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miércoles, 18 de octubre de 2017

3. MISA POR EL OBISPO






I. Misterio

Si en el anterior post tratábamos con profundidad las misas por el sucesor de un apóstol en concreto, el apóstol Pedro, y éste es el Papa, en este tercer post sobre las misas “ad diversa” trataremos el formulario que se nos ofrece para orar por los sucesores de los apóstoles, los obispos.

El Concilio Vaticano II, a este respectó, recordó: «los obispos, pues, junto con sus colaboradores, los presbíteros y los diáconos, recibieron el ministerio de la comunidad. Presiden en nombre de Dios el rebaño del que son pastores, como maestros que enseñan, sacerdotes del culto sagrado y ministros que ejercen el gobierno […] Por eso enseña este sagrado Sínodo que por institución divina los obispos han sucedido a los apóstoles como pastores de la Iglesia. El que los escucha, escucha a Cristo; el que, en cambio, los desprecia, desprecia a Cristo y al que lo envió» (LG 20c). Subrayemos algunos puntos importantes de este párrafo sobre la presidencia de los obispos en las iglesias particulares:

1. “como maestros que enseñan”: es el primer oficio del obispo, el llamado “munus docendi”, esto es, el oficio de enseñar. El obispo debe exponer con fidelidad el depósito de la fe del que ha sido constituido su custodio, valedor y defensor. Asistido por el don de ciencia.

2. “sacerdotes del culto sagrado”: es el segundo oficio, el llamado “munus santificandi”, esto es, el oficio de santificar. El obispo debe celebrar, convenientemente, la liturgia, tanto la Eucaristía como el resto de sacramentos y sacramentales y la Liturgia de las Horas, por si mismo y por todo el Pueblo de Dios a él encomendado. Asistido por el don de piedad.

3. “ministros que ejercen el gobierno”: es el tercer oficio, el llamado “munus regendi”, esto es, el oficio de gobernar. El obispo debe dirigir los pasos de la diócesis según la ley suprema del Evangelio, la tradición de la Iglesia, y en fidelidad a las normas y disposiciones de la Iglesia. El obispo no es dueño de nada, sino administrador de los bienes espirituales y materiales de la Iglesia. Asistido por el don de fortaleza y consejo.

A lo largo de la historia de la Iglesia, la teología del episcopado ha fluctuado entre la concepción monárquica del mismo y hasta llegar a ser un mero puesto de honor y dignidad sin distinción ontológica con el presbiterado. Autores como San Ignacio de Antioquía defendían el episcopado monárquico; sentencias como “no hagáis cosa alguna sin contar con el obispo[1] o “no hay más que un solo obispo[2] dan sobrada cuenta de esta concepción que estará presente de una manera o de otra en toda la reflexión patrística.

Sin embargo en la Edad Media vemos como el episcopado se diferencia del presbiterado por el honor y la dignidad. A esto contribuye la mentalidad de que lo más grande que puede hacer un sacerdote es consagrar y confesar y eso lo puede hacer tanto un obispo como un presbítero. Pedro Lombardo será de los primeros en no considerar el episcopado ni tan siquiera de entre el número de órdenes sino únicamente como dignidad y oficio, por tanto, no como sacramento[3]. A este le seguirán entre otros, Santo Tomás de Aquino. La escolástica tardía, y más concretamente la escuela de Salamanca, siguiendo el pensamiento precedente, da un paso más y será Pedro de Soto quien dirá que el obispo, recibe en la consagración episcopal la potestad espiritual para confirmar, ordenar y gobernar la Iglesia.  

Con esta corriente de pensamiento llegamos a los albores  del Concilio Vaticano II donde surge con fuerza el debate sobre la sacramentalidad del episcopado. Así, tras agitadas discusiones en las distintas fases y sesiones del Concilio se presentó por fin la Constitución Conciliar sobre la Iglesia Lumen Gentium, de entre cuyos capítulos destacamos, por el interés de este estudio, el tercero sobre el episcopado. El obispo está dedicado al cuidado pastoral de una Iglesia particular pero también al de la Iglesia universal en cuanto forma parte del Colegio episcopal. Son dos dimensiones inseparables[4] «uno queda constituido miembro del Colegio episcopal en virtud de la consagración episcopal y por la comunión jerárquica con la Cabeza y con los miembros del Colegio» (LG 22a).


Y es, precisamente, en la Eucaristía donde esta doble misión se pone de manifiesto más palpablemente ya que el mismo preside la Eucaristía y predica el Evangelio con la garantía apostólica[5]:

a) la Eucaristía es el momento en que el Señor se hace presente de un modo especial congregando a todo el pueblo, así el obispo preside la misma no para o con la comunidad sino en el centro de su Iglesia; esta vinculación queda expresada en la frase de San Ignacio de Antioquía “sólo es válida la eucaristía celebrada por el obispo o por quien ha sido autorizado por él[6].

b) El anuncio del Evangelio, la predicación como convocación de la comunidad eclesial, la enseñanza de la doctrina como maestros auténticos, el testimonio de la verdad divina[7], también pertenecen a la esencia del ministerio apostólico «entre las principales funciones de los obispos destaca el anuncio del Evangelio […] Aunque los obispos aisladamente no gozan del privilegio de la infalibilidad, sin embargo, cuando incluso dispersos por el mundo, pero en comunión entre sí con el sucesor de Pedro, enseñan cuál es la fe y la moral auténticas, si están de acuerdo en mantener una opinión como definitiva, entonces proclaman infaliblemente la enseñanza de Cristo […]» (LG 25).

Así, esta doble dimensión del ministerio de la palabra y el litúrgico-sacramental, articula el ministerio del obispo según dice LG 24 « (los obispos reciben del Señor) la misión de enseñar a todos los pueblos y de predicar el Evangelio a todo el mundo para que todos los hombres, por la fe, el bautismo y el cumplimiento de los mandamientos, consigan la salvación» y LG 26 «el obispo es el administrador de la gracia del sumo sacerdocio, sobre todo en la Eucaristía que él mismo celebra o manda celebrar y por la que la Iglesia vive y se desarrolla sin cesar. […] toda legítima celebración de la Eucaristía es dirigida por el obispo».

Desde aquí se entiende mejor la sacramentalidad del episcopado que se funda en su misma potestad sacramental y en su actuar en la persona de Cristo «en efecto, el sacerdocio ministerial, por el poder sagrado de que goza, configura y dirige al pueblo sacerdotal, realiza como representante de Cristo el sacrificio eucarístico y lo ofrece a Dios en nombre de todo el pueblo» (LG 10).

Pero aún  queda por tratar otra dimensión de la sacramentalidad del episcopado, que fue apuntada más arriba: la doble cura pastoral del obispo hacia su propia diócesis y hacia la Iglesia universal, pues éste, al ser ordenado obispo es constituido sacramentalmente miembro del colegio episcopal con el Papa como cabeza del mismo[8] «uno queda constituido miembro del Colegio episcopal en virtud de la consagración episcopal y por la comunión jerárquica con la Cabeza y con los miembros del Colegio […] este Colegio, en cuanto compuesto de muchos, expresa la diversidad y la unidad del Pueblo de Dios; en cuanto reunido bajo una única Cabeza, expresa la unidad del rebaño de Dios» (LG 22).


II. Celebración

            La tercera edición del misal romano (2002) nos ofrece un solo formulario para esta misa con tres oraciones colectas a elegir. Esta misa, como el resto de misas y oraciones por diversas circunstancias para su elección y celebración se rige por las normas ya dichas. Sin embargo, a diferencia de la misa por el Papa la rúbrica alberga una contradicción: por una parte dice “sobre todo en el aniversario de la ordenación” lo que podría dar a entender que se puede celebrar el día que se pueda y que la norma litúrgica no lo impida; pero a continuación dice: “esta misa se dice en el aniversario de la ordenación del obispo, allí donde tengan lugar celebraciones especiales”.

¿Cómo resolver esta aporía (= contradicción)? En mi opinión personal, creo que esta norma afectaría solo a la catedral o templo diocesano que hace de sede episcopal. De tal modo que si en una diócesis el aniversario de ordenación de un obispo coincidiera con una feria de adviento, cuaresma o pascua o solemnidad o Miércoles de Ceniza o Semana Santa en las parroquias se debería decir la misa del dia mientras que en dicha catedral o templo diocesano que hace de sede se podría celebrar la misa propia del aniversario de la ordenación episcopal. Por otra parte, si esta efeméride cayese en un domingo de los tiempos litúrgicos antes esgrimidos no podría emplearse este formulario sino el del día correspondiente con alguna referencia al obispo.

Fuera como fuese, para esta misa, el misal propone usar la plegaria 1 para la misas por diversas necesidades “La Iglesia en camino hacia la unidad”. Por último, antes de examinar los formularios detenidamente, debemos hacer notar que éstos son nuevos, tejidos con textos e ideas de la Sagrada Escritura y de los documentos del Concilio Vaticano II, excepto la colecta segunda que ha sido tomada tal cual del misal romano de 1570[9] añadiendo el nombre de la Iglesia local.

La primera colecta del formulario presenta la idea del obispo como un hombre puesto al frente del pueblo para cumplir tres funciones (tria munera) presidir al pueblo, ejercer de maestro de la verdad y ser sacerdote del culto. La colecta segunda se centra en la relación del obispo con su grey como hombre de gobierno que debe dar ejemplo al rebaño para llegar con él a la vida eterna. La tercera colecta aborda el tema del ministerio apostólico del obispo: sucesor de los apóstoles y adornado con los dones necesarios para ejercerlo. La oración sobre las ofrendas retoma el tema de las virtudes apostólicas y el ministerio de presidencia al frente del pueblo. La oración de postcomunión  demanda la gracia de la fidelidad en el ejercicio pastoral para llegar a la eternidad.

Los textos bíblicos propuestos para las antífonas sitúan el ministerio pastoral como algo querido y procurado por la providencia divina (ant. de entrada) y para ello usa a Ezequiel 34, versículos 11 y del 23 al 24. Por otro lado, la antífona de comunión, tomando a Mateo 20, 28 indica que el episcopado no es un honor ni privilegio sino un servicio a la comunidad.


III. Vida

            Una vez analizado el formulario de esta misa extraigamos las líneas fundamentales que nos ayuden a vivir mejor nuestra obediencia y relación con los obispos. Estos son los puntos fundamentales:

a) Los obispos son sucesores de los apóstoles: “esta divina misión confiada por Cristo a los Apóstoles ha de durar hasta él fin del mundo (cf. Mt 28,20), puesto que el Evangelio que ellos deben propagar es en todo tiempo el principio de toda la vida para la Iglesia. Por esto los Apóstoles cuidaron de establecer sucesores en esta sociedad jerárquicamente organizada” (LG 20). Lo que implica que les debamos respeto y obediencia pues a través de ellos podemos remontarnos a los orígenes del cristianismo.

b) Los obispos son hombres puestos al frente del pueblo: para pastorearlo con su palabra y su ejemplo. Para ello, el obispo ha sido enriquecido con los dones del Espíritu Santo como apóstol para edificar la Iglesia y llegar, junto con el rebaño, a la vida eterna. Así lo expuso el Concilio: “Y así como permanece el oficio que Dios concedió personalmente a Pedro; príncipe de los Apóstoles, para que fuera transmitido a sus sucesores, así también perdura el oficio de los Apóstoles de apacentar la Iglesia, que debe ejercer de forma permanente el orden sagrado de los Obispos. Por ello, este sagrado Sínodo enseña que los Obispos han sucedido, por institución divina, a los Apóstoles como pastores de la Iglesia, de modo que quien los escucha, escucha a Cristo, y quien los desprecia, desprecia a Cristo y a quien le envió (cf. Lc 10,16)”Esta es la enseñanza básica: escucharlos a ellos es escuchar a Cristo (aunque a veces la debilidad humana lo oculte).

c) El ministerio episcopal se concreta en una triple función: no abundaremos en este tema que ya se expuso con gran amplitud en el punto primero; simplemente recordaremos que a ellos les compete el gobierno del pueblo de Dios, la enseñanza de la doctrina y el proveer que se celebren  los sacramentos por los cuales el pueblo es santificado. Por ello, los obispos son sacerdotes del culto, maestros de la verdad y presidentes y guías de la grey de Cristo. A nosotros nos compete escucharlos, obedecerlos, agradecer sus enseñanzas y orar por ellos en el culto litúrgico.

Dios te bendiga







[1] Ad Trallianos 2,2.
[2] Ad Philipenses 4.
[3] M. Ponce Cuéllar, Llamados a servir. Teología del sacerdocio ministerial, (HERDER, Barcelona 2001) 268.
[4] E. Bueno de la Fuente, Eclesiología, (BAC, Madrid 22007 reimpr.) 195.
[5] E. Bueno de la Fuente 197.
[6] Ad Esmirnianos 8,1.
[7] E. Bueno de la Fuente 198.
[8] Salvador Pié Ninot 388.
[9] MR1570 [239].

miércoles, 21 de junio de 2017

ORDENACIÓN EPISCOPAL (VI)

Comentario a la plegaria de consagración episcopal
                                                                                 




Por último, haremos un breve comentario a la plegaria de ordenación episcopal (= POE) desentrañando la imagen del obispo que de ella se desprende. La estructura de la plegaria es la típica de la antigüedad. En cada una de ellas se indicará el propósito de la sección; en el texto de la plegaria en español se indicará la cita bíblica que esta a la base; seguidamente se elaborará el comentario.

Invocación

            Es el inicio de la plegaria donde se invoca el nombre de Dios Padre, a quien va dirigida la misma y de quien se espera obtener las gracias que se siguen. Normalmente el nombre de Dios va seguido de algunos calificativos que apuntan al contenido de la plegaria, v.gr. si una plegaria comenzara diciendo “Oh Dios, salvación de los que sufren” estará ligada al mundo de la enfermedad.

Deus et Pater Dómini nostri Iesu Christi, Pater misericordiárum et Deus totíus consolatiónis, qui in excélsis hábitas et humília réspicis, qui cognóscis ómnia ántequam nascántur.
Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de la misericordia y Dios de todo consuelo (cf. 2 Cor 1,3), que habitas en el cielo y te fijas en los humildes (cf. Sal 112, 5-6), que lo conoces todo antes de que exista (cf. Dn 13,42).



Esta breve invocación ha sido tejida con tres citas bíblicas que nos muestran tres rasgos de Dios: consolador, misericordioso y omnisciente. Las tres están interrelacionadas. Dios sabe todo lo que sus hijos necesitan porque se inclina hacia ellos y comparte sus carencias para atenderlas y, así, consolarlos. Son tres rasgos fundamentales que un obispo debe tener. Lógicamente, al pastor no se le supone omnisciencia pero sí que se preocupe de conocer a sus fieles y saber sus necesidades. Esa es la raíz del ministerio, porque en la medida que conozca, amará a su rebaño y velará por sus necesidades espirituales y corporales.   

Anámnesis

Significa “recordar”, “hacer memoria”. En esta sección, la plegaria hace memoria de los hechos del pasado que prefiguran o anuncian la realidad cristiana que se celebra.

tu qui dedísti in Ecclésia tua normas per verbum grátiæ tuæ, qui prædestinásti ex princípio genus iustórum ab Abraham, qui constituísti príncipes et sacerdótes, et sanctuárium tuum sine ministério non dereliquísti, cui ab inítio mundi plácuit, in his quos elegísti glorificári.
Tú estableciste normas en tu Iglesia con tu palabra bienhechora (cf. Lc 4, 22; Hch 14,3.20,32). Desde el principio tú predestinaste un linaje justo de Abrahán; nombraste príncipes y sacerdotes y no dejaste sin ministros tu santuario. Desde el principio del mundo (cf. Mt 25, 34) te agrada ser glorificado (cf. Jn 13,31; 2Tes 1,10) por tus elegidos.



En esta sección podemos destacar tres ideas: dictar normas, elegir jefes para el pueblo y la alabanza divina. Son tres grandes acciones que Dios ha realizado en favor de su pueblo desde la creación del mundo. Aquí la palabra Iglesia adquiere un doble sentido: por un lado hace referencia a la antigua “Qahal Yahvé”, esto es, la asamblea de los hijos de Israel convocada y reunida para alabar a Dios, a la que Dios provee de jefes, sacerdotes y profetas para nunca se vea desprovista de los bienes espirituales y materiales que Dios le concede; y por otra parte, a la “ekklesía tou Zeou” (= Iglesia de Dios) que es el nuevo pueblo de Dios, el nuevo Israel, a quien dejó provisto, tras la Ascensión de su Hijo, de los apóstoles y sus sucesores para que a esta Iglesia nunca le faltara ni el gobierno, ni el anuncio ni los sacramentos.

Epíclesis


            La epíclesis es la parte de la plegaria en la que invocamos la fuerza del Espíritu Santo. En esta sección predominan palabras como “infunde”, “envía”, “mira ahora”, “manda”, etc.

ET NUNC EFFÚNDE SUPER HUNC ELÉCTUM EAM VIRTÚTEM, QUÆ A TE EST, SPÍRITUM PRINCIPÁLEM, QUEM DEDÍSTI DILÉCTO FÍLIO TUO IESU CHRISTO, QUEM IPSE DONÁVIT SANCTIS APÓSTOLIS, QUI CONSTITUÉRUNT ECCLÉSIAM PER SÍNGULA LOCA UT SANCTUÁRIUM TUUM, IN GLÓRIAM ET LAUDEM INDEFICIÉNTEM NÓMINIS TUI.
INFUNDE (cf. Ex 29,7; Lev 21,10; Jl 3,1) AHORA SOBRE ESTE TU ELEGIDO (cf. Lc 4,14; Hch 1,8) LA FUERZA QUE DE TI PROCEDE: EL ESPÍRITU DE GOBIERNO QUE DISTE A TU HIJO (cf. Is 41,8.52,13; Mt 12,18; Hch 3, 13) JESUCRISTO, Y EL A SU VEZ COMUNICÓ A LOS SANTOS APÓSTOLES, QUIENES ESTABLECIERON LA IGLESIA COMO SANTUARIO TUYO EN CADA LUGAR, PARA GLORIA Y ALABANZA INCESANTE (cf. 1 Tes 2,13.5,17) DE TU NOMBRE.



            La epíclesis que la Iglesia realiza en este momento es pronunciada en voz alta por todos los obispos asistentes. Haciendo un ejercicio de imaginación podemos ver la escena en que el candidato esta de rodillas ante el obispo consagrante principal y sobre él flotan los santos evangelios sostenidos por los diáconos. La imagen describe un pabellón formado por las manos del consagrante como si Dios se reservara ese espacio de intimidad con su elegido para comunicarle la gracia del espíritu de gobierno con el que un día su Hijo fue ungido tras el bautismo de Juan y le dio a sus apóstoles en Pentecostés. Este mismo Pentecostés se está realizando en estos momentos en la catedral ante la grey diocesana reunida para orar y saludar al que será su nuevo pastor.

            Esta epíclesis comienza con el verbo “infunde”, un verbo propiamente epiclético muy presente en la Escritura. El Espíritu Santo es llamado “la fuerza que de ti procede”. Jesucristo es llamado el “amado Hijo” tal como es denominado en los pasajes del Bautismo y de la Transfiguración, justo en los momentos en que el Verbo es ungido y fortalecido por el Paráclito y refrendado por la autoridad de la voz del Padre. La epíclesis recoge, también, la idea de la misión apostólica dada por Jesucristo con la expresión “establecieron la Iglesia como santuario tuyo en cada lugar”. De este modo, la epíclesis concentra las ideas expuestas en la anamnesis: el gobierno, el culto y el anuncio del Evangelio a todo el mundo.

Aitesis


            La palabra griega “aitesis” significa “petición” o “peticiones”. Es el momento en que tras la epíclesis, la plegaria desgrana cuáles son los dones que la gracia sacramental hace fructificar en el candidato. Son un verdadero programa de vida.

Da, córdium cógnitor Pater, huic servo tuo, quem elegísti ad Episcopátum, ut pascat gregem sanctum tuum, et summum sacerdótium tibi exhíbeat sine reprehensióne, sérviens tibi nocte et die, ut incessánter vultum tuum propítium reddat et ófferat dona sanctæ Ecclésiæ tuæ; da ut virtúte Spíritus summi sacerdótii hábeat potestátem dimitténdi peccáta secúndum mandátum tuum ; ut distríbuat múnera secúndum præcéptum tuum et solvat omne vínculum secúndum potestátem quam dedísti Apóstolis ; pláceat tibi in mansuetúdine et mundo corde, ófferens tibi odórem suavitátis,
Padre santo, tú que conoces los corazones (cf. Hch 1, 15-26), concede a este servidor tuyo, a quien elegiste para el episcopado, que sea un buen pastor de tu santa grey (cf. Is 40,11; Hch 20,28) y ejercite ante ti el Sumo Sacerdocio (Constituciones Apostólicas, VIII,46,4) sirviéndote sin tacha día y noche; que atraiga tu favor sobre tu pueblo (cf. Zac 8,22; Mal 1,9) y ofrezca los dones de tu santa Iglesia (anáfora eucarística); que por la fuerza de tu Espíritu que recibe como sumo sacerdote y según tu mandato, tenga el poder de perdonar los pecados (cf. Jn 20,23); que distribuya los ministerios (cf. Hch 1,17) y oficios según tu voluntad, y desate todo vínculo conforme al poder que diste a los Apóstoles (cf. Mt 18,18); que por la mansedumbre y la pureza de corazón (cf. Mt 5, 5-8), te sea grata su vida como sacrificio de suave olor (cf. Ef 5,2),



Los dones que otorga el Espíritu Santo al nuevo obispo, porque ya es obispo tras la epíclesis que es la parte esencial del rito sacramental, son los siguientes:

1. Buen pastor de su santa grey: es el primer oficio del nuevo obispo, mostrar la caridad pastoral de Cristo, principalmente con enfermos y pobres. Él se debe a toda la grey sin excepción.

2. Ejercitar el sumo sacerdocio: es su fin principal. Como dijimos más arriba, todos participamos de la misa que ofrece el obispo y a quien este designa para celebrarla. Él es, no solo cabeza del Pueblo en cuanto pastor del mismo, sino también el sacerdote puesto al frente del pueblo para que sobre este se derramen incesantes gracias celestiales.

3. Servicio incesante: uno es ordenado obispo perpetuamente. No se deja de serlo, pues con el orden episcopal el carácter sacerdotal es llevado a su plenitud. Y este debe ser un servicio puro y sin tacha como aquella ofrenda que se realizaría en todas partes según Malaquias 1, 11.

4. Atraer el favor sobre el pueblo: para esto se ha de tomar aquella idea expuesta más arriba: “este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo”. Porque el oficio del obispo es el de orar por su grey. Y a esto debe dedicarle mucho tiempo. En su oración estaremos todos y cada uno de sus feligreses, clero, religiosos y laicos. Es una oración de intercesión, de expiación y de acción de gracias.

5. Ofrecer los dones de la Iglesia: ejerciendo el sacerdocio según el rito de Melquisedec. Esta petición está unida a la anterior. Pues el obispo ofrece la misa “pro populo sibi commiso” (= en favor del pueblo a él encomendado). De hecho, tal es así, que ha habido un cambio de nombre: a las misas que celebra el obispo ya no se les denomina “misa pontifical”, porque, aunque sea el pontífice de la diócesis quien la celebra, no es algo personal suyo; ahora a esta misa se la denomina “misa estacional” porque es (o debería ser) manifestación de la Iglesia local, que hace “statio”, es decir, parada, reunión para alabar juntos a Dios y ofrecer el sacrificio de toda la Iglesia. según dispuso el Concilio Vaticano II: “El Obispo debe ser considerado como el gran sacerdote de su grey, de quien deriva y depende, en cierto modo, la vida en Cristo de sus fieles. Por eso, conviene que todos tengan en gran aprecio la vida litúrgica de la diócesis en torno al Obispo, sobre todo en la Iglesia catedral; persuadidos de que la principal manifestación de la Iglesia se realiza en la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios en las mismas celebraciones litúrgicas, particularmente en la misma Eucaristía, en una misma oración, junto al único altar donde preside el Obispo, rodeado de su presbiterio y ministros” (SC 41)

6. Poder de perdonar los pecados: misión dada por Jesús a los apóstoles en la misma mañana de la Resurrección. El obispo es el primero que debe manifestar su solicitud pastoral por los pecadores, por aquellos que abandonan el rebaño de Cristo o que se desvían por sendas tortuosas. El nuevo obispo es el primer ministro de la misericordia de Dios. Y él debe procurar tanto que sus colaboradores inmediatos se confiesen y administren con él el sacramento de la Reconciliación, como que sus feligreses acudan a este sacramento, lo valoren y lo propaguen.

7. Distribuir los ministerios: el episcopado es el ministerio fontal de la ministerialidad de la Iglesia. Todos dependen de él, que es quien ordena presbíteros y diáconos, quien instituye acólitos y lectores, quien bendice la profesión religiosa, quien nombra jueces, profesores y exorcistas.

8. Desatar todo vínculo adquirido: como dijimos en el punto 6, es un mandato del Señor a Pedro y de éste a los demás obispos. El poder de las llaves para liberar a los hombres del pecado y sus consecuencias.

9. Una vida grata como suave olor: es la fragancia del incienso que se quema al ser entregado al carbón en el oficio divino. El olor suave del obispo deviene de su entrega generosa al servicio de Dios y de su grey. Una vida gastada cuál lámpara del Sagrario, que en la intimidad del templo tiene la misión de recordarnos que Dios está vivo en el templo: “Deus hic” (= Dios está aquí). Así debe ser la vida del nuevo obispo, gastarse y desgastarse en recordar su pueblo que Dios sigue vivo y presente, actuando en medio de ellos. Que es un Dios que camino en medio de su pueblo y que pastorea por medio del nuevo pastor.

Doxología

            Es la conclusión más o menos solemne de la plegaria donde se evoca nuevamente al Padre como destinatario último de la misma, por la intercesión de Jesucristo en la unidad y la acción del Espíritu Santo. Esto fue establecido así en el canon 21 del Concilio de Hipona (393).

per Fílium tuum Iesum Christum, per quem tibi glória et poténtia et honor, cum Spíritu Sancto in sancta Ecclésia et nunc et in sǽcula sæculórum. Amén.
por medio de tu Hijo Jesucristo, por quien recibes la gloria, el poder y el honor, con el Espíritu, en la Santa Iglesia, ahora y por los siglos de los siglos. Amén.



            Poco más hay que añadir a estas líneas sobre el obispo y la ordenación episcopal. Solamente queda que el próximo 24 de junio acudamos todos los que podamos a recibir a nuestro nuevo obispo, a don José Luis Retana.


            Vayamos a darle la bienvenida a nuestra diócesis, que se sienta cómodo y feliz entre nosotros. Abarrotemos la catedral para orar por él y con él. Disfrutemos de los ritos y fórmulas litúrgicas que se sucederán.
            Bienvenido, pues, don José Luis a nuestra, y desde el día 24 de junio suya, Iglesia de Plasencia. Bienvenido a Extremadura, a un pueblo con historia y con mucho amor a Dios y a su Madre la Virgen. Que ella, la Virgen de Guadalupe, le proteja y le ampare en su pontificado. Dios le Bendiga

miércoles, 14 de junio de 2017

ORDENACIÓN EPISCOPAL (V)


Ritos de ordenación (continuación)
G) Entrega del anillo

Quizá sea este uno de los símbolos más usados por las distintas familias litúrgicas, culturales y que alberga un riquísimo significado. En la Sagrada Escritura encontramos algunos textos como Est 8,8 donde el anillo es un instrumento para sellar, o Gn 41, 40-42 donde el Faraón entrega un anillo a José como signo de confianza y reconocimiento.

Según se desprende de unas palabras del obispo Optato de Milevi, en el s. IV ya era normal el uso del anillo por parte de los obispos. Sin embargo el primer testimonio de un rito litúrgico de entrega de un anillo episcopal en la ordenación lo encontramos en el s. VII y proviene de España, en concreto en el concilio IV de Toledo (633). San Isidoro de Sevilla lo aborda en su obra De ecclesiasticis officiis y dice: «se le entrega también el anillo, como signo del honor pontifical o como sello de los secretos», en el s. IX lo encontramos en el ritual franco. Y según se desprende de una carta de Carlos el Calvo al Papa su usó se extendió, en este siglo, a todos los obispos. Primitivamente, la función del anillo era la de un sello, tal como lo afirma san Isidoro, siendo de metal con un dibujo grabado. En este momento, más que un carácter simbólico, el anillo tiene un fin práctico: el de autentificar, con su estampación, los actos y documentos de estos.


En el periodo feudal, el anillo pierde este valor de sello y adquiere el de símbolo de un poder temporal pero éste será pasajero, pues al extenderse su uso en el sacramento del matrimonio el anillo va adquiriendo un significado nupcial, expresando el misterio nupcial de Cristo y de la Iglesia. Y este significado ha llegado hasta hoy, presentando al obispo como esposo de la Iglesia local. Para el papa Inocencio III, el anillo simboliza el don del Espíritu Santo y el dedo en que es colocado, simboliza el dedo de Dios con el que Jesús obraba sus milagros (cf. Lc 11,20). La forma circular del anillo expresa la perfección sin límite de los dones recibidos por su identificación con Cristo, buen Pastor, en quien habita la plenitud de la divinidad. En su Rationale, Guillermo Durante define el anillo episcopal como «el sacramento de la fe por el cual Cristo se unió a su esposa, la santa Iglesia para que ella dijera bien de si misma: “Mi Señor Jesucristo me desposó con su anillo”». También, simboliza la integridad de la fe que debe tener el obispo; recoge el antiguo significado de sello y, haciéndose eco de la tradición anterior, Durando lo relaciona con el don del Espíritu Santo, tal como había hecho Inocencio III con el dedo anular.

La actual fórmula litúrgica de la entrega e imposición del anillo dice: «Recibe este anillo, signo de fidelidad, y permanece fiel a la Iglesia, Esposa santa de Dios». Esta fórmula ha sido tomada, con alguna modificación, del Pontificale Romanum anterior y su reforma de 1962, que a su vez están inspiradas en el Pontifical Romano-Germánico (s. X). Como vemos, se ha conservado el simbolismo nupcial que adquiere en la edad media perdiéndose el del primitivo sello.

H) Entrega de la mitra

Probablemente, el origen de este ornamento pontificio este en una prenda extralitúrgica llamada “camelaucum” o “pileus” que era usado en la vida ordinaria por parte del emperador o de los funcionarios de la corte, sobre todo en oriente. En los primeros siglos del cristianismo ni obispos ni presbíteros cristianos usaron prenda alguna en la cabeza durante el servicio litúrgico, por lo que podemos suponer que al convertirse el cristianismo en religión oficial del imperio con Teodosio en el año 380 por el edicto de Tesalónica “Cunctos Populos”, obteniendo, los obispos, la equiparación como funcionarios del estado y por tanto sus prerrogativas; también asumieran las vestiduras y ornamentos que el cargo aparejaba, y de ahí, también, la mitra. En el s. IV la mitra era un gorro propio de las vírgenes consagradas, hasta el punto de que el Liber ordinum mozárabe lo pone como ornamente propio de la abadesa.


Sabemos que el Papa la llevaba en las cabalgatas y ceremonias solemnes fuera del templo. En occidente, encontramos el primer testimonio de la mitra en el s. XI con el papa san León IX (1049-1054), quien se lo concede como privilegio al arzobispo Everardo de Tréveris. Inocencio II (1130-1143) la menciona como distintivo normal del obispo. En el s. XII la mitra se generaliza entre los obispos. En el s. XIII, el papa Inocencia III relaciona la mitra con la función magisterial y profética de Cristo, quien ha sido coronado de gloria y esplendor (cf. Sal 8,6). La mitra ha evolucionado en su forma desde el inicio hasta hoy. A las dos puntas que sobresalían en la mitra primitiva, Durando le asigna el significado del Antiguo y el Nuevo Testamento o las dos tablas de la ley de Moisés. Las ínfulas o fimbrias que caen por la parte de atrás simbolizan, según el Rationale de Durando, el espíritu y la letra.


Hoy se impone la mitra acompañado de estas palabras: «Recibe la mitra, brille en ti el resplandor de la santidad, para que, cuando aparezca el Príncipe de los pastores, merezcas recibir la corona de gloria que no se marchita». Esta fórmula ha sido introducida, como nueva, en la edición revisada del 1989, pues en la edición primera, reformada, de 1969 se especificaba que se entregaba la mitra “nihil dicens (= sin decir nada)”. La actual fórmula litúrgica describe a la mitra como símbolo de autoridad, de potestad de gobierno. Sin embargo, la autoridad del obispo brilla por la santidad de vida y del modo con que la ejerza. También debemos destacar el salto que da la fórmula litúrgica, proyectando escatológicamente el significado de la mitra, pues ésta es una corona terrenal y simbólica, por eso la verdadera corona que hay que perseguir es la inmarcesible que dará Jesucristo el último día.

I) Entrega del báculo

El báculo, como signo de autoridad que proviene de Dios, hunde sus raíces en la Biblia (cf. Ex 4, 17.20) pero también como símbolo de caudillaje del pueblo (cf. Sal 23,4).

Su inclusión en la liturgia no está clara, probablemente venga de la costumbre que había en el imperio de oriente según la cual, el emperador se lo entregaba a los patriarcas. En occidente, el báculo nace en los monasterios, signo de la autoridad del abad en los monasterios de las Galias y las Islas Británicas (ss. VII-VIII). También era parte del hábito monástico, su compañero de viaje y signo de la cruz de Cristo. Al igual que el anillo, el primer testimonio de un rito litúrgico de entrega del mismo lo hallamos en el s. VII en España en la consagración de un abad “le sea entregado el báculo por el obispo”. Será en el IV Concilio de Toledo y san Isidoro de Sevilla quienes lo refieran como símbolo de la autoridad episcopal: «al que es ordenado, se le entrega el báculo durante el rito de su consagración, para que rija o corrija bajo su indicación al pueblo que de él depende, o bien se ocupe de las enfermedades de los enfermos». En el s. IX lo hallamos en el rito franco. En el s. XIII, según dice el pontifical de Guillermo, obispo de Mende, el báculo pastoral llega a ser de uso general en la mayor parte de las celebraciones presididas por el obispo. Esta insignia pontificia nunca ha sido despojado de su significado: autoridad, gobierno y guía.  


La forma más antigua del báculo era la de una vara de madera rematada con una bola y una cruz. En el s. XIII los báculos comienzan a ser rematados en espiral, que contenía en su límite un motivo grabado bien el de la lucha del Cordero crucífero o bien el de san Miguel contra el dragón. Luego surgió la costumbre de atar un sudario a la empuñadura del báculo.


Actualmente se dice: «Recibe el báculo, signo del ministerio pastoral, y cuida de todo el rebaño que el Espíritu Santo te ha encargado guardar, como pastor de la Iglesia de Dios». Esta fórmula, tomada de Hch 20,28, es de nueva incorporación, estando, también, presente en la edición de 1969. Esta fórmula es más explícita que las dos anteriores. El obispo es pastor de la Iglesia. Alguien a quien Jesucristo ha puesto al frente de su pueblo. Un hombre ungido y designado por el Espíritu Santo para cuidar con amor de cada uno de los miembros de esta rebaño. El báculo ha de ser usado con severidad, justicia y dulzura. Con el báculo se debe enderezar el camino de las ovejas descarriadas y golpear con fuerza y decisión a los lobos que vendrán para desestabilizar y matar al rebaño. El obispo custodiará la integridad del rebaño alimentándolo con el pasto de la doctrina y de la Eucaristía; combatirá a los enemigos que siembran la confusión y el caos entre sus filas. No es poco, pues, lo que significa el báculo, puesto en las manos de un obispo.

J) Toma de posesión de la cátedra

Se produce al terminar todos los ritos anteriores. El consagrante principal invita al nuevo obispo a instalarse en la catedra, el lugar desde donde presidirá, hablará e instruirá al pueblo de Dios que le ha sido encomendado. Seguidamente pasan todos los obispos asistentes y le dan el abrazo o beso de paz que tiene el sentido de agregación a un colegio o cuerpo.

            El rito de la “inthronizatio” es la conclusión natural del rito de ordenación episcopal puesto que este ministerio exige una cátedra desde donde se dirigirá al pueblo. Aunque fue introducido, en cuanto rito como tal, por Durando en el s. XIII; ya en el s. IV es señalada por las Constituciones apostólicas. En la edad media este rito se hacía en Francia e Inglaterra con formas pomposas y solemnes.

                                                                      Dios te bendiga

miércoles, 7 de junio de 2017

ORDENACIÓN EPISCOPAL (IV)


Ritos propios de la ordenación (continuación)

D) Imposición de manos y plegaria de ordenación

No haremos en este momento ninguna alusión a la plegaria de consagración episcopal puesto que le dedicaremos el último apartado en exclusividad. Nos centraremos ahora en los ritos y gestos que rodean a la plegaria y que intervienen en este momento:

1. Imposición de manos: la efectúan solo el consagrante principal y los obispos que asisten a la ordenación. El ritual prevé que los obispos asistentes digan en voz baja y con las manos juntas las palabras esenciales de la plegaria consecratoria.

Es un gesto de tradición bíblica (cf. Num 27, 15-23; Dt 34,9). De entre el rico significado que tiene, nos interesa subrayar el de la transmisión de un oficio y comunicación del espíritu. En tiempos de Jesús el mundo judío usaba de este gesto para instalar a los dirigentes de una comunidad en sus cargos. Con él se comunica un carisma estable (cf. 1Tim 4,14; 2Tim 1,6).

En líneas generales, las liturgias de ordenación de los diversos ritos han relacionado esta imposición de manos con la comunicación del Espíritu Santo, de tal modo que ser ordenado no es solo un acto jurídico o una delegación de la comunidad, sino, en palabras del ritual armeno, un “don de arriba”, un don que viene de lo alto.

El hecho de que el resto de obispos intervengan en este rito implica, como en el caso del beso de paz que veremos más adelante, la agregación a un colegio. Es un gesto de comunión a causa del espíritu y semejanza del cargo. Por último, hemos de destacar que la imposición de manos lleva también parejo el significado de sucesión, esto es, la garantía de la sucesión apostólica del ministerio.

2. Imposición del evangeliario: el consagrante principal pone sobre la cabeza del candidato el libro de los evangelios, abierto y sostenido por dos diáconos hasta el final de la oración consecratoria. Esta ceremonia ya se hacía en Roma en el s. V. Severiano Gábala (s. V) es el primero en ofrecernos un testimonio sobre este rito relacionándolo con el misterio de Pentecostés cuando el Espíritu Santo baja en forma de lenguas de fuego sobre los obispos constituyéndolos doctores del universo. El mismo autor, junto con san Juan Crisóstomo, ofrece un segundo simbolismo a este gesto: como legislador de su grey, el obispo no ejerce su ministerio de manera despótica sino que él mismo está regido por la Palabra de Dios, en el libro de los evangelios puesto sobre la cabeza del candidato observamos la autoridad superior a la que está sometido como obispo: el mismo Jesucristo.

En conjunto, el Espíritu Santo esta doblemente expresado, así, en la ordenación episcopal. Con esto se significa, en síntesis, que los obispos son edificados por el Espíritu y la Palabra por lo que su comportamiento debe ser guiado por estos dos y sometido a ellos. También la eficacia sacramental de su ministerio le viene a los obispos por estos dos elementos, que, a su vez, hacen crecer a la Iglesia.

E) Unción en la cabeza

«Dios, que te ha hecho partícipe del sumo sacerdocio de Cristo, derrame sobre ti el bálsamo de la unción y con sus bendiciones te haga abundar en frutos». El rito de la unción con aceite tiene su raigambre en el mundo bíblico, v.gr. la unción de Aarón (cf. Lv 8,12) para conferir unos poderes y una consagración especial a un sujeto al que se pone al frente del pueblo. Los Santos Padres como san León Magno, Efrén o Gregorio Magno hablan de la unción sacerdotal en sentido figurado pero al materializarse como rito, comienza a pensarse que esta unción confiere la gracia de la consagración que le capacita bendecir y consagrar. Sin embargo, en el Pontifical actual, la fórmula acentúa la línea teológica de la configuración con Jesucristo, Sumo Sacerdote.

Por esta configuración con Jesucristo, sumo sacerdote, de la persona y ministerio del obispo se difunde y distribuye sobre los miembros del cuerpo eclesial.

F) Entrega del libro de los Evangelios

«Recibe el Evangelio, y proclama la Palabra de Dios con deseo de instruir y con toda paciencia». Formula de nueva incorporación, tomada de las palabras de 2Tim 4,2; que también está presente en la primera edición reformada de 1969. Pocas aclaraciones necesitan estas escuetas e intensas palabras. Este rito fue introducido en el Pontifical romano del s. XII.
             El obispo ha sido constituido como primer heraldo del Evangelio en su diócesis, pues por la proclamación de éste será como congregue a todos los hombres y mujeres en torno a Jesucristo como se señala en el mismo Concilio: «En el ejercicio de su ministerio de enseñar, anuncien a los hombres el Evangelio de Cristo, deber que sobresale entre los principales de los Obispos, llamándolos a la fe con la fortaleza del Espíritu o confirmándolos en la fe viva. Propónganles el misterio íntegro de Cristo, es decir, aquellas verdades cuyo desconocimiento es ignorancia de Cristo, e igualmente el camino que se ha revelado para la glorificación de Dios y por ello mismo para la consecución de la felicidad eterna» (ChD 12).

                                                                           Dios te bendiga


miércoles, 31 de mayo de 2017

LA ORDENACIÓN EPISCOPAL (III)


2. Ritos propios de la ordenación episcopal.


Prólogo: Canto del himno “Veni Creator”.

Hemos optado por denominarlo como prólogo a los ritos ya que se hace justamente después de haberse leído el Evangelio. De tal modo que la Palabra de Cristo que ha resonado en el templo sigue presente por la acción del Espíritu tanto en los oídos de los fieles como del candidato. No podemos perder de vista que la presencia del Espíritu se simbolizará de varias formas.

El primer dato de este himno introducido en el rito de ordenación episcopal lo hallamos en el Pontifical del s. XII pero adquiere carta de ciudadanía en la liturgia romana en el s. XIII con el Pontifical de Durando. Durante la reforma litúrgica quiso suprimirse ya que en la liturgia anterior tenía una función meramente de relleno mientras el obispo realizaba otros ritos. Pero esta idea no gustó a Pablo VI quien se empeñó en mantenerlo buscándolo acomodo en el ritual que saliera de la reforma.

A) Presentación del candidato

«Reverendísimo Padre, la Iglesia de Plasencia pide que ordenes Obispo al presbítero José Luis» se ha mantenido la fórmula del Pontificale Romanum de 1962, salvo que en la edición de 1989 se especifica que la Iglesia que lo pide es la del lugar (en este caso Plasencia) y el nombre del candidato al sagrado orden (en este caso, José Luis). Desde el s. VIII sabemos que comenzó a pedirse el sufragio del pueblo para la elección de un obispo. Esta consulta se ha hecho de diversos modos a lo largo de la historia bien por aclamación popular como el caso de san Ambrosio de Milán, bien consultando al clero de la ciudad, hasta la forma actual de la terna. Sea como fuere, el Pontifical romano ha querido reflejar este consenso con la fórmula que venimos comentando; acuñada por Durando en su pontifical en el s. XIII, y que se usaba en alguna Iglesia metropolitana de Francia.

Como particularidad de esta fórmula, señalamos la expresión latina con la que se define el episcopado “ad onus episcopatus ordines” (=ordenes a la carga del episcopado). La palabra latina “onus, oneris” significa “una carga pesada”, “algo que se lleva a las espaldas”. Con estos datos, vemos el craso realismo con que la liturgia expone el verdadero sentido del episcopado: no es un honor, ni un premio ni un privilegio, sino una dura carga que Dios confía a un hombre al cual, con su gracia, va a capacitar y fortalecer en esta celebración y con este sacramento.
             «¿Tenéis el mandato apostólico? Lo tenemos. Léase» Tomado de la tradición precedente. A pesar del modo de elección, que puede variar en las diversas áreas geográficas y a lo largo de los siglos, lo que siempre es necesario es que el candidato sea ratificado por el Papa, emitiendo este una carta de nombramiento o elección.

B) Escrutinio
«La antigua regla de los santos Padres establece que quien ha sido elegido para el Orden episcopal sea, ante el pueblo, previamente examinado sobre su fe y sobre su futuro ministerio». En esencia se mantiene el tenor de la monición que propone el Pontificale Romanum de 1962. Con toda probabilidad la antigua regla se remonta a los llamados “Statuta ecclesiae antiquae” (= normas de la Iglesia antigua), un documento del s. V compilado en las Galias y recogido por la “colectio hispana”. En este documento se lee: “Qui episcopus ordinandus est, ante examinetur si…” (= quien es ordenado obispo, antes sea examinado si…) y se enumera las cuestiones acerca de su vida, sus virtudes, su fe, sus costumbres, etc. En el Pontificale Romanum de 1962 todavía se conservaban estas preguntas.
Las del actual Pontifical son de nueva creación tal como afirma uno de los miembros del Coetus encargado de la reforma del Pontifical: “…Compusimos, pues, una serie de preguntas casi nuevas del todo (sólo la que concierne al acogimiento de los pobres y de los inmigrantes está sacada del Pontifical Romano), para poner de manifiesto el ministerio pastoral del obispo”. Veamos las preguntas que se le formularán en la celebración para atisbar cuán alta gravedad tiene el ministerio de un obispo:
«¿Quieres consagrarte, hasta la muerte (= usque ad mortem explere), al ministerio episcopal que hemos heredado de los Apóstoles, y que por la imposición de nuestras manos (= per impositionem manuum nostrarum) te va a ser confiado (= tradendum) con la gracia del Espíritu Santo?». Hemos indicado la expresión original latina de tres ideas importantes y que nos dan la clave para entender el sacramento del orden episcopal: en primer lugar, el orden episcopal es definitivo, esto es, algo que no es temporal ni puede dejar de serse. Ser obispo es algo estable y no sujeto a emociones, ni ideas, ni gustos. En segundo lugar, la fórmula recoge el gesto sacramental: la imposición de manos, acompañada de un tercer elemento que la el sentido concreto: la palabra “tradendum viene del verbo “trado, tradere” que significa “entregar a alguien”, “confiar algo a alguien”. Por tanto, por la imposición de las manos, el orden episcopal es algo que se entrega, que se confía a un sujeto introduciéndolo en la cadena ininterrumpida de la sucesión apostólica.
«¿Quieres anunciar con fidelidad y constancia el Evangelio de Jesucristo?». Para el cual el obispo será constituido primer responsable del mismo. Esta pregunta se hará explícita más adelante con la entrega de los Evangelios. En esta fórmula se concentran las antiguas preguntas sobre el credo y los dogmas de fe.
«¿Quieres conservar íntegro y puro el depósito de la fe, tal como fue recibido de los Apóstoles y conservado en la Iglesia y en todo lugar?». El obispo, tanto individualmente como en el conjunto del colegio episcopal, tiene el sagrado deber de exponer fielmente y custodiar celosamente el depósito de la fe. En el Pontifical anterior se especificaban las cuestiones más agudas que debían ser mantenidas: las verdades de fe, la ortodoxia católica y el combate contra las herejías.
«¿Quieres edificar la Iglesia, Cuerpo de Cristo, y permanecer en su unidad con el Orden de los Obispos, bajo la autoridad del sucesor de Pedro?». Esta fórmula fue compuesta, según indica el autor de la misma, con la intención de señalar el papel del obispo en la Iglesia en relación al resto de obispos y bajo la autoridad del Papa. Pretende situar la obediencia al Papa en una perspectiva teológica.
«¿Quieres obedecer fielmente al sucesor de Pedro?». Esta pregunta es una duplicación de la anterior con el fin de concretar y especificar la necesaria obediencia al Papa, recogiendo la idea del Concilio Vaticano II “cum Petro et sub Petro” (cf. LG 22-23, ChD 4). La repetición de la expresión “sucesor de Pedro” responde a la idea de continuidad con la pregunta precedente. El sucesor de Pedro no es distinto al Sumo pontífice, ni un señor feudal al que hubiera que hacer vasallaje.
«Con amor de Padre, ayudado de tus presbíteros y diáconos (= comministris tuis), ¿quieres cuidar del pueblo santo de Dios y dirigirlo por el camino de la salvación?». Esta cuestión debe hacer caer en la cuenta al obispo de que su labor no debe desarrollarse individualmente sino en perfecta y sincera colaboración con sus presbíteros y diáconos, a los que la fórmula en latín llama “conministros”. Pero la pregunta está enfocada, más que en un tono legislativo, en un tono paternal: “con amor de Padre” es la clave para ejercer el gobierno en la diócesis. El obispo ha de ser el padre de sus presbíteros y de sus diáconos, así como de todo el pueblo de Dios al que debe cuidar y dirigir hacia los pastos eternos.
«Con los pobres, con los inmigrantes, con todos los necesitados ¿quieres ser siempre bondadoso y comprensivo?». Esta pregunta está tomada del Pontificale Romanum anterior. Son la clase social más vulnerable y marginal y, por tanto, la que goza de mayor predilección por parte de Dios mismo. La actitud bondadosa y comprensiva del obispo quiere transparentar esa cercanía y misericordia que Dios tiene respecto de ellos.
«Como buen pastor, ¿quieres buscar las ovejas dispersas y conducirlas al aprisco del Señor?». Esta pregunta está fundamentada en la parábola de la oveja perdida (cf. Lc 15, 4-7; Mt 18, 12-14) y en la apropiación que Jesús hace para sí de la imagen del Buen Pastor esperado por Israel (cf. Jn 10, 11-16). Como primer heraldo del Evangelio, el obispo será el primer comprometido en ir a los más alejados. Las periferias humanas, sean geográficas sean existenciales, no pueden ver aplazadas sus demandas por parte de los pastores de la Iglesia. Esto nos impele a todos a tomar partido de este mandato divino al frente del cual estará el obispo y el resto del pueblo secundando su acción.
«¿Quieres rogar continuamente a Dios todopoderoso por el pueblo santo y cumplir de manera irreprochable las funciones del sumo sacerdocio?». La Sagrada Escritura nos dice: “este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo y la ciudad santa” (2Mac 15,14). Este es el oficio del bueno obispo, y que la liturgia le recuerda con esta fórmula y en el responsorio breve de las vísperas del común de pastores: orar continuamente a Dios por todos y cada uno de los fieles que se le ha encomendado. El sumo sacerdote era el que cada año se ponía al frente del pueblo para implorar a Dios; el que vivía en el templo para que cada día se ofreciera el sacrificio agradable a Dios. Como sumo sacerdote, el obispo debe vivir su vida en correspondencia con aquello que celebra. El obispo debe ser un hombre de intenso y cotidiano diálogo con Dios.
La Iglesia confirma el propósito con la siguiente expresión: «Dios, que comenzó en ti la obra buena, Él mismo la lleve a término». Porque es Él quien está al comienzo y al final de la Historia de salvación personal de cada hombre y mujer que viene a este mundo.
C) Súplica litánica
«Oremos, hermanos, para que, en bien de la santa Iglesia, el Dios de todo poder y bondad, derrame sobre este elegido la abundancia de su gracia» tomado del Pontificale Romanum de 1962. La monición a las letanías señala claramente que el don que Dios otorga al candidato no es para provecho propio sino para la edificación de la Iglesia, en este caso de la Iglesia que peregrina en Plasencia.
Las letanía son un antiguo elemento romano que respondería a la oración que hace la comunidad en la ordenación de Bernabé y Saulo (cf. Hch 13, 1-3). En las letanías actuales se ha conservado la petición “para que bendigas, santifiques y consagres a este elegido” que fue introducida por Durando (1296) en el pontifical tomándolo del rito de consagración del Papa.
            «Escucha, Señor, nuestra oración, para que al derramar sobre este siervo tuyo la plenitud de la gracia sacerdotal, descienda sobre él la fuerza de tu bendición». Tomado del Pontificale Romanum de 1962. Se trata de la tradicional oración “propitiare” que ya se contiene en el Sacramentario Veronense y siempre ha estado en la Iglesia, excepto en el sacramentario gelasiano. Esta oración tiene la función de ser una introducción a la plegaria consecratoria que viene a continuación. Expresa la asistencia de Dios sobre el acto que se va a realizar.

                                                                    Dios te bendiga