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sábado, 2 de marzo de 2019

¿DE QUÉ HABLARÁS TU?


HOMILÍA DEL VIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            Dice un refrán muy castizo que “por la boca muere el pez”, es decir, que nosotros podemos ser reos de nuestras propias palabras cuando imprudentemente hablamos cosas que pueden volverse, con el tiempo, en nuestra contra.

            Ciertamente, hermanos, en esta sociedad, que algunos dicen que ya no es de la palabra, se siguen, sorprendentemente, elaborando discursos persuasivos que buscan y procuran llamar la atención de la gente sencilla. Hay discursos ideológicos que se inoculan en las mentes débiles haciéndoles repetir mantras y eslóganes, tan rítmicos en sus formas como vacíos en su contenido, que calan en su mensaje. Hay discursos comerciales que persiguen generar una demanda y una oferta, aun cuando esos artilugios se demuestran inútiles en el día a día. En definitiva, son peroratas y verborreas sostenidos por un fin y consecuentes de un fin.

            Esto nos lleva a tener muy encuentra la advertencia del libro del Eclesiástico “el hombre se prueba en su razonar” y más adelante “no alabes a nadie antes de que razone”. Porque el hombre se define por sus razonamientos. Y en esto, queridos hermanos, los cristianos debemos ser extremadamente prudentes, pero sin caer en los respetos humanos que edulcoran, camuflan o desvirtúan el mensaje de la Verdad. El Señor Jesús nos lanza un reto “lo que rebosa del corazón, lo habla la boca” y mi pregunta es: ¿de qué rebosa nuestro corazón? ¿de qué puede hablar nuestra boca?

            Permitidme que para una primer respuesta, de ámbito general, me valga de las palabras del apóstol san Pablo en la segunda lectura: “trabajad  siempre por el Señor, sin reservas, convencidos de que el Señor no dejará sin recompensa vuestra fatiga”. Esto es, hermanos, de esta indubitable verdad es de lo que no podemos cansarnos de hablar: que merece la pena creer en Dios, merece la pena fiarse de Jesucristo. Debemos decir que trabajar por su causa, por su reino, es la empresa más apasionante y contagiosa que podemos acometer en esta vida, cada cual desde su circunstancia concreta.


            Con el salmo responsorial, nuestra boca no puede, por menos, que entonar acciones de gracias a Dios nuestro Señor por tanto bien como ha hecho, hace y sigue haciendo en nuestras vidas. Nuestro corazón se inflama de amores y nuestra boca los profiere porque, a pesar de nuestro pecado, Él nunca nos ha dejado solos sino que se ha hecho cercano y presente a cada uno de nosotros.

            Con san Pablo, también, nuestra boca habla de valentía, de coraje, de no tener miedo ni ante la muerte porque ésta ha sido destruida y absorbida en la victoria pascual de Jesucristo. Además, hermanos, solo cuando nuestro corazón rebosa en felicidad y gracia de Dios, desaparecen de nosotros la triste tendencia a meternos en la vida de los demás, a fijarnos en las motas de los ojos ajenos en lugar de sanar la viga de los nuestros. Quizá sea este el remedio que aun no hemos probado contra la envida, la murmuración, la calumnia o (perdonen la expresión) el “chisme” y el “alcahueteo”.

            Pues ánimo, hermanos, cantemos con la boca las maravillas de Dios que nuestro corazón, como la Virgen, conserva. Confesemos con la boca, la fe que llevamos en el corazón para que quienes nos oigan razonar, puedan juzgar positivamente y fiarse de nosotros. Así sea.

Dios te bendiga

miércoles, 7 de marzo de 2018

20. MISA EN UNA REUNION ESPIRITUAL O PASTORAL


MISA PARA UNA REUNIÓN ESPIRITUAL O PASTORAL


I. Misterio

            Estimados lectores, la última misa de esta primera sección de las misas ad diversas está pensada para cualquier situación en que un grupo de cristianos se reúnen para orar, prepara una programación o un retiro o ejercicios espirituales.

            La práctica de alejarnos un día o una temporada de nuestros quehaceres cotidianos para abandonarnos en las manos de Dios es muy antigua en la Iglesia, pero sobre todo, alcanzan carta de ciudadanía con los llamados “Ejercicios Espirituales” de san Ignacio de Loyola, escritos por este en el año 1548, aunque no son propiedad original suya.

En el siglo XII, Guillermo de Saint-Thierry, emplea muchas veces la expresión ejercicios espirituales, contraponiéndola a los ejercicios corporales; para San Bernardo nuestra santificación toda es realmente un ejercicio espiritual.

En la segunda mitad del s. XIII,  San Buenaventura recomienda el ejercicios mental sobre uno mismo, sobre la vanidad del mundo, sobre el cielo, el infierno, purgatorio o la gloria; aconseja la meditación de la Pasión de Jesucristo, el cambio de vida, la huida del pecado, etc.

En el siglo XIV aparece una obra de especial interés, las Meditationes vitae Christi, de Caulis. Los exercitia comprenden la meditación y la contemplación, el examen de conciencia y, en general, el tema central de la oración debe ser la vida de Cristo.

El beato Enrique Suso hace un gran esfuerzo para difundir la devotio, recluida en el convento, a todos los cristianos, enseñando los caminos de perfección. Y ya en el siglo XV, J. Gerson nos ofrece un intento de sistematización de los ejercicios espirituales y aconseja a las personas devotas que hagan estas prácticas bajo la guía de un director que conozca la Sagrada Escritura, que sea piadoso y discreto, que no le falte experiencia.

Antes de pasar al análisis del formulario, prestemos atención a estas palabras de Benedicto XVI: «En una época en la que la influencia de la secularización es cada vez más fuerte y, por otra parte, se nota una necesidad generalizada de encontrar a Dios, no debe faltar la posibilidad de ofrecer espacios de intensa escucha de su Palabra en el silencio y en la oración. Lugares privilegiados para dicha experiencia espiritual son especialmente las casas de ejercicios espirituales a las que, con este fin, hay que sostener materialmente y dotar de personal adecuado».

II. Celebración


Este formulario es de nueva creación. Se compone de dos oraciones colectas, una sobre las ofrendas y una para la poscomunión. Esta misa puede completarse bien con la plegaria primera por diversas necesidades, o bien con el prefacio segundo del Espíritu Santo y la plegaria I, II y III. Está regida por las normas generales para estas misas.

La oración colecta A implora los dones de “inteligencia, de verdad y de paz” para conocer la voluntad divina y así poder cumplirla fielmente. La colecta B hace memoria de la promesa de Jesús de estar siempre con su Iglesia cuando se reuniera en su nombre (cf. Mt 18,20) para actualizarla en el hoy del grupo cristiano que se junta; solo que ahora es una presencia moral que se hace por el amor y la verdad en los corazones de los fieles, concediéndoles los dones de su gracia, misericordia y la paz. La oración sobre las ofrendas es una súplica para poder hacer siempre lo que es justo y necesario ante los ojos de Dios. La oración para después de la comunión anticipa lo que debería ser la conclusión de la jornada de retiro o ejercicios espirituales u oración comunitaria: ser confirmados en lo que la voluntad divina disponga para nosotros y ser testigos de la Verdad conocida en medio del mundo.

Los textos bíblicos seleccionados para este formulario son: para la antífona de entrada, Mt 18, 20 y Col 3, 14-15, en el primero se nos recuerda la promesa hecha por Jesucristo a sus discípulos de estar siempre con ellos, y la segunda nos amonesta a cuidar la paz y el amor como vínculo que une a los miembros de un grupo en concreto. Para la antífona de comunión se ha usado, no un texto bíblico, sino un verso de la tradicional antífona católica “Ubi caritas et amor”.

III. Vida


            Para una mejor comprensión y vivencia de las jornadas comunitarias de oración (sean del tipo que sean y para el fin que se pretenda), es necesario tener en cuenta estos puntos que se desprenden del formulario litúrgico:

Conocer y realizar lo que agrada a Dios: esta debe ser la primera intención y, por consiguiente, el fin de toda plegaria cristiana. Conocer significa profundizar y escrutar, a través de la meditación los designios divinos. Conocer supone entrar descalzo en el corazón de Dios y dejarnos enriquecer con sus divinos tesoros. Solo cuando el orante ha conocido lo que Dios quiere y agrada, puede llevarlo a cabo, realizarlos. Pero esto no es algo que enteramente permanezca a los cristianos, sino que solo es posible en la medida en que Dios concede su gracia y misericordia para ello. La gracia antecede, acompaña y dirige hacia su fin toda obra humana que tiene a Dios por fundamento.

Presencia garantizada de Cristo en medio de su Iglesia: como ya vimos más arriba, en Mt 18,20 Jesús promete hacerse presente siempre que su Iglesia se reuniera para orar o deliberar. Ésta unida a la de Mt 28,20 hace que dudemos de que Jesús está en medio de su pueblo para acompañarlo en los caminos de la historia, para confortarlo y para guiarlo a la tierra de promisión, esto es, la eternidad.

Ser testigos de la Verdad: esta tercera línea es consecuencia de las dos anteriores. Solo cuando hemos escrutado el corazón de Dios y hemos sido asistidos por la presencia del Resucitado, podemos decir que hemos conocido la Verdad del santo evangelio. Ahora, ayudados por la gracia y la fuerza del Espíritu Santo, podemos ser constituidos como testigos de aquella Verdad única y sin parangón de la cual hemos de dar testimonio hasta los confines de la tierra (Hch 1, 8).

            Al final de estas líneas solo resta animar a todos los cristianos y lectores de este blog a hacer experiencia de silencio y dejar que Dios trabaje en lo profundo de su vida desde lo callado de la gracia. Hay que aprovechar esos momentos especiales que la misericordia divina dispone para nosotros para, en medio de las dificultades, sentirnos confirmados en la Verdad que hemos conocido y de la que debemos dar testimonio en medio de nuestros ambientes y donde desarrollemos cotidianamente la vida.

Dios te bendiga

viernes, 30 de junio de 2017

LITURGIA DEL DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO




Antífona de entrada
«Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo». Tomada del salmo 46, versículo 2. El domingo es el gran día del júbilo para el pueblo cristiano. Mientras que para el calendario civil es el último día de la semana, para la Iglesia es el primero. Por eso, este versículo del salmo 46, salmo que invita a la alabanza por el gran Rey que ha vencido, está situado al inicio de la celebración para marcar un tono espiritual determinado que se debe mantener hasta el final.
Oración colecta
             «Oh Dios, que por la gracia de la adopción has querido hacernos hijos de luz, concédenos que no nos veamos envueltos por las tinieblas del error, sino que nos mantengamos siempre en el esplendor de la verdad. Por nuestro Señor Jesucristo». De nueva incorporación. Esta oración es como un eco de la pascua dado los temas que la abren: “la gracia de la adopción” y ser “hijos de luz”. Quien ha renacido a la nueva vida, por medio de los sacramentos de la iniciación cristiana, es iluminado por la luz de la verdad, esa luz que es Cristo, significado en el cirio, que disipa en nosotros los errores de la mente y del corazón.
Oración sobre las ofrendas
               «Oh Dios, que actúas con la eficacia de tus sacramentos, concédenos que nuestro ministerio sea digno de estos dones sagrados. Por Jesucristo, nuestro Señor». Tomada de la compilación veronense (s. V). Estamos ante una oración claramente anti-donatista. ¿Qué es el donatismo? Una herejía surgida en el África cristiana del s. IV llevada a cabo por el obispo Donato cuyo postulado fundamental es que la eficacia y validez de los sacramento depende de la idoneidad y cualidad moral del ministro.
               El hacer frente a esta herejía, le valió a la Iglesia el profundizar sobre la eficacia de los sacramento resolviendo que les viene de la fuerza del misterio pascual de Jesucristo y por tanto son eficaces por sí mismos, con lo cual la cualidad moral del ministro no afecta para nada.
                Sabido esto, se entiende muy bien porque la oración habla de la eficacia de los sacramentos como forma del actuar divino y la necesidad de un digno servicio, pues aunque que el ministro sea bueno o malo no afecta en nada, no podemos obviar que la actitud de fe con que nos acerquemos y recibamos los sacramentos supondrá una mayor o menos fructuosidad en nosotros.
Antífona de comunión
              «Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre». Tomada del salmo 102, versículo 1. Al iniciar la procesión hacia la comunión el pueblo cristiano hace suyas estas palabras del salmo 102 para bendecir a su Señor sacramentado que está vivo, real y presente bajo los velos del pan y del vino. Todo nuestro ser entra en un dinamismo dispositivo para dar posada a tal insigne huésped.
             «Padre, por ellos te ruego; para que todos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado, dice el Señor». Inspirado del evangelio de san Juan 17, versículos 20 al 21. Esta antífona viene a explicitar en qué consiste entrar en comunión con la divinidad a través del Santísimo Sacramento. La comunión sacramental obra un significativo milagro en nosotros: unirnos a la Trinidad, o en otras palabras, hacernos pregustar la participación en la vida divina.
Oración después de la comunión
«La ofrenda divina que hemos presentado y recibido nos vivifique, Señor, para que, unidos a ti en amor continuo, demos frutos que siempre permanezcan. Por Jesucristo, nuestro Señor». Tomada del misal romano de 1570. Es una oración centrada en Jesucristo, pues es Él y no otra cosa lo que presentamos en la misa y recibimos como alimento santificante. La proposición subordinada adverbial de finalidad está inspirada en Jn 15, 1-8.



Visión de conjunto
            Cuenta el evangelio según san Juan que cuando Pilato tuvo delante de si al Señor Jesucristo, le preguntó por la verdad “¿Qué es la verdad?” sin embargo, nada más añade el relato. A continuación lo manda azotar, y el resto…ya lo conocemos.
            Aquella pregunta que Pilato dirigiera a Jesús hace dos mil años, nunca ha dejado de resonar en el corazón de los hombres y mujeres de este mundo. “¿Qué es la verdad?”, “¿Dónde está la verdad?”, “¿Quién es la verdad?”, “¿Es posible la verdad?” estas y otras preguntas se agolpan en nuestra mente cuando hacemos un noble ejercicio de pensar y estudiar nuestra vida, lo que nos rodea, nuestra escala de valores.
            Hoy la verdad está muy mal vista. El relativismo imperante nos ha hecho ver la verdad como una enemiga del pensamiento. No hay verdades objetivas sino opiniones personales que albergan parte de verdad. Toda pretensión de verdad objetiva o absoluta supondría un vano intento de acaparar toda la realidad en conceptos de muy difícil aceptación universal. Pero…para negar toda verdad objetiva, antes, primeramente, se ha tenido que negar tanto la realidad como el concepto de “ley natural”.
¿Qué es la ley natural? Según el Catecismo de la Iglesia Católica: «La ley divina y natural muestra al hombre el camino que debe seguir para practicar el bien y alcanzar su fin. La ley natural contiene los preceptos primeros y esenciales que rigen la vida moral. Tiene por raíz la aspiración y la sumisión a Dios, fuente y juez de todo bien, así como el sentido del prójimo en cuanto igual a sí mismo. Está expuesta, en sus principales preceptos, en el Decálogo. Esta ley se llama natural no por referencia a la naturaleza de los seres irracionales, sino porque la razón que la proclama pertenece propiamente a la naturaleza humana» (1955) y continúa diciendo: «La ley natural, presente en el corazón de todo hombre y establecida por la razón, es universal en sus preceptos, y su autoridad se extiende a todos los hombres. Expresa la dignidad de la persona y determina la base de sus derechos y sus deberes fundamentales» (1956).
            Pero no crea el lector que esto es una construcción cristiana o católica, la ley natural está ya presente en la filosofía pagana o precristiana como demuestra este texto de Cicerón: «Existe ciertamente una verdadera ley: la recta razón, conforme a la naturaleza, extendida a todos, inmutable, eterna, que llama a cumplir con la propia obligación y aparta del mal que prohíbe. [...] Esta ley no puede ser contradicha, ni derogada en parte, ni del todo» (De Republica 3,22,33).
            Al cercenar de las relaciones sociales, toda ley natural y toda verdad, ocupó su lugar otro tipo de criterio de transacciones humanas que Rousseau llamó el “Contrato social”, es decir, que las relaciones humanas ya no se basarán en criterios naturales y objetivos sino en el acuerdo social de las mayorías hasta el punto de que serán los órganos legislativos humanos los que definan lo que es bueno o malo, lo que está bien o lo que está mal. Todo está sujeto a modas, gustos y decisiones de un momento determinado independientemente de si responde a las leyes naturales o no. Ejemplo de esto es el caso de los mal llamados “matrimonios homosexuales”, que se han aprobado aun estando muy lejos de la ley natural.  
            Como personas y como cristianos, pues, tenemos la grave obligación de buscar la verdad, de vivir la verdad cueste lo que cueste. Y ocurre que todo aquel que se pregunta por la verdad acaba encontrándose con Jesucristo, la verdad misma; tal como le ocurriera al ingenuo y temerario Pilato que al preguntarse por la verdad no fue capaz de reconocer que ante él estaba, en pie, la verdad misma.  
            Señores lectores, solo la verdad puede disipar nuestra vida de tantos errores como nos envuelven; de tantas injusticias que se cometen en nombre de la razón y de tantas esclavitudes que se acometen en aras de la libertad. Solo la verdad puede hacernos libres. Vivir en verdad será, ante todo, vivir la libertad, gozar de la libertad de los hijos de Dios.
Dios te bendiga

sábado, 20 de mayo de 2017

EL ESPÍRITU DE LA VERDAD OS DARÁ LA LIBERTAD PLENA


HOMILIA DEL VI DOMINGO DE PASCUA


Queridos hermanos en el Señor:

            En este penúltimo domingo de Pascua las lecturas que la liturgia propone nos presentan un sencillo, pero bastante completo, tratado sobre el Espíritu Santo. Podríamos estructurar los datos de la Escritura en tres ideas: Promesa, cumplimiento y transformación.

            Promesa: así nos lo presenta el Señor Jesús en el capítulo 14 de Juan. Ha llegado la hora de la partida, Jesús tiene que volver al Padre. Solo con la entrada de Cristo en el santuario del cielo, ante la presencia del Padre eterna, se verá asegurado el envío del Espíritu Santo sobre sus discípulos. Será la acción del Paráclito, el defensor, quien haga posible guardar los mandamientos dados por el Señor para sellar así la relación de amor entre Cristo y los discípulos. No se puede amar a Cristo de manera abstracta, sino adoptando su misma forma de vida mediante el acatamiento de sus palabras. Así pues, esta será la última promesa realizada por el Señor, el envío del Espíritu Santo.

            Cumplimiento: esta promesa llega a su fin en el día de Pentecostés cuando el Espíritu inunda el corazón y la conciencia de los apóstoles y comienza la, hasta hoy, bi-milenaria historia de la Iglesia. Tal como se nos muestra en este pasaje de Hechos, en el ciclo del diácono Felipe, el Espíritu es el que hace posible la continuación de la obra terrena del Resucitado. El Espíritu es el que reviste de poder y autoridad (dinamis y exousía) a los discípulos para que puedan administrar la gracia que viene del cielo. Felipe administra el bautismo para el perdón de los pecados y la filiación divina, pero la plenitud de la gracia solo se da cuando Pedro y Juan les imponen las manos y se derrama la fuerza del Espíritu.

            Transformación: la acción del Espíritu Santo en los fieles nos es concretada por la epístola de san Pedro: es el Espíritu que nos capacita para dar razones de nuestra fe y esperanza; es el Espíritu que provoca en nosotros actitudes de bondad y mansedumbre capaces de confundir a los enemigos; es el Espíritu que da la fortaleza a los mártires para que perseveren en el bien y por este bien padezcan los tormentos. Por último, es el Espíritu que da vida y hace posible la Resurrección tanto de Jesucristo como la nuestra al final de los tiempos.

            Estamos, ciertamente, en el tiempo del Espíritu. Cada celebración litúrgica es un nuevo Pentecostés, un derroche de gracia, un nuevo cumplimiento de la promesa del Señor de que estaría con nosotros hasta el final de los tiempos. La presencia de Cristo entre sus fieles solo se produce por la acción del Espíritu. Y porque esto es así, fue imprescindible que Pedro y Juan fueran presurosos a Samaría a “completar” el bautismo de Felipe, confirmando este sacramento con la unción del Espíritu. El Espíritu Santo es el único que puede darnos un pleno y profundo conocimiento del Señor; el único que puede envolvernos en una sincera relación amorosa con la Trinidad.

            Creo que este domingo es un buen día para pensar en nuestra relación con el Paráclito. ¿Le invocamos? ¿Le tenemos presente? No podemos olvidar que es el Espíritu de la Verdad, como le llama el Señor, pues parece ser que este nombre viene de la tradición de Qumrán. Sin embargo, a nosotros poco nos importa esto sino más bien qué significa el Espíritu de la Verdad.

Dice Jesucristo que la Verdad os hará libres (cf. Jn 8, 32). Luego es la acción del Paráclito la que nos libera de las ataduras del mal y de nuestros pecados. La libertad que da Cristo no es una libertad política o social o terrenal, sino muy superior a éstas. Se trata de la libertad del alma, del corazón, del Espíritu. La libertad que nos da la gallardía para hacer frente a las ideologías totalitarias; para superar las esclavitudes de las trampas que el demonio nos pone; es la libertad de quien sabe que lo tiene todo perdido pero que es más lo que ha ganado. Es una libertad sincera, que no necesita de componendas ni pactos miserables. Pero esta libertad solo viene en la medida en que vivamos la Verdad, con mayúsculas. Y la Verdad tiene un nombre: Jesucristo.

Quien busca la Verdad acaba encontrando, necesariamente, a Jesucristo. Esto solo puede ser posible por la fuerza del Espíritu, quien nos guía hasta la Verdad plena (cf. Jn 16,13). La Verdad se torna confianza, se torna seguridad, se torna en estabilidad. Conocer y vivir la Verdad lleva a hacer nuestra aquella frase “se de quien me he fiado” (cf. 2 Tim 1,12). Pues, ojalá, queridos hermanos, que nos afanemos en la vida por buscar la Verdad, solo así seremos realmente libres. Ojalá que el conocimiento de Cristo nos lleve a amarle totalmente y amándole le sigamos dando razón de nuestra fe, padeciendo por su causa y gozando de su Resurrección en nosotros.

Dios te bendiga