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miércoles, 21 de junio de 2017

ORDENACIÓN EPISCOPAL (VI)

Comentario a la plegaria de consagración episcopal
                                                                                 




Por último, haremos un breve comentario a la plegaria de ordenación episcopal (= POE) desentrañando la imagen del obispo que de ella se desprende. La estructura de la plegaria es la típica de la antigüedad. En cada una de ellas se indicará el propósito de la sección; en el texto de la plegaria en español se indicará la cita bíblica que esta a la base; seguidamente se elaborará el comentario.

Invocación

            Es el inicio de la plegaria donde se invoca el nombre de Dios Padre, a quien va dirigida la misma y de quien se espera obtener las gracias que se siguen. Normalmente el nombre de Dios va seguido de algunos calificativos que apuntan al contenido de la plegaria, v.gr. si una plegaria comenzara diciendo “Oh Dios, salvación de los que sufren” estará ligada al mundo de la enfermedad.

Deus et Pater Dómini nostri Iesu Christi, Pater misericordiárum et Deus totíus consolatiónis, qui in excélsis hábitas et humília réspicis, qui cognóscis ómnia ántequam nascántur.
Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de la misericordia y Dios de todo consuelo (cf. 2 Cor 1,3), que habitas en el cielo y te fijas en los humildes (cf. Sal 112, 5-6), que lo conoces todo antes de que exista (cf. Dn 13,42).



Esta breve invocación ha sido tejida con tres citas bíblicas que nos muestran tres rasgos de Dios: consolador, misericordioso y omnisciente. Las tres están interrelacionadas. Dios sabe todo lo que sus hijos necesitan porque se inclina hacia ellos y comparte sus carencias para atenderlas y, así, consolarlos. Son tres rasgos fundamentales que un obispo debe tener. Lógicamente, al pastor no se le supone omnisciencia pero sí que se preocupe de conocer a sus fieles y saber sus necesidades. Esa es la raíz del ministerio, porque en la medida que conozca, amará a su rebaño y velará por sus necesidades espirituales y corporales.   

Anámnesis

Significa “recordar”, “hacer memoria”. En esta sección, la plegaria hace memoria de los hechos del pasado que prefiguran o anuncian la realidad cristiana que se celebra.

tu qui dedísti in Ecclésia tua normas per verbum grátiæ tuæ, qui prædestinásti ex princípio genus iustórum ab Abraham, qui constituísti príncipes et sacerdótes, et sanctuárium tuum sine ministério non dereliquísti, cui ab inítio mundi plácuit, in his quos elegísti glorificári.
Tú estableciste normas en tu Iglesia con tu palabra bienhechora (cf. Lc 4, 22; Hch 14,3.20,32). Desde el principio tú predestinaste un linaje justo de Abrahán; nombraste príncipes y sacerdotes y no dejaste sin ministros tu santuario. Desde el principio del mundo (cf. Mt 25, 34) te agrada ser glorificado (cf. Jn 13,31; 2Tes 1,10) por tus elegidos.



En esta sección podemos destacar tres ideas: dictar normas, elegir jefes para el pueblo y la alabanza divina. Son tres grandes acciones que Dios ha realizado en favor de su pueblo desde la creación del mundo. Aquí la palabra Iglesia adquiere un doble sentido: por un lado hace referencia a la antigua “Qahal Yahvé”, esto es, la asamblea de los hijos de Israel convocada y reunida para alabar a Dios, a la que Dios provee de jefes, sacerdotes y profetas para nunca se vea desprovista de los bienes espirituales y materiales que Dios le concede; y por otra parte, a la “ekklesía tou Zeou” (= Iglesia de Dios) que es el nuevo pueblo de Dios, el nuevo Israel, a quien dejó provisto, tras la Ascensión de su Hijo, de los apóstoles y sus sucesores para que a esta Iglesia nunca le faltara ni el gobierno, ni el anuncio ni los sacramentos.

Epíclesis


            La epíclesis es la parte de la plegaria en la que invocamos la fuerza del Espíritu Santo. En esta sección predominan palabras como “infunde”, “envía”, “mira ahora”, “manda”, etc.

ET NUNC EFFÚNDE SUPER HUNC ELÉCTUM EAM VIRTÚTEM, QUÆ A TE EST, SPÍRITUM PRINCIPÁLEM, QUEM DEDÍSTI DILÉCTO FÍLIO TUO IESU CHRISTO, QUEM IPSE DONÁVIT SANCTIS APÓSTOLIS, QUI CONSTITUÉRUNT ECCLÉSIAM PER SÍNGULA LOCA UT SANCTUÁRIUM TUUM, IN GLÓRIAM ET LAUDEM INDEFICIÉNTEM NÓMINIS TUI.
INFUNDE (cf. Ex 29,7; Lev 21,10; Jl 3,1) AHORA SOBRE ESTE TU ELEGIDO (cf. Lc 4,14; Hch 1,8) LA FUERZA QUE DE TI PROCEDE: EL ESPÍRITU DE GOBIERNO QUE DISTE A TU HIJO (cf. Is 41,8.52,13; Mt 12,18; Hch 3, 13) JESUCRISTO, Y EL A SU VEZ COMUNICÓ A LOS SANTOS APÓSTOLES, QUIENES ESTABLECIERON LA IGLESIA COMO SANTUARIO TUYO EN CADA LUGAR, PARA GLORIA Y ALABANZA INCESANTE (cf. 1 Tes 2,13.5,17) DE TU NOMBRE.



            La epíclesis que la Iglesia realiza en este momento es pronunciada en voz alta por todos los obispos asistentes. Haciendo un ejercicio de imaginación podemos ver la escena en que el candidato esta de rodillas ante el obispo consagrante principal y sobre él flotan los santos evangelios sostenidos por los diáconos. La imagen describe un pabellón formado por las manos del consagrante como si Dios se reservara ese espacio de intimidad con su elegido para comunicarle la gracia del espíritu de gobierno con el que un día su Hijo fue ungido tras el bautismo de Juan y le dio a sus apóstoles en Pentecostés. Este mismo Pentecostés se está realizando en estos momentos en la catedral ante la grey diocesana reunida para orar y saludar al que será su nuevo pastor.

            Esta epíclesis comienza con el verbo “infunde”, un verbo propiamente epiclético muy presente en la Escritura. El Espíritu Santo es llamado “la fuerza que de ti procede”. Jesucristo es llamado el “amado Hijo” tal como es denominado en los pasajes del Bautismo y de la Transfiguración, justo en los momentos en que el Verbo es ungido y fortalecido por el Paráclito y refrendado por la autoridad de la voz del Padre. La epíclesis recoge, también, la idea de la misión apostólica dada por Jesucristo con la expresión “establecieron la Iglesia como santuario tuyo en cada lugar”. De este modo, la epíclesis concentra las ideas expuestas en la anamnesis: el gobierno, el culto y el anuncio del Evangelio a todo el mundo.

Aitesis


            La palabra griega “aitesis” significa “petición” o “peticiones”. Es el momento en que tras la epíclesis, la plegaria desgrana cuáles son los dones que la gracia sacramental hace fructificar en el candidato. Son un verdadero programa de vida.

Da, córdium cógnitor Pater, huic servo tuo, quem elegísti ad Episcopátum, ut pascat gregem sanctum tuum, et summum sacerdótium tibi exhíbeat sine reprehensióne, sérviens tibi nocte et die, ut incessánter vultum tuum propítium reddat et ófferat dona sanctæ Ecclésiæ tuæ; da ut virtúte Spíritus summi sacerdótii hábeat potestátem dimitténdi peccáta secúndum mandátum tuum ; ut distríbuat múnera secúndum præcéptum tuum et solvat omne vínculum secúndum potestátem quam dedísti Apóstolis ; pláceat tibi in mansuetúdine et mundo corde, ófferens tibi odórem suavitátis,
Padre santo, tú que conoces los corazones (cf. Hch 1, 15-26), concede a este servidor tuyo, a quien elegiste para el episcopado, que sea un buen pastor de tu santa grey (cf. Is 40,11; Hch 20,28) y ejercite ante ti el Sumo Sacerdocio (Constituciones Apostólicas, VIII,46,4) sirviéndote sin tacha día y noche; que atraiga tu favor sobre tu pueblo (cf. Zac 8,22; Mal 1,9) y ofrezca los dones de tu santa Iglesia (anáfora eucarística); que por la fuerza de tu Espíritu que recibe como sumo sacerdote y según tu mandato, tenga el poder de perdonar los pecados (cf. Jn 20,23); que distribuya los ministerios (cf. Hch 1,17) y oficios según tu voluntad, y desate todo vínculo conforme al poder que diste a los Apóstoles (cf. Mt 18,18); que por la mansedumbre y la pureza de corazón (cf. Mt 5, 5-8), te sea grata su vida como sacrificio de suave olor (cf. Ef 5,2),



Los dones que otorga el Espíritu Santo al nuevo obispo, porque ya es obispo tras la epíclesis que es la parte esencial del rito sacramental, son los siguientes:

1. Buen pastor de su santa grey: es el primer oficio del nuevo obispo, mostrar la caridad pastoral de Cristo, principalmente con enfermos y pobres. Él se debe a toda la grey sin excepción.

2. Ejercitar el sumo sacerdocio: es su fin principal. Como dijimos más arriba, todos participamos de la misa que ofrece el obispo y a quien este designa para celebrarla. Él es, no solo cabeza del Pueblo en cuanto pastor del mismo, sino también el sacerdote puesto al frente del pueblo para que sobre este se derramen incesantes gracias celestiales.

3. Servicio incesante: uno es ordenado obispo perpetuamente. No se deja de serlo, pues con el orden episcopal el carácter sacerdotal es llevado a su plenitud. Y este debe ser un servicio puro y sin tacha como aquella ofrenda que se realizaría en todas partes según Malaquias 1, 11.

4. Atraer el favor sobre el pueblo: para esto se ha de tomar aquella idea expuesta más arriba: “este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo”. Porque el oficio del obispo es el de orar por su grey. Y a esto debe dedicarle mucho tiempo. En su oración estaremos todos y cada uno de sus feligreses, clero, religiosos y laicos. Es una oración de intercesión, de expiación y de acción de gracias.

5. Ofrecer los dones de la Iglesia: ejerciendo el sacerdocio según el rito de Melquisedec. Esta petición está unida a la anterior. Pues el obispo ofrece la misa “pro populo sibi commiso” (= en favor del pueblo a él encomendado). De hecho, tal es así, que ha habido un cambio de nombre: a las misas que celebra el obispo ya no se les denomina “misa pontifical”, porque, aunque sea el pontífice de la diócesis quien la celebra, no es algo personal suyo; ahora a esta misa se la denomina “misa estacional” porque es (o debería ser) manifestación de la Iglesia local, que hace “statio”, es decir, parada, reunión para alabar juntos a Dios y ofrecer el sacrificio de toda la Iglesia. según dispuso el Concilio Vaticano II: “El Obispo debe ser considerado como el gran sacerdote de su grey, de quien deriva y depende, en cierto modo, la vida en Cristo de sus fieles. Por eso, conviene que todos tengan en gran aprecio la vida litúrgica de la diócesis en torno al Obispo, sobre todo en la Iglesia catedral; persuadidos de que la principal manifestación de la Iglesia se realiza en la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios en las mismas celebraciones litúrgicas, particularmente en la misma Eucaristía, en una misma oración, junto al único altar donde preside el Obispo, rodeado de su presbiterio y ministros” (SC 41)

6. Poder de perdonar los pecados: misión dada por Jesús a los apóstoles en la misma mañana de la Resurrección. El obispo es el primero que debe manifestar su solicitud pastoral por los pecadores, por aquellos que abandonan el rebaño de Cristo o que se desvían por sendas tortuosas. El nuevo obispo es el primer ministro de la misericordia de Dios. Y él debe procurar tanto que sus colaboradores inmediatos se confiesen y administren con él el sacramento de la Reconciliación, como que sus feligreses acudan a este sacramento, lo valoren y lo propaguen.

7. Distribuir los ministerios: el episcopado es el ministerio fontal de la ministerialidad de la Iglesia. Todos dependen de él, que es quien ordena presbíteros y diáconos, quien instituye acólitos y lectores, quien bendice la profesión religiosa, quien nombra jueces, profesores y exorcistas.

8. Desatar todo vínculo adquirido: como dijimos en el punto 6, es un mandato del Señor a Pedro y de éste a los demás obispos. El poder de las llaves para liberar a los hombres del pecado y sus consecuencias.

9. Una vida grata como suave olor: es la fragancia del incienso que se quema al ser entregado al carbón en el oficio divino. El olor suave del obispo deviene de su entrega generosa al servicio de Dios y de su grey. Una vida gastada cuál lámpara del Sagrario, que en la intimidad del templo tiene la misión de recordarnos que Dios está vivo en el templo: “Deus hic” (= Dios está aquí). Así debe ser la vida del nuevo obispo, gastarse y desgastarse en recordar su pueblo que Dios sigue vivo y presente, actuando en medio de ellos. Que es un Dios que camino en medio de su pueblo y que pastorea por medio del nuevo pastor.

Doxología

            Es la conclusión más o menos solemne de la plegaria donde se evoca nuevamente al Padre como destinatario último de la misma, por la intercesión de Jesucristo en la unidad y la acción del Espíritu Santo. Esto fue establecido así en el canon 21 del Concilio de Hipona (393).

per Fílium tuum Iesum Christum, per quem tibi glória et poténtia et honor, cum Spíritu Sancto in sancta Ecclésia et nunc et in sǽcula sæculórum. Amén.
por medio de tu Hijo Jesucristo, por quien recibes la gloria, el poder y el honor, con el Espíritu, en la Santa Iglesia, ahora y por los siglos de los siglos. Amén.



            Poco más hay que añadir a estas líneas sobre el obispo y la ordenación episcopal. Solamente queda que el próximo 24 de junio acudamos todos los que podamos a recibir a nuestro nuevo obispo, a don José Luis Retana.


            Vayamos a darle la bienvenida a nuestra diócesis, que se sienta cómodo y feliz entre nosotros. Abarrotemos la catedral para orar por él y con él. Disfrutemos de los ritos y fórmulas litúrgicas que se sucederán.
            Bienvenido, pues, don José Luis a nuestra, y desde el día 24 de junio suya, Iglesia de Plasencia. Bienvenido a Extremadura, a un pueblo con historia y con mucho amor a Dios y a su Madre la Virgen. Que ella, la Virgen de Guadalupe, le proteja y le ampare en su pontificado. Dios le Bendiga

miércoles, 31 de mayo de 2017

LA ORDENACIÓN EPISCOPAL (III)


2. Ritos propios de la ordenación episcopal.


Prólogo: Canto del himno “Veni Creator”.

Hemos optado por denominarlo como prólogo a los ritos ya que se hace justamente después de haberse leído el Evangelio. De tal modo que la Palabra de Cristo que ha resonado en el templo sigue presente por la acción del Espíritu tanto en los oídos de los fieles como del candidato. No podemos perder de vista que la presencia del Espíritu se simbolizará de varias formas.

El primer dato de este himno introducido en el rito de ordenación episcopal lo hallamos en el Pontifical del s. XII pero adquiere carta de ciudadanía en la liturgia romana en el s. XIII con el Pontifical de Durando. Durante la reforma litúrgica quiso suprimirse ya que en la liturgia anterior tenía una función meramente de relleno mientras el obispo realizaba otros ritos. Pero esta idea no gustó a Pablo VI quien se empeñó en mantenerlo buscándolo acomodo en el ritual que saliera de la reforma.

A) Presentación del candidato

«Reverendísimo Padre, la Iglesia de Plasencia pide que ordenes Obispo al presbítero José Luis» se ha mantenido la fórmula del Pontificale Romanum de 1962, salvo que en la edición de 1989 se especifica que la Iglesia que lo pide es la del lugar (en este caso Plasencia) y el nombre del candidato al sagrado orden (en este caso, José Luis). Desde el s. VIII sabemos que comenzó a pedirse el sufragio del pueblo para la elección de un obispo. Esta consulta se ha hecho de diversos modos a lo largo de la historia bien por aclamación popular como el caso de san Ambrosio de Milán, bien consultando al clero de la ciudad, hasta la forma actual de la terna. Sea como fuere, el Pontifical romano ha querido reflejar este consenso con la fórmula que venimos comentando; acuñada por Durando en su pontifical en el s. XIII, y que se usaba en alguna Iglesia metropolitana de Francia.

Como particularidad de esta fórmula, señalamos la expresión latina con la que se define el episcopado “ad onus episcopatus ordines” (=ordenes a la carga del episcopado). La palabra latina “onus, oneris” significa “una carga pesada”, “algo que se lleva a las espaldas”. Con estos datos, vemos el craso realismo con que la liturgia expone el verdadero sentido del episcopado: no es un honor, ni un premio ni un privilegio, sino una dura carga que Dios confía a un hombre al cual, con su gracia, va a capacitar y fortalecer en esta celebración y con este sacramento.
             «¿Tenéis el mandato apostólico? Lo tenemos. Léase» Tomado de la tradición precedente. A pesar del modo de elección, que puede variar en las diversas áreas geográficas y a lo largo de los siglos, lo que siempre es necesario es que el candidato sea ratificado por el Papa, emitiendo este una carta de nombramiento o elección.

B) Escrutinio
«La antigua regla de los santos Padres establece que quien ha sido elegido para el Orden episcopal sea, ante el pueblo, previamente examinado sobre su fe y sobre su futuro ministerio». En esencia se mantiene el tenor de la monición que propone el Pontificale Romanum de 1962. Con toda probabilidad la antigua regla se remonta a los llamados “Statuta ecclesiae antiquae” (= normas de la Iglesia antigua), un documento del s. V compilado en las Galias y recogido por la “colectio hispana”. En este documento se lee: “Qui episcopus ordinandus est, ante examinetur si…” (= quien es ordenado obispo, antes sea examinado si…) y se enumera las cuestiones acerca de su vida, sus virtudes, su fe, sus costumbres, etc. En el Pontificale Romanum de 1962 todavía se conservaban estas preguntas.
Las del actual Pontifical son de nueva creación tal como afirma uno de los miembros del Coetus encargado de la reforma del Pontifical: “…Compusimos, pues, una serie de preguntas casi nuevas del todo (sólo la que concierne al acogimiento de los pobres y de los inmigrantes está sacada del Pontifical Romano), para poner de manifiesto el ministerio pastoral del obispo”. Veamos las preguntas que se le formularán en la celebración para atisbar cuán alta gravedad tiene el ministerio de un obispo:
«¿Quieres consagrarte, hasta la muerte (= usque ad mortem explere), al ministerio episcopal que hemos heredado de los Apóstoles, y que por la imposición de nuestras manos (= per impositionem manuum nostrarum) te va a ser confiado (= tradendum) con la gracia del Espíritu Santo?». Hemos indicado la expresión original latina de tres ideas importantes y que nos dan la clave para entender el sacramento del orden episcopal: en primer lugar, el orden episcopal es definitivo, esto es, algo que no es temporal ni puede dejar de serse. Ser obispo es algo estable y no sujeto a emociones, ni ideas, ni gustos. En segundo lugar, la fórmula recoge el gesto sacramental: la imposición de manos, acompañada de un tercer elemento que la el sentido concreto: la palabra “tradendum viene del verbo “trado, tradere” que significa “entregar a alguien”, “confiar algo a alguien”. Por tanto, por la imposición de las manos, el orden episcopal es algo que se entrega, que se confía a un sujeto introduciéndolo en la cadena ininterrumpida de la sucesión apostólica.
«¿Quieres anunciar con fidelidad y constancia el Evangelio de Jesucristo?». Para el cual el obispo será constituido primer responsable del mismo. Esta pregunta se hará explícita más adelante con la entrega de los Evangelios. En esta fórmula se concentran las antiguas preguntas sobre el credo y los dogmas de fe.
«¿Quieres conservar íntegro y puro el depósito de la fe, tal como fue recibido de los Apóstoles y conservado en la Iglesia y en todo lugar?». El obispo, tanto individualmente como en el conjunto del colegio episcopal, tiene el sagrado deber de exponer fielmente y custodiar celosamente el depósito de la fe. En el Pontifical anterior se especificaban las cuestiones más agudas que debían ser mantenidas: las verdades de fe, la ortodoxia católica y el combate contra las herejías.
«¿Quieres edificar la Iglesia, Cuerpo de Cristo, y permanecer en su unidad con el Orden de los Obispos, bajo la autoridad del sucesor de Pedro?». Esta fórmula fue compuesta, según indica el autor de la misma, con la intención de señalar el papel del obispo en la Iglesia en relación al resto de obispos y bajo la autoridad del Papa. Pretende situar la obediencia al Papa en una perspectiva teológica.
«¿Quieres obedecer fielmente al sucesor de Pedro?». Esta pregunta es una duplicación de la anterior con el fin de concretar y especificar la necesaria obediencia al Papa, recogiendo la idea del Concilio Vaticano II “cum Petro et sub Petro” (cf. LG 22-23, ChD 4). La repetición de la expresión “sucesor de Pedro” responde a la idea de continuidad con la pregunta precedente. El sucesor de Pedro no es distinto al Sumo pontífice, ni un señor feudal al que hubiera que hacer vasallaje.
«Con amor de Padre, ayudado de tus presbíteros y diáconos (= comministris tuis), ¿quieres cuidar del pueblo santo de Dios y dirigirlo por el camino de la salvación?». Esta cuestión debe hacer caer en la cuenta al obispo de que su labor no debe desarrollarse individualmente sino en perfecta y sincera colaboración con sus presbíteros y diáconos, a los que la fórmula en latín llama “conministros”. Pero la pregunta está enfocada, más que en un tono legislativo, en un tono paternal: “con amor de Padre” es la clave para ejercer el gobierno en la diócesis. El obispo ha de ser el padre de sus presbíteros y de sus diáconos, así como de todo el pueblo de Dios al que debe cuidar y dirigir hacia los pastos eternos.
«Con los pobres, con los inmigrantes, con todos los necesitados ¿quieres ser siempre bondadoso y comprensivo?». Esta pregunta está tomada del Pontificale Romanum anterior. Son la clase social más vulnerable y marginal y, por tanto, la que goza de mayor predilección por parte de Dios mismo. La actitud bondadosa y comprensiva del obispo quiere transparentar esa cercanía y misericordia que Dios tiene respecto de ellos.
«Como buen pastor, ¿quieres buscar las ovejas dispersas y conducirlas al aprisco del Señor?». Esta pregunta está fundamentada en la parábola de la oveja perdida (cf. Lc 15, 4-7; Mt 18, 12-14) y en la apropiación que Jesús hace para sí de la imagen del Buen Pastor esperado por Israel (cf. Jn 10, 11-16). Como primer heraldo del Evangelio, el obispo será el primer comprometido en ir a los más alejados. Las periferias humanas, sean geográficas sean existenciales, no pueden ver aplazadas sus demandas por parte de los pastores de la Iglesia. Esto nos impele a todos a tomar partido de este mandato divino al frente del cual estará el obispo y el resto del pueblo secundando su acción.
«¿Quieres rogar continuamente a Dios todopoderoso por el pueblo santo y cumplir de manera irreprochable las funciones del sumo sacerdocio?». La Sagrada Escritura nos dice: “este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo y la ciudad santa” (2Mac 15,14). Este es el oficio del bueno obispo, y que la liturgia le recuerda con esta fórmula y en el responsorio breve de las vísperas del común de pastores: orar continuamente a Dios por todos y cada uno de los fieles que se le ha encomendado. El sumo sacerdote era el que cada año se ponía al frente del pueblo para implorar a Dios; el que vivía en el templo para que cada día se ofreciera el sacrificio agradable a Dios. Como sumo sacerdote, el obispo debe vivir su vida en correspondencia con aquello que celebra. El obispo debe ser un hombre de intenso y cotidiano diálogo con Dios.
La Iglesia confirma el propósito con la siguiente expresión: «Dios, que comenzó en ti la obra buena, Él mismo la lleve a término». Porque es Él quien está al comienzo y al final de la Historia de salvación personal de cada hombre y mujer que viene a este mundo.
C) Súplica litánica
«Oremos, hermanos, para que, en bien de la santa Iglesia, el Dios de todo poder y bondad, derrame sobre este elegido la abundancia de su gracia» tomado del Pontificale Romanum de 1962. La monición a las letanías señala claramente que el don que Dios otorga al candidato no es para provecho propio sino para la edificación de la Iglesia, en este caso de la Iglesia que peregrina en Plasencia.
Las letanía son un antiguo elemento romano que respondería a la oración que hace la comunidad en la ordenación de Bernabé y Saulo (cf. Hch 13, 1-3). En las letanías actuales se ha conservado la petición “para que bendigas, santifiques y consagres a este elegido” que fue introducida por Durando (1296) en el pontifical tomándolo del rito de consagración del Papa.
            «Escucha, Señor, nuestra oración, para que al derramar sobre este siervo tuyo la plenitud de la gracia sacerdotal, descienda sobre él la fuerza de tu bendición». Tomado del Pontificale Romanum de 1962. Se trata de la tradicional oración “propitiare” que ya se contiene en el Sacramentario Veronense y siempre ha estado en la Iglesia, excepto en el sacramentario gelasiano. Esta oración tiene la función de ser una introducción a la plegaria consecratoria que viene a continuación. Expresa la asistencia de Dios sobre el acto que se va a realizar.

                                                                    Dios te bendiga


miércoles, 17 de mayo de 2017

LA ORDENACION EPISCOPAL (I)




Con motivo de la ordenación episcopal de don José Luis Retana como obispo de Plasencia, ofrecemos a los lectores de este blog una serie de catequesis sobre la liturgia de ordenación. Comenzaremos hoy explicando qué es un obispo, qué significa para una diócesis el tener obispo.

Para un católico, una ordenación episcopal no es un acto cualquiera, sino un evento solemne en la vida de la Iglesia, y más concretamente, en la vida diocesana. A veces puede ocurrir que nos acostumbremos a la figura del obispo y se nos escape, por rutina, el significado profundo que estos tienen para la vida de un cristiano. En primer lugar, los obispos son sucesores de los apóstoles. Cristo, para que su misión quedara perpetuada en el mundo a través de los siglos, llamó a un grupo estable de varones a los que confió su mismo poder para predicar y convertir a los pueblos, para que los santificaran y los gobernaran. Los apóstoles, previendo su muerte y para que la misión no se agotara con ellos, se preocuparon de instituir a sus sucesores, precisamente, para que terminaran y consolidaran la obra que ellos empezaron. Estos sucesores son los obispos.

El Concilio Vaticano II, a este respectó, recordó: «los obispos, pues, junto con sus colaboradores, los presbíteros y los diáconos, recibieron el ministerio de la comunidad. Presiden en nombre de Dios el rebaño del que son pastores, como maestros que enseñan, sacerdotes del culto sagrado y ministros que ejercen el gobierno […] Por eso enseña este sagrado Sínodo que por institución divina los obispos han sucedido a los apóstoles como pastores de la Iglesia. El que los escucha, escucha a Cristo; el que, en cambio, los desprecia, desprecia a Cristo y al que lo envió» (LG 20c). Subrayemos algunos puntos importantes de este párrafo:

1. “Presiden en nombre de Dios el rebaño del que son pastores”:

2. “como maestros que enseñan”: es el primer oficio del obispo, el llamado “munus docendi”, esto es, el oficio de enseñar. El obispo debe exponer con fidelidad el depósito de la fe del que ha sido constituido su custodio, valedor y defensor.

3. “sacerdotes del culto sagrado”: es el segundo oficio, el llamado “munus santificandi”, esto es, el oficio de santificar. El obispo debe celebrar, convenientemente, la liturgia, tanto la Eucaristía como el resto de sacramentos y sacramentales y la Liturgia de las Horas, por sí mismo y por todo el Pueblo de Dios a él encomendado.

4. “ministros que ejercen el gobierno”: es el tercer oficio, el llamado “munus regendi”, esto es, el oficio de gobernar. El obispo debe dirigir los pasos de la diócesis según la ley suprema del Evangelio, la tradición de la Iglesia, y en fidelidad a las normas y disposiciones de la Iglesia. El obispo no es dueño de nada, sino administrador de los bienes espirituales y materiales de la Iglesia.

El obispo está dedicado al cuidado pastoral de una Iglesia particular pero también al de la Iglesia universal en cuanto forma parte del Colegio episcopal. Son dos dimensiones inseparables «uno queda constituido miembro del Colegio episcopal en virtud de la consagración episcopal y por la comunión jerárquica con la Cabeza y con los miembros del Colegio» (LG 22a).

Y es, precisamente, en la Eucaristía donde esta doble misión se pone de manifiesto más palpablemente ya que el mismo preside la Eucaristía y predica el Evangelio con la garantía apostólica: a) la Eucaristía es el momento en que el Señor se hace presente de un modo especial congregando a todo el pueblo, así el obispo preside la misma no para o con la comunidad sino en el centro de su Iglesia; esta vinculación queda expresada en la frase de San Ignacio de Antioquía “sólo es válida la eucaristía celebrada por el obispo o por quien ha sido autorizado por él”.

b) El anuncio del Evangelio, la predicación como convocación de la comunidad eclesial, la enseñanza de la doctrina como maestros auténticos, el testimonio de la verdad divina, también pertenecen a la esencia del ministerio apostólico «entre las principales funciones de los obispos destaca el anuncio del Evangelio […] Aunque los obispos aisladamente no gozan del privilegio de la infalibilidad, sin embargo, cuando incluso dispersos por el mundo, pero en comunión entre sí con el sucesor de Pedro, enseñan cuál es la fe y la moral auténticas, si están de acuerdo en mantener una opinión como definitiva, entonces proclaman infaliblemente la enseñanza de Cristo […]» (LG 25).

Así, esta doble dimensión del ministerio de la palabra y el litúrgico-sacramental, articula el ministerio del obispo según dice LG 24 « (los obispos reciben del Señor) la misión de enseñar a todos los pueblos y de predicar el Evangelio a todo el mundo para que todos los hombres, por la fe, el bautismo y el cumplimiento de los mandamientos, consigan la salvación» y LG 26 «el obispo es el administrador de la gracia del sumo sacerdocio, sobre todo en la Eucaristía que él mismo celebra o manda celebrar y por la que la Iglesia vive y se desarrolla sin cesar. […] toda legítima celebración de la Eucaristía es dirigida por el obispo».

Así, el obispo ejerce su función de Padre y Pastor, incluso en su propia diócesis, en relación con el resto de los obispos al que es incorporado por su ordenación episcopal. La pertenencia al Colegio de los obispos y la unión con él es un elemento esencial del ministerio episcopal

Dios te bendiga

jueves, 9 de marzo de 2017

BIENVENIDO, SEÑOR OBISPO

DON JOSE LUIS RETANA GOZALO, OBISPO DE LA DIOCESIS DE PLASENCIA


Don José Luis Retana Gozalo, en adelante monseñor Retana Gozalo, ha sido elegido hoy obispo de la diócesis de Plasencia, mi diócesis. Ocupará el puesto 82 en el episcopologio placentino, sustituyendo, así, a su antecesor 81 el Reverendísimo Padre don Amadeo Rodríguez Magro, actual obispo de Jaen.

Monseñor Jose Luis, nació en 1953 en la localidad abulense de Pedro Bernardo, un municipio enclavado en el fértil valle del Tiétar, en la ladera sur del risco de la Sierpe en las estribaciones del sector oriental de la Sierra de Gredos, desde donde domina una panorámica del valle y de los Montes de Toledo, un paraje precioso. Es por ello que se le conoce como Mirador o Balcón del Tiétar. Fue ordenado sacerdote en 1979 tras cursar sus estudios en el Seminario de Arenas de San Pedro, en el Teologado y Universidad Pontificia de Salamanca y en Friburgo (Suiza).

Ha sido miembro del Equipo de Formadores del Colegio Diocesano, Rector del Seminario de Ávila en Salamanca (1993-1999) y del Seminario Diocesano (2003-2012), Vicario Episcopal para las Relaciones con las Instituciones (1997-2006) y Director del Centro de Educación Especial Santa Teresa (Martiherrero). Ha sido también Vicario parroquial en la parroquia del Inmaculado Corazón de María (1999-2003) y prestado atención pastoral en Albornos, Muñomer y Narros de Saldueña. Desde el año 2002 es canónigo de la Catedral, adjunto a la dirección de Patrimonio. Actualmente ejercía como párroco de la iglesia de San Pedro Bautista (Ávila) desde el 1 de septiembre de 2012.

Ha publicado varios libros como los siguientes: Apuntes históricos de la Villa de Pedro Bernardo (1981); Teologado de Ávila, XXV aniversario (1996); Baldomero Jiménez Duque. Formador de hombres y forjador de sacerdotes (2005); Seminario Diocesano de Ávila 1955-2005 (2005); Don Francisco Muñoz Rogero, un cura tradicional y moderno (2009).

Querido don Jose Luis, desde este incipiente blog dedicado a la liturgia y a la espiritualidad, le damos la bienvenida a nuestra humilde y querida diócesis de Plasencia y, por ende, a nuestra tierra extremeña. Aquí le recibiremos con gran entusiasmo y alegría.
Pero debo decirle que no le espera un panorama nada halagüeño: un seminario con tres seminaristas, un clero envejecido y con muy escaso relevo generacional, una gran cantidad de sacerdotes extranjeros que, sinceramente, ayudan mucho a sostener lo que hay pero no son la solución al problema. Una diócesis que necesita de decisiones arriesgadas y valientes para salir a evangelizar y hacer frente a una secularización que desde hace tiempo llegó a nuestro campo extremeño y no hemos sabido asumirlo por razones que hoy no vienen al caso. A pesar de todo, viene a una tierra de gente excelente, de comunidades que quieren trabajar unidas a su pastor; de un clero diocesano que le va a tratar lo mejor posible.
Llega a una diócesis con ganas de seguir avanzando por las sendas del evangelio. A una diócesis que no quiere quedarse en palabrerías y bellos escritos; una diócesis con ganas de caminar del lado de su pastor. No le pedimos nada al nuevo obispo, ni que fuera extremeño, ni que reivindique Guadalupe ni nada; tan solo que sea Padre y Pastor, que nos muestre el rostro de Cristo y nos enseñe la verdadera doctrina del evangelio sin componendas ni ambages.
Usted representa la continuidad de vida de esta diócesis erigida en el 1189, siendo don Bricio su primer obispo. Querido Padre José Luis, cuente ya, desde hoy, con nuestra oración y nuestro apoyo. Su nueva diócesis le espera y le acoge. No sienta miedo. Contará además de la protección de la gran santa, santa Teresa de Jesús, con la intercesión de los santos hermanos patrones de esta diócesis san Fulgencio y santa Florentina, además de la beata madre Matilde Téllez Robles del Sagrado Corazón, del beato Nicolás de la Torre, Jose Polo Benito, sor Andrea Calle, y tantos otros.
Sin más, recorra gustoso nuestras tierras diocesanas desde el frio y frondoso norte hasta el caluroso y llano sur. Deténgase ante las patrones más ilustres de nuestro territorio: Virgen del Castañar (Béjar), Virgen del Puerto (Plasencia), Virgen de las Angustias (Navalmoral de la Mata), Virgen de la Victoria (Trujillo), Virgen de la Consolación (Miajadas), Virgen de las Cruces (Don Benito). A ellas le encomendamos esperando tenerle siempre con nosotros.

Dios le bendiga
Oremos por el nuevo obispo:
Oh Dios, eterno pastor de los fieles, que diriges y gobiernas a tu Iglesia con gran providencia y amor;
te rogamos concedas a tu siervo JOSE LUIS,
a quien pusiste al frente de tu pueblo, la gracia de presidir, en nombre de Cristo,
la grey que pastorea, y de ser maestro fiel de la verdad,
sacerdote del culto sagrado y guía de tu pueblo santo.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.