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miércoles, 28 de febrero de 2018

19. MISSA PRO CHRISTIANIS PERSECUTIONE VEXATIS


MISA POR LOS CRISTIANOS PERSEGUIDOS


I. Misterio

Creo que no puede haber un tema más actual y acuciante en la Iglesia que el de la Iglesia perseguida. Estos cristianos de gran parte del orbe son el fruto más granado del anuncio cristiano y del evangelio vivido hasta las últimas consecuencias.

No son pocas las veces que en el Evangelio Jesucristo nos anuncia la convivencia del cristianismo con la realidad de la persecución: “Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan, y digan todo género de mal contra vosotros falsamente, por causa de mí” (Mt 5, 11-12); “Si el mundo os aborrece, sabed que antes que a vosotros, me aborreció a mí” (Jn 15,18); “Os aseguro —respondió Jesús— que todo el que por mi causa y la del evangelio haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o tierra recibirá cien veces más ahora en este tiempo casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierra, aunque con persecuciones; y en la edad venidera, la vida eterna” (Mc 10, 29-30). Estas y otras expresiones no han dejado de hacerse realidad a lo largo de dos mil años de historia eclesiástica.


La primera persecución desatada contra la Iglesia fue la de Herodes en Jerusalén donde se llevó a cabo la muerte de Santiago y la dispersión de la Iglesia incipiente. Tras ella, sobrevinieron cuatrocientos años de persecución por parte del imperio romano. Desde el año 68 al 300 se sucedieron interrumpidamente diez persecuciones. Restablecida la paz con Constantino no tardaron en surgir las persecuciones de los bárbaros hasta la caída del imperio romano en el 410 con Alarico y la conquista de la diócesis hispánica por parte de los godos, que eran arrianos ya que habían sido evangelizados por el obispo arriano Ulfilas. En la Hispania goda la persecución se desató contra los hispano-romanos, que eran católicos bajo el reinado de Leovigildo haciendo la guerra contra su hijo Hermenegildo. Tras la conversión de la monarquía goda al catolicismo, no se hizo esperar otra persecución, esta vez por parte de la nueva religión creada por el caravanero Mahoma, el Islam, que entrando en la península Ibérica en el 711 permaneció en la misma hasta el año 1492 en que se completó la reconquista de España, iniciada por don Pelayo en Asturias en el 718, expulsando al último rey nazarí de la ciudad de Granada por parte de los Reyes Católicos.

El imperio musulmán no dejó, por otra parte, de atacar al Occidente cristiano estableciendo su capital en Constantinopla, después Bizancio, en 1453 cambiando su nombre por Turquía. A parte de las guerras contra el imperio turco, la persecución contra la Iglesia no se desatará, de nuevo con violencia, hasta el cisma de Occidente en que los nuevos nobles luteranos y la monarquía anglicana desaten su furia contra la población que se mantenía católica en sus territorios. El s. XVIII europeo se teñirá del rojo de la sangre de miles y miles de mártires de la Revolución Francesa; la kulturkämpf de Otto von Bismark en el s. XIX no dará tregua a la Iglesia católica. Aun así, el s. XX no será menor en persecuciones a la Iglesia de Dios comenzando por la sangrienta y terrible persecución por parte del comunismo (en todos los países donde se asentó o, al menos, tuvo célula), la masonería mexicana entre 1926-29, del fascismo italiano, del nazismo alemán, en España durante la década de los 30. Y en nuestros días la persecución se ha vuelto a desatar en contra la Iglesia de dos maneras: en Oriente de forma sangrienta y crudelísima por parte del Estado Islámico (ISIS, DAESH) y en Occidente por parte del laicismo radical y la Ideología de Género. A nosotros solo nos toca perseverar.


Por último, leamos esta homilía de Mons. Jenky, obispo de Peoria, pronunciada el 14 de abril de 2012, titulada “La Iglesia sobrevivirá”:

“Por 2.000 años, los enemigos de Cristo han hecho realmente su mejor esfuerzo. Pero piensen sobre esto: la Iglesia sobrevivió e incluso floreció, durante cientos de años de terrible persecución, en los días del Imperio Romano. La Iglesia sobrevivió a las invasiones bárbaras; la Iglesia sobrevivió ola tras ola de jihads; la Iglesia sobrevivió la era de la revolución; la Iglesia sobrevivió al nazismo y al comunismo. Y por el poder de la Resurrección, la Iglesia sobrevivirá al odio de Hollywood; a la malicia de los medios; a la maldad embustera de la industria del aborto; la Iglesia sobrevivirá a la corrupción reinante y absoluta incompetencia de nuestro gobierno del estado de Illinois e incluso al desprecio calculado del presidente de los Estados Unidos, sus burócratas en el departamento de Salud y Servicios Humanos y de la actual mayoría del Senado federal. Que Dios tenga misericordia, que Dios tenga misericordia especialmente de las almas de aquellos políticos que fingen ser católicos en la iglesia, pero en la vida pública, como Judas Iscariote, traicionan a Jesucristo por cómo votan, por cómo voluntariamente cooperan con lo intrínsecamente malo.

Como cristianos debemos amar a nuestros enemigos, y rezar por aquéllos que nos persiguen, pero como cristianos nosotros debemos también defender lo que creemos y estar listos para luchar en defensa de nuestra fe. Los días en que vivimos requieren un catolicismo heroico, no un catolicismo ocasional. No podemos ser por más tiempo católicos por accidente sino, en su lugar, debemos ser católicos por convicción. En nuestras propias familias, en nuestras parroquias, donde vivimos, donde trabajamos. Como aquélla primera generación apostólica, debemos ser testigos valientes del Señorío de Jesucristo. Tenemos que ser un ejército valiente de hombres católicos dispuestos a dar todo lo que tenemos por el Señor, que dio todo por nuestra salvación.

Recuerden que en la historia, otros gobiernos han tratado de forzar a los cristianos a amontonarse y esconderse en el ámbito de sus templos, como los primeros discípulos, antes de la Resurrección, encerrados en el Cenáculo. A finales del siglo XIX, Bismarck emprendió su "Kulturkampf", una guerra cultural contra la Iglesia Católica, cerrando todas las escuelas y hospitales católicos, conventos y monasterios en la Alemania imperial. Clemenceau, apodado "el devorador de sacerdotes", intentó hacer lo mismo en Francia, en las primeras décadas del siglo XX. Hitler y Stalin, en sus mejores momentos, apenas toleraron que algunas iglesias permanecieran abiertas, pero no toleraron la acción de la Iglesia en educación, servicios sociales y cuidado de la salud. En clara violación de nuestros derechos de la Primera Enmienda, el presidente Obama, con su agenda radical pro-abortista y extremadamente secularista, ahora parece intentar seguir un camino similar. Las cosas han llegado a tal extremo en nuestro amado país, que esta es una batalla que podríamos perder. Pero ante el tribunal estremecedor de Dios Todopoderoso, esta no es una batalla en la que un católico creyente pueda permanecer neutral”.

II. Celebración


Para esta intención se ha configurado un formulario eucológico simple, de nueva creación: una oración colecta, una oración sobre las ofrendas y una oración de pos-comunión. Antes de entrar en el formulario debemos señalar que es una misa que puede ser completada con la tercera plegaria por diversas necesidades y que se rige por las normas generales dadas para este tipo de misas, usando los colores del tiempo o de blanco.

La oración colecta de la misa sitúa la persecución como consecuencia de la providencia divina que quiere asociar al conjunto de la Iglesia a la pasión de Cristo. En esta oración de concitan dos textos bíblicos: Mt 10, 22, puesto que la Iglesia padece persecución por causa del nombre de Cristo. Esta persecución nos hace ser testigos fieles y veraces, como apunta Ap 1,5.3,4. La oración sobre las ofrendas destaca tres ideas sobre la persecución: 1. Se padece por fidelidad a Cristo; 2. Es un modo de asociación a la Pasión de Cristo y 3. Su gran consecuencia es que el nombre de los cristiano está inscrito en el cielo (cf. Lc 10,20). La oración de pos-comunión  pide como gracia especial que el Señor confirme en la Verdad de la fe a aquellos que están muriendo por esa misma fe, que es, precisamente, la cruz que deben vivir para gloriarse del nombre de cristianos.

Los textos bíblicos seleccionados para este formulario son: para la antífona de entrada, el salmo 73, 20.21.22.23 donde se apela a la piedad divina implorando que tenga misericordia de los que sufren por causa de Él. Y también Hechos 12,5 donde se expone que la Iglesia debe orar por los encarcelados como hizo con san Pedro. Para la antífona de comunión Mt 5, 11-12 que no es otra que la gran bienaventuranzas para los perseguidos por Cristo y su recompensa en los cielos; y Mt 10,32 donde se nos recuerda la importancia de estar siempre del lado de Jesucristo.

III. Vida


            Tras analizar el formulario litúrgico de la misa veamos que ideas se desprenden del mismo para una vivencia mejor de esta realidad de la Iglesia que se vive en no pocos lugares del mundo, donde el Cuerpo místico de Cristo está presente:

1. Asociarse a la Pasión de Cristo: es una idea que se repite por dos veces en el formulario. La persecución a la Iglesia es un ataque directo a Cristo en cuanto a que el conjunto de la comunión de los fieles es el Cuerpo místico de Cristo, prolongación histórica del Resucitado en el mundo. Sabemos por el Concilio Vaticano que la liturgia es la obra de Cristo, la eterna intercesión del Señor, que asocia a ésta a su Iglesia. En el mismo sentido, Cristo une a la Iglesia a su agonía y muerte en la Pasión por medio de la persecución. Pero si tenemos en cuenta que el Misterio Pascual de Jesucristo es su obra redentora, muerte y resurrección, la persecución a la Iglesia se vuelve misterio pascual, también, para ella. En la persecución la Iglesia vive su Pascua con tal intensidad y con tan craso realismo que se hace imposible no sentirse unido a la obra redentora de Jesucristo, su Señor y fundador.

2. Espíritu de paciencia, caridad, amor y perdón a los enemigos: es la excelencia del cristianismo, la guinda del pastel del cuerpo doctrinal moral del cristiano. Ante la tensión e incertidumbre que puede generar una situación de este calibre, los dones que el Espíritu Santo concede a los cristianos son, precisamente, aquellos que el Evangelio reclama para ellos: amor a los enemigos, perdonar a los que nos zahieren, devolver bien por mal, responder con una bendición. Solo desde el bien y la bondad podemos vencer a los enemigos que matan el cuerpo y pretenden matar el alma. El cuerpo y lo material pueden matarlo o arrebatarlo, pero el alma no, porque es de Dios. Permítanme aquí traer a colación aquellos memorables versos de nuestro Calderón de la Barca: «al Rey, la hacienda y la vida se ha de dar; pero el honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios» (El alcalde de Zalamea, Jornada I, escena XVIII, vv. 869-876).


3. La persecución como prueba de credibilidad: en estos periodos duros y trágicos no solo mueren cristianos, sino testigos fieles y veraces de la fe cristiana. Desde el alba del cristianismo, con los primeros conatos de persecución, es unánime el testimonio de los paganos que se admiran de la capacidad de aguante de los seguidores de Cristo y su forma de afrontar el funesto destino que los deparaba. Así, morir convencidos de la verdadera fe que profesan, se convierte en un testimonio convincente capaz de interpelara  los verdugos e introducirles en una dinámica de conversión.

4. Confirmarse en la Verdad y los nombres en el cielo: esta es la gran recompensa para los cristianos de todos los tiempos. Sentir la presencia del Resucitado, verdadera causa de la persecución, que alienta el testimonio cristiano e inspira en ellos la valentía necesaria para perseverar en la tribulación y mantener la entereza es la mayor confirmación que el Espíritu Santo puede ejercer en los seguidores de Jesús. Por otra parte, saber que el cielo es el hogar que nos espera porque ya están nuestros nombres grabados allí da un aliento nuevo para sufrir con paciencia (gr. hypomoné) los sufrimientos que, lejos de acongojar el corazón de los cristianos, los llena de alegría (gr. agallíasis) para un testimonio valiente (gr. parresía) del nombre de Jesucristo, nuestro Salvador, único Señor (gr. Kyrios).

Así pues, queridos lectores, ciertamente la persecución no es plato de buen gusto para nadie. No es una situación idílica ni querida ni pretendida, pero sí que es verdad que es la única garantizada por el Señor en el Evangelio. Ojalá que Dios nos de la fuerza y la valentía para mantener la confesión de la fe en esta situación.

Dios te bendiga

viernes, 24 de noviembre de 2017

NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO




Antífona de entrada

«Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor. A él la gloria y el poder, por los siglos de los siglos». Tomada del Apocalipsis, capítulo 5, versículo 12 y capítulo 1, versículo 6. Al final del año litúrgico el pueblo cristiano usa las palabras del Apocalipsis para prorrumpir en una sonora alabanza a quien es su único Rey y Señor.

Esta antífona ya nos pone en pista de una adecuada comprensión de la realeza de Cristo: es el Cordero degollado, es decir, Cristo es Rey porque ha entrada en la gloria por medio de su Pasión y muerte. Hoy, como los cristianos de la persecución de Domiciano, seguimos tributando con nuestra vida y nuestra oración todo poder, riqueza, sabiduría, fuerza y honor y alabanza a Jesucristo, Hijo único de Dios y Dios verdadero. El Apocalipsis nos ofrece desde el inicio de la celebración un marco contemplativo de la solemnidad de hoy: fijar nuestros ojos anclando el corazón en quien reina con poder y gloria en el cielo.

Oración colecta

«Dios todopoderoso y eterno, que quisiste recapitular todas las cosas en tu Hijo muy amado, Rey del Universo, haz que la creación entera, liberada de la esclavitud, sirva a tu majestad y te glorifique sin fin. Él que vive y reina contigo». Del misal romano de 1570 con un cambio sustancial en la última parte de la oración. Tomando como sustrato para el texto eucológico a Ef 1, 10; esta misa nos recuerda que todo lo que existe, ha existido o existirá ha sido en función de Cristo, por quien todo fue hecho.

A Cristo se le ha concedido pleno dominio sobre todo por eso, la Creación no puede hacer otra cosa que someterse a su Señor, aguardar - como dice Pablo – la manifestación de los hijos de Dios (cf. Rom 8, 19). Es una creación y una humanidad expectante, que ansía redención de la esclavitud del pecado que la sometió (cf. Rom 5,12) para poder glorificar a su Señor como cielos nuevos y tierra nueva (cf. Ap 21, 1) albergando una humanidad nueva en la que more Dios en medio de ella (cf. Ap 21,3).

Oración sobre las ofrendas

«Al ofrecerte, Señor, el sacrificio de la reconciliación humana, pedimos humildemente que tu Hijo conceda a todos los pueblos los dones de la paz y de la unidad. Por Jesucristo, nuestro Señor». Del misal romano de 1570 con cambios sintácticos y supresión de algunas frases. Tres sustantivos tejen esta oración: “reconciliación-paz-unidad”. La Eucaristía es denominada como “sacrificio de la reconciliación humana” trayendo así a la memoria de los fieles que lo que realmente está aconteciendo en el altar es la actualización incruenta del misterio pascual de Cristo por el cual ha sido coronado como rey del universo. Y en virtud de ese gobierno universal puede, efectivamente, conceder la paz y a unión a todos los pueblos de la tierra porque todos le están sometidos.

Antífona de comunión

«El Señor se sienta como Rey eterno, el Señor bendice a su pueblo con la paz». Tomada del salmo 28, versículos del 10 al 11. El Señor es un Rey que bendice con el don de la paz. En el momento de la comunión, el Señor vuelve a regalarnos el don de su paz en la intimidad del corazón. La blanca Hostia es un regalo del cielo con que el Rey-Pastor provee a su pueblo para que no desfallezca en la lucha que debe lidiar contra las fuerzas del mal que acechan y asedian a los vasallos de dicho Rey. Hoy, al comulgar volvamos rendir el homenaje de nuestra fe y devoción a tal digno mandatario que nos ama incondicionalmente.

Oración después de la comunión

«Después de recibir el alimento de la inmortalidad, te pedimos, Señor, que, quienes nos gloriamos de obedecer los mandatos de Cristo, Rey del Universo, podamos vivir eternamente con él en el reino del cielo. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos». Del misal romano de 1570 con cambios semánticos y suavización de expresiones. Siguiendo la línea teológica que nos ofrecía la reflexión sobre la antífona de comunión, los cristianos no nos conformamos con servir a nuestro verdadero Rey aquí en la tierra sino que aspiramos a vivir en la misma corte de su reino. A diferencia de los reyes de este mundo, que nunca admitieron en sus estancias a sus siervos sino solo a los cortesanos; Jesucristo, Rey pacífico, sí que tiene la firme voluntad de que moremos con Él en las estancias de su reino del cielo.


Visión de conjunto

En el año 1925, la Iglesia celebraba el XVI centenario del Concilio de Nicea celebrado en dicha ciudad de la actual Turquía en el año 325. En aquel concilio no solo se atajaba la herejía arriana formulando la primera parte del actual Credo sino que se añadía la cláusula “y su reino no tendrá fin”. Aquel año santo del 1925 no acabaría, por tanto, sino con la instauración para todo el orbe católico de la fiesta de Jesucristo, Rey del Universo, el 11 de diciembre del 1925 con la encíclica Quas Primas(=QP) siendo sumo pontífice el papa Pio XI. Veamos algunos puntos de esta encíclica.

¿Qué significa que Cristo sea Rey? el mismo Papa responde: «Ha sido costumbre muy general y antigua llamar Rey a Jesucristo, en sentido metafórico, a causa del supremo grado de excelencia que posee y que le encumbra entre todas las cosas creadas. Así, se dice que reina en las inteligencias de los hombres, no tanto por el sublime y altísimo grado de su ciencia cuanto porque Él es la Verdad y porque los hombres necesitan beber de Él y recibir obedientemente la verdad. Se dice también que reina en las voluntades de los hombres, no sólo porque en El la voluntad humana está entera y perfectamente sometida a la santa voluntad divina, sino también porque con sus mociones e inspiraciones influye en nuestra libre voluntad y la enciende en nobilísimos propósitos. Finalmente, se dice con verdad que Cristo reina en los corazones de los hombres porque, con su supereminente caridad y con su mansedumbre y benignidad, se hace amar por las almas de manera que jamás nadie —entre todos los nacidos— ha sido ni será nunca tan amado como Cristo Jesús. Mas, entrando ahora de lleno en el asunto, es evidente que también en sentido propio y estricto le pertenece a Jesucristo como hombre el título y la potestad de Rey; pues sólo en cuanto hombre se dice de Él que recibió del Padre la potestad, el honor y el reino; porque como Verbo de Dios, cuya sustancia es idéntica a la del Padre, no puede menos de tener común con él lo que es propio de la divinidad y, por tanto, poseer también como el Padre el mismo imperio supremo y absolutísimo sobre todas las criaturas» (QP 6).

Hemos visto que, efectivamente, Cristo puede ser considerado como Rey ya que puede reinar en la conciencia, voluntad y en los corazones. Y que es Rey tanto por su divinidad como por su humanidad. Pero ¿hasta dónde alcanza su realeza? Ciertamente, el dominio y señorío de Cristo alcanza a todo lo creado tanto visible como invisible según refiere la Escritura: «Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder, la gloria, el esplendor, la majestad, porque tuyo es cuánto hay en cielo y tierra, tú eres rey y soberano de todo» (1 Cro 29, 11) y san Pablo: «Por tanto, al Rey eterno, inmortal, invisible, único Dios, a Él sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén» (1Tim 1, 17).

Cristo es poseedor de todo cuanto existe por ser Dios, pues a Él le corresponde lo que corresponde al Padre eterno; por haberlo conquistado a precio de su sangre en la cruz, pues con su misterio pascual ha recapitulado todo en sí mismo; y por amar al mundo apasionadamente hasta el punto de entregar su vida por la salvación de éste. Pero Él no se conforma con un mundo o una creación sometida a la esclavitud del pecado sino que la extensión y propagación de su reina implica un ardor misionero que no puede eludirse si queremos que la humanidad y la creación se vean libres del yugo del diablo y ser puestas en las manos de Cristo. Por ello, su reinado no se conforma con una dimensión personal o íntima del fiel sino que ha de repercutir en las relaciones sociales y en vida pública de los pueblos y naciones de la tierra. A este respecto recordemos las palabras de Pio XI: «nunca resplandecería una esperanza cierta de paz verdadera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el imperio de nuestro Salvador» (QP, prólogo).


Por último, conviene recordar aquel grito de “¡Viva Cristo Rey!” con el que murieron tantos mártires en el s. XX tanto en México, con la guerra de los cristeros, como en la España del primero trienio del mismo siglo. Traer a la memoria esta frase es traer al presente la entrega radical que exige el Evangelio y el servicio a tan excelso Rey. Nos recuerda que el martirio es una exigencia de la vivencia total del amor a Dios ya que si los soldados que mueren en el campo de batalla por su rey y su patria obtienen la gloria del recuerdo de la historia, cuanto más los soldados de Cristo, que obtienen la gloria de la eternidad en la corte celestial de su Rey y Señor, Jesucristo.


Vivamos, pues, con paz esta fiesta buscando ante todo el reino de Dios y su justicia; pidiendo, cada día, que venga a nosotros su reino; y que sirviendo lealmente a este Rey eterno, un día podamos morar con él en el cielo.

Dios te bendiga

sábado, 28 de enero de 2017

DICHOSOS LOS POBRES EN EL ESPÍRITU


HOMILÍA DEL IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            Siguiendo la lectura continuada del Evangelio según san Mateo que nos propone este ciclo A, este domingo contemplamos al Señor en lo alto de la montaña, pronunciando el primero de los cinco discursos en que está estructurada la predicación de Jesús en el Evangelio de Mateo.

            Dios no habla nunca en el vacío sino que su palabra va siempre dirigida a una persona o a un grupo en concreto. En este caso, el oráculo de Sofonías va dirigido al pueblo de Israel, un pueblo humilde y oprimido que debe buscar a su Dios, el único que puede hacerle justicia; es un pueblo que vive su fidelidad a la alianza cumpliendo los mandamientos. En definitiva, es un pueblo pobre y humilde que ha puesto su esperanza sólo en Dios.

            El nuevo Israel que nos presenta san Pablo en su primera carta a los corintios sigue las mismas características que el anterior: la Iglesia de Cristo es una comunidad débil y frágil cuya única gloria es su Señor Jesucristo, "sabiduría, justicia, santificación y redención".

            A este doble Israel de los pobres, los anawim, van dirigidas hoy las palabras del Señor, que nos han llegado a nosotros como “bienaventuranzas”. Una bienaventuranza es una exclamación de felicidad, que recoge un estado real de felicidad, y que comienza con el término hebreo “asre” o el griego “makarioi”. Las bienaventuranzas se encuentran tanto en el evangelio de Lucas (cuatro) como en el de Mateo (ocho). No es el lugar este para hacer una reseña de sus convergencias y divergencias, tampoco tengo capacidad para ello; solo quiero constatar este hecho para hacer ver que es una tradición recogida por la fuente en común de los sinópticos, la llamada fuente Q.

            Es interesante detenernos brevemente en el marco de la narración: Cristo esta en la montaña. La montaña en la Sagrada Escritura es un lugar teológico, donde está Dios, donde habla Dios y donde Dios da su ley. La montaña es un lugar sagrado por excelencia. Allí Dios entregó las tablas de la ley a Moisés del mismo modo que Cristo promulgará su nueva ley que son las bienaventuranzas.

            Las bienaventuranzas son la carta de ciudadanía del Reino de Dios, del nuevo pueblo de Dios surgido en la Pascua de Cristo. Las bienaventuranzas tiene por sujeto y destinatario a Cristo, Él es la bienaventuranza suprema y el gran bienaventurado. Él presenta, al inicio de su ministerio público, el programa que marcará toda su predicación: dar consuelo, ejercer la misericordia, trabajar por la paz; Él será consuelo para los que lloran, visión de Dios, quien sacie el hambre y la sed de la justicia a los pobres,… Pero las bienaventuranzas solo pueden ser vividas en esperanza, pues su recompensa es escatológica, es decir, solo se alcanza en el Reino de Dios, según se desprende de los verbos en futuro.  

            Las bienaventuranzas tienen su correspondencia con el salmo responsorial que hemos escuchado:

“Dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el reino de los cielos”
“Sustenta al huérfano y a la viuda” Porque Dios es un rey a imagen de los reyes orientales que debían proteger a los más débiles del reino.
“Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados”
“Él hace justicia a los oprimidos” los que lloran son los que ven y experimentan el mal del mundo
“Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra”
“Él da pan a los hambrientos” en clara correspondencia con el salmo 37,11 que profetiza que los mansos poseerán la tierra. Los sufridos son aquellos que carecen de lo esencial para vivir.
“Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados”
“El Señor ama a los justos” porque casi siempre son aquellos a los que defrauda la misma justicia.
“Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”
“El Señor endereza a los que ya se doblan”. Y se han doblado porque han gastado sus vidas y sus fuerzas en practicar las obras de misericordia.
“Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”
“El Señor abre los ojos al ciego” a aquellos que han oscurecido la imagen de Dios en ellos; a aquellos que han apagado la luz del Creador distorsionando su imagen en él.
“Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios”
“El Señor guarda a los peregrinos” peregrinos que buscan la paz y abren caminos para ella.
“Dichosos los perseguidos por causa de la justicia porque de ellos es el reino de los cielos”
“El Señor liberta a los cautivos” a los que por perseguir la Verdad han sido perseguidos por las sombras del error y la mentira.



            Quizá de todas ellas, la última bienaventuranza sea la más actual y la más difícil de vivir. Ser bienaventurados en la persecución, en el desprecio por mantener el testimonio de Cristo es la mayor gloria que un cristiano puede tener. El martirio es el supremo testimonio de la fe; el mayor don que Dios puede concedernos. Decía Tertuliano que la sangre de los mártires se semilla de cristianos; por eso no debemos tener miedo en esta hora de la historia a dar testimonio del Evangelio, no temer a decir que creemos en Jesús, que amamos a Dios, que somos católicos.

Porque las potencias oscuras que atenazan nuestra vida cristiana no son nada comparado con la gloria que nos aguarda en la eternidad. Porque las presiones de los lobys que tienen conquistada esta sociedad decadente no son nada comparado con la vida eterna a la que hemos sido llamados. Porque por mucho que se empeñen los poderes de este mundo y, por muy terribles que sean los tribunales humanos, son paja que arrebata el viento en comparación con la presencia de Dios y el tribunal supremo de Cristo, Señor y juez de la historia.

No olvidemos que nuestra verdadera patria está en los cielos (cf. Flp 3,20) y que allí es a donde nos dirigimos, allí donde se cumplen las bienaventuranzas, allí donde se recompensarán los sufrimientos de esta vida. Allí nos será desvelada la Verdad y el sentido de esta vida. A nosotros, mientras tanto, solo nos queda esperar y aguardar la manifestación de Cristo.

Bienaventurados, pues, seremos si mantenemos la esperanza en Dios hasta el final de la vida; bienaventurado si morimos con el nombre de Jesús en los labios. Bienaventurados si vivimos las bienaventuranzas sabiendo que cada obra buena hecha a un prójimo en realidad se la hemos hecho al mismo Señor.



Dios te bendiga