miércoles, 17 de mayo de 2017

LA ORDENACION EPISCOPAL (I)




Con motivo de la ordenación episcopal de don José Luis Retana como obispo de Plasencia, ofrecemos a los lectores de este blog una serie de catequesis sobre la liturgia de ordenación. Comenzaremos hoy explicando qué es un obispo, qué significa para una diócesis el tener obispo.

Para un católico, una ordenación episcopal no es un acto cualquiera, sino un evento solemne en la vida de la Iglesia, y más concretamente, en la vida diocesana. A veces puede ocurrir que nos acostumbremos a la figura del obispo y se nos escape, por rutina, el significado profundo que estos tienen para la vida de un cristiano. En primer lugar, los obispos son sucesores de los apóstoles. Cristo, para que su misión quedara perpetuada en el mundo a través de los siglos, llamó a un grupo estable de varones a los que confió su mismo poder para predicar y convertir a los pueblos, para que los santificaran y los gobernaran. Los apóstoles, previendo su muerte y para que la misión no se agotara con ellos, se preocuparon de instituir a sus sucesores, precisamente, para que terminaran y consolidaran la obra que ellos empezaron. Estos sucesores son los obispos.

El Concilio Vaticano II, a este respectó, recordó: «los obispos, pues, junto con sus colaboradores, los presbíteros y los diáconos, recibieron el ministerio de la comunidad. Presiden en nombre de Dios el rebaño del que son pastores, como maestros que enseñan, sacerdotes del culto sagrado y ministros que ejercen el gobierno […] Por eso enseña este sagrado Sínodo que por institución divina los obispos han sucedido a los apóstoles como pastores de la Iglesia. El que los escucha, escucha a Cristo; el que, en cambio, los desprecia, desprecia a Cristo y al que lo envió» (LG 20c). Subrayemos algunos puntos importantes de este párrafo:

1. “Presiden en nombre de Dios el rebaño del que son pastores”:

2. “como maestros que enseñan”: es el primer oficio del obispo, el llamado “munus docendi”, esto es, el oficio de enseñar. El obispo debe exponer con fidelidad el depósito de la fe del que ha sido constituido su custodio, valedor y defensor.

3. “sacerdotes del culto sagrado”: es el segundo oficio, el llamado “munus santificandi”, esto es, el oficio de santificar. El obispo debe celebrar, convenientemente, la liturgia, tanto la Eucaristía como el resto de sacramentos y sacramentales y la Liturgia de las Horas, por sí mismo y por todo el Pueblo de Dios a él encomendado.

4. “ministros que ejercen el gobierno”: es el tercer oficio, el llamado “munus regendi”, esto es, el oficio de gobernar. El obispo debe dirigir los pasos de la diócesis según la ley suprema del Evangelio, la tradición de la Iglesia, y en fidelidad a las normas y disposiciones de la Iglesia. El obispo no es dueño de nada, sino administrador de los bienes espirituales y materiales de la Iglesia.

El obispo está dedicado al cuidado pastoral de una Iglesia particular pero también al de la Iglesia universal en cuanto forma parte del Colegio episcopal. Son dos dimensiones inseparables «uno queda constituido miembro del Colegio episcopal en virtud de la consagración episcopal y por la comunión jerárquica con la Cabeza y con los miembros del Colegio» (LG 22a).

Y es, precisamente, en la Eucaristía donde esta doble misión se pone de manifiesto más palpablemente ya que el mismo preside la Eucaristía y predica el Evangelio con la garantía apostólica: a) la Eucaristía es el momento en que el Señor se hace presente de un modo especial congregando a todo el pueblo, así el obispo preside la misma no para o con la comunidad sino en el centro de su Iglesia; esta vinculación queda expresada en la frase de San Ignacio de Antioquía “sólo es válida la eucaristía celebrada por el obispo o por quien ha sido autorizado por él”.

b) El anuncio del Evangelio, la predicación como convocación de la comunidad eclesial, la enseñanza de la doctrina como maestros auténticos, el testimonio de la verdad divina, también pertenecen a la esencia del ministerio apostólico «entre las principales funciones de los obispos destaca el anuncio del Evangelio […] Aunque los obispos aisladamente no gozan del privilegio de la infalibilidad, sin embargo, cuando incluso dispersos por el mundo, pero en comunión entre sí con el sucesor de Pedro, enseñan cuál es la fe y la moral auténticas, si están de acuerdo en mantener una opinión como definitiva, entonces proclaman infaliblemente la enseñanza de Cristo […]» (LG 25).

Así, esta doble dimensión del ministerio de la palabra y el litúrgico-sacramental, articula el ministerio del obispo según dice LG 24 « (los obispos reciben del Señor) la misión de enseñar a todos los pueblos y de predicar el Evangelio a todo el mundo para que todos los hombres, por la fe, el bautismo y el cumplimiento de los mandamientos, consigan la salvación» y LG 26 «el obispo es el administrador de la gracia del sumo sacerdocio, sobre todo en la Eucaristía que él mismo celebra o manda celebrar y por la que la Iglesia vive y se desarrolla sin cesar. […] toda legítima celebración de la Eucaristía es dirigida por el obispo».

Así, el obispo ejerce su función de Padre y Pastor, incluso en su propia diócesis, en relación con el resto de los obispos al que es incorporado por su ordenación episcopal. La pertenencia al Colegio de los obispos y la unión con él es un elemento esencial del ministerio episcopal

Dios te bendiga

sábado, 13 de mayo de 2017

YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA


HOMILÍA DEL V DOMINGO DE PASCUA


Queridos hermanos en el Señor:

            Mientras cada domingo vamos deshojando las páginas de los Hechos de los apóstoles y la primera carta del apóstol san Pedro, estamos más cerca de la Ascensión del Señor a los cielos, de ahí que la liturgia traiga hoy uno de los discursos de despedida de Jesús en el evangelio de Juan.

            Jesús exhorta a sus discípulos a creer. Es este uno de los puntos fundamentales de la teología joánica: la fe en Jesucristo “creed en Dios, creed también en mí”. Jesús reclama la fe para Él. Él, enviado del Padre, es la imagen más perfecta, plena y acabada de la Divinidad, por tanto, esa expresión es una redundancia. Jesús es el Salvador. El único que puede prometer, con verdad, que tras su muerte volverá y llevará a su reino a aquellos que crean en Él. Jesús ofrece, así, una promesa que no defrauda. La fe que reclama Jesús es una fe que no nos hace temblar, que no agita el alma ni la inquieta sino que le da seguridad, firmeza y paz.

            De alguna manera, estas palabras que Jesús dirige a los discípulos que estaban reunidos con Él en aquel cenáculo, están dirigidas, también, a los discípulos de todos los tiempos; y, en particular, a los de hoy. Queridos hermanos, es verdad que los tiempos que corren no son los más favorables para ser cristianos; es cierto que la doble persecución a la que asistimos pone en jaque nuestras convicciones más profundas; no es menos cierto que hay discursos que suenan bien cuando los oímos fuera pero que se hacen amargos cuando los oímos y vivimos en nuestras familias; pero, aun así, también hoy, nuestro corazón no debe temblar. Si nuestro corazón está firme en el Señor nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios. Se trata pues, de vivir en la más radical y profunda esperanza arraigada en Cristo. Confiar en que Él cumple sus promesas.

            Pero Jesús no es solo el guía de nuestra salvación, sino el origen y la misma salvación que se goza si vivimos la vida buscando la verdad. Él mismo nos lo indica con la famosa expresión “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. No hay otro acceso al Padre sino es a través del mismo hijo de Dios, esto es, Jesús. Con tres imágenes describe Jesús su papel como mediador entre Dios y los hombres: el camino (= odós): medio recto y seguro de acceso a Dios. Sus palabras, sus obras, sus ejemplos son estímulo y modelo para emprender una vida cristiana sana y estable. La verdad (= aleteia) : que no es solo un puro concepto filosófico abstracto, sino algo operativo. La verdad es la transformación de la vida, salir de la doble vida y abandonar toda hipocresía. La verdad que Jesús ofrece es operar un cambio de vida donde el evangelio sea el eje que la mueva. La verdad es descubrir lo objetivo de la biología, de la razón, de la fe; la verdad es rendir el juicio y la voluntad hacia lo que Dios quiere y ha establecido, desechando de nosotros todo capricho e infantilismo intelectual y espiritual. La vida (= zoé): plena, querida, buscada, deseada. Así es la vida que nos ofrece Jesucristo. Lo que todos los humanos buscan, solo nos lo ofrece Él. La vida es la salvación en toda su amplitud, el fin del camino y la consecuencia de la verdad.

            El último aspecto que aparece en este pasaje de san Juan es el conocimiento de Cristo tal como Él se ha revelado. Conocerle a Él es conocer al Padre, porque comparten la misma divinidad. Pero no se trata de un conocimiento intelectual, racional o lógico. El conocimiento de Cristo se adquiere por la fe. Para ello, es necesario recibir el bautismo, sacramento por el cual entramos a formar parte de una raza elegida, de un pueblo sacerdotal, una nación consagrada para que, como hemos cantado en el salmo, la misericordia de Dios llegue a todos los que la esperan.

            Queridos hermanos, la elección divina por el bautismo no es un privilegio de unos pocos, ni algo que nos separe del resto de la gente; al contrario, es una alta responsabilidad la que tenemos por ser católicos. Si Cristo es la piedra angular donde fundar la vida, no podemos olvidar que, como dice san Pedro, esta piedra puede ser “piedra de tropezar y roca de estrellarse” para los que rechazan al mismo Cristo, para los que desprecian al evangelio y para los que persiguen a los cristianos. Así pues, queridos hermanos, debemos permanecer fieles al conocimiento del Señor, mantener una fe contra viento y marea para que nuestro corazón este fuertemente anclado en Dios y no se deje turbar por las contradicciones de este mundo. Ánimo, hermanos, sabemos el camino, la verdad como señal y la vida como fin pleno. Por tanto, no hay nada que temer.

Dios te bendiga