotros, los bautizados, somos responsables de este mundo que reclama la voz de Cristo. Nuestras palabras y obras deben estar informadas por el Evangelio y el Magisterio de la Iglesia, porque esa es la fuente de nuestra verdadera autoridad y la única voz capaz de someter a los demonios que acampan a sus anchas por el mundo.

Así pues, hermanos, si por el bautismo fuimos hechos profetas, esto es, participes del profetismo de Cristo; hemos de ser coherentes con este don y gracia bautismal. En nosotros se cumple hoy el oráculo de Moisés: cada uno de nosotros somos ese profeta suscitado en medio del mundo para enseñar con autoridad, sanar, exhortar, anunciar y denunciar de tal manera que no sean nuestras palabras sino las de Cristo las que sigan redimiendo al mundo. Así sea.

Dios te bendiga

sábado, 15 de julio de 2017

ASÍ SERÁ TU PALABRA


HOMILÍA DEL XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO



Queridos hermanos en el Señor:

Las lecturas de este domingo son meridianamente claras. Pocas explicaciones precisan ya que es el mismo Jesucristo quien se molesta en explicar la parábola a sus discípulos. Por ello, tras escucharle a Él todo lo que digamos los demás está de más. Simplemente, en esta homilía me gustaría hacer algunas reflexiones acerca de nuestra relación con la Palabra de Dios.

En primer lugar, debemos situarnos ante esta palabra como lo que es en verdad: Palabra de Dios. Una palabra que nos viene dada de lo alto y por tanto no nos da derecho a cuestionarla. Si a interpretarla, a estudiarla, a leerla pero no a dudar de su veracidad sin error, o lo que los teólogos han llamado la inerrancia de la Escritura. Esta misma palabra es semilla plantada en la tierra de nuestros corazones. Una tierra, a priori, abonada con la gracia de Dios; pero también una tierra que requiere del continuo cuidado por nuestra parte para acoger con afecto este don que nos viene de arriba. Porque la palabra de Dios es un don, un regalo del Dios rico en misericordia que quiere entrar en diálogo con nosotros comunicándonos, por escrito, todo y solo aquello que conviene a nuestra salvación. Por tanto, la autoridad de la Palabra de Dios la hace veraz, digna de crédito y exenta de toda duda.

En segundo lugar, diremos alguna palabra sobre los enemigos de la palabra, esto es, los pájaros, los cardos, las piedras, el sol que quema, etc. que no son sino formas distintas que adopta el enemigo del alma para sibilinamente ir haciendo mella en nosotros generando, así, una antipatía a todo lo que venga de Dios. Los distintos efectos que la acción del maligno produce en el alma contra el amor a Dios, según el Catecismo de la Iglesia Católica 2094, son:

La indiferencia: es el rechazo silencioso a Dios. La actitud de quien ignora a Dios no porque no lo conozca sino porque ha hecho la opción obviarlo en su vida, de arrancarlo de sí como referente moral de su existencia. Es la actitud más común hoy en día. La indiferencia es, en definitiva, vivir como si Dios no existiera.

La ingratitud: es la actitud de quien cree que tiene derecho a todo y no tiene por qué agradecer nada a Dios. Es la vida de espaldas a reconocer cuánto don nos viene de Dios y que nuestra vida está en sus manos.

La tibieza: es la actitud del mediocre, de aquel veleta que se mueve según cambian los aires. La tibieza nos impide un amor grande y una entrega generosa a Dios. Una persona tibia es esa que nunca sabes ni donde está ni cómo va a reaccionar. La tibieza espiritual, dada la impotencia que genera, acaba difuminando la imagen divina en nosotros.

La acedía: es la pereza espiritual que llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino. Es de las peores enfermedades del alma porque anida en ella y la va corroyendo hasta el punto de poder somatizar este mismo horror. La acedía te va alejando paulatinamente del amor de Dios, del gozo de su presencia y de su gracia hasta el punto de convertirlo en tu peor enemigo.

El odio a Dios: tiene su origen en el orgullo; se opone al amor de Dios cuya bondad niega y lo maldice porque condena el pecado e inflige penas. Es el continúo intento del hombre de luchar contra Dios, porque molesta, y ocupar su lugar. Es la eterna tentación de la serpiente del Génesis que promete una divinización pero sin Dios. La soberbia humana que incapacita para reconocer cualquier atisbo de presencia de Dios en la vida. El empeño masónico de combatir contra Dios y su Iglesia.

Ante estas actitudes que suponen la ausencia de toda gracia, la palabra divina viene precedida por la acción de Dios en nosotros que prepara y dispone nuestros corazones para una acogida fructuosa. Solo la gracia divina impulsa a nuestra voluntad a recibir la semilla de la Palabra para que esta caiga en tierra buena. La gracia precede, acompaña y dirige nuestros corazones para que lo que es mera posibilidad o deseo llegan a una consumación real en el tiempo y que ésta se prolongue en la eternidad. Esta semilla es semilla de eternidad. La palabra de Dios no es una pura ley que pretendiera atar nuestra vida y sujetarla a dogmas estrictos, más bien pretende ser luz para la vida, como bien dice el salmo 118 “Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero”.

La palabra de Dios, antecedida por la gracia que la posibilita, requiere de nuestra acogida afectuosa. Necesita que la pongamos en el centro de la vida, que nos molestemos en leerla, entenderla, interpretarla y, sobre todo, hacerla vida; pues de nada vale conocerla si no se traduce en actitudes nuevas de caridad. Corremos, así, el peligro de esterilizar la Palabra.

Queridos hermanos, seamos tierra buena, rechacemos todos los camuflajes del enemigo que nos impiden acoger la palabra divina. Si lo hacemos así, daremos frutos en este mundo que perdurarán para la vida eterna.

Dios te bendiga

sábado, 4 de marzo de 2017

HOMILÍA DEL I DOMINGO DE CUARESMA




Queridos hermanos en el Señor:

            Damos inicio ya al tiempo de Cuaresma en cuanto tal, y como cada año el Señor vuelve a sacarnos al desierto. En la tradición bíblica, el desierto es un lugar de muerte, sin vida, una tierra reseca y sin vegetación, donde viven las bestias y el demonio. Pero a la vez es el lugar por donde Dios hace pasar a su pueblo conduciéndolo hasta la tierra prometida. El mismo Jesús convivió con esta lucha de fuerzas en el desierto durante cuarenta días y cuarenta noches. Es el lugar de la soledad por excelencia. El desierto espiritual es, del mismo modo, el tiempo de la prueba de la fe en el Dios de la alianza, que es siempre fiel; lugar de luchas y combates contra los espíritus del mal; tiempo de aprendizaje del vacío y de la muerte de sí mismo para dejarse llenar del Espíritu de Dios.

            Este es el marco donde hoy se desarrolla la escena evangélica. Cristo es sacado al desierto para ser tentado por el demonio. Pero ¿por qué en el desierto? Para restaurar a Israel que ofendió a Dios en el desierto. El relato de las tentaciones es una construcción teológica que inaugura al nuevo Israel (representado por Jesús, Hijo de Dios) pues del mismo modo que el pueblo de Israel fue tentado y sucumbió en el desierto rechazando el maná y adorando al becerro de oro, ahora el nuevo Israel, también en el desierto, nace aceptando el maná de la Palabra de Dios y rechazando la idolatría.

Las tentaciones de Jesús pueden ser comprendidas desde las tres fuerzas con que habría de amarse a Dios: con todo el corazón, con toda el alma, con todas tus fuerzas (cf. Dt 6, 5). Contra el amor del corazón está la tentación de convertir las piedras en pan, es decir, las pasiones y pulsiones humanas; contra el amor con el alma está la tentación de tirarse del templo, esto es, poner a prueba a la providencia un desafío y burla a la vida de Jesús y su consiguiente martirio; contra el amor con fuerza está la adoración idolátrica de las riquezas y propiedades. En definitiva, las tres tentaciones se resumen lo siguiente: no amar a Dios con un corazón unificado, con riesgo de perderlo todo y no ser tenido en cuenta. En este sentido, Jesús es el perfecto amante de Dios.

Pero en esta homilía, me gustaría que nos fijáramos en el diálogo del demonio con Jesús. En un atento análisis descubrimos que las afirmaciones que el diablo emplea en sus proposiciones a Jesús no se le pueden reprochar nada en cuanto a la lógica que tienen o a la cita de los textos bíblicos. Lo mismo que en el relato de Génesis.

Satanás tiene la habilidad de plantearnos el pecado de tal manera que en nada repugnen a nuestro querer. Si el pecado fuera algo desagradable seguramente ni nos acercaríamos, pero con frecuencia el pecado tiene las mismas características que aquel fruto del árbol prohibido, es “apetitoso, atrayente y deseable”. La gran victoria del demonio en el s. XXI es doble: por un lado hacernos creer que no existe y por otro, la de haber subvertido de tal manera nuestras consciencias que nos hace ver como bueno lo que realmente es malo y como malo lo que realmente es bueno. Y en estas lides es en la que estamos todos inmersos.

Queridos hermanos, ¿qué estamos haciendo con el mundo? ¿Quién le hará ver al mundo el error en el que vive? Lo más peligroso que está ocurriendo es querer alterar la naturaleza humana, es decir, rechazar el plan creador de Dios. En la primera tentación, hemos caído al convertir piedras en pan, es decir, adaptar la realidad a nuestros intereses y opiniones. Es la constante ansía del hombre de tenerlo todo controlado, las cosas no son como son sino como yo quiero que sean. Es lo que está proponiendo la ideología de género, por ejemplo, que no acepta la realidad biológica de las personas y pretende desnaturalizarla. Esta tentación hace pecar contra la virtud de la honradez, de la honestidad con nosotros mismos y con los demás.

Frente a esta tentación, Jesús nos remite a la Palabra de Dios, es decir, a la ley divina inserta en el mundo y en la creación. A respetar “las reglas del juego” para no romper el equilibrio de fuerzas. Nuestro propósito como cristianos en esta cuaresma ha de ser la formación bíblica y teológica para conocer y amar el proyecto original de Dios; y en la medida de lo posible ir acomodando nuestra vida a lo que Dios quiere de nosotros.

Queridos hermanos, ¿Cómo vivo mi cristianismo en medio del mundo? ¿En qué medida mi fe me marca las pautas de ser y estar en la sociedad en que vivo? La segunda tentación va dirigida en este sentido: tirarnos al vacío y sin red. A veces vivir la fe en este mundo nuestro conlleva riesgos bastante graves, cansancio, tristeza; y lo más sencillo es romper con todo y dejarnos arrastrar por la mayoría hasta el punto de llegar a una esquizofrenia en la fe, es decir, una cosa es lo que creo y otra la que practico. En definitiva es una tentación en contra de la providencia divina, del cuidado de Dios por cada uno de nosotros. Es la tentación del hastío, del abandono y de la apostasía silenciosa.

Frente a esta tentación, Jesús nos recuerda que el amor a Dios está por encima de cualquier otra cosa. Que lo que realmente merece la pena es tener siempre la amistad de Dios para evitar la vergüenza de vernos desnudos como Adán y Eva. Que aunque cueste, la fe es algo que merece la pena conservar y no perder; reforzar y cultivar cada día por medio de la oración y la formación. Nos enseña que aunque todo se nos ponga en contra, el que se pone del lado de Dios no se arroja al vacío sino que contará con el servicio y ayuda de los ángeles.

La tercera tentación es la de aquellos que han caído en el abandono y la desesperación al entregarse por completo a la adoración al demonio y a sus obras. Aquellos que han perdido la rectitud de conciencia. Los que para imponer sus ideas no tienen escrúpulos de profanar un templo religioso o la inocencia de un niño. Los que para lograr sus objetivos pretenden acallar las opiniones divergentes y no les importa lo más mínimo pisotear a quienes se interponga en su camino.

Ante esta tentación, no cabe diálogo ninguno, sino el rechazo más firme al demonio y a todo lo que provenga de él. Solo Dios y su obra son dignos de nuestra adoración y homenaje. La vida adquiere su pleno sentido cuando se vive en servicio constante y adoración permanente a Dios, nuestro Señor. Este debe ser un segundo propósito cristiano para la cuaresma: la adoración a Dios.

Pues bien, hermanos, vayamos al desierto guiados por el Espíritu divino. Enfrentemos las tentaciones como Cristo las enfrentó sabiendo que la regla para salir victorioso será siempre salvar y mantener el amor a Dios sobre todas las cosas. Este amor es guía, luz, faro, estandarte que marca el camino, la ruta, hacia la patria celestial, es decir, la vida eterna, es decir, ver a Dios, es decir, la felicidad completa. Buena y santa Cuaresma.

Dios te bendiga