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sábado, 2 de febrero de 2019

TE HAGO PROFETA DE LAS NACIONES


HOMILÍA DEL IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            Todos tenemos una misión en la vida, todos hemos venido a este mundo para un “algo”, que puede ser un “algo” humano, puro altruismo o filantropía; o bien, un “algo” divino, que tiene su sustrato en lo humano pero que la gracia lo eleva a lo divino. En este domingo que la providencia nos permite celebrar, se presenta a nuestra consideración la vocación del profeta Jeremías.

            Es curioso observar, cómo mientras Nueva York aprueba una demoniaca ley abortista que permite acabar con la vida de un niño hasta el día antes de nacer, cómo los gobiernos del mundo entero, aprueban impunemente leyes abortistas con distinta normativa, Dios llama al profeta “Antes de formarte en el vientre”, “antes de salir del seno materno”. Este pasaje, nos confirma en la verdad que siempre hemos creído y predicado.

            Aun si, hemos de dar gracias a Dios por aquellas madres valientes que no dudaron en apreciar aquella vida que se gestaba en sus entrañas y les concedieron ver la luz de la vida. Esas generaciones nuevas y nosotros, que hemos recibido el Bautismo, hemos sido incorporados a un pueblo sacerdotal y profético. Como a Jeremías, nosotros también hemos sido ungidos como profetas en medio de las naciones en que vivimos como Iglesia de Dios.

            El oficio profético del Pueblo de Dios es más que necesario en estos tiempos que corren. Es el oficio cristiano que, lejos de respetos humanos, proclama siempre la verdad que ha conocido en Cristo. Los cristianos estamos en este mundo para hablar lo que Dios nos inspira: el valor grande de la familia y de la vida, el valor de la libertad y la propiedad, el valor de la fe, la perseverancia, el sacrificio y el esfuerzo, el valor del trabajo y del descanso dominical.


            Hermanos, somos el Pueblo de Dios, el pueblo profético que cuenta siempre con su asistencia y fortaleza para decir todo aquello que el mundo necesite, le guste o no le guste, siguiendo el ejemplo de Cristo que al recordar, hoy, que Israel no debería sentirse tan seguro de su nacionalismo religioso, es expulsado por sus propios con-vecinos. Y tanta era la furia, la soberbia y el odio de aquellas gentes que pretendían despeñar al Señor por aquel barranco.

            ¿Acaso pensáis que a los cristianos de hoy no nos tratarán de manera semejante por proclama la incómoda verdad del Evangelio? “frente a los reyes y príncipes… sacerdotes y gentes del campo”, esto es, los distintos poderes del mundo: políticos, religiosos, económicos o sociales, los cristianos hemos sido puestos en el mundo por Dios para ser luz del mundo y sal de la tierra. Solo respondemos de nuestros actos y palabras ante Dios, que es el que forma nuestra conciencia. Pero ¿qué ocurre si el miedo se adueña de nosotros? En primer lugar, diremos que el miedo no tiene cabida en el alma cristiana, habitada por la gracia. Pero si así fuere, el miedo no puede ser acicate para nada, san Josemaría Escrivá nos recuerda: «La solución es amar. San Juan Apóstol escribe unas palabras que a mí me hieren mucho: “qui autem timet, non est perfectus in caritate. Yo lo traduzco así, casi al pie de la letra: el que tiene miedo, no sabe querer. —Luego tú, que tienes amor y sabes querer, ¡no puedes tener miedo a nada! —¡Adelante!» (Forja 260).

Frente al miedo ante las amenazas del mundo, el desprecio de la sociedad, para con los cristianos, debe primar, siempre, la ley del amor que san Pablo nos ha recordado en la segunda lectura de hoy. El profetismo no se basa en imponer nada, sino en amar mucho. Amar al mundo y a sus habitantes, amar a los pecadores pero no al pecado. Proponer la verdad con amor sabiendo disculpar los errores, exponer la doctrina evangélica con total caridad creyendo totalmente en ella, mostrar claramente la vida mejor que Cristo nos regala, esperando fuertemente en aquella eternidad asegurada y reservada; y atestiguar la caridad radical, aguantando todo tipo de calumnias y menosprecios o engaños.

Pero si el miedo se vence con amor, el temor y el desaliento solo pueden ser vencidos por la acción del Espíritu Santo en nosotros, quien, como dice el salmo, nos abre un vado por las aguas caudalosas (cf. Sal 77, 20). El cristiano debe abrirse paso por los caminos de la historia y alejarse de toda aquella maldad que contamina su alma. Pero esto solo es posible con el auxilio divino.

Profetas que anuncian y aman, que denuncian amando para destruir lo malo y edificar almas nobles que busquen agradar a Dios, esto es lo que los cristianos deberíamos ser en el mundo, porque hemos sido llamados para esto, precisamente. Es nuestra vocación, nuestra vivencia de la santidad cristiana en medio de nuestros trabajos y nuestros ambientes.

¡Ánimo, hermanos! Que el Señor estará siempre con nosotros.

Dios te bendiga

sábado, 27 de octubre de 2018

LOS HABITANTES DE LAS CUNETAS


HOMILÍA DEL XXX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO




Queridos hermanos en el Señor:



Acabemos de leer la crónica de un milagro. Un maravilloso e inesperado encuentro entre Jesús de Nazaret y un marginado social, un maldito por Dios con la supresión de la vista.



El ciego, cuyo nombre conocemos, vivía en la cuneta del camino. Pensemos un poco en este dato: ¿Qué hay en la cuneta de nuestros caminos rurales, de nuestras carreteras? En la cuneta se arroja lo que sobra, se encuentra lo que no se valora o no se necesita. La cuneta es el lugar de lo inútil. 



Hoy, en nuestro mundo, surgen y se crean muchas y variadas cuentas: vivimos en una sociedad del descarte, muy dada a arrojar el apelativo de "inútil" a todo aquello que no sirve para el progreso material de la sociedad. Las cunetas de hoy son: las exclusiones sociales, el aborto, la eutanasia, la precariedad laboral, etc.



Son cunetas donde se arroja como desperdicios: a los pobres, a los “sin techo”, a los niños por nacer o a los ancianos y enfermos que suponen más gasto que beneficios, a los pecadores. 



Hoy como ayer, esos mismos siguen gritando desde la cuneta como aquel ciego: «¡Jesús, Sálvanos!». El ciego sabía que no podía esperar nada de sus coetáneos, sabía que nada podía recibir de su mundo y de la sociedad.  Por eso su grito va más allá de lo humanamente posible, su grito clama a Dios, el único - que sabe- puede salvarlo. 



Hoy, comal ayer, esos habitantes de las cunetas vuelven a gritar a Dios con fuerza esperando a que su voz halle eco y hueco en la Iglesia, en la comunidad cristiana. Nosotros, ¿mandamos callar a estos o les damos voz?



Frente al ruido del mundo que busca ahogar el clamor de los habitantes de la cuneta, Jesús se eleva por encima de todo y, hoy, vuelve a decir: «Ven». Jesús está por encima de los cantos de sirena que buscan despistarnos y ensordecernos. Jesús llama sin importarle más que la dignidad de esa persona. 





"Soltó el manto, dio un salto y llegó a Jesús" en esta secuencia de verbos, se expresa el misterio de la liberación y redención del género humano: "soltar el manto" es despojarnos del vestido viejo del pecado; "dar un salto" es elevarse desde la postración y hundimiento del mal y del pecado; "llegar a Jesús" término y fin del camino. 



La llamada de Jesús a Bartimeo es una llamada liberadora, una acción redentora. Despierta alegría y salvación, esperanza de ser escuchados por Dios, ser atendidos por su misericordia, sin abolir nuestra libertad. Solo desde esta perspectiva se entiende la pregunta de Cristo "¿qué quieres que haga por ti?".



Cristo se lo preguntó al ciego, Cristo se lo pregunta a los pobladores de la cuneta y Cristo te lo pregunta hoy a ti. Para que pidas y hables sin miedo. Vemos que de la cuneta se puede salir. La cuneta de la vida no es para siempre. Pero hay que gritar a Dios y emprender el camino hacia él. Un camino que se transita por la via de la Fe. Y, precisamente, es lo que rescata y salva a Bartimeo de la cuneta: la fe en Dios. 



Desde la Fe podemos contemplar la vid de otra manera. Solo en la Fe encuentran hueco las voces de los miserables de las cunetas de nuestro mundo. Sin Fe no hay nada que hacer. Todo se cae y es estéril. 



Es la fe la que ilumina la vida del ciego. Es un camino de salvación, de libertad y de fe católica. Ánimo, hermanos, soltad el manto y saltad hasta Jesús, que nos espera siempre. Amén. 

Dios te bendiga


sábado, 7 de julio de 2018

AL MENOS SABRÁN QUE HUBO UN PROFETA


HOMILIA DEL XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos:

            En este ciclo B de las lecturas de la Palabra de Dios en la misa, la liturgia nos regala tres domingos seguidos para meditar sobre el servicio profético de los cristianos en el mundo. Ser profeta es algo complicado y nunca bien mirado, en ninguna época. Ser profeta implica anunciar y denunciar pero, sobre todo, vivir en coherencia con lo que se cree y se predica para que aquellos que nos contemplan no encuentren desacreditada nuestra labor.

            Las lecturas de hoy vienen a confirmar esto mismo: nadie es profeta en su tierra. El profeta siempre va a contar con el desprecio entre los suyos; con el ser ignorado por sus coetáneos. El profeta siempre se granjea enemigos poderosos y se gana el ser ridiculizado, ser motivo de mofa y befa; el profeta jamás será llamado a dar su opinión ni obtendrá el aplauso del mundo. Pero, por otra parte, el profeta, si es fiel a su vocación y coopera humildemente con la verdad, siempre tendrá a Dios de su parte; se sentará al lado de los justos y no temerá por su vida, porque Dios le protege.


            Así pues, nuestro mundo hoy necesita, precisamente, de la vivencia del carisma profético de los cristianos. Como el profeta Ezequiel, los cristianos hemos sido enviados a un mundo rebelde “que se ha rebelado contra Dios”. Hoy, por doquier, asistimos a una ingeniería social que se basa en hacer leyes contra Dios y su santa ley: la ideología de género, que busca subvertir la realidad antropológica de la creación, pretendiendo imponer una visión del hombre y de la mujer ajena a toda racionalidad y ayuna de toda experiencia científica; el aborto y la eutanasia, medidas eugenésicas que impiden la vida bien desde el origen bien al final de la misma; los vientres de alquiler, donde se busca hacer de la maternidad un negocio para suplir un capricho o una carencia. Asistimos hoy a un laicismo rampante y atroz que, en aras de la libertad religiosa, busca, pertinazmente, recluir el hecho religioso al ámbito de lo privado despojando a la religión de cualquier manifestación pública o social. Un laicismo que pretende erradicar los credos pero que, curiosamente, se posiciona más a favor del Islán que del cristianismo, o dicho de otra manera: el laicismo hace opción por la maurofilia y la cristianofobia.

            La precariedad laboral, que impide el progreso feliz de las familias; los abusivos impuestos, sobre todo cuando nos pañales para niños tienen un 21% de IVA mientras que los preservativos tienen solo un 4 o 5% de IVA. El patriotismo idolatra que, últimamente, está creciendo en las naciones donde se elevan a categoría de sagrado los símbolos de la Patria, olvidando que un amor a la Patria sin referencia a Dios no es más que un intento inútil de subsistencia. El racismo o la xenofobia que surgen en los pueblos fruto de políticas gravosas de inmigración y de subsidios; el nacionalismo excluyente y exasperado que busca enemigos por doquier para sobrevivir. El paro, que merma las capacidades y ánimos de las personas.  

            Ante este panorama desolador, los cristianos no podemos claudicar ni ser “perros mudos” debemos despertar y reaccionar. Nuestro cometido, hoy día, es levantar la voz y anunciar el Evangelio de la Vida; la hermosura del plan de la Creación; la perfecta coherencia entre la fe y la razón. Es hora de dar la batalla de las ideas, con respeto pero con convicción. Es más lo que nos queda por ganar que lo que, momentáneamente, perderemos en este mundo. Como dice el rey David, es mejor caer en manos de Dios, que caer en manos de los hombres.


            Queridos hermanos, ser profeta supone, por tanto, poner nuestra vida en manos de Dios; vivir la libertad de los hijos de Dios como el más grande don que de Él hemos recibido. Ser profeta, en medio del mundo, es, ante todo, ser iglesia, tener conciencia de nuestro bautismo. Ser profeta es alejarnos de nuestras pasiones y sentimientos viscerales y caminar por la vía de la razón, de la paz, de la verdad y de la libertad. Ser profetas es ser hombres y mujeres de razón: capaces de pensar, analizar, contrastar y discernir, ayudados e iluminados por la luz de la fe, de la gracia divina que potencia nuestra naturaleza. Ser profetas es ser hombres y mujeres que buscan la verdad de Dios y la verdad del hombre, fundamentando la vida en el humanismo cristiano.

            En definitiva, hermanos, ser profeta es un don inmerecido de la gracia divina que implica una misión arriesgada, complicada, peligrosa pero apasionante y contagiosa. Ojalá que despertemos este don en nosotros y pase lo que pase, nos hagan caso o no, al menos, los que nos contemplen “sabrán que hubo un profeta” en medio de ellos. ¡Ánimo!

           

sábado, 30 de junio de 2018

UNA FE QUE ENGENDRA VIDA


HOMILIA DEL XIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO



Queridos hermanos:

            En el antiguo ritual romano de bautismo había una pregunta que el sacerdote le hacía al candidato a ser bautizado: “¿Qué te da la fe?” y el catecúmeno respondía: “la vida eterna”. Pues bien. Precisamente, en este brevísimo diálogo  se concentra la síntesis, el meollo, el núcleo, de las lecturas que en este domingo hemos proclamado.

            El libro de la Sabiduría nos ha hecho un hermoso elogio de la solicitud que tiene Dios por cada una de las cosas creadas, pues éstas existen porque Dios quiere y les da la vida. Y por encima de todas ellas, encontramos a la más excelsa de las criaturas, la única hecha a imagen y semejanza divina: el hombre, ser dotado, originalmente, de justicia e inmortalidad.  Una criatura hecha del barro de la tierra y animada por el soplo divino del Espíritu. Un ser dotado de inteligencia, razón y portador de valores eternos que ha de desarrollar en este mundo para alcanzar su plenitud en el otro. Sin embargo, por la envidia que la criatura humana despertó en el demonio, éste se propuso apartarla, inútilmente, del amor de Dios, procurando que el pecado destruyera esos dones preternaturales de que el hombre gozaba. O como dice el libro de la Sabiduría: por envidia del diablo, el hombre experimentó la consecuencia del pecado: la muerte.


            Pero así no podía acabar esta relación de amor entre Dios y el hombre, por ello, aquella culpa original provocada por el demonio, provocó la venida al mundo del Verbo de Dios, de nuestro Salvador Jesucristo, para que reparara la herida del pecado en el hombre e hiciera entrar, con él, la vida nueva. Esta experiencia de vida nueva, de ser arrancados de la esclavitud que el pecado y la muerte imponían, hace que Dios sea digno merecedor de nuestra alabanza porque nos ha librado. Este salmo 29 que hemos cantado es la mejor expresión de esos sentimientos de pasar de la muerte a la vida; de un Dios que ha cambiado nuestro luto en danza y que transforma el ocaso de la vida terrenal en un eterno amanecer a la luz.

            Cristo, precisamente, ha venido para esto. Ha venido para darnos vida, para decirnos como a la niña del evangelio: “contigo hablo, levántate”. Cristo, como nos ha dicho san Pablo, viene a enriquecernos con su pobreza, esto es, para darnos vida eterna, muriendo Él mismo por nosotros. Las dos escenas del evangelio de hoy viene a confirmar esta verdad que hoy estamos predicando: la mujer con flujos de sangre queda curada por aquella energía que salía del Señor, y movida por fe, se atrevió a tocar su manto. La fe la curó. La hija de Jairo quedo curada por la fe de sus padres que acudieron a Cristo suplicando su ayuda. Y tal era la verdad de las obras de Cristo que, donde aquellos veían muerte, para Cristo la niña solo dormía.


            Y aquí, hermano, radica el sentido de la muerte para los cristianos. Nosotros, que estamos cuidados por la mano providente de Dios y hemos recibido la fuerza y la energía de la fe, que concede la vida eterna; experimentamos la muerte como un sueño temporal tras el cual despertaremos para la eternidad, en la resurrección de la carne. Porque donde esta Dios hay vida; y donde está el demonio, la muerte. Y si Dios ha vencido al demonio, podemos decir, con todo el convencimiento, que la vida ha vencido a la muerte. Pero hoy, lamentablemente, en el mundo y la sociedad de hoy la vida ya no cuenta nada. Hay países donde la vida no tiene valor ninguno. Las políticas eugenésicas, más propias de tiempos pretéritos que del s. XXI, como por ejemplo el aborto o la eutanasia imponen hoy una forma de pensar y de ver la vida, denominada “cultura de la muerte”.

            Frente a ella, los cristianos, hijos de Dios y hermanos en Cristo, hemos de proponer la cultura de la vida. Y la vida comporta sufrimiento, lucha, alegrías y penas; éxitos y fracasos, humillaciones y exaltaciones, etc. Pero lo que es infame afirmar es que pueda haber una muerte digna o una muerte indigna. Lo que es perverso y diabólico es afirmar que “nosotros aspiramos a ser dueños de nuestra vida, que luchamos por el dominio de la vida”. Él único que da y quita la vida es Dios. El único que puede cuidar de nosotros y velar para que nuestra vida progrese es Dios. El hombre tiene una dignidad inalienable que le hace sujeto de derechos, deberes, obligaciones y libertades. Y todo lo que vaya contra esto será una flagrante violación de los derechos absolutos y eternos tanto del hombre como de Dios.


            Queridos hermanos, alejémonos de cualquier influencia diabólica y abracemos al Dios de la vida que en Jesucristo nos dice cada día, y en los peores momentos de la existencia: talitha qumi: “Contigo hablo, levántate”. Así sea.

Dios te bendiga

sábado, 23 de junio de 2018

NACIDOS PARA UNA MISIÓN


HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA



Queridos hermanos en el Señor:

            Celebramos hoy la solemnidad de la natividad de san Juan Bautista. El nacimiento de aquel niño esperado y formado, milagrosamente, en el seno de santa Isabel para, cual Elías redivivo, preparar el camino del Señor y ser luz de las naciones para que la salvación llegue al confín de la tierra.

            Esta predicación de san Juan, que anticipa la misión del salvador Jesucristo, esta atestiguada, también, por san Pablo quien no duda en presentarla como aval de los nuevos tiempos dado la importancia de esta tradición en el cristianismo primitivo.

            San Juan Bautista, siguiendo la profecía de Isaías, es el vástago llamado desde el seno materno y destinado para una misión concreta en Israel: la de reunir a las tribus de Jacob para que, este Israel unido, fuese un pueblo misionero que atrajera a otros hacia si para conocer y adorar al Dios único y verdadero. En este sentido, como dice el salmo, el Bautista fue escogido portentosamente cuando, dada la ancianidad y esterilidad de santa Isabel, era imposible que éste naciera; pero este prodigio nos enseña que para Dios no hay nada imposible y que puede sacar vida de donde, naturalmente, no la hay.

            En un mundo imbuido por la cultura de la muerte, donde se niega la categoría de persona a los niños en gestación, las lecturas de hoy atestiguan, hasta la saciedad, la vida que se forma en lo escondido del seno materno. El lugar más seguro y sagrado del mundo pero que hoy, por las perversas leyes sobre el aborto, mal llamadas de interrupción voluntaria del embarazo, se ha convertido en el lugar donde más de 100.000 niños mueren al año. ¡Qué horror!


            Pero, como dijimos al inicio, el niño que nace tiene una importante misión por delante. Lo mismo ocurre con cada uno de nosotros. No venimos al mundo por casualidad. Cada uno de nosotros es un pensamiento de Dios, un proyecto de salvación para la humanidad. O dicho de otra manera, todos hemos venido a este mundo para una misión importante: la redención del mundo, ser luminarias que lleven la alegría del Evangelio hasta los confines de la tierra. Pero, estableciendo esta verdad espiritual y existencial como principio, la cuestión es cómo concretarla, cómo vivirla, cómo contribuyo yo a la salvación del mundo.

            Y aquí cada uno debemos hacer un serio y sereno ejercicio de reflexión. Cuál es mi misión en este mundo. Como cristianos hemos de ser constructores de paz, dar testimonio de nuestra fe y nuestra esperanza; sobre todo, con la coherencia en nuestro vivir, nuestro obrar, nuestro hablar, nuestro vestir, nuestra manera de relacionarnos, etc.

            San Juan Bautista es, pues, ejemplo y estímulo para tomar conciencia de nuestro ser y nuestro estar en el mundo. Como aquel que fue luz en su época anunciando un bautismo de conversión que preparara la venida de Cristo, los cristianos, Iglesia en el mundo, hemos de ser, también, luz para los demás hombres de manera que, también, nosotros preparemos la vuelta de Nuestro Señor Jesucristo, a quien pertenece el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Dios te bendiga

viernes, 8 de septiembre de 2017

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO


                                  


Antífona de entrada

«Señor, tú eres justo, tus mandamientos son rectos. Trata con misericordia a tu siervo». Tomada del salmo 118, versículos del 137 al 124. Iniciamos la celebración confesando la fe en el Dios justo y recto. En este breve versículo se unen dos términos, aparentemente, contrapuestos: justicia y misericordia. Precisamente podemos pedir misericordia porque Dios es justo. Una persona injusta no usa la misericordia sino la arbitrariedad. Confiemos, pues, desde el inicio de la celebración en el Dios manifestado en Jesucristo e imploremos que nos trate siempre con la rectitud necesaria para que nuestros pecados conozcan la misericordia entrañable.
Oración colecta
            «Oh Dios, por ti nos ha venido la redención y se nos ofrece la adopción filial; mira con bondad a los hijos de tu amor, para que cuantos creemos en Cristo alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna. Por nuestro Señor, Jesucristo». Tomada de los sacramentarios gelasiano antiguo (s. VIII) y de Angoulenme (s. IX); también aparece en el sacramentario gregoriano de Adriano (s. X). La salvación tiene un doble efecto en nosotros: uno negativo (la cancelación de la deuda del pecado, esto es, la redención) y otro positivo (el reestablecernos en la vida de la gracia, la adopción filial). El primer efecto supone la libertad respecto del pecado, mientras que el segundo supone heredar los bienes del Padre eterno, esto es, la eternidad.

Oración sobre las ofrendas

«Oh Dios, autor de la piedad sincera y de la paz, te pedimos que con esta ofrenda veneremos dignamente tu grandeza y nuestra unión se haga más fuerte por la participación en este sagrado misterio. Por Jesucristo, nuestro Señor». Tomada de la compilación veronense (s. V). Esta antiquísima oración une en dos palabras todo lo que la liturgia eucarística realiza: piedad y paz, esto es, oración y reconciliación, plegaria y expiación. Con la ofrenda de Cristo al Padre la Iglesia glorifica al eterno Padre y actualiza la reconciliación entre Dios y los hombres efectuada por Jesucristo. Por otra parte, los cristianos nos co-ofrecemos con Cristo al Padre mediante la participación en los santos misterios.

Antífona de comunión

«Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo». Salmo 41, versículos 2 al 3. Con esta imagen tan plástica que nos ofrece el salmo, la liturgia expresa a la perfección el sentido espiritual de la procesión de los fieles hacia la recepción del Santísimo Sacramento. Acudimos prestos a Él para apagar nuestra sed de Dios y saciar nuestra hambre de vida eterna.

«Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida, dice el Señor» Tomada de Jn 8, 12. En este momento la luz que ilumina nuestro camino es la blanca Hostia que contiene esa vida verdadera e invulnerable que aspiramos y esperamos ya en este mundo. Dándose en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, Jesucristo quiere iluminar nuestro tránsito por este  mundo hasta que lleguemos un día a la Patria celestial.

Oración de pos comunión

«Concede, Señor, a tus fieles, alimentados con tu palabra y vivificados con el sacramento del cielo, beneficiarse de los dones de tu Hijo amado, de tal manera que merezcamos participar siempre de su vida. Él que vive y reina por los siglos de los siglos». De nueva creación. Está muy presente la impronta escatológica propia de las oraciones de pos comunión. Somos alimentados por los dones celestiales en este mundo anticipando, así, lo que u  día gozaremos plenamente en el cielo. Esta oración ofrece una síntesis de la doble mesa de la misa: la palabra y la Eucaristía.


Visión de conjunto

Si hay un título que acompaña al nombre de Cristo y que expresa su misión salvadora es el de “Redentor”. Estamos muy acostumbrados a discursos como “el Señor ha venido a salvarnos”, “El Señor ha muerto por nosotros”. Pero… ¿Qué significa esto? ¿Tiene sentido hablar hoy de salvación o redención? Vayamos por parte.

En primer lugar, hemos de considerar que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios creador, es decir, en gracia, justicia y santidad primera. Por lo tanto, antes que el pecado original, existió un estado de inocencia original. A esto lo llamaremos condición pre-lapsaria del hombre (lapsus=caída). Solo tras el engaño de la serpiente antigua, el demonio, el hombre pierde estos dones naturales primeros y se ve inficionado por el pecado pero esto no destruye su naturaleza sino que desfigura la imagen de Dios inscrita en él. A partir de este momento, el hombre se hace reo de culpa por el pecado que ha cometido transgrediendo el mandato divino. A esto lo llamamos condición post-lapsaria del hombre.

En esta segunda condición es donde se inserta la obra de Cristo, su misión salvífica. Jesucristo con su encarnación pretende mostrarnos cuál era y es la verdadera condición humana: la de  estar en gracia de Dios. Por tanto, la redención efectuada por Él no consistirá en otra cosa que en la de devolvernos al estado pre-lapsario, es decir, a la gracia, justicia y santidad original. De ahí que con razón el Concilio Vaticano II dijera que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (GS 22).

Así pues, se entiende bien que lo que significa que Jesús viniera a salvarnos. Esta expresión es sinónimo de devolvernos al estado original en que fuimos creados. En este sentido, dice el mismo número citado anteriormente “El que es imagen de Dios invisible (Col 1,15) es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual” (GS 22).

Pero hoy, en pleno s. XXI, ¿Tiene sentido hablar de salvación? Por supuesto, el hombre y la mujer del s. XXI tienen, más que nunca si cabe, una urgente necesidad de ser salvado, de sentirse salvado en medio de tanta hostilidad como el mundo de hoy enfrenta al cristiano. En los tiempos que corren cuánta gente se ve afectada por el pecado: robos, violencias, adulterios, fornicaciones, abortos, eutanasia, fraudes, guerras, uxoricidios, pederastia, trata de blancas, herejías, difamaciones, mentiras, abandonos, etc… no cesan de sucederse por doquier apartando, cada vez más, a la gente de la luz divina y arrojándoles en manos del demonio, quien piensa que ha ganado la batalla contra Dios.

Frente a estas situaciones dolorosas y dañinas, Cristo vuelve hoy a mostrarse como médico de los cuerpos y de las almas. Ante la fuerza del pecado, Cristo quiere dar su gracia al hombre de hoy para perdonarlo y restituirlo a la vida de la gracia y la conversión. Cristo con su Evangelio quiere poner ante el hombre moderno un camino de justicia y misericordia. De Justicia para cancelar la deuda del pecado (cosa que ya hizo de una vez para siempre por medio de su sacrificio en la cruz) y misericordia para hacernos hermanos suyos e hijos del Padre eterno por adopción.

Las heridas lacerantes del pecado esperan ser sanadas con el bálsamo de la gracia divina que, perfectamente, podemos disfrutar gracias a la Encarnación del Verbo divino quien al unirse a nuestra naturaleza humana asumió en sí todo lo humano de tal modo que nada hay en el hombre que no halle eco en la intimidad divina, tal como recordó el mismo número del Concilio:

“El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado. Cordero inocente, con la entrega libérrima de su sangre nos mereció la vida. En El Dios nos reconcilió consigo y con nosotros y nos liberó de la esclavitud del diablo y del pecado, por lo que cualquiera de nosotros puede decir con el Apóstol: El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gal 2,20). Padeciendo por nosotros, nos dio ejemplo para seguir sus pasos y, además abrió el camino, con cuyo seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren nuevo sentido. El hombre cristiano, conformado con la imagen del Hijo, que es el Primogénito entre muchos hermanos, recibe las primicias del Espíritu (Rom 8,23), las cuales le capacitan para cumplir la ley nueva del amor. Por medio de este Espíritu, que es prenda de la herencia (Eph 1,14), se restaura internamente todo el hombre hasta que llegue la redención del cuerpo (Rom 8,23)” (GS 22).

Dios te bendiga

miércoles, 22 de marzo de 2017

LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR




El próximo sábado 25 la Iglesia celebra la solemnidad de la Anunciación del Señor. Una fiesta que hunde sus raíces en el relato evangélico de la anunciación del Ángel a María (cf. Lc 1, 26-38). Esta fiesta surgió en Constantinopla en el s. VI llegando al occidente en el s. VII como vemos tanto en Roma como en Hispania y la Galia. La fiesta se celebró desde el principio el 25 de marzo aunque en España por indicación de san Ildefonso de Toledo, el X concilio de Toledo (656) cambió la fecha al 18 de diciembre para evitar que dicha solemnidad cayera en Cuaresma.

La actual liturgia de la Iglesia presenta la Encarnación de Cristo en términos oblativos, es decir, como si Cristo fuera la ofrenda perfecta al Padre por su encarnación. Así lo comprobamos al entonar la antífona de entrada tomada de la carta a los Hebreos «El Señor al entrar en el mundo dice: he aquí que vengo para hacer tu voluntad» (cf. 10, 5.7) y por las mismas lecturas para la Misa.

La oración colecta entronca con el sentido navideño de este misterio: el admirable intercambio entre la naturaleza divina y la humana efectuada en Cristo. Dios se ha hecho hombre para que el hombre pueda participar de la divinidad «Oh Dios, has querido que tu Verbo asumiera la verdad de la carne humana en el seno de la Virgen María, concédenos que cuantos confesamos a nuestro Redentor Dios y hombre merezcamos ser partícipes también de su naturaleza divina». Este filón teológico tiene su corolario en la oración de poscomunión (única tomada del misal romano de 1570) donde el misterio de la encarnación se pone en relación con el pascual, pues si bien sabemos que Cristo viene al mundo para morir y resucitar, el fruto principal de la participación divina es la de compartir la gloria eterna «te pedimos, Señor, que confirmes en nuestros corazones los sacramentos de la verdadera fe, para que cuantos confesamos al Hijo concebido por la Virgen, merezcamos llegar a la alegría eterna por la fuerza de su resurrección».

El prefacio para esta solemnidad es propio. Destacamos en él las siguientes ideas:

1) “la Virgen escuchó con fe”: María concibe por la palabra que se le anuncia. Es la Virgen audiente, la Virgen atenta a lo que Dios quiere de ella.

2) “iba a nacer entre los hombres y en favor de los hombres”: según nos dice Gal 4,4. Cristo se inserta en la historia humana asumiéndola tal cual es para conducirla a la salvación.

3) “el Espíritu Santo que la cubrió con sus sombra”: de gran calado bíblico, donde la sombra es una imagen epicléptica, esto es, presencia del Espíritu Santo. Sombra con la nube del desierto, sombra en el bautismo, sombra en la Transfiguración, sombra en los sacramentos de la Iglesia.

4) “promesas hechas a los hijos de Israel”: como lo muestran las distintas profecías del Antiguo Testamento.

5) “se manifestara la esperanza de los pueblos”: pues Cristo está puesto como estandarte de las naciones, para que todo el que lo vea tenga vida eterna. Sus palabras y obras tienen la pretensión de traspasar las fronteras del espacio y del tiempo y alcanzar, así, a todos los hombres y mujeres de la tierra.

En definitiva, esta fiesta nos recuerda que el carácter sacrificial de la Encarnación de Cristo que es sacerdote, víctima y altar; así como el camino abierto a los hombres para llegar a la patria eterna.

En este día, también la Iglesia celebra la jornada por la vida. Teniendo en cuenta que el realismo craso de la Encarnación llega hasta la gestación natural del niño Dios en el seno de la Virgen María, la Iglesia pretende recordarnos el valor sagrado de la vida humana desde su concepción hasta la muerte.

La jornada por la vida es un momento importante para los católicos para renovar nuestro compromiso por la dignidad humana. Hoy son muchos los peligros que atentan a la dignidad de la vida humana desde su concepción hasta la muerte para ir enumerándolos me ayudaré de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium. En estos momentos de la historia en que la economía polariza todas las dimensiones de la vida, los católicos elevamos nuestra voz para decir ¡No a una economía que mata! No  a un sistema que no tiene en cuenta a las personas sino a los intereses de unos pocos ricos amos del dinero.
El Papa nos recuerda que los cristianos estamos llamados a cuidar a los más frágiles de la tierra (cf. EvG209). Otro peligro que amenaza a las personas es la precariedad laboral, gente que no tiene trabajo, que ya no sirve para trabajar, que impide sacar beneficios a los patrones; gente que no puede llegar a fin de mes; familias que no tienen ingresos y no tienen qué dar de comer a sus hijos; padres de familia angustiados por que ven desaparecer sus ilusiones, sus sueños, sus esperanzas de construir familia o mantenerla.
Otro peligro es el de los emigrantes, que son víctimas de la explotación y de las mafias, lo que el Papa ha denunciado como la trata de personas; los emigrantes a los que se les ha privado del derecho a la sanidad simplemente por ser extranjeros; a estos mismos se les tiene trabajando en condiciones inhumanas, clandestinamente en otros casos, la dignidad de estos hijos de Dios clama al cielo justicia.

Los católicos elevamos nuestra voz ante las atroces leyes de la muerte que persiguen acabar con la población: los genocidios y asesinatos que se cometen todos los días y a nadie interesa; los pobres que mueren de hambre porque a los gobiernos de los países ricos les interesa; o la carrera armamentística que sigue generando millones de euros y dólares en la fabricación y venta de armas que sirven para matar. Pero si estos problemas nos duelen y tocan nuestro corazón también lo hace la fragilidad de la vida de los no nacidos. El aborto se ha convertido hoy en un derecho reclamado por las naciones, pero sobre todo por los poderes fácticos. Los católicos decimos ¡NO!
Los católicos decimos si a la vida en toda sus dimensiones; decimos si a los niños que están por nacer; decimos si a los niños con minusvalías físicas o psíquicas que se están gestando en el seno materno; decimos si a esas madres valientes que se empeñan a sacar a su hijo hacia adelante; decimos si, en definitiva, a la vida humana. Los católicos decimos, por otra parte no al engaño perverso de quienes defienden el aborto como solución rápida a los problemas; decimos no al aborto como supuesto “derecho” de la mujer en perjuicio del derecho del niño, porque un derecho que conlleve la eliminación de otro derecho nunca será justo ni humano; decimos no a la falsificación del lenguaje y del debate con que se presenta esta cuestión. La historia nos juzgará por este momento histórico como la generación que consistió la muerte de sus hijos.

Querido lector, quiero que esto quede claro: los católicos no necesitamos ser de izquierdas para defender a los emigrantes ni ser de derechas para oponernos al aborto; no necesitamos ser de izquierdas para defender a las clases sociales más pobres ni necesitamos ser de derechas para apostar por la vida humana en todas sus etapas. Esto lo digo para que no nos entre complejos de inferioridad sino que nos sintamos cómodos y libres para defender a las personas humanas. Nuestra vida está en las manos de Dios y de Él depende toda nuestra existencia. No nos dejemos robar nuestra fe. No nos dejemos robar nuestra esperanza. No nos dejemos robar la caridad. No nos dejemos robar el evangelio de la vida.
Son muchas las dificultades que nos encontraremos pero este es un momento para optar “o somos o no somos católicos”. Empuñemos las armas de la misericordia y del amor porque son las únicas que pueden salvarnos en la batalla contra el mal. Termino con estas palabras del Papa “La sola razón es suficiente para reconocer el valor inviolable de cualquier vida humana, pero si además la miramos desde la fe, toda violación de la dignidad personal del ser humano grita venganza delante de Dios y se configura como ofensa al Creador del hombre” (cf. EvG215).

Pues, ánimo y valentía en estos momentos difíciles. Nuestra única ley es el Evangelio, nuestra patria la libertad y nuestra meta la eternidad. Pero esto nos lo jugamos en estos momentos de la historia en la lucha por defender la vida y la familia.

Dios te bendiga


miércoles, 25 de enero de 2017

LITURGIA Y SEXUALIDAD


En la III edición del misal romano ha aparecido, en las misas por diversas necesidades, un formulario para la misa “Ad postulandam continentiam” ¿Qué es esto? Una misa para pedir la continencia. Alguno que otro ha dicho que “¿Por qué lo han puesto?”, “Ya estamos fijándonos en lo mismo de siempre”. Los puritanos y escrupulosos de siempre, que no quieren hablar de estas cosas bien porque es tema tabú para ellos o bien porque lo tienen tan manido que ya ni se inmutan, han puesto el grito en el cielo pero creo que debemos tener todos un debate y una reflexión serena y sin apasionamientos.

San Ignacio de Loyola en sus ejercicios espirituales siempre anima al ejercitante a demandar una gracia concreta. Aquí la Iglesia nos invita a demandar la gracia de la continencia. Y… ¿qué es la continencia? En palabras de san Juan Pablo II: «consiste en la capacidad de dominar, controlar y orientar los impulsos de carácter sexual (concupiscencia de la carne) y sus consecuencias, en la subjetividad psicosomática del hombre. Esta capacidad, en cuanto disposición constante de la voluntad, merece ser llamada virtud» (Audiencia general del 24 de abril del 1984).

Efectivamente, en un mundo y en una sociedad pansexual, donde desde distintos medios y situaciones no cesan de llegar mensajes con contenido erótico, cuando no pornográfico; la Iglesia ve la necesidad de pedir esta gracia del cielo, esta virtud olvidada y despreciada. Pero hagamos una lectura desde los mismos textos.

Oración colecta

            «Señor, enciende bondadosamente nuestros corazones con el fuego celestial del Espíritu Santo, para que te sirvamos con cuerpo casto y te agrademos con un corazón puro. Por nuestro Señor Jesucristo»: esta oración pertenece a la misma misa “ad postulandam continentiam” presente en el Missale Romanum de 1570 y en el Rituale Romanum de 1614 si bien es verdad que la primera parte ha sido modificada. Esta oración indica desde el inicio que la continencia es un fruto del Espíritu Santo. Y como gracia especial de este afecta a todo el hombre en su unidad psicosomática, es decir cuerpo y alma (corazón), esta oración hace concreta la acción del Espíritu en ambas: para el cuerpo se pide la castidad y para el corazón la pureza.  

Oración sobre las ofrendas

«Que te agraden nuestros dones, Señor, para que ayudados por tu perdón, los que te has dignado salvar por gracia podamos ofrecerte el sacrificio de alabanza, con plena libertad y puro corazón. Por Jesucristo, nuestro Señor»: esta oración también está tomada del Missale Romanum de 1570 con alguna modificación. La eucología de esta misa muestra un sano realismo antropológico, es decir, se reconoce la posibilidad, real, de que el hombre cae con frecuencia en el pecado contra la castidad, de ahí que necesitemos constantemente la ayuda del perdón y de la misericordia de Dios para levantarnos de las caídas y poder ofrecer constantemente el sacrificio de alabanza. Consecuencia de ese perdón es la libertad y la pureza del corazón. El perdón de Dios es un perdón liberador y restaurador del hombre.

Oración pos-comunión

            «Por los sacramentos que hemos recibido, Señor, florezca nuestro corazón y nuestro cuerpo con el vigor de la pureza y una nueva castidad, para que recibamos con limpio corazón lo que hemos tomado con nuestros labios. Por Jesucristo, nuestro Señor»: tomada también del formulario del Missale Romanum de 1570. Este texto pide que la comunión sacramental haga surgir en nosotros el fruto demandado en la colecta, es decir, el vigor de la pureza y de la nueva castidad.

Visión de conjunto

            Una serie de ideas atraviesan este formulario: 1. La ayuda de la gracia del perdón y del Espíritu Santo que lo posibilita y fructifica: no podemos olvidar que la continencia es fruto del Espíritu Santo y que cada vez que se atenta contra ella contamos con la misericordia divina que nos perdona y nos da un nuevo impulso y un nuevo vigor para vivirla. 2. La libertad humana: que siempre debe estar asistida por la gracia ya que ésta consiste en elegir siempre el bien. La continencia es signo de libertad humana en cuanto que supone el dominio de sí mismo y la posibilidad de caminar en la virtud y en el verdadero amor. 3. La castidad del cuerpo: san Pablo nos recuerda que nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo (cf. 1Cor 6, 19; 2Cor 6,16) y por ese motivo hemos de cuidar de él y respetarlo. 4. La pureza del corazón: esta idea se está muy presente en la Escritura (Sal 50,4; Mt 5,8) y también en la liturgia (oración secreta al purificar el cáliz “Haz, Señor, que recibamos con un corazón limpio”).

            Es un formulario, como dijimos anteriormente, de un realismo craso. Bien sabe la Iglesia que el hombre se ve constantemente asediado por las pulsiones sexuales y los estímulos que le invitan a desistir de su empeño por mantenerse casto. Son muchos los modos y formas en que el corazón se ve manchado por la sensualidad humana y comienza a debilitarse poco a poco hasta caer en una espiral de satisfacción cortoplacista, perdiendo así su libertad y candidez. De ahí que el formulario de la misa apele desde el comienzo al “fuego celestial del Espíritu Santo” porque solo la gracia divina puede enderezar los corazones torcidos y las mentes corruptas. La comunión recibida en la santa misa tiene como uno de sus frutos prevenir las faltas contra la castidad y conservar la continencia, tal como lo dice una de las oraciones de acción de gracias después de la misa atribuida a santo Tomás de Aquino “Sit vitiorum meorum evacuatio, concupiscentiæ et libidinis exterminatio, caritatis et patientiæ, humilitatis et obedientiæ omniumque virtutem augmentatio” (sea evacuación de mis vicios, fin de la concupiscencia y liviandad, y aumento de caridad, paciencia, humildad, obediencia y de todas las virtudes).

Conclusión

            En conclusión, ¿es necesario este formulario hoy día? A esta pregunta no responderá directamente simplemente daremos algunos datos y ustedes juzguen si es o no necesario. Actualmente, el consumo de pornografía en internet es el que, con diferencia, es más elevado; la edad a la que comienza a consumirse la pornografía esta hoy a los 11 años, siendo la pornografía dura la que más se demanda.

            Hoy abundan en los medios los casos de abusos sexuales, siendo la pederastia el crimen más horrendo y nefando de cuantos se cometen en este campo; y lamentándolo mucho, ha habido hermanos presbiterios que han caído en esta lacra. Pero la pederastia no conoce límites; como obra del diablo, siempre busca las formas más terroríficas de manifestarse: en la escuela, en la propia familia, en los ambientes deportivos, etc.

            Es raro el día en que no nos despertamos con la noticia de algún caso de violación, de explotación de menores y turismo sexual con los mismos. Cada vez vemos con más naturalidad y sin ningún tipo de criterio moral las relaciones sexuales pre-matrimoniales, el reparto y fomento de anticonceptivos entre menores.

Hoy a los niños se les ha robado la inocencia de la infancia, la frescura de su niñez. La ideología de género se extiende rampante por nuestras escuelas y familias sin que nadie ose detenerla. Del mismo modo, el holocausto silencioso del aborto aún no encuentra quien le ponga límite.

Pero también es importante este formulario de misa para nosotros, los sacerdotes, que estamos, también, expuestos a todas las inclemencias que esta cultura pansexual nos ofrece. Cuántos hermanos han caído en estas sucias redes que no hacen sino ir socavando el celo pastoral de los mismos y caer en la concepción del sacerdocio como un “modus vivendi” y no como una verdadera vocación y un medio de santificación.

Así pues, es un acierto este formulario de misa para demandar la gracia de una continencia perfecta, de una castidad angélica y de una pureza fresca y vigorosa. Ojalá que acojamos con verdadero espíritu filial estos textos litúrgicos y los hagamos vida en nosotros.

Dios te bendiga