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miércoles, 5 de julio de 2017

TIEMPO ORDINARIO (PER ANNUM)




«Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos […]. Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse» (Hch 1, 14. 2, 1-4).

Debido a las anteriores catequesis dedicadas a la ordenación episcopal, presentamos ahora el icono del Tiempo Ordinario del actual misal. Como en ocasiones anteriores, será el profesor don Ismael Pastor, licenciado en catequética y director del secretariado diocesano de infancia y de catequesis, quien vuelva a ayudarnos a comprender los distintos tiempos litúrgicos desde las ilustraciones de la III edición del misal romano en lengua española.  

Descripción de la ilustración

La ilustración del tiempo ordinario (Página 379 del misal), nos muestra el momento de Pentecostés. Los doce apóstoles mirando en todas las direcciones posibles, en el centro la figura de María, con los brazos abiertos y sobre ellos las 13 lenguas, como llamas de fuego, descendiendo sobre ellos.


Análisis mistagógico

Si habíamos dicho que el primer criterio al contemplar las ilustraciones era el cristocéntrico, esta parece contradecirnos. Sin embargo contemplar Pentecostés desde una perspectiva meramente pneumatológica supone cercenar notablemente su significado. No asistimos tan sólo a un descenso del Espíritu, sino que contemplamos el nacimiento de la Iglesia, Cuerpo de Cristo y templo del Espírito Santo. Es por ello que esta ilustración está situada como portada del tiempo per annum.

Este tiempo nos ayuda a contemplar la presencia del Señor en el camino de la Iglesia, mostrando el tiempo cristiano, cualquier momento, cualquier día, como referido al misterio de Cristo y a la historia de la salvación. Cada día, especialmente en la celebración de la Eucaristía, supone la participación cotidiana de la Pascua.  La Iglesia, Cuerpo de Cristo: los apóstoles de pie, con sus rostros iluminados, sobre los que se posa la llama del Espíritu, con sus nombres, con su humanidad sobre la cual aletea el Espíritu de Jesús, son la Iglesia, visible y humana. Ellos son llamados a continuar con su misión.

 La consagración del Espíritu es lo que faltaba a los discípulos para ser el Cuerpo de Jesús. Por eso ahora reciben la misma vida, la misma energía vital que estaba en él. Los apóstoles, testigos y enviados, serán la palabra y voz de Cristo, mano que bendice y perdona, pie que se cansa en el camino de la evangelización. Cada uno de ellos y todos juntos (LG 7). Porque este Cuerpo, tal y como se muestra en la ilustración, es la comunión de personas, su unidad. El Espíritu es quien ha consagrado a las personas en la Iglesia y da fuerza divinizadora a sus actos: a la palabra para que sea anuncio salvífico, a los signos, para que sean sacramento.  

La Iglesia templo del Espíritu: el cenáculo es el nuevo templo, consagrado por la celebración del memorial de la Pasión en la última cena; iluminado por la presencia del Resucitado, es el lugar de la Palabra y de la fracción del pan hecha desde el misterio Pascual; es la nueva y definitiva manifestación de la gloria de Dios en la teofanía de las lenguas de fuego de Pentecostés. Pero en el cenáculo no se pone la atención en el lugar como tal, sino en los que hacen el cenáculo. Los discípulos son el templo y en ellos habita el Espíritu Santo como en su definitiva morada. La Iglesia es la casa del Espíritu.

  La Virgen María, madre y modelo de la Iglesia: en el icono de Pentecostés la Virgen está presente en medio de los discípulos. María es discípula con los discípulos, apóstol con los apóstoles, porque ella ha seguido al Maestro y será con los discípulos como un cofre que encierra los recuerdos más íntimos de las palabras y de los gestos de Jesús, testigo de su resurrección, es la primera fuente a quien los discípulos interrogan para saber más acerca de su Hijo. En su centralidad en la imagen aparece como Madre de los discípulos y eje de la Iglesia que es templo, porque en su corazón ha resonado con intensa conmoción el gemido del Espíritu. Rostro femenino de la Iglesia no representa su jerarquía, sino que transmite a la Iglesia su identidad y su testimonio: ser Santa por el Espíritu que se le ha dado en Pentecostés, el Espíritu Santo y santificador, enviado por Jesús a perfeccionar su obra hasta su última venida.

Dios te bendiga

miércoles, 7 de junio de 2017

ORDENACIÓN EPISCOPAL (IV)


Ritos propios de la ordenación (continuación)

D) Imposición de manos y plegaria de ordenación

No haremos en este momento ninguna alusión a la plegaria de consagración episcopal puesto que le dedicaremos el último apartado en exclusividad. Nos centraremos ahora en los ritos y gestos que rodean a la plegaria y que intervienen en este momento:

1. Imposición de manos: la efectúan solo el consagrante principal y los obispos que asisten a la ordenación. El ritual prevé que los obispos asistentes digan en voz baja y con las manos juntas las palabras esenciales de la plegaria consecratoria.

Es un gesto de tradición bíblica (cf. Num 27, 15-23; Dt 34,9). De entre el rico significado que tiene, nos interesa subrayar el de la transmisión de un oficio y comunicación del espíritu. En tiempos de Jesús el mundo judío usaba de este gesto para instalar a los dirigentes de una comunidad en sus cargos. Con él se comunica un carisma estable (cf. 1Tim 4,14; 2Tim 1,6).

En líneas generales, las liturgias de ordenación de los diversos ritos han relacionado esta imposición de manos con la comunicación del Espíritu Santo, de tal modo que ser ordenado no es solo un acto jurídico o una delegación de la comunidad, sino, en palabras del ritual armeno, un “don de arriba”, un don que viene de lo alto.

El hecho de que el resto de obispos intervengan en este rito implica, como en el caso del beso de paz que veremos más adelante, la agregación a un colegio. Es un gesto de comunión a causa del espíritu y semejanza del cargo. Por último, hemos de destacar que la imposición de manos lleva también parejo el significado de sucesión, esto es, la garantía de la sucesión apostólica del ministerio.

2. Imposición del evangeliario: el consagrante principal pone sobre la cabeza del candidato el libro de los evangelios, abierto y sostenido por dos diáconos hasta el final de la oración consecratoria. Esta ceremonia ya se hacía en Roma en el s. V. Severiano Gábala (s. V) es el primero en ofrecernos un testimonio sobre este rito relacionándolo con el misterio de Pentecostés cuando el Espíritu Santo baja en forma de lenguas de fuego sobre los obispos constituyéndolos doctores del universo. El mismo autor, junto con san Juan Crisóstomo, ofrece un segundo simbolismo a este gesto: como legislador de su grey, el obispo no ejerce su ministerio de manera despótica sino que él mismo está regido por la Palabra de Dios, en el libro de los evangelios puesto sobre la cabeza del candidato observamos la autoridad superior a la que está sometido como obispo: el mismo Jesucristo.

En conjunto, el Espíritu Santo esta doblemente expresado, así, en la ordenación episcopal. Con esto se significa, en síntesis, que los obispos son edificados por el Espíritu y la Palabra por lo que su comportamiento debe ser guiado por estos dos y sometido a ellos. También la eficacia sacramental de su ministerio le viene a los obispos por estos dos elementos, que, a su vez, hacen crecer a la Iglesia.

E) Unción en la cabeza

«Dios, que te ha hecho partícipe del sumo sacerdocio de Cristo, derrame sobre ti el bálsamo de la unción y con sus bendiciones te haga abundar en frutos». El rito de la unción con aceite tiene su raigambre en el mundo bíblico, v.gr. la unción de Aarón (cf. Lv 8,12) para conferir unos poderes y una consagración especial a un sujeto al que se pone al frente del pueblo. Los Santos Padres como san León Magno, Efrén o Gregorio Magno hablan de la unción sacerdotal en sentido figurado pero al materializarse como rito, comienza a pensarse que esta unción confiere la gracia de la consagración que le capacita bendecir y consagrar. Sin embargo, en el Pontifical actual, la fórmula acentúa la línea teológica de la configuración con Jesucristo, Sumo Sacerdote.

Por esta configuración con Jesucristo, sumo sacerdote, de la persona y ministerio del obispo se difunde y distribuye sobre los miembros del cuerpo eclesial.

F) Entrega del libro de los Evangelios

«Recibe el Evangelio, y proclama la Palabra de Dios con deseo de instruir y con toda paciencia». Formula de nueva incorporación, tomada de las palabras de 2Tim 4,2; que también está presente en la primera edición reformada de 1969. Pocas aclaraciones necesitan estas escuetas e intensas palabras. Este rito fue introducido en el Pontifical romano del s. XII.
             El obispo ha sido constituido como primer heraldo del Evangelio en su diócesis, pues por la proclamación de éste será como congregue a todos los hombres y mujeres en torno a Jesucristo como se señala en el mismo Concilio: «En el ejercicio de su ministerio de enseñar, anuncien a los hombres el Evangelio de Cristo, deber que sobresale entre los principales de los Obispos, llamándolos a la fe con la fortaleza del Espíritu o confirmándolos en la fe viva. Propónganles el misterio íntegro de Cristo, es decir, aquellas verdades cuyo desconocimiento es ignorancia de Cristo, e igualmente el camino que se ha revelado para la glorificación de Dios y por ello mismo para la consecución de la felicidad eterna» (ChD 12).

                                                                           Dios te bendiga


miércoles, 24 de mayo de 2017

LA ORDENACION EPISCOPAL (II)


La eucología de la misa de ordenación episcopal
               Hoy abordaremos las oraciones propias de la misa de la ordenación episcopal, para ver qué y cómo es un obispo según lo describe la liturgia de la Iglesia


A) Antífona de entrada

«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres y curar a los contritos de corazón». Centonización de Lc 4,18. La celebración eucarística se abre con este versículo del evangelio de Lucas. Será la tercera persona de la Trinidad quien descienda en la celebración sobre el candidato al episcopado para otorgarle la gracia septiforme.

En esta antífona se señalan las dos primeras preocupaciones que tienen que anidar en el corazón de un obispo: la primera será la evangelización de los pobres. Para el Evangelio, los pobres no son solo una categoría social o económica sino que abarca a todo hombre que está lejos de Dios, la mayor pobreza que pueda pensarse. Pero hoy, los pobres necesitan volver a conocer a Jesucristo.

La segunda preocupación es la de “curar a los contritos de corazón”. En estos tiempos que corren, la Iglesia esta llamada, precisamente con sus obispos a la cabeza, a sanar las heridas que afligen a los hombres y mujeres de este mundo. En un mundo dividido por las guerras, conflictos de todo tipo, por ideologías deshumanizadoras, la Iglesia se presenta como un “hospital de campaña” cuya mayor y única medicina es el mismo Jesucristo a quien el obispo hace presente, por su ministerio en la Iglesia.

B) Oración colecta

«Oh Dios, que por pura generosidad de tu gracia, has querido poner hoy al frente de tu Iglesia de Plasencia, a tu siervo, el presbítero José Luis, concédele ejercer dignamente el ministerio episcopal y guiar por la palabra y el ejemplo, bajo tu amparo, la grey que le has confiado. Por nuestro Señor Jesucristo». En primer lugar se destaca que la llegada de un nuevo obispo a una diócesis es un acto de la generosa providencia de Dios.

En segundo lugar, se pide, para él, ejercer un recto gobierno; y ser testimonio vivo de palabra y obra del amor de Dios. Todo ello porque el obispo debe ser el referente moral para todo el pueblo de Dios, de ahí que su responsabilidad ante Dios sea más grave que la de cualquier otro cristiano.

También en esta oración se percibe el vínculo territorial del obispo. El obispo (Jose Luis) es para una diócesis en concreto (Plasencia). Y es precisamente, como luego expondremos, esta porción del Pueblo de Dios quien demanda aquello que más necesita en estos momentos: un Pastor que le guíe por los caminos del Evangelio.

C) Oración sobre las ofrendas

«Te ofrecemos, Señor, este sacrificio de alabanza para que aumentes en mí el espíritu de servicio y lleves a término lo que me has entregado sin méritos propios. Por Jesucristo, nuestro Señor». El nuevo obispo celebra su primera misa como pastor de una grey determinada. Es justo que en esta misa todo el pueblo se una en esta gracia demandada: orar por el nuevo obispo. Su misión y ministerio es algo que no puede realizar por sí mismo, solo y con sus solas fuerzas, sino que necesita de la ayuda y oración de todo el pueblo de Dios.

Esta intención encierra un claro mensaje para toda la grey: quien está unido en oración y en la celebración litúrgica del obispo, obtiene unos vínculos espirituales fuertes con éste que le deben llevar a cooperar con él en la evangelización de los pobres y en la sanación de los corazones atribulados. Esta intención se desarrollará en la tercera aclamación de la bendición final, como luego veremos.

El texto eucológico, a pesar de poner en boca del nuevo obispo esta intención personal por él mismo, quiere ser también una cura de humildad del mismo ya que le ofrece dos ideas interesantes que el obispo, y todo el pueblo, debe tener muy en cuenta: 1. Para que aumente en el obispo el espíritu de servicio y 2. El ministerio le ha sido entregado sin méritos propios. En definitiva, el ministerio episcopal es, en palabras de san Juan Pablo II “don y tarea” (mensaje para la jornada de la juventud, 1998).

D) “Hanc igitur” propio

«Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa; te la ofrecemos también por tu siervo José Luis, a quien te has dignado promover al orden episcopal; conserva en él tus dones para que fructifique lo que ha recibido de tu bondad». Ya está presente en la compilación Veronense (s. V) y en el sacramentario gregoriano de Adriano (s. VII). Llamamos "Hanc igitur" a los fragmentos que se introducen en el canon de la misa o en la plegaria eucarística y que varía según la fiesta o el tiempo litúrgico.

Este texto fue incluido, desde muy antiguo, en la plegaria eucarística, en concreto, en el canon romano, que es el texto que debe usarse en esta solemne celebración. Pues no sería lógico que quien se ordena por el rito romano, como obispo del rito romano, no use la plegaria propia y original del rito romano (la redundancia es a propósito).

El concelebrante respectivo, pide para el nuevo obispo, que los dones del Santo Espíritu permanezcan siempre en el sujeto concreto y den fruto que redunden en beneficio propio y de la comunidad. Los dones que se reciben de parte de Dios tiene dos fines: construir la comunidad de la Iglesia y la salvación eterna del sujeto que los recibe.

E) Antífona de comunión

«Padre santo, santifícalos en la verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo, dice el Señor» tomada de Jn 17, 17-18. Una vez que ha sido ordenado, el nuevo obispo celebra por vez primera la Eucaristía en su catedral con la grey que el Señor le ha confiado. Es el neo-obispo quien recibe, en este momento, el encargo de alimentar al pueblo con el alimento de vida eterna, con el banquete del Reino. Pero la antífona de comunión recuerda al obispo que, junto a la Eucaristía, debe alimentar, también, al pueblo con la Verdad, fuerza santificadora que es el mismo Jesucristo.

F) Oración de pos comunión

«Te pedimos, Señor, que realices plenamente en nosotros el auxilio de tu misericordia, y nos hagas ser compasivos de tal modo que en todas nuestras obras podamos agradarte. Por Jesucristo, nuestro Señor» la primera parte de la oración es del sacramentario gelasiano antiguo (s. VIII).

Tanto el pastor como el rebaño necesitan del auxilio divino para cumplir con su deber de agradar a Dios con una vida santa. El auxilio divino no es otro sino el Espíritu Santo que nos comunica, por su medio, la misericordia del Padre. Este mismo espíritu ha de generar en el pastor sentimientos profundos de compasión respecto de su grey. Compasión, como ya se sabe, significa “padecer con”, estar al lado de aquel que sufre en su cuerpo y en su espíritu. Vivir desde esta óptica supone, en el fondo, realizar obras que agradan a Dios. Para agradar a Dios, el obispo debe seguir la pauta indicada por san Pablo para todos los cristianos en su carta a los romanos «Presentad vuestros cuerpos como Hostia viva, agradable a Dios» (cf. 12,1).

El sacrificio de una vida entregada a la administración del perdón y de la indulgencia, de la caridad activa y sincera, de la unción y de la crismación, de la consagración y de la ordenación, es una vida entregada a agradar a Dios. Es la vida de un obispo que ama a su grey. Con cada uno de estos actos, en la vida del obispo se hace realidad lo que la liturgia de pastores dice en su responso: «este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo».

G) Bendición final

«Oh Dios, que cuidas a tu pueblo con misericordia y lo diriges con amor, concede el Espíritu de la sabiduría a quienes confiaste la misión del gobierno en tu Iglesia, para que el progreso de los fieles santos sea el gozo de sus pastores. Amén». Esta primera invocación de la bendición está centrada en el gobierno de la Iglesia, en el munus regendi que el obispo debe ejercer. El nombre de Dios viene acompañado por dos verbos que describen el gobierno de Éste como modelo para el obispo: “cuidas” y “diriges”. Es el Dios-Pantókrator, el Dios providente, quien marca la pauta de acción gubernativa: el obispo debe cuidar con misericordia y dirige con amor a su diócesis. Para esta sagrada misión, el obispo, del mismo modo que hiciera Salomón (cf. 2 Cro 1, 10) pide el don de la sabiduría para ejercerla con generosidad. Pero el gobierno viene marcado en una dirección concreta: el progreso en la santidad. Y éste y no otra cosa ha de ser el gozo del obispo.

«Tú que, con el poder de tu gloria ordenas el número de nuestros días y la duración de los tiempos, dirige benévolo tu mirada sobre nuestro humilde ministerio y concede a nuestro tiempo la abundancia de tu paz. Amén». Para realizar un buen gobierno no solo es necesario obtener sabiduría y cuidar con amor al pueblo, sino también, tener un tiempo propicio para que los planes y directrices del gobierno se vayan cumpliendo. Si anteriormente dijimos que el modelo de gobierno para un obispo es el Dios-Pantókrator, en esta segunda invocación de la bendición fijamos la mirada en el Dios-kronókrator, es decir, en Dios que ordena y dispone la sucesión de las horas y los días. Precisamente, el Señor de la historia, el alfa y la omega, es el que dispone un nuevo tiempo para la diócesis con la llegada de un nuevo obispo. Y ojalá, según se nos invita a orar, sea un tiempo de paz, es decir, un tiempo en que se prolongue la reconciliación entre Dios y los hombres.

«Ayúdame también con los dones que, por tu gracia, has puesto en mí, y pues me has elevado al orden episcopal concédeme agradarte con la perfección de las obras; que el corazón del pueblo y del obispo tengan un mismo querer, de tal manera que al pastor no le falte la obediencia de su grey, y a la grey no le falte el cuidado del pastor. Amén». La tercera y última invocación recoge una perfecta síntesis de toda la teología del formulario litúrgico de la misa para la ordenación de un obispo: Dios es quien pone las gracias pertinentes en medio de la indignidad y torpeza de los candidatos; será Dios, por tanto, quien haga del obispo, si este se deja, un verdadero pastor, transparencia del verdadero y único Pastor, Jesucristo. La perfección viene por la obra del Paráclito en el corazón de los creyentes. Será la tercera persona de la Trinidad quien mueva el corazón, la mente y la voluntad de pastores y grey hacia un mismo querer donde todos coincidan. Y este querer no será otro que el de hacer la voluntad de Dios, siempre y en todo lugar.

Por último, como si fuera un eco que ha de quedar, la bendición aborda el tema de la relación cuidado-obediencia entre pastores y fieles. Al primero le compete la labor de estar solícito ante las necesidades de los distintos miembros del pueblo de Dios pero esto no le exime de dejarse cuidar por éste; porque puede darse el caso de que el obispo haga cosas por el pueblo pero sin el pueblo. Respecto de la grey, tiene el deber sincero de ser obediente a las directrices de su pastor, como si del mismo Cristo se tratase, pues no puede hacerse nada sin obispo (=nihil sine episcopo), el pueblo debe cuidar de su pastor y hacerle ver el error si éste se equivocara, pero no puede caer en la tentación de querer marcar ninguna agenda al obispo, de decirle lo que debe o no hacer.

Dios te bendiga


miércoles, 17 de mayo de 2017

LA ORDENACION EPISCOPAL (I)




Con motivo de la ordenación episcopal de don José Luis Retana como obispo de Plasencia, ofrecemos a los lectores de este blog una serie de catequesis sobre la liturgia de ordenación. Comenzaremos hoy explicando qué es un obispo, qué significa para una diócesis el tener obispo.

Para un católico, una ordenación episcopal no es un acto cualquiera, sino un evento solemne en la vida de la Iglesia, y más concretamente, en la vida diocesana. A veces puede ocurrir que nos acostumbremos a la figura del obispo y se nos escape, por rutina, el significado profundo que estos tienen para la vida de un cristiano. En primer lugar, los obispos son sucesores de los apóstoles. Cristo, para que su misión quedara perpetuada en el mundo a través de los siglos, llamó a un grupo estable de varones a los que confió su mismo poder para predicar y convertir a los pueblos, para que los santificaran y los gobernaran. Los apóstoles, previendo su muerte y para que la misión no se agotara con ellos, se preocuparon de instituir a sus sucesores, precisamente, para que terminaran y consolidaran la obra que ellos empezaron. Estos sucesores son los obispos.

El Concilio Vaticano II, a este respectó, recordó: «los obispos, pues, junto con sus colaboradores, los presbíteros y los diáconos, recibieron el ministerio de la comunidad. Presiden en nombre de Dios el rebaño del que son pastores, como maestros que enseñan, sacerdotes del culto sagrado y ministros que ejercen el gobierno […] Por eso enseña este sagrado Sínodo que por institución divina los obispos han sucedido a los apóstoles como pastores de la Iglesia. El que los escucha, escucha a Cristo; el que, en cambio, los desprecia, desprecia a Cristo y al que lo envió» (LG 20c). Subrayemos algunos puntos importantes de este párrafo:

1. “Presiden en nombre de Dios el rebaño del que son pastores”:

2. “como maestros que enseñan”: es el primer oficio del obispo, el llamado “munus docendi”, esto es, el oficio de enseñar. El obispo debe exponer con fidelidad el depósito de la fe del que ha sido constituido su custodio, valedor y defensor.

3. “sacerdotes del culto sagrado”: es el segundo oficio, el llamado “munus santificandi”, esto es, el oficio de santificar. El obispo debe celebrar, convenientemente, la liturgia, tanto la Eucaristía como el resto de sacramentos y sacramentales y la Liturgia de las Horas, por sí mismo y por todo el Pueblo de Dios a él encomendado.

4. “ministros que ejercen el gobierno”: es el tercer oficio, el llamado “munus regendi”, esto es, el oficio de gobernar. El obispo debe dirigir los pasos de la diócesis según la ley suprema del Evangelio, la tradición de la Iglesia, y en fidelidad a las normas y disposiciones de la Iglesia. El obispo no es dueño de nada, sino administrador de los bienes espirituales y materiales de la Iglesia.

El obispo está dedicado al cuidado pastoral de una Iglesia particular pero también al de la Iglesia universal en cuanto forma parte del Colegio episcopal. Son dos dimensiones inseparables «uno queda constituido miembro del Colegio episcopal en virtud de la consagración episcopal y por la comunión jerárquica con la Cabeza y con los miembros del Colegio» (LG 22a).

Y es, precisamente, en la Eucaristía donde esta doble misión se pone de manifiesto más palpablemente ya que el mismo preside la Eucaristía y predica el Evangelio con la garantía apostólica: a) la Eucaristía es el momento en que el Señor se hace presente de un modo especial congregando a todo el pueblo, así el obispo preside la misma no para o con la comunidad sino en el centro de su Iglesia; esta vinculación queda expresada en la frase de San Ignacio de Antioquía “sólo es válida la eucaristía celebrada por el obispo o por quien ha sido autorizado por él”.

b) El anuncio del Evangelio, la predicación como convocación de la comunidad eclesial, la enseñanza de la doctrina como maestros auténticos, el testimonio de la verdad divina, también pertenecen a la esencia del ministerio apostólico «entre las principales funciones de los obispos destaca el anuncio del Evangelio […] Aunque los obispos aisladamente no gozan del privilegio de la infalibilidad, sin embargo, cuando incluso dispersos por el mundo, pero en comunión entre sí con el sucesor de Pedro, enseñan cuál es la fe y la moral auténticas, si están de acuerdo en mantener una opinión como definitiva, entonces proclaman infaliblemente la enseñanza de Cristo […]» (LG 25).

Así, esta doble dimensión del ministerio de la palabra y el litúrgico-sacramental, articula el ministerio del obispo según dice LG 24 « (los obispos reciben del Señor) la misión de enseñar a todos los pueblos y de predicar el Evangelio a todo el mundo para que todos los hombres, por la fe, el bautismo y el cumplimiento de los mandamientos, consigan la salvación» y LG 26 «el obispo es el administrador de la gracia del sumo sacerdocio, sobre todo en la Eucaristía que él mismo celebra o manda celebrar y por la que la Iglesia vive y se desarrolla sin cesar. […] toda legítima celebración de la Eucaristía es dirigida por el obispo».

Así, el obispo ejerce su función de Padre y Pastor, incluso en su propia diócesis, en relación con el resto de los obispos al que es incorporado por su ordenación episcopal. La pertenencia al Colegio de los obispos y la unión con él es un elemento esencial del ministerio episcopal

Dios te bendiga

miércoles, 1 de marzo de 2017

TIEMPO DE CUARESMA



Hoy miércoles de ceniza la Iglesia comienza oficialmente el tiempo santo llamado "Cuaresma", es decir, cuarenta días para prepararnos a celebrar la gran solemnidad de la noche de Pascua. El artículo de hoy nos lo ofrece el Rev. Lic. Dn. Ismael Pastor González, presbítero de la diócesis de Plasencia, párroco de Hervás, director del secretariado de catequesis y pastoral de Infancia y profesor de catequética en el Instituto de Ciencias Religiosas "Santa María de Guadalupe" y del Instituto de Teología del Seminario diocesano de Plasencia.
El profesor don Ismael colaborará con nuestro blog al inicio de cada tiempo litúrgico explicándonos la ilustración de la nueva edición del misal romano asignada a cada tiempo. Hoy presentamos la del tiempo de Cuaresma.
Seis días más tarde, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro entonces tomó la palabra y dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa lo cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: “Este es mi hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo”. Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: “Levantaos, no temáis”. Al alzar los ojos no vieron a nadie más que a Jesús solo (Mt 17, 1-8).

Descripción de la ilustración

La ilustración (página 181 del misal) nos presenta la escena de la transfiguración del Señor. Jesús, de pie, aparece iluminado, por el contraste que ofrecen las dos tintas. Resalta como la luz, rodeado de una mandorla luminosa de la que proceden rayos de luz. Con la mano derecha se encuentra bendiciendo, mientras que en la izquierda sostiene un pergamino. Aparecen los dos textos griegos que lo definen como Jesucristo y como la vida.

Junto a él, en dos montañas contiguas aparecen las dos figuras del Antiguo Testamento: Elías y Moisés. Moisés es identificado por sostener las dos tablas de la ley. Ambos señalan a Jesucristo, aunque en el caso de Moisés no se ve al tener la mano cubierta. En la parte inferior de la ilustración vemos a los tres apóstoles que acompañan a Jesús, en medio del estupor, por tierra, cegados y sorprendidos. Destaca Pedro a la izquierda, pues es, por el gesto de su mano, el único que se atreve a intentar hablar ante la escena

Análisis mistagógico

La escena sitúa el tiempo de la cuaresma. No sólo por reflejar el Evangelio del segundo domingo, sino por recordar el significado de este tiempo. Este tiempo, marcado por la penitencia en forma de ayuno, oración y limosna, no tiene por finalidad el sufrimiento en sí. No es un camino hacia la semana Santa, como a veces es vivido, sino que es un camino de preparación a la Pascua. Los distintos domingos nos acercan al misterio de Jesús, que sólo alcanzará pleno sentido en su resurrección. Jesús se muestra como Dios, para alentar a sus discípulos antes de la Pasión, para que comprendan que la cruz es sólo un paso y no un final, pues Dios no puede ser derrotado. Igualmente nos recuerda a nosotros que la cuaresma es un camino hacia el tiempo de Pascua. Los personajes de la imagen nos ayudan a comprender y profundizar en este misterio:

El misterio de Cristo: Cristo es la figura central. Está en lo alto del Tabor y su mirada se fija en nosotros. Su actitud es de bendición, mostrando la benevolencia del Padre hacia los hombres. Su aureola vuelve a mostrar como es el viviente. Sus vestidos blancos muestran que él es la fuente de la luz, “Dios de Dios, luz de luz” (DH 125) y de ellos salen rayos que apuntan a todas las otras figuras de la escena. Aparece en medio de una mandorla de luz. Este signo pictórico quiere reflejar la nube de la narración evangélica, que es signo de la presencia de Yahveh, y por lo tanto, un signo del Espíritu Santo que está dentro de Jesús, que lo envuelve, que lo empuja, que impregna toda su humanidad de una manera velada hasta el momento de la resurrección. En su mano izquierda sujeta un pergamino, signo de la revelación que está realizándose, pues en la transfiguración, Cristo se desvela y manifiesta toda la Trinidad: Dios Padre, quien habla afirmando “este es mi Hijo”, Cristo, el amado, revelado como Palabra y complacencia del padre y el Espíritu, en la nube, que indica la gloria y la presencia sobre el Hijo amado.

Inmóvil en su trascendencia, Jesucristo es una presencia que se impone, una mirada, un rostro, una palabra. Es el orante, el que adora y glorifica, el que revela y desvela el misterio del amor de Dios. Es la hermosura de Dios, su fulgor suave, su claridad infinita que todo lo envuelve. De esta forma ofrece una palabra de ánimo y esperanza a quienes lo acompañaran en su paso por la cruz, mostrándoles su naturaleza y la razón de su victoria definitiva.

Los personajes del Antiguo Testamento: Jesús es acompañado por dos personajes. Uno con efigie de anciano, que es Elías y otro más joven, Moisés, quien además es representado con las tablas de la ley. Ambos representan a la ley y a los profetas, quienes dan testimonio de Jesucristo. Ambos son amigos de Dios, hombres de la montaña y de oración. Por eso aparecen también sobre dos montes: el Sinaí (Moisés) y el Carmelo o el Horeb (Elías). Los dos representan a la totalidad de los hombres: Moisés a los muertos y Elías, de quien la escritura dice que fue arrebatado en un carro de fuego (2Re 2, 11), a los vivos, porque Jesús es Señor de vivos y muertos. Los dos buscaron el rostro de Dios, pero no lo vieron y ahora lo contemplan en Cristo, imagen del Padre. Ante el Cristo de la Transfiguración la ley cede a quien es la ley. La manifestación del Señor ya no es la brisa suave del monte Horeb que sorprende a Elías, sino la revelación plena de la palabra del Padre. A las teofanías del Antiguo Testamento sigue ahora la Cristofanía, la manifestación de Cristo, el Señor de la gloria.

Los discípulos: En la parte inferior del icono están los discípulos predilectos de Jesús: Pedro, Juan y Santiago. El contraste de su postura es evidente. Jesús y los testigos veterotestamentarios reflejan la paz de la vida eterna, mientras que los discípulos aparecen tirados por tierra, aterrados por la gloria del Señor, en postura de terror sagrado. Pedro, vuelto hacia Jesús, todavía tiene ánimo para decir “hagamos tres tiendas”. Juan, el más joven, el testigo del Verbo, parece tropezar en un intento de huida, mientras se cubre el rostro ante el resplandor de una luz que parece cegar más que el mismo sol. Santiago también cae tapándose el rostro, incapaz de contemplar la gloria de su maestro cara a cara. Los tres son testigos de la gloria y de la divinidad de Jesús, como serán testigos de la agonía de Jesús, de su verdadera humanidad.