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sábado, 9 de diciembre de 2017

PARARE VIAS DOMINI


HOMILÍA DEL II DOMINGO DE ADVIENTO



Queridos hermanos en el Señor:

«Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos». Este es el núcleo del mensaje que nos transmite la liturgia del II Domingo de Adviento. Una invitación que ya empieza 600 años antes de Cristo, y con la cual, el profeta Isaías que nos exhorta a sentirnos consolados por el anuncio esperanzador de aquel que grita en el desierto un tiempo nuevo en que la gloria de Dios se nos manifestará y la podrán ver “todos los hombres juntos”. Se vislumbra el anhelo de Dios de crear un solo pueblo en una sola fe y en una sola fraternidad.

Se nos anima a preparar en estas fechas el camino para el Señor Dios que llega con poder. Pero… ¿Cómo ejerce Dios este poder? Como un Pastor que apacienta al rebaño. La imagen del Dios-Pastor vuelve hoy a hacerse presente en nuestra celebración como el domingo anterior para recordarnos que ese consuelo de Isaías solo puede venir de aquel que conoce a su pueblo. Es el Dios que nos pastorea con su misericordia y nos muestra el camino, la vereda, de la salvación. Pero fijémonos en esta idea: Dios conoce a su pueblo. Él sabe quiénes somos cada uno de nosotros, al ser hechura de sus manos, barro moldeado por su amor bien sabe cuáles son nuestra virtudes y defecto y aún así no deja de mostrarnos su amor ¿se puede esperar más? no creo porque el saber esta certeza divina infunde en el alma cristiano una confianza grande que nos dispone a preparar su venida con más ahínco y a esperarla con más ansia.

De este modo, al fiarnos de Él, hemos respondido en el salmo «muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación». Pero hoy san Pedro nos enseña otra característica de Dios: la paciencia. Dios no quiere que nadie perezca sino que se convierta y viva, por eso Dios no destruye, aunque corrija, porque es un Dios paciente. San Pedro, además, nos recuerda algo que ya se anunció el domingo pasado: la destrucción de todo. Pero a su vez nos invita a la esperanza. Nos invita a esperar “un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia”.


Pero la profecía de Isaías no es algo que quede lejano y perdido en el pasado, sino que se cumple en el Evangelio de hoy. Aparece un nuevo personaje, una voz que anuncia, grita y denuncia en el desierto. Esa voz es Juan el Bautista que ya nos señala la proximidad del Salvador, la inminente llegada del Mesías que nos dará el bautizo nuevo del Espíritu Santo.

En este domingo segundo de Adviento os propongo esta oración para que la Palabra de Dios que hemos escuchado cale en lo más hondo de nuestro corazón y nos disponga a una mejor preparación de las fiestas que se avecinan:

«Muéstranos, Señor, tu misericordia para que preparando tu camino, allanando los senderos y siguiendo la voz del Bautista, que hoy nos llama a la conversión y al perdón de los pecados, podamos oír la majestad de tu voz. A ti, que un día llegarás con poder y como un Pastor a apacentar a tu pueblo, se dirigen nuestras súplicas, invocando tu nombre desde la tierra, para que tu salvación llueva desde el cielo. De modo que todos los hombres juntos, esperando un cielo nuevo y una tierra nueva, podamos ser bendecidos con tu paciencia y ver la gran manifestación de tu Hijo Jesús. Amén».

Dios te bendiga

sábado, 2 de diciembre de 2017

MARANA - TÁ


HOMILÍA DEL I DOMINGO DE ADVIENTO



Queridos hermanos en el Señor:

«Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve». Con esta antífona que nos proponía el salmo responsorial, ya desde el comienzo de este nuevo año litúrgico, la Iglesia invoca a su Señor Jesucristo para que le devuelva la santidad perdida por los pecados.

Al Pastor de Israel se dirige el profeta Isaías con un anhelo que brota desde lo más hondo del corazón creyente «¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!». El profeta describe con cierto dramatismo la relación entre Dios y su pueblo. Dios es “nuestro padre”, “nuestro redentor” y nosotros somos sus hijos “obra de tu mano”. Dios es, ante todo, un Dios cercano, cuya presencia nunca se aparta ni se desdice de nosotros; aunque seamos impuros, manchados y marchitos, aunque nos ocultemos de su presencia por miedo o por vergüenza, Él sigue siendo el Señor, nuestro padre y nosotros “arcilla” y Él el alfarero. Es el retrato del Dios que viene, que se acerca para juzgar al mundo y para dar la victoria a sus hijos inocentes.

Es el Dios, como hemos cantado en el salmo, que protege a su pueblo, a su Iglesia. Esta Iglesia que ya, ahora, aguarda «la manifestación de nuestro Señor Jesucristo», el que nos ha enriquecido con su pobreza, el que nos mantiene firmes y el que nos llama a participar de su misma vida, como nos recordaba el apóstol san Pablo. El mismo Jesucristo en el evangelio nos ha llamado insistentemente a vigilar y a velar porque no sabemos cuándo vendrá de nuevo, ni tan siquiera Él mismo lo sabe.


Porque la figura de este mundo, todo lo que vemos, está llamado a desaparecer y a ser transformado. Al principio del Adviento, la liturgia de la Iglesia nos recuerda que los cristianos, somos un pueblo en marcha, peregrinos en tierra extraña, y que, al levantar nuestra alma y todo nuestro ser al Señor, nuestra meta es el «poseer el reino eterno».

El Adviento nos propone una actitud de constante e intensa vigilancia, de honda expectación ante el parto de la Virgen Madre y ante la inminente llegada del Señor a nuestra vida. Dios vino y quiere seguir viniendo. Ante este deseo divino, nosotros hoy queremos acogerlo, queremos decir, como Iglesia-esposa de Cristo, movidos por el Espíritu Santo: Ven, Señor Jesús, vena nuestra vida, Marana-tha.

En este primer domingo de Adviento os invito a orar, hermanos, haciendo una lectura pausada y meditativa de estas lecturas que hemos proclamado: «Ojalá rasgases los cielos y bajases, Pastor de Israel, para que seamos restaurados y tu rostro brille sobre nosotros que aguardamos la manifestación de tu Hijo, que nos ha enriquecido, nos mantiene firmes y nos llama a participar de su gracia. Que velemos, Pastor de Israel, y vigilemos para que cuando venga el dueño de la casa, nuestras almas estén dispuestas para morar con Él en el cielo. Amén»

Dios te bendiga

miércoles, 15 de marzo de 2017

DIA DEL SEMINARIO



Se acerca el día 19 de marzo, fecha entrañable en el calendario litúrgico católico. En este día se concitan varias efemérides: san José, el día del padre, pero sobre todo, el día del seminario. Aunque este año al caer en el III domingo de cuaresma se haya trasladado al día 20.

El origen de esta festividad se debe al sacerdote mártir español beato Pedro Ruiz de los Paños, que siendo rector del seminario de Plasencia (1917-1927), mi diócesis, publicaba dos revistas
vocacionales: “la hoja vocacional” y “El sembrador”, de carácter infantil; promoviendo, así, esta misma fiesta en este día extendiéndose, rápidamente, a toda España. Es por ello una buena ocasión para dedicarle un espacio del blog al que ha sido llamado “el corazón de la diócesis”, aunque este corazón a veces parece que esté infartado.



El seminario debería ser “la niña de sus ojos” de toda la diócesis, pues en él se forman los que un día serán los sacerdotes de la misma. Es una casa grande donde viven chicos jóvenes (alguno no tan joven) que aman al Señor, que han recibido de Él una llamada y con valentía y gran confianza quieren seguirlo. Lo que se espera de ellos es que perseveren en este don y sean fieles a aquel que inicio su camino y lo habrá de llevar a buen término.

Por la importancia que tiene su existencia para la vida y futuro de la diócesis, el seminario debería ser la causa de los desvelos de todos los que formamos la gran familia de la diócesis, sea la que sea. En primer lugar, debe ser el desvelo del señor obispo, el cual en sus primeras entrevistas tras su anuncio ha dicho que por su trayectoria como rector del seminario de Ávila estará muy pendiente de Él, cosa que nos alegra. Pero el señor obispo debe conocer bien a en quienes pondrá su confianza para formar a los alumnos del mismo.

En segundo lugar, ha de ser el desvelo de los sacerdotes que componen el presbiterio diocesano. De todos y cada uno de ellos y sin excepción. Desde hace unos años comenzó a inocularse en el mundo católico cierta corriente teológica, ambigua y extraña, que negaba el carácter sacerdotal de Jesucristo, arguyendo que Jesús era un laico. Quizás se debiera a esa necesidad patógena del clero de estar como pidiendo perdón a los laicos por ser curas. Y es que cuando una teología ni se asume ni se aprende bien, ocurren estos disparates. Negar el sacerdocio de Cristo tiene serias consecuencias:

1. Si Cristo no fue sacerdote no podría haber comunicado su sacerdocio a sus fieles y por tanto ellos no podrían ser, en virtud del bautismo, sacerdotes.

2. Si negamos el sacerdocio de Cristo, no solo el sacerdocio bautismal desaparecería, sino que el sacerdocio ministerial sería inexistente y por ello, todos los sacramentos y toda la liturgia sería vacía y estéril. Puro teatro.

3. Si Cristo no fuera sacerdote y solo laico, y por tanto, el sacerdocio de los fieles y de los ministros no existiera; la Iglesia no sería pueblo sacerdotal, sino solo pueblo laical; de ahí la no necesidad de la vocación sacerdotal.

4. En definitiva la Iglesia no sería más que una asociación filantrópica, una teosofía y no habría trascendencia posible.

Pues bien, esta teología de la que algunos sacerdotes, supongo que por moda o desconocimiento, asumieron y propagaron esta a la base de la despreocupación por parte del clero de no buscar ni promover vocaciones sacerdotales. Por eso, el clero diocesano, debe esmerarse en el arte de la pastoral vocacional, sobre todo, con los monaguillos.

En tercer lugar, los mismos laicos deben tomar conciencia de la escasez de sacerdotes y la importancia de buscar, animar y apoyar las posibles vocaciones que puedan surgir en sus familias o en las parroquias. Los laicos, como co-responsables en la misión evangelizadora de la Iglesia, no pueden estar al margen de la vida del seminario ni dejar de colaborar con Él en sus necesidades y actividades.

Con todo esto, es necesario ir creando una cultura vocacional. Para ello nuestro seminario ha
elaborado un plan vocacional llamado “es hora de bregar” donde están comprometidos un nutrido grupo de sacerdotes jóvenes de la diócesis, no todos lógicamente, y que llevan a cabo una serie de actividades con, por ahora, poco éxito. No obstante este blog apoyará y difundirá dichas acciones puntuales.

Por lo que a este blog respecta, quisiera aprovechar esta festividad para hablar de la dimensión litúrgico-celebrativa en la vida del seminario. Es la más importante y la base fundamental del resto. Partamos de estas palabras del mismo Concilio Vaticano II: «La formación espiritual ha de ir íntimamente unida con la doctrinal y la pastoral, y con la cooperación, sobre todo, del director espiritual; ha de darse de forma que los alumnos aprendan a vivir en continua comunicación con el Padre por su Hijo en el Espíritu Santo. Puesto que han de configurarse por la sagrada ordenación a Cristo Sacerdote, acostúmbrense a unirse a El, como amigos, en íntimo consorcio de vida. Vivan el misterio pascual de Cristo de tal manera que sepan unificar en él al pueblo que ha de encomendárseles. Enséñeseles a buscar a Cristo en la meditación fiel de la palabra de Dios, en la íntima comunicación con los sacrosantos misterios de la Iglesia, sobre todo en la Eucaristía y en el Oficio; en el Obispo que los envía y en los hombres a los que son enviados, especialmente en los pobres, en los niños y en los enfermos, en los pecadores y en los incrédulos. Amen y veneren con amor filial a la Santísima Virgen María, que al morir Cristo Jesús en la cruz fue entregada como madre al discípulo» (Optatam Totius 8).

Los seminaristas de hoy se preparan para ser los cultores del mañana, es decir, los sacerdotes que celebrarán la misa y dispensarán los sacramentos, que es lo específico del ministerio sacerdotal. Y decimos específico porque solo pueden hacerlo ellos y no otros. De ahí que la vivencia de la liturgia sea tan importante para que el corazón de estos jóvenes pueda irse troquelando por el amor de Dios, pues la liturgia no es otra cosa que un misterio de santificación y de amor. El seminarista debe aprender, a través de la liturgia, a orar por el pueblo que un día se le encomendará para que pueda decirse de él el versículo responsorial del oficio de pastores: “este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo”. Pero dejemos que sea el seminarista encargado de la liturgia de nuestro seminario, Miguel Ángel Palacios Pino como viven ellos esta dimensión:

El aspecto litúrgico es uno de los más importantes en la vida de un presbítero. Por eso, ya desde el Seminario tratamos de cuidar con delicadeza y dignidad nuestras celebraciones diarias: la misa, la liturgia de las horas (laudes, vísperas y completas) y otros momentos de adoración al Señor. Todas estas celebraciones son la fuente de nuestro día a día ya que por medio de ellas nos acercamos más a Dios, configurándonos más con Cristo, y en ellas sentimos como Dios nos ayuda y nos da su fuerza para todas las demás actividades.

Mi tarea en el seminario es estar atento a estas celebraciones diarias. Es algo importante, ya que en la liturgia va nuestra relación con Jesucristo. Leccionarios, Misal, ornamentos, cantos… son los instrumentos con los que contamos para las celebraciones, a las que intentamos cuidar.

Desde pequeñito me ha gustado mucho la música, siento que es un pequeño don que me ha dado el Señor y lo intento potenciar para alabarle cada día más. “Quien canta, reza dos veces” nos decía san Agustín, y es que desde tiempo de los primeros cristianos se ha considerado al canto como un camino mediante el cual dirigir nuestras oraciones a Dios. Testigo de esto es san Pablo en Ef 5,19: “recitad entre vosotros cantos, himnos y salmos inspirados; cantad y tocad con toda el alma para el Señor”.

Los talentos hay que ponerlos al servicio de los demás; por eso animo las celebraciones con la música, tanto con el órgano como con la guitarra o “a cappella”. Puedo sentir cada día como la música nos eleva hacia Dios y nos une más entre nosotros, que cantamos con una misma voz al Autor de Maravillas. La música les da el toque festivo, ya que mediante ella distinguimos los días más importantes de otros más sencillos; pero también da el toque solemne ayudándonos a adentrarnos en el misterio de lo que estamos celebrando y conmemorando.

Las celebraciones que más me gustan y mejor vivo en el seminario son las dominicales ya que desde por la mañana se nota que es un día especial y más solemne: las laudes son presididas y sus salmos cantados; acudimos a la Eucaristía en las parroquias en las que servimos; al caer la tarde adoramos al Señor revestidos todos de túnicas blancas y cantamos las vísperas, que también son presididas. Por la noche concluimos el día con las completas, encomendando nuestro descanso nocturno al Señor.

En verdad hay una bella armonía en todas esas celebraciones: por la mañana acudimos al Señor recordando su resurrección diciéndole “Oh Dios, tu eres mi Dios, por ti madrugo” y reconociéndole como origen de nuestra vida; a la tarde nos acercamos a Él a recordar su muerte y nos revestimos con túnicas blancas, igual que la multitud que le alaba en el libro del Apocalipsis: “Alegrémonos y gocemos y démosle gracias” y por la noche nos acordamos de que el lugar al que estamos destinado es la cena nupcial del cordero en la nueva Jerusalén: “Verán al Señor cara a cara y llevarán su nombre en la frente”.

Una madre es la que cuida todo el seminario, desde el más pequeño al mayor. Ella es la reina de esta casa a la cual amamos veneramos de forma especial todos los sábados: la  Inmaculada
Concepción, nuestra patrona. Por la mañana celebramos la misa de Santa María en sábado y por la tarde rezamos todos juntos el rosario, a lo que añadimos la Oración a nuestra patrona la Inmaculada por la noche, en la que pedimos a María que interceda maternalmente por todos los sacerdotes de nuestra diócesis, por los que nos formamos en el seminario y por el aumento de vocaciones.



Dos fechas son las más importantes en esta casa: la Inmaculada y san José. La fiesta de la Inmaculada tiene gran tradición y se celebra de un modo especial, preparándonos antes con la novena y la escucha de los predicadores que nos dan palabras de ánimo y consejos para seguir adelante en este camino que el Señor nos ha puesto. Otra fiesta de gran importancia es la de san José, día del Seminario y precedido de un triduo donde le pedimos que cuide de nosotros igual que lo hizo con el mismo Jesús.




Así pues, Miguel Angel, Javier, Francisco José y Pablo, la diócesis pone sus ojos en vosotros. No os canséis y perseverad en el amor de Cristo. Sed fieles a su llamada y dejaos acompañar por la Iglesia. La comunidad diocesana reza por vosotros y se alegra de vuestra generosidad.

Que Dios os bendiga.








P.D: Oremos por nuestros seminaristas y para pedir vocaciones sacerdotales:

Oh Dios que quisiste dar pastores a tu pueblo,

derrama sobre tu Iglesia el espíritu de piedad y fortaleza,

que suscite dignos ministros de tu altar

y los haga testigos valientes y humildes de tu evangelio.

Te pedimos que germinen las semillas

que esparces generosamente en el campo de tu Iglesia,

de manera que sean cada vez más numerosos

los que elijan el camino de servirte en los hermanos.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

Amén.

jueves, 9 de marzo de 2017

BIENVENIDO, SEÑOR OBISPO

DON JOSE LUIS RETANA GOZALO, OBISPO DE LA DIOCESIS DE PLASENCIA


Don José Luis Retana Gozalo, en adelante monseñor Retana Gozalo, ha sido elegido hoy obispo de la diócesis de Plasencia, mi diócesis. Ocupará el puesto 82 en el episcopologio placentino, sustituyendo, así, a su antecesor 81 el Reverendísimo Padre don Amadeo Rodríguez Magro, actual obispo de Jaen.

Monseñor Jose Luis, nació en 1953 en la localidad abulense de Pedro Bernardo, un municipio enclavado en el fértil valle del Tiétar, en la ladera sur del risco de la Sierpe en las estribaciones del sector oriental de la Sierra de Gredos, desde donde domina una panorámica del valle y de los Montes de Toledo, un paraje precioso. Es por ello que se le conoce como Mirador o Balcón del Tiétar. Fue ordenado sacerdote en 1979 tras cursar sus estudios en el Seminario de Arenas de San Pedro, en el Teologado y Universidad Pontificia de Salamanca y en Friburgo (Suiza).

Ha sido miembro del Equipo de Formadores del Colegio Diocesano, Rector del Seminario de Ávila en Salamanca (1993-1999) y del Seminario Diocesano (2003-2012), Vicario Episcopal para las Relaciones con las Instituciones (1997-2006) y Director del Centro de Educación Especial Santa Teresa (Martiherrero). Ha sido también Vicario parroquial en la parroquia del Inmaculado Corazón de María (1999-2003) y prestado atención pastoral en Albornos, Muñomer y Narros de Saldueña. Desde el año 2002 es canónigo de la Catedral, adjunto a la dirección de Patrimonio. Actualmente ejercía como párroco de la iglesia de San Pedro Bautista (Ávila) desde el 1 de septiembre de 2012.

Ha publicado varios libros como los siguientes: Apuntes históricos de la Villa de Pedro Bernardo (1981); Teologado de Ávila, XXV aniversario (1996); Baldomero Jiménez Duque. Formador de hombres y forjador de sacerdotes (2005); Seminario Diocesano de Ávila 1955-2005 (2005); Don Francisco Muñoz Rogero, un cura tradicional y moderno (2009).

Querido don Jose Luis, desde este incipiente blog dedicado a la liturgia y a la espiritualidad, le damos la bienvenida a nuestra humilde y querida diócesis de Plasencia y, por ende, a nuestra tierra extremeña. Aquí le recibiremos con gran entusiasmo y alegría.
Pero debo decirle que no le espera un panorama nada halagüeño: un seminario con tres seminaristas, un clero envejecido y con muy escaso relevo generacional, una gran cantidad de sacerdotes extranjeros que, sinceramente, ayudan mucho a sostener lo que hay pero no son la solución al problema. Una diócesis que necesita de decisiones arriesgadas y valientes para salir a evangelizar y hacer frente a una secularización que desde hace tiempo llegó a nuestro campo extremeño y no hemos sabido asumirlo por razones que hoy no vienen al caso. A pesar de todo, viene a una tierra de gente excelente, de comunidades que quieren trabajar unidas a su pastor; de un clero diocesano que le va a tratar lo mejor posible.
Llega a una diócesis con ganas de seguir avanzando por las sendas del evangelio. A una diócesis que no quiere quedarse en palabrerías y bellos escritos; una diócesis con ganas de caminar del lado de su pastor. No le pedimos nada al nuevo obispo, ni que fuera extremeño, ni que reivindique Guadalupe ni nada; tan solo que sea Padre y Pastor, que nos muestre el rostro de Cristo y nos enseñe la verdadera doctrina del evangelio sin componendas ni ambages.
Usted representa la continuidad de vida de esta diócesis erigida en el 1189, siendo don Bricio su primer obispo. Querido Padre José Luis, cuente ya, desde hoy, con nuestra oración y nuestro apoyo. Su nueva diócesis le espera y le acoge. No sienta miedo. Contará además de la protección de la gran santa, santa Teresa de Jesús, con la intercesión de los santos hermanos patrones de esta diócesis san Fulgencio y santa Florentina, además de la beata madre Matilde Téllez Robles del Sagrado Corazón, del beato Nicolás de la Torre, Jose Polo Benito, sor Andrea Calle, y tantos otros.
Sin más, recorra gustoso nuestras tierras diocesanas desde el frio y frondoso norte hasta el caluroso y llano sur. Deténgase ante las patrones más ilustres de nuestro territorio: Virgen del Castañar (Béjar), Virgen del Puerto (Plasencia), Virgen de las Angustias (Navalmoral de la Mata), Virgen de la Victoria (Trujillo), Virgen de la Consolación (Miajadas), Virgen de las Cruces (Don Benito). A ellas le encomendamos esperando tenerle siempre con nosotros.

Dios le bendiga
Oremos por el nuevo obispo:
Oh Dios, eterno pastor de los fieles, que diriges y gobiernas a tu Iglesia con gran providencia y amor;
te rogamos concedas a tu siervo JOSE LUIS,
a quien pusiste al frente de tu pueblo, la gracia de presidir, en nombre de Cristo,
la grey que pastorea, y de ser maestro fiel de la verdad,
sacerdote del culto sagrado y guía de tu pueblo santo.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.






miércoles, 22 de febrero de 2017

LITURGIA Y ENFERMEDAD (III)



Para concluir estos artículos sobre Liturgia y enfermedad, vamos a realizar un comentario a la oración colecta primera que aparece en el misal y que no comentamos en el segundo post.
«Tú quisiste, Señor, que tu Hijo unigénito soportara nuestras debilidades, para poner de manifiesto el valor de la enfermedad y la paciencia…» esta primera sección de la oración a la que denominamos “anamnesis”, que significa recordar, hacer memoria; está centrada en la imagen del siervo sufriente de Isaías 53y de 1 Pe 2, 25 «Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores: nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue herido por nuestras rebeldías, triturado por nuestros crímenes. Él soportó el castigo que nos trae la paz, por sus llagas hemos sido curados» (Is 53, 4-5), ubica su cumplimiento en el mismo Jesucristo. Él cual, asumiendo una humanidad real como la nuestra excepto en el pecado, sintió en sus carnes la pena de lo que no tuvo.

«…escucha ahora las plegarias que te dirigimos por nuestros hermanos enfermos, y concede a cuantos se hallan sometidos al dolor, la aflicción o la enfermedad…» “Escucha” y “concede” son los dos verbos sobre los que pivota la epíclesis de esta oración colecta. “escucha” a la Iglesia suplicante que está presente, reunida en asamblea santa, en oración litúrgica, celebrando la Eucaristía y que pide por los ausentes hermanos enfermos, esto es, “a los sometidos al dolor, la aflicción o la enfermedad”.

«…la gracia de sentirse elegidos entre aquellos que tu Hijo ha llamado dichosos y de saberse unidos a la pasión de Cristo para la redención del mundo» La aitesis (peticiones) de esta breve oración comprende una doble gracia: que los que pasan por la enfermedad, aflicción o dolor: a) se sientan elegidos como dichosos y b) se unan a la Pasión de Cristo. La enfermedad y el dolor son, ciertamente, consecuencia del pecado, pero no son castigo por los pecados. Dios quiere en su providencia divina que luchemos contra ellos usando la inteligencia y la investigación. Pero también, estas realidades entran dentro del plan de Dios de modo que estemos siempre dispuestos a completar en nosotros lo que falta a la Pasión de Cristo. Los enfermos tienen la misión de recordar, con su testimonio, a todos los cristianos e incluso a todos los hombres las realidades superiores y esenciales, así como mostrarles que la vida mortal se redime con el misterio de la Muerte y Resurrección de Cristo.

El misterio de la elección está muy presente en la Sagrada Escritura y, de manera particular en el Nuevo Testamento. Mt 24, 22 habla de la salvación para los elegidos cuando se sucedan los acontecimientos últimos; Jn 15, 16 nos recuerda que no somos nosotros, sino Cristo el que nos elige. Por tanto, “la gracia de sentirse elegidos” está en estrecha relación con la predilección de Cristo por cada uno de nosotros y para llevarnos a su destino último querido: la salvación. Le enfermedad, en este sentido, es camino de salvación. Vivida en plenitud puede ser un medio del que Dios se vale para llevar a una multitud de hijos a la gloria (cf. Heb 2, 10). En la oración, a la gracia de la elección le acompaña la gracia de la Bienaventuranza (cf. Mt 5,4). Porque la mayor dicha del hombre esta en sentirse amado por Dios, elegido por Él y salvado por Él. En definitiva, la mayor y mejor bienaventuranza es la de morir con el nombre de Jesús en los labios.

Pero esta elección en medio de la enfermedad se concreta en la ser “unidos a la pasión de Cristo”, “para la redención del mundo”. El misterio de la enfermedad y del mal se ilumina, precisamente, en esta realidad espiritual: la unión mística con los sufrimientos padecidos por el Señor. Con harta frecuencia escuchamos la expresión piadosa “cargar con la cruz de Cristo”, “vivir la cruz en la vida”. Y con la misma frecuencia la entendemos en un sentido negativo, como si de una llamada a la resignación se tratase. Creo que esto es un error. La resignación no es cristiana; el conformismo anímico no es propio de un espíritu cristiano. La vivencia de la cruz en nuestro existir terrenal es, ante todo, un don y una gracia que Dios concede a quien puede cargar con ella. La cruz es fuente de vida y salvación o como canta aquella antífona bizantina “por el madero ha venido la alegría al mundo entero”.

De aquí surge una doble dimensión: por un lado hay un aspecto negativo, es decir, de dolor, de sufrimiento; pues cargar con la cruz siempre es difícil, duro, amargo y algo que repugna a la voluntad humana. Pero por otro lado, hay un aspecto positivo, pues no se puede olvidar que el misterio de Cristo no se agota en la cruz sino que culmina en la gloriosa resurrección. Esto significa, que el sufrimiento, el dolor o la enfermedad no son para siempre sino que son antesala para gozar de la plenitud de la vida, pues allá en la eternidad ya no habrá más enfermedad ni luto, ni llanto ni dolor (cf. Ap 21, 4). Cruz y gloria forman, por tanto, un único misterio: el de la pasión salvadora de Jesucristo.

Por último, este misterio de Cristo que se actualiza y concreta en la carne de nuestros hermanos enfermos no es, tampoco, un fin en sí mismo sino que está en función de la gran misión de Jesús y su Iglesia: la redención del mundo. El enfermo en su postración hace verdad lo dicho por el apóstol Pablo “Completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo” (Col 1, 24). Viviendo la enfermedad como ofrenda permanente, como Hostia santa y agradable a Dios (cf. Rom 12,1) estamos contribuyendo a la salvación y santificación del mundo y de la humanidad. Ningún sufrimiento es estéril, ni se padece de balde. Al contrario, Cristo lo une a sí mismo en su eterna intercesión por el mundo, teniendo su culmen en la misma celebración del sacrificio del altar.

Así pues, con estos últimos artículos dedicados a la enfermedad y a los enfermos, hemos querido poner una luz de esperanza y paz en la pesada carga que, a veces, supone estar enfermos, sobre todo, cuando el término de una enfermedad será la misma muerte. Pero… ¿qué es la muerte sino una puerta que hemos de cruzar para contemplar a Dios y obtener la vida eterna? ¿A qué temer? ¿Acaso no es esto a lo que aspiramos? Es verdad que el drama de la muerte supone una ruptura y un abandono de los que aquí anudan nuestro querer pero ellos también serán cuidados por Dios mientras tanto. Ánimo pues, hermanos míos, vivamos la enfermedad con entereza y alegría cristiana. Demos gracias a Dios por todo y pensemos con cuanto bien estamos contribuyendo a la Iglesia y al mundo.

Dios te bendiga

P.D.: para profundizar en esto, lo mejor es leer la Constitución Apostólica Salvifici Doloris de san Juan Pablo II, quien mejor supo encarnar el misterio de la enfermedad. Aquí os dejo el enlace: