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sábado, 2 de marzo de 2019

¿DE QUÉ HABLARÁS TU?


HOMILÍA DEL VIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            Dice un refrán muy castizo que “por la boca muere el pez”, es decir, que nosotros podemos ser reos de nuestras propias palabras cuando imprudentemente hablamos cosas que pueden volverse, con el tiempo, en nuestra contra.

            Ciertamente, hermanos, en esta sociedad, que algunos dicen que ya no es de la palabra, se siguen, sorprendentemente, elaborando discursos persuasivos que buscan y procuran llamar la atención de la gente sencilla. Hay discursos ideológicos que se inoculan en las mentes débiles haciéndoles repetir mantras y eslóganes, tan rítmicos en sus formas como vacíos en su contenido, que calan en su mensaje. Hay discursos comerciales que persiguen generar una demanda y una oferta, aun cuando esos artilugios se demuestran inútiles en el día a día. En definitiva, son peroratas y verborreas sostenidos por un fin y consecuentes de un fin.

            Esto nos lleva a tener muy encuentra la advertencia del libro del Eclesiástico “el hombre se prueba en su razonar” y más adelante “no alabes a nadie antes de que razone”. Porque el hombre se define por sus razonamientos. Y en esto, queridos hermanos, los cristianos debemos ser extremadamente prudentes, pero sin caer en los respetos humanos que edulcoran, camuflan o desvirtúan el mensaje de la Verdad. El Señor Jesús nos lanza un reto “lo que rebosa del corazón, lo habla la boca” y mi pregunta es: ¿de qué rebosa nuestro corazón? ¿de qué puede hablar nuestra boca?

            Permitidme que para una primer respuesta, de ámbito general, me valga de las palabras del apóstol san Pablo en la segunda lectura: “trabajad  siempre por el Señor, sin reservas, convencidos de que el Señor no dejará sin recompensa vuestra fatiga”. Esto es, hermanos, de esta indubitable verdad es de lo que no podemos cansarnos de hablar: que merece la pena creer en Dios, merece la pena fiarse de Jesucristo. Debemos decir que trabajar por su causa, por su reino, es la empresa más apasionante y contagiosa que podemos acometer en esta vida, cada cual desde su circunstancia concreta.


            Con el salmo responsorial, nuestra boca no puede, por menos, que entonar acciones de gracias a Dios nuestro Señor por tanto bien como ha hecho, hace y sigue haciendo en nuestras vidas. Nuestro corazón se inflama de amores y nuestra boca los profiere porque, a pesar de nuestro pecado, Él nunca nos ha dejado solos sino que se ha hecho cercano y presente a cada uno de nosotros.

            Con san Pablo, también, nuestra boca habla de valentía, de coraje, de no tener miedo ni ante la muerte porque ésta ha sido destruida y absorbida en la victoria pascual de Jesucristo. Además, hermanos, solo cuando nuestro corazón rebosa en felicidad y gracia de Dios, desaparecen de nosotros la triste tendencia a meternos en la vida de los demás, a fijarnos en las motas de los ojos ajenos en lugar de sanar la viga de los nuestros. Quizá sea este el remedio que aun no hemos probado contra la envida, la murmuración, la calumnia o (perdonen la expresión) el “chisme” y el “alcahueteo”.

            Pues ánimo, hermanos, cantemos con la boca las maravillas de Dios que nuestro corazón, como la Virgen, conserva. Confesemos con la boca, la fe que llevamos en el corazón para que quienes nos oigan razonar, puedan juzgar positivamente y fiarse de nosotros. Así sea.

Dios te bendiga

viernes, 1 de junio de 2018

MISSA AD POSTULANDAM CARITATEM


MISA PARA PEDIR LA CARIDAD


I. Misterio

            Afirma san Agustín: «La culminación de todas nuestras obras es el amor. Ese es el fin; para conseguirlo, corremos; hacia él corremos; una vez llegados, en él reposamos» (In ep. Io, 10, 4).

Sabemos que la caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios (cf. CEC 1822). Para los cristianos supone la suprema ley de su obrar, dado que es el mandamiento nuevo (cf Jn 13, 34) dado por Jesús en la Última Cena. De este modo, los discípulos imitan el amor de Jesús que reciben también en ellos.

Ese mismo amor que Jesús pidió para nosotros fue el que le llevó a dar su vida por los demás, sobre todo, cuando por el pecado, éramos todavía “enemigos” (Rm 5, 10). El Señor nos pide que amemos como Él hasta a nuestros enemigos, al prójimo, al lejano; que amemos a los niños y a los pobres como a Él mismo, pues lo que hacemos con ellos es como si se lo hacemos a él (cf Mt 25, 40.45).

La caridad es la primera de las virtudes teologales (1 Co 13,13). El ejercicio de todas las virtudes está animado e inspirado por ella; las articula y las ordena entre sí; es fuente y término de su práctica cristiana. La caridad asegura y purifica nuestra facultad humana de amar. La eleva a la perfección sobrenatural del amor divino (cf. CEC 1827).

En este sentido, es importante la consecuencia que marca el Catecismo de la Iglesia: «La práctica de la vida moral animada por la caridad da al cristiano la libertad espiritual de los hijos de Dios. Este no se halla ante Dios como un esclavo, en el temor servil, ni como el mercenario en busca de un jornal, sino como un hijo que responde al amor del “que nos amó primero” (1 Jn 4,19)» (1828).

Los frutos de la caridad son: el gozo, la paz y la misericordia. La caridad necesita la práctica del bien y la corrección fraterna; es benevolencia; suscita la reciprocidad; es siempre desinteresada y generosa; es amistad y comunión (cf. CEC 1829).

Veamos como ha tratado el formulario litúrgico la cuestión de la caridad como virtud teologal vertebradora de todo el universo espiritual del cristiano.

II. Celebración

La misa “Para pedir la caridad”, cuyo formulario es de nueva creación aunque esta misa también se recogía en el misal anterior, tiene su uso legislado por las normas generales para las misas ad diversa. Puede ser celebrada con los ornamentos blancos o del color del tiempo litúrgico. Conviene emplear, también, la segunda plegaria eucarística para las misas por diversas necesidades.


La oración colecta nos presenta la caridad como fruto de la acción del Espíritu Santo en nosotros, que nos mueve a buscar agradar a Dios mediante el amor sincero a los hermanos. En la oración sobre las ofrendas, al ser inflamados por el fuego del amor divino, somos movidos a amar a todos los hombres, prójimos de cada uno, como si del mismo Cristo se tratase. La oración para después de la comunión resume todo lo anterior con el concepto de “caridad perfecta”, esto es amor a Dios y amor al prójimo.

Los textos bíblicos asignados son: Ez 36, 26-28 para el introito, donde se recuerda la promesa hecha por Dios a su pueblo – y por prefiguración – a nosotros, de cambiar nuestro corazón esclerotizado por un corazón de carne que sienta y padezca. Para la antífona de comunión se ofrece 1Cor 13, 13, donde san Pablo nos recuerda, a la hora de comulgar, que la virtud principal e imperecedera es el amor de caridad, pues la comunión es alimentarnos de Cristo, amor de los amores y caridad misma.

III. Vida

Tras el análisis del formulario, podemos sacar algunos puntos fundamentales para entender qué es la caridad y cómo podemos vivirla cada día mejor:

La caridad, virtud teologal: es una virtud sobrenatural infundida por Dios en nuestra alma, con la que amamos a Dios por Sí mismo sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios. Como virtud teologal, la caridad se va desarrollando y creciendo a medida que vamos conociendo el bien y el mal, lo bueno y la malo, pero, sobre todo, en la medida en que ejercemos y nos guiamos por la piedad cristiana que nos impulsa a amar a todos, con especial dedicación a los más necesitados y, con amor genuino, a los enemigos y a los que más cuesta amar. Pero es que ahí está la excelencia de la virtud cristiana: en amar a los enemigos, a los que se nos hacen más odiosos.


Amar a Dios: en el primer mandamiento, Dios nos ordena que le reconozcamos, adoremos, amemos y sirvamos a Él solo, como a nuestro supremo Señor. También podemos amar a Dios a través de estas prácticas: 1. La adoración: adorar a Dios es reconocerle como Dios, como Creador y Salvador, Señor y Dueño de todo lo que existe, como Amor infinito y misericordioso. 2. La oración: la oración es una condición indispensable para poder obedecer los mandamientos de Dios. 3. El sacrificio: el sacrificio exterior, para ser auténtico, debe ser expresión del sacrificio espiritual. 4. Promesas y votos: por devoción personal, el cristiano puede también prometer a Dios un acto, una oración, una limosna, una peregrinación, etc. La fidelidad a las promesas hechas a Dios es una manifestación amor hacia el Dios fiel.

Amar al prójimo: es consecuencia del amor a Dios, a la vez que el fundamento para amar a Dios. Una paradoja más de la fe. La caridad cristiana para con el prójimo no es altruismo ni filantropía, tal vez éstas pudieran ser lo básico que a todo el mundo se le exige, pero no. La caridad cristiana supone un salir de uno mismo para ir al encuentro del otro, ser servidores de los demás y procurar sembrar el bien y la felicidad por donde nos movamos. El amor al prójimo supone reconocer la imagen de Dios en el otro; el prójimo no me es extraño, sino un hermano, un hijo de Dios al que me unen lazos espirituales. La caridad horizontal es presencia de Dios en el mundo, santificación del alma a la cual, al volcarse con la imagen moral de Dios, le son perdonados los pecados.

Así pues,  la caridad perfecta supone, ante todo, amar en cruz, amar a Dios, travesaño vertical que une el cielo y la tierra, haciéndonos hijos de Dios, filiación divina adoptiva por el bautismo; y el amor al prójimo, travesaño horizontal que une a los hombres entre sí, fundiéndonos en una fraternidad universal. La fraternidad humana es el correlato necesario y lógico de la filiación divina, concentrando en sí toda la realidad teologal y última de la Iglesia como sacramento de salvación. La oración del Padrenuestro, recogida en la versión del evangelio según san Mateo, aúna estas dos dimensiones en un sintagma nominal: “Padre” (filiación divina) y  “nuestro” (fraternidad cristiana). Vivamos, pues, esta doble dimensión de la caridad para alcanzar la santidad, que es el gran regalo de Dios a los hombres.

Dios te bendiga

sábado, 26 de mayo de 2018

HAREMOS MORADA EN ÉL


HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD


Queridos hermanos en el Señor:

            Celebramos hoy el misterio Fontal de nuestra fe, esto es, el origen de donde dimanan el resto de Verdades de fe y acciones apostólicas de la Iglesia. Decir “Santísima Trinidad” es decir corazón íntimo y profundo del Dios único y verdadero que existe en el cielo y en la tierra y que por amor nos ha creado y elegido, constituyéndonos como pueblo suyo para que fuéramos felices por medio del cumplimiento de sus preceptos y mandamientos. Así pues, la Santísima Trinidad nos lleva a confesar la fe en Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. En Dios creador, Dios redentor, Dios santificador. Esta confesión de fe nos la planteaba el libro del Deuteronomio al formular una serie de preguntas al pueblo de Israel “¿Puede haber una Palabra tan grande como ésta?” como quien pregunta si hay o puede haber en este mundo algún discurso persuasivo, convincente, honesto y veraz como es la Palabra de Dios; como quien pregunta si el corazón del hombre puede ser sanado con las leyes humanas, o con cualquier autoridad de este mundo. “¿Se puede oír la voz de Dios y no morir?” porque la Palabra trinitaria es palabra de vida y salvación para todo aquel que la oye y la acoge. “¿Hay algún Dios que sea fiel a sus hijos?” frente a la idolatría de los paganos, los cristianos sabemos que solo existe un Dios que se ha comprometido con su pueblo rescatado, y que espera de éste una respuesta de fe, fidelidad y compromiso.

            Por otra parte, este Dios trinitario que es insondable misterio de amor personal, no se pierde en el vacío sino que por fuerza de ese mismo amor, y en libertad, decide comunicarse con la criatura racional y de conciencia que es el hombre. Por tanto, con razón, diremos que el hombre es un ser capaz de Dios, y que Dios puede, y además quiere, vivir con él, cohabitar con él. A la presencia de Dios en el corazón de las personas en gracia, la llamamos “Inhabitación de la Trinidad”. Esto es posible por la acción del Espíritu Santo que transforma el alma del hombre en una preciosa recamara, llena de virtud, para que lo eterna pueda tener asiento. Esta inhabitación es una de las obras hacia fuera que la Trinidad hace con nosotros garantizando, así la presencia del Resucitado con nosotros hasta el fin del mundo. Junto a ella, el Espíritu Santo hace posible, también, la filiación divino, esto es, que podamos ser llamaos y ser, en verdad, hijos de Dios en Cristo; y como efecto parejo, gozar de la herencia eterna.

            Pero esta inhabitación de la Trinidad en el justo conlleva, no solo un efecto estático o de fruición espirituales; sino, también, un efecto dinámico que impulsa al hombre a ejercer el bien, a practicar la caridad, a anunciar a Jesucristo de palabra y de obra. Cuando uno abre su corazón a Dios y permite que Éste viva en él no puede, por menos, que buscar cualquier ocasión para comunicar a otros la alegría que lleva dentro, la felicidad que ilumina el horizonte de su vida.


La confesión de fe en la Trinidad Santa supone conformar la vida según el modelo que ésta propone: respetar las diferencias de los demás y valorar lo que nos une con otros, lo que nos hace iguales. Basar nuestras relaciones sociales en el amor y la libertad, sin querer imponer nada a nadie; saber cooperar en las actividades que se realizan en pro del bien común. La Trinidad, por ser Dios mismo, infunde en nuestra alma las virtudes teologales que sostienen la existencia humana, esto es, la fe, la esperanza y la caridad. ¿Se puede vivir, acaso, sin amor, sin esperanza o sin fe en algo o en alguien? No. La vida, así, se hace aburrida; una vida así no merece la pena ser vivida. Dios hace nuevas todas las cosas, lo renueva todo, lo ilumina todo y a todo le da un sentido nuevo y distinto. Por eso, con razón, pudo santa Teresa de Jesús decir: “a quien Dios tiene nada le falta” porque el Dios, uno y trino, colma las aspiraciones más profundas del hombre y la mujer de hoy; porque el Dios, uno y trino, abarca, sana, redime y ama todas y cada una de las dimensiones del ser humano.


Dirijamos, pues, queridos hermanos, en este domingo, nuestro corazón al Dios vivo y verdadero; al Dios que es, que fue y que vendrá; al Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Imitemos las relaciones de amor que tienen entre sí las tres Divinas Personas y conformemos nuestra sociedad según aquel perfecto modelo que vive eternamente. En esta jornada “pro orantibus” oremos, también, por todos aquellos conventos y monasterios de religioso y religiosas que han hecho de su vida una ofrenda a Dios, gastándose en la oración contemplativa por la Iglesia y la humanidad entera. Así sea.


Dios te bendiga

viernes, 21 de julio de 2017

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO





Antífona de entrada

«Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida. Te ofreceré un sacrificio voluntario, dando gracias a tu nombre, que es bueno». Tomada del salmo 53, versículos 6 y 8 centonizados. Esta antífona nos sitúa en la realidad que vamos a efectuar en la celebración: ofrecer un sacrificio de acción de gracias a la bondad divina de quien es nuestro auxilio en la vida. Se nos invita a hacer, desde el inicio de la celebración, una intensa confesión de fe en Dios como el providente que sustenta la existencia humana.

Oración colecta

«Muéstrate propicio con tus siervos, Señor, y multiplica compasivo los dones de tu gracia sobre ellos, para que, encendidos de fe, esperanza y caridad, perseveren siempre, con observancia atenta, en tus mandatos. Por nuestro Señor Jesucristo». De nueva incorporación. Esta oración invoca los dones de la gracia de Dios dados en el santo bautismo, que no son otros sino las virtudes cardinales (fe, esperanza, caridad) que son infundidas en el corazón del hombre para que éste pueda conocer y perseverar en el cumplimiento de los mandamientos de la ley de Dios.

Oración sobre las ofrendas

«Oh Dios, que has llevado a la perfección del sacrificio único los diferentes sacrificios de la ley antigua, recibe la ofrenda de tus fieles siervos y santifica estos dones como bendijiste los de Abel, para que la oblación que ofrece cada uno de nosotros en alabanza de tu gloria, beneficie a la salvación de todos. Por Jesucristo, nuestro Señor». Tomada del sacramentario gelasiano antiguo (s. VIII). Esta antiquísima oración concentra dos líneas teológicas que se unen: por un lado, resume muy bien la línea progresiva de los sacrificios con los que el hombre ha querido aplacar y agradar a la divinidad hasta su plenitud en Cristo; Por otra, concreta estos sacrificios con el personal de cada uno. Veamos estos dos filones teológicos:

Respecto de la evolución en los cultos hasta la venida de Jesucristo:

a) El culto en las religiones pre-judeocristianas: el culto se ofrece a divinidades que tienen que ver con un elemento natural o con un gremio.

b) El culto en el Antiguo Testamento: la existencia de un culto como relación básica entre Dios y los hombres nos lo ofrecen las ofrendas de Caín y de Abel (cf. Gn 4, 3-5). Será el relato del Éxodo el que nos de las claves de un verdadero culto centrado en la adoración al Dios único. La liberación efectuada por Moisés es la clave de bóveda de toda la dinámica religiosa judía. Será con David cuando Jerusalén se convierta en la capital espiritual de Israel, sobre todo, a partir de la edificación del Templo en tiempos de Salomón.


c) El culto en el Nuevo Testamento: plenitud de la Revelación. El acontecimiento central de la Historia de la Salvación es Jesucristo, quien redimensiona toda acción cultual de su tiempo. La Iglesia naciente leerá toda la vida de Jesús desde las Sagradas Escrituras en clave de cumplimiento y por tanto estará convencida de que con Jesús surge un nuevo culto en Israel bajo la acción del Espíritu Santo.

Respecto a la relación entre el culto personal y el comunitario es importante entenderlo desde el sacerdocio común de los fieles. Cada uno de los laicos, tiene un altar personal en el banco del trabajo, sea éste el que sea. Ahí, donde se desarrolle su vida (trabajo, familia, descanso, ocio, aficiones) puede y debe ofrecerse a Dios como Hostia agradable. De tal manera que cuando el domingo acuda, con todo lo suyo y todos los suyos, a la celebración de la santa misa, podrá unir esos pequeños sacrificios diarios de su vida personal al gran sacrificio de Cristo al Padre en la Eucaristía para provecho propio, para alabanza y gloria de la Trinidad y bien de la Santa Iglesia.

Antífonas de comunión

«Ha hecho maravillas memorables, el Señor es piadoso y clemente. Él da alimento a los que lo temen». Tomada del salmo 110, versículos 4 al 5. La sagrada comunión es la maravilla diaria que Dios sigue realizando por nosotros ¿cuándo nos daremos cuenta de ello? Vivimos esperando grandes milagros y grandes intervenciones divinas sin percatarnos de que recibir a Cristo en gracia es lo más a lo que podemos aspirar en esta vida. Porque como bien dice la antífona eucarística O sacrum convivium: “¡Oh, sagrado convite!, en el que Cristo es tomado. Se rememora la pasión de Cristo; el alma se llena de gracia; y se nos da una prenda de la futura gloria, aleluya”.

«Mira, estoy a la puerta y llamo, dice el Señor. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo». Del Apocalipsis capítulo 3, versículo 20. Vuelve a aparecer aquí el efecto más inmediato de la comunión eucarística: la inhabitación del Señor en nuestro corazón, siempre que esté dignamente preparado. Durante la celebración hemos escuchado la voz del Señor y ahora toca abrir nuestra puerta íntima para que entre y tome posesión de nuestro yo, aun aquel que nos resistimos a abandonar.

Oración para después de la comunión

«Asiste, Señor, a tu pueblo y haz que pasemos del antiguo pecado a la vida nueva los que hemos sido alimentados con los sacramentos del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor». De nueva incorporación. Si antes dijimos que el primer efecto de la comunión eucarística es la inhabitación del Señor en el alma; el segundo, y como consecuencia del primero, es la conversión, esto es, sentir repugnancia del pecado y abrirnos al don de la gracia que Cristo nos da. Por eso la oración une la idea del abandono del antiguo pecado, la antigua condición pecadora con la idea de la comunión como alimento.

Visión de conjunto

Definimos asépticamente “virtud” como hábito operativo bueno, es decir, a la perseverancia en toda acción buena. La virtud puede ser una acción puramente humana movida por un ideal o una filosofía o la desnuda filantropía. Una disposición natural a hacer algo que suponga un beneficio para sí mismo o para otros. A veces, la virtud puede estar influenciada para la educación recibida en una cultura determinada de tal manera que un mismo acto puede ser catalogado como heroísmo para unos y como terrorismo para otros.

Pero además de las virtudes humanas, que quedan en el plano moral del individuo, la experiencia de fe, base de la teología, nos ha enseñado que existen una serie de virtudes infundidas por el mismo Dios en el bautismo que nos permiten tener una relación íntima con Él; a éstas las llamamos “virtudes teologales” y son, a saber, la fe, la esperanza y la caridad. Veamos cómo las define y explica el Catecismo de la Iglesia Católica (1813): “Las virtudes teologales fundan, animan y caracterizan el obrar moral del cristiano. Informan y vivifican todas las virtudes morales. Son infundidas por Dios en el alma de los fieles para hacerlos capaces de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna. Son la garantía de la presencia y la acción del Espíritu Santo en las facultades del ser humano. Tres son las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad (cf 1 Co 13, 13)”.

Las virtudes teologales son la base del obrar cristiano. Los cristianos todo lo que hacemos hemos de hacerlo referido a Dios que es quien inspira, acompaña y hace finalizar los santos propósitos. Y aquí es donde radica la diferencia entre ser cristiano y ser buena persona. Lo segundo se le presupone a todo el mundo (mientras no se demuestre lo contrario) siendo incluso el mejor sustrato antropológico para ser buen cristiano. Pero el cristiano no se conforma con ser “buena persona”. No hace obras buenas por puro amor al ser humano, sino porque en ellos reconoce al mismo Dios, como nos dice Jesús en el evangelio “cada vez que lo hicisteis con uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (cf. Mt 25, 40).


Y en estos, queridos lectores, hemos de estar muy atentos porque de un tiempo a esta parte se ha ido reduciendo el mensaje cristiano al “buenísmo” descafeinado en que con “ayudar al prójimo hay bastante”. Se reduce el mensaje de la salvación a una ético intramundana sin trascendencia alguna. La eternidad no tiene sentido, pues lo importante es ser feliz y hacer feliz al otro en esta vida. Y lo peor de este “buenísmo” es que esta preñado de pelagianismo. ¿Qué es el pelagianismo? Es una herejía del s. IV, cuyo difusor fue Pelagio (de ahí el nombre) según la cual la gracia de Dios no nos aporta nada sino que Jesucristo es un ejemplo eximio para nuestro obrar. Se sustituye la gracia por la pura voluntad humana. Dios no interviene en nada sino que todo es decisión voluntaria y personal del hombre.

Por consiguiente, el pelagianismo derivó en una moral autónoma, es decir, regida por las decisiones de uno mismo sin tener en cuenta ningún fundamento absoluto. Al fin y al cabo, esta herejía, tan actual como antigua, deviene en un ateísmo práctico o lo que es peor, en una religión a la carta y sin incidencia en la vida personal. El drama del cristianismo del s. XX es que nos hemos dado cuenta  tarde de que no hay asunción personal de la fe, originándose un catolicismo social sin repercusión en la vida privada.

Frente al pelagianismo que hoy nos inunda, los católicos volvemos a revindicar la necesidad de la gracia. Sin el auxilio del cielo no podemos hacer nada. La voluntad es débil y si no está guiada por las inspiraciones divinas puede ir apartándose de la verdad hasta el punto de desacreditar la misma fe, perder la esperanza y banalizar la caridad. Los católicos no podemos permitirnos, aunque quisiéramos, relajar la fe y la doctrina católica. No tenemos derecho a hacer del Magisterio y la tradición “la irrisión y burla de los malvados” (cf. Sal 31), sino el grave deber de transmitirlo íntegro a las generaciones futuras. Esta será la gran aportación de los cristianos a la sociedad humana y la vivencia plena de las virtudes.

Dios te bendiga

viernes, 3 de marzo de 2017

I DOMINGO DE CUARESMA




            El miércoles pasado, con el tradicional rito de las cenizas, dábamos comienzo al tiempo de Cuaresma, esto es, cuarenta días para prepararnos espiritualmente para la Pascua, la gran fiesta de los cristianos. Veamos que líneas teológicas y espirituales nos brinda la liturgia de este primer domingo.

Antífona de entrada

«Me invocará y lo escucharé; lo defenderé, lo glorificaré, lo saciaré de largos días» tomada del salmo 90 versículos 15 al 16. Esta sección del salmo es una respuesta de Dios al anhelo de protección del hombre indefenso. Al inicio de la Cuaresma invocamos al Señor sabiendo que en medio de nuestras dificultades y pecados Él nos escuchará. Esto inspira una gran confianza al sabernos defendidos por Dios en el combate espiritual al que nos pertrechamos con las penitencias, ayunos y privaciones voluntarias. Pues solo ayunando y absteniéndonos de carne en estos días seremos saciados del verdadero alimento que viene de Dios, esto es, su Palabra.

Oración colecta

«Dios todopoderoso, por medio de las prácticas anuales del sacramento cuaresmal concédenos progresar en el conocimiento del misterio de Cristo, y conseguir sus frutos con una conducta digna. Por nuestro Señor Jesucristo». Su antecedente lo encontramos en el sacramentario gelasiano antiguo (s. VIII). La cuaresma es llamada “sacramento cuaresmal” dado que este tiempo esta jalonado de prácticas y ritos sacramentales que forman un conjunto y nos preparan para recibir el gran sacramento por excelencia que es la Pascua de la Resurrección de Cristo.

La gracia que se demanda es doble: por un lado, “progresar en el conocimiento del misterio de Cristo” y por otro, “conseguir sus frutos (del misterio de Cristo)” para ello será necesario mantener y practicar una “conducta digna” del cristiano por medio de las prácticas que la cuaresma conlleva,

Oración sobre las ofrendas

«Haz, Señor, que nuestra vida responda a estos dones que van a ser ofrecidos y en los que celebramos el comienzo de un mismo sacramento admirable». Esta oración la hallamos en el sacramentario gregoriano de Adriano (ss. VIII-IX) y se mantuvo en el misal romano de 1570, también en el del beato Pablo VI. El texto es una llamada de atención a vivir en coherencia con lo que ofrecemos en el altar.

La pureza del culto, que no ritualismo vacío, significa llevar una vida santa, es decir, una vida marcada por la fe, la esperanza y la caridad. El pasaje evangélico de Mt 5, 23-24 es la pauta a seguir: la ofrenda al Señor es incompatible con la rivalidad hacia el prójimo. Se hará necesario revisar nuestra vida y nuestras conductas para que no desdigan de aquello que ponemos sobre el altar.

Antífonas de comunión

«No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4). Como eco del evangelio que acabamos de escuchar en esta celebración, se nos invita a reconocer en la sagrada Hostia, al verdadero pan que baja del cielo y es alimento salido de la boca de Dios. Es una confesión de fe: Cristo, palabra de Dios, es el que es en la sagrada forma, el que está en la Hostia santa. Como así lo creemos podemos comerlo y nutrirnos de Él.

«El Señor te cubrirá con sus plumas, bajo sus alas te refugiarás» (cf. Sal 90, 4). Con estas palabras pretendía el demonio engañar a Jesús para que se tirara del alero del templo. En este momento de la celebración, estas palabras son una verdad espiritual irrefutable; pues el fiel, al comulgar, se hace uno con el Señor viéndose así, protegido por las alas del águila grande (cf. Ap 12, 14).

Oración de pos comunión

«Después de recibir el pan del cielo que alimenta la fe, consolida la esperanza y fortalece el amor, te rogamos, Señor, que nos hagas sentir hambre de Cristo, pan vivo y verdadero, y nos enseñes a vivir constantemente de toda palabra que sale de tu boca. Por Jesucristo, nuestro Señor». De nueva incorporación, sin antecedentes en los sacramentarios antiguos romanos.

Dos ideas confeccionan esta oración: 1. Los frutos espirituales de la comunión en orden a las virtudes teologales: “alimenta la fe”, “consolida la esperanza”, “fortalece el amor”; y 2. La relación pan-hambre formando un campo semántico: el hambre de Cristo solo se sacia alimentándose del pan del cielo, que es el mismo Cristo, palabra definitiva de Dios, pan vivo y verdadero. Es desarrollo de la primera antífona de comunión (cf. Mt 4,4)

Oración de bendición sobre el pueblo

«Te pedimos, Señor, que descienda sobre tu pueblo la bendición copiosa, para que la esperanza brote en la tribulación, la virtud se afiance en la dificultad y se obtenga la redención eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor». Sustancialmente se halla en el sacramentario gelasiano antiguo pero ha sido modificada en el de Pablo VI. Es una bendición para los momentos de tribulación y dificultad de la vida, que son bastantes.

Visión de conjunto

            Cuando uno se dispone a realizar un viaje ya sea de turismo, ya sea de negocios, ya sea de peregrinación religiosa; pasa los días previos haciendo acopio de todo aquello que le va a ser útil y necesario para emprenderlo. Del mismo modo, cuando los cristianos nos disponemos a encaminar la peregrinación espiritual anual de la santa cuaresma este primer domingo nos saca al desierto y nos pone ante el aviso más importante: “el demonio te va a tentar”. Ésta será la mayor dificultad con que nos vamos a topar: con los ataques e insidias del diablo.

            Para ello, la liturgia de este primer domingo nos ofrece un lenitivo ante los dolores espirituales que nos sean provocados: la gracia de Dios. Ésta no es un agua que cae del cielo sin más, sino que nos llega a través de un canal ordinario al que llamaremos sacramento. De ahí que este tiempo haya sido llamado en la oración colecta “sacramento cuaresmal”.

            Son cuarenta días jalonados por una serie de prácticas cuaresmales que hemos de poner en juego para que sirviendo al Señor con pureza de corazón y rectitud de intención podamos progresar en el conocimiento de Cristo, palabra definitiva salida de la boca de Dios, que llegando a nosotros como pan celestial vivo y verdadero, viene a: 1. Alimentar la fe, que puede verse zozobrar en los momentos de dificultad. Allí o se aquilata o se pierde; 2. Consolidar la esperanza, que es la que mantiene en pie al cristiano en los momentos de tribulación; y 3. Fortalecer el amor que, como dice san Pablo, es lo único que permanece eternamente.

            Queridos lectores, la cuaresma es tiempo favorable, es tiempo de salvación. Son cuarenta días con cuarenta oportunidades para el cambio, para volver a Dios, para hacer opciones definitivas, para reconciliarnos con Dios y con los hermanos, para perdonar las deudas y ofensas. ¿Seremos capaces? ¿Estaremos dispuestos? Dios estará siempre de nuestro lado. Feliz y santa Cuaresma 2017

Dios te bendiga