Mostrando entradas con la etiqueta oración colecta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta oración colecta. Mostrar todas las entradas

viernes, 21 de abril de 2017

II DOMINGO DE PASCUA




Antífona de entrada

«Como niños recién nacidos, ansiad la leche espiritual, no adulterada, para que con ella vayáis progresando en la salvación. Aleluya». Tomada de 1 Pe 2,2. Esta antífona es de las más antiguas en la liturgia hasta el punto de que hasta hace poco daba nombre a este segundo domingo de pascua, conocido como el domingo de “quasi modo”. Y digo que hasta hace poco porque fue el papa san Juan Pablo II quien dedicó este día a la Divina misericordia en el año 2000, según las revelaciones de santa Faustina Kowalska en 1931.

Sin embargo, este nuevo matiz no desdice nada de la antífona tradicional pues la leche pura e incorrupta a la que debe acudir el cristiano es precisamente la que brota del mismo Cristo, quien con su cruz y resurrección han insuflado el espíritu de misericordia al mundo entero.

«Alegraos en vuestra gloria, dando gracias a Dios, que os ha llamado al reino celestial. Aleluya». Tomada de 4 Esdr 2, 36-37. Es la segunda antífona que se propone para el día de hoy. Está dirigida, directamente, a los recién bautizados quienes han sido llamados al reino celestial por los sacramentos de la Iniciación Cristiana recibidos en aquella noche. Pero, también, todos los fieles que en la Vigilia han renovado sus promesas bautismales  y se han venido preparando durante el ejercicio de la cuaresma para celebrar la pascua, pueden sentirse invitados con esta antífona a la alegría, a la acción de gracias y a atravesar los umbrales del cielo.

Oración colecta

«Dios de misericordia infinita, que reanimas, con el retorno anual de las fiestas de Pascua, la fe del pueblo a ti consagrado, acrecienta en nosotros los dones de tu gracia, para que todos comprendan mejor qué bautismo nos ha purificado, qué Espíritu nos ha hecho renacer  y qué sangre nos ha redimido. Por nuestro Señor, Jesucristo». Se encuentra, con alguna modificación, en el misal gótico de donde ha sido tomada. Estamos ante una de las oraciones más grandilocuentes del misal romano.

Dios es calificado como “misericordia infinita” haciendo referencia al don del resucitado que en este día dio el poder a sus apóstoles para perdonar los pecados. Con la pascua es reanimada la fe del pueblo y los dones que en ellos ha sembrado la eficacia del misterio pascual recibida en el bautismo. Esto mismo nos viene por tres cauces que la oración señala y nos invita a interrogarnos desde ellos: 1) “qué bautismo nos ha purificado”: el bautismo de sangre y agua que brota del costado de Cristo muerto en la cruz; 2) “qué Espíritu nos ha hecho renacer”: el que Cristo expulsó desde su cruz y sopló en la mañana de pascua sobre los discípulos ; 3) “qué sangre nos ha redimido”: la que brota con fuerza, como si de una fuente se tratase, en el monte calvario.

Oración sobre las ofrendas

«Recibe, Señor, las ofrendas e tu pueblo [y de los recién bautizados], para que, renovados por la confesión de tu nombre y por el bautismo, consigamos la eterna bienaventuranza. Por Jesucristo, nuestro Señor». Se encuentra en la familia de los gelasianos (ss. VIII-IX). Es una oración en clara relación con el don de la pascua. Solo quien ha sido bautizado puede acercarse a deponer su ofrenda sobre el altar. Por el bautismo hemos confesado el nombre de Cristo y en la Eucaristía pregustamos la eterna bienaventuranza.  

Antífona de comunión

«Trae tu mano y métela en el agujero de los clavos: y no seas incrédulo, sino creyente. Aleluya». Tomada de Jn 20,27. Esta antífona nos invita a creer en la presencia real de Jesucristo que está vivo y presente en el pan y en el vino que comulgamos. Éste es su cuerpo llagado y glorioso, el mismo que fue engendrado en las entrañas purísimas de la Virgen y que caminó por los caminos de Galilea y Jerusalén, que pendió del madero y que victorioso salió del sepulcro. Acerquémonos pues con gran confianza y humildad a recibir este magnífico don del cielo.  

Oración de pos-comunión

«Concédenos, Dios todopoderoso, que el sacramento pascual recibido permanezca siempre en nuestros corazones. Por  Jesucristo, nuestro Señor». Se encuentra en el sacramentario gelasiano de Angoulenme (s. IX), gregoriano de Adriano (s. IX) y en el misal romano de 1570. Aunque es muy breve, esta antífona demanda la gracia de conservar siempre el don que cada uno de nosotros ha recibido en el bautismo: la gracia del misterio pascual, esto es, haber sido con-sepultados con Cristo en su muerta y renacidos con Él por su resurrección.

Visión de conjunto

            Como dijimos al comienzo, el II Domingo de pascua está dedicado a meditar sobre el misterio de la devoción de la Divina Misericordia. Todos nosotros estamos necesitados de perdón. Seguramente, en la vida no siempre hacemos las cosas tan bien como quisiéramos; suele ocurrir con frecuencia que hacemos o decimos algo con buena intención y resulta que obtenemos un resultado negativo porque alguien se siente ofendido. Otras veces somos nosotros las víctimas del mal que otros realizan. Perdonar y pedir perdón son dos acciones, en activa ambas, que necesitamos experimentar y poner en práctica.

            E incluso, me atrevería a decir, podemos perdonar y pedir perdón con cierta facilidad, pero… ¿nos sentimos perdonados? Seguro que todos conocemos a personas, o nosotros mismos podemos sentirlo, (personas) que no se sienten perdonadas. Que el mal les ha hecho tanto daño que son incapaces de perdonarse a sí mismos. Y pasan sus vidas arrepentidas y arrastrando sus dolencias sin que nadie les consuele. De alguna manera, podríamos decir, si el perdón es un don, sentirse perdonados es un don aún mayor.

            Para alcanzar una real y verdadera experiencia de perdón encontramos en nuestra bagaje espiritual el misterio de la misericordia divina. De un tiempo a esta parte el vocablo “misericordia” se ha ido pronunciando prolijamente en todos los ambientes de la Iglesia. Cualquier acción o campaña o documento eclesial lleva el apellido misericordia. Pero a la par se ha dado un fenómeno paradójico: no se sabe interpretar qué es la misericordia. Algunos han confundido, incluso, la misericordia con el buenismo, con justificarlo todo; la misericordia  es ocultar al pecador su situación y quererle tal como es sin que tenga que cambiar. Se va difundiendo la frase “Dios te ama tal como eres” pero no acaban de completarla, porque si Dios me quiere como soy para qué voy a cambiar, para qué voy a convertirme. Estos son conceptos falsos y tramposos.

            Atendiendo a los datos que el evangelio ofrece, la misericordia es, ante todo, un don de Dios, una gracia que se ofrece al pecador cuando este acepta a Cristo y reconoce su situación de pecado. Pensemos que si el hijo pródigo no hubiera reconocido su situación paupérrima nunca hubiera vuelto a casa de su padre. Pensemos, también, en lo que Jesús le dice a la adúltera en el capítulo ocho de Juan “yo tampoco te condeno, vete y en adelante no peques más”. No le ríe las gracias ni le oculta su pecado sino que la perdona y la invita a cambiar.

            Queridos lectores, esta es la clave de todo: reconocer la verdad de nuestra vida (lo bueno y lo malo) y caminar a la luz de la fe y de la gracia de Dios. La fiesta de la Divina Misericordia nos ofrece, de nuevo, la oportunidad para sentirnos perdonados por Dios; perdonados en lo más íntimo y profundo de nuestro corazón. La Divina Misericordia es una invitación, también, al perdón generoso y desinteresado.

            El icono de la Divina Misericordia es una imagen de un Cristo pascual, de un resucitado de cuyo costado abierto por la lanza surgen dos torrentes de luz rojo y azul, esto es, agua y sangre, que precisamente son imagen plástica de los tres elementos que la oración colecta destaca: agua, espíritu y sangre.  

            Ánimo, a perdonar y a sentirse perdonados porque frente a la soberbia inmisericorde del mundo; nosotros contamos con el don de la misericordia de Dios.

Dios te bendiga

viernes, 31 de marzo de 2017

V DOMINGO DE CUARESMA




Antífona de entrada

«Hazme justicia, oh Dios, defiende mi causa contra gente sin piedad; sálvame del hombre traidor y malvado porque tú eres mi Dios y mi fortaleza» Tomada del salmo 42, versículos 1 a 2. Este era el salmo que debía rezarse a los pies del altar por parte del sacerdote y el pueblo (a dos coros) antes de subir al presbiterio. De alguna manera, llegados a la recta final de la escalada cuaresmal, necesitamos la defensa por parte de Dios contra los enemigos que nos atacan y no permiten que avancemos en el proceso de santificación personal.

Oración colecta

«Te pedimos, Señor Dios nuestro, que, con tu ayuda, avancemos animosamente hacia aquel mismo amor que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo. Por nuestro Señor Jesucristo». De nueva incorporación. Esta oración invita al pueblo cristiano a salir de sí mismo y ponerse en camino.

Si el domingo pasado hacíamos un alto en la peregrinación cuaresmal, este domingo hemos de retomar la marcha hacia la pascua. La pascua es definida como misterio de amor que se hace entrega. Este texto invita a cada uno de nosotros a asumir este fruto de la pascua. La cuaresma nos debe preparar para una entrega sin límite, para imitar el amor que Dios ha tenido por nosotros.

Oración sobre las ofrendas

«Escúchanos, Dios todopoderoso, y, por la acción de este sacrificio, purifica a tus siervos, a quienes has iluminado con las enseñanzas de la fe cristiana. Por Jesucristo, nuestro Señor». Con algunos modificaciones semánticas, ha sido tomada de la familia de los sacramentarios gelasianos (ss. VIII-IX). Para una mejor comprensión de esta oración debemos decir que estamos en el domingo en que se realiza el tercer y último escrutinio sobre los catecúmenos que se están preparando para recibir el bautismo. En su itinerario preparatorio, ya han recibido la “enseñanza de la fe cristiana” que ha de iluminar, en adelante, su vida. Esto mismo debe extenderse a todos los miembros de la comunidad, aun ya bautizados, que a veces olvidan la doctrina cristiana y asumen los turbios dogmas del mundo.

Antífonas de comunión

«El que está vivo y cree en mí no morirá para siempre, dice el Señor» en relación con el evangelio del ciclo A, inspirada en  Jn 11,26. Se ha de hacer cuando se lee el evangelio de la resurrección de Lázaro. La Eucaristía es viático para la eternidad. Es prenda de salvación. Es anticipo de la eternidad. Con esta seguridad y certeza no dudemos en acercarnos a recibir a Jesucristo en santo alimento, con un corazón bien dispuesto para que no sea para nosotros causa de condenación.

«Mujer, ¿ninguno te ha condenado? Ninguno, Señor. Tampoco yo te condeno. En adelante no peques más» tomada de Jn 8, 10-11. Se ha de hacer en el año B cuando se lee el evangelio de la mujer adúltera. Cristo se nos da como el único que puede restaurar nuestra dignidad perdida por el pecado. Pero la Eucaristía no es solo remedio para el pecador sino también propósito y estímulo para emprender una vida de gracia que evite el pecado y sus ocasiones.

«En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» tomada de Jn 12, 24-25 el año C cuando se lee el evangelio del grano que cae en tierra. Cristo viene en cada misa para morir y, así, darnos vida. Esta realidad mística se produce en cada uno de los fieles que al comulgar entierran la Sagrada forma en sus bocas para que al deshacerse la presencia real de Jesucristo se haga moral y espiritual en las almas.

Oración después de la comunión

«Te pedimos, Dios todopoderoso, que nos cuentes siempre entre los miembros de Cristo, cuyo Cuerpo y Sangre hemos recibido. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos». Esta oración está presente en los sacramentarios gelasianos (ss. VIII-IX), en el sacramentario gregoriano de Adriano (s. VII) y en el misal romano de 1570. La petición que se contiene en este breve y conciso texto es eminentemente escatológica, es decir, que mira hacia lo eterno: “nos cuentes siempre entre los miembros de Cristo”. Esta gracia está recogida al final del canon romano “y acéptanos en su compañía (de los santos), no por nuestros méritos, sino conforme a tu bondad”. Esta es la mayor aspiración del cristiano: morar un día con Cristo en el cielo en compañía de los santos y de toda la Iglesia triunfante que ya ha llegado al final de su peregrinación.

Oración sobre el pueblo

«Señor, bendice a tu pueblo que espera siempre el don de tu misericordia, y concédele, inspirado por ti, recibir lo que desea de tu generosidad. Por Jesucristo, nuestro Señor». A partir de las palabras “que…” ha sido tomada tanto del sacramentario gelasiano antiguo (s. VIII) y su rama de Angouleme (s. IX). Esta bendición sobre el pueblo recoge dos elementos: 1. “don de tu misericordia”: es lo propio del tiempo de cuaresma, tiempo de gracia y misericordia para que seamos purificados de nuestros pecados; 2. “inspirado por ti, recibir de lo que desea”: dice san Pablo que nosotros no sabemos pedir lo que conviene por ello necesitamos que sea el Espíritu Santo el que ore en nosotros (cf. Rom 8, 26); de ahí que esta oración acentúe la necesidad de la inspiración divina para desear aquello que es bueno, sano y justo tanto para nosotros como para los que nos rodean; tanto en la vida material como la espiritual.

Visión de conjunto

            Una de las grandes obsesiones del hombre de todos los tiempos ha sido el afán de supervivencia, de vivir y perpetuarse indefinidamente. Es misma noble aspiración humana tiene un eco importante en la liturgia de la misa del V domingo de cuaresma. Las oraciones que configuran el formulario de esta página del misal tienen una proyección antropológica: la eternidad. Pero no podemos conformarnos con una eternidad mediocre como las teorías de la reencarnación nos propone; sino que hemos de aspirar a una eternidad en libertad y sin peajes.

            La reencarnación es una doctrina que, en síntesis, dice que el hombre esta condenado a volver a la vida una vez después de muerto adoptando formas diversas según sea su grado de purificación, que irá alcanzando según las diversas vidas hasta quedar totalmente limpio de maldad y disolverse en la nada. Esta teoría, lejos de asegurar una vida temporal permanente, más bien supone una anulación de la persona, una continua condena que se va renovando tras la muerte.

Los cristianos no creemos en la reencarnación. Nosotros queremos dar un paso adelante. Los cristianos creemos en la eternidad en libertad. Sabemos que ya alguien ha expiado nuestros pecados: que Jesucristo, como decimos en el pregón pascual, ya “ha pagado por nosotros al eterno padre la deuda de Adán”. La eternidad es vivir en la felicidad más auténtica y permanente que se pueda pensar. Es compartir el gozo inefable de los bienaventurados.

¿Vivimos con esta esperanza? ¿Nuestra vida se ve alentada por la fuerza de la resurrección de Cristo? ¿Crees en la resurrección o en la reencarnación? ¿Conocemos y nos fiamos de la doctrina de la Iglesia, la enseñanza de la fe? A veces, la vida se hace cuesta arriba pero debemos seguir avanzando asidos de la mano de Cristo. Él nos espera al final del camino, camino que recorre a nuestro lado.

Dios te bendiga


viernes, 17 de febrero de 2017

DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO




Antífona de entrada

«Señor, yo confío en tu misericordia: alegra mi corazón con tu auxilio y cantaré al Señor por el bien que me ha hecho». Del salmo 12 versículo 6. El orante necesita experimentar el auxilio de la misericordia de Dios para poder tener, de nuevo, un motivo para cantar y exaltar de júbilo. La misa de este domingo pretende dar esa razón al fiel para que pueda vivir la celebración con un corazón jubiloso ¿qué motivo será? La doctrina de su palabra y el alimento de sus misterios.

Oración colecta

«Dios todopoderoso y eterno, concede a tu pueblo que la meditación asidua de tu doctrina le enseñe a cumplir, de palabra y de obra, lo que a ti te complace. Por nuestro Señor Jesucristo». Esta oración está presente tanto en el sacramentario gelasiano (s. VII-VIII) como en el gregoriano (s. IX) se mantuvo en el misal romano de 1570 y el de Pablo VI lo conservó tal cual.

La oración pivota sobre tres verbos: “meditar”- “cumplir”- “complacer”. Para comprender esta oración hemos de partir de la voz de Dios en el pasaje de la Transfiguración: “Este es mi hijo amado, en quien me complazco, escuchadlo” (cf. Mt 17,5; Mc 9,7 y Lc 9, 35) y unirlo a la descripción que hace Jesús de su nueva familia: “mejor, bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen” (Lc 11, 28 y cf. Mc 3, 35); de tal modo que, lo que Dios pide es que escuchemos la doctrina de su hijo amado, Jesucristo, y la pongamos por obra para formar parte, en verdad, de la familia de los hijos de Dios.

Así pues, la gracia que demandamos en esta oración es doble: por un lado, la de meditar la palabra de Dios (doctrina) y, por otro, la coherencia fe-vida (cumplir de palabra y de obra) para agradar (complacer) a Dios.

Oración sobre las ofrendas

«Al celebrar tus misterios con culto reverente, te rogamos, Señor, que los dones ofrecidos para glorificarte nos obtengan de ti la salvación. Por Jesucristo nuestro Señor». Tomada de la compilación veronense (s. V). La doble dimensión de la liturgia esta bellamente expresada en esta oración: la liturgia es culto y glorificación de Dios y fuente de salvación y santificación para el hombre. Del mismo modo, se destaca el tema de la participación activa de los fieles que han de asistir a la celebración con una actitud de culto “reverente”, es decir, de manera piadosa, consciente y atenta.

Antífonas de comunión

«Proclamaré todas tus maravillas; quiero alegrarme y regocijarme en ti y cantar himnos a tu nombre, Altísimo». Inspirada en el salmo 9 versículos del 2 al 3. Sigue en la misma línea que la antífona de entrada de la misa. El orante ya ha experimentado aquella gracia que pedía el salmo 12 y por eso, en el momento de comulgar, el fiel puede tener razones, más que sobradas, para poder acercarse a este misterio de unión con Dios y con el prójimo. La alegría y regocijo que se experimenta en cada comunión sacramental debe ser transparentada y comunicada externamente con el cambio de vida, que es el mejor himno de alabanza.

«Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Del capítulo 11 versículo 27 del cuarto evangelio. No es sino una confesión de fe ante la presencia real y sacramental de Cristo. Pues bien sabemos los católicos que en la blanca Hostia esta toda concentrada toda la divinidad y gloria del cielo, esto es, el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesús.

Oración después de la comunión

«Concédenos, Dios todopoderoso, alcanzar un día la salvación eterna, cuyas primicias nos has entregado en estos sacramentos. Por Jesucristo nuestro Señor». Al igual que la oración colecta, la encontramos por vez primera en el sacramentario gelasiano y luego en el gregoriano; fue conservada en el misal romano de 1570 y el de Pablo VI nos la ha vuelto a ofrecer para nuestra edificación espiritual.

La antífona del Magníficat para las II Vísperas del Corpus dice: “Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida; se celebra el memorial de su pasión; el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura”. El banquete eucarístico que acabamos de celebrar se nos presenta, precisamente, como prenda. Este vocablo en el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua tiene varias acepciones, nos fijamos en la 4 y la 5. Dice así: acepción 4: “f. Cosa que se da o hace en señal, prueba o demostración de algo” y 5: “f. Cosa no material que sirve de seguridad y firmeza para un objeto”.

En conjunto, la Eucaristía es prenda de la gloria futura o primicia de la salvación eterna (cf. Jn 6, 54) en tanto en cuanto es una señal que pretende demostrarnos lo que nuestros ojos, y no otros, un día podrán ver (cf. Job 19, 27). Pero la Eucaristía no es una señal ficticia o simbólica, sino una señal real y presencial de Cristo, por eso no es solo prenda sino también primicia de aquel objeto, seguro y firme, de contemplación eterna.
                                                                              


Visión de conjunto

            Seguramente, querido lector, el defecto que menos soportamos una persona es, sin duda, la hipocresía, es decir, el “fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan” RAE dixit. Generalmente, la hipocresía viene acompañada de la incoherencia hasta el punto de que hipocresía e incoherencia no se distinguen clara y distintamente.

            Precisamente, este es el gran pecado del que se nos acusa a los cristianos, hasta tal punto es así, que el mismo Concilio Vaticano II lo expresa con estas palabras: «en esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión» (cf. GS 19c). Palabras duras éstas para tomar muy en cuenta la vivencia coherente de nuestra fe.

            En este domingo, la oración colecta nos invita a la meditación asidua de la doctrina de Cristo; pero seriamos muy ingenuos (por no decir protestantes) si la circunscribiremos a los datos evangélicos, es decir, quedarnos solo con lo que literalmente se expone en los cuatro evangelios. No. La doctrina de Cristo es la recogida tanto en los escritos canónicos (la Biblia) como la comunicada por la Tradición de la Iglesia. De ahí que cuando la Iglesia expone una verdad de fe hemos de tomarla como si del mismo Cristo hablando se tratase.

            Por desgracia, no siempre esto se tiene muy claro. Basta ver cómo está el variopinto mosaico eclesial para descubrir que sobre ciertos temas cada uno tiene su opinión y se pugna para que sean verdad. Respecto a la última polémica suscitada por el tema del acceso a la comunión por parte de los divorciados vueltos a casar (civilmente) y que el mismo Cristo lo denominado “adulterio” (cf. Mt 5, 27-32; Mc 10, 11-12; Lc 16,18) el dato tradicional y revelado es que no les está permitido por vivir en desacuerdo a la ley de Dios, es decir, por vivir en pecado mortal; del mismo modo que cualquier otro pecado mortal (robo, fornicación, infidelidad, matar, blasfemar, profanar, injuriar, difamar, etc) impide el acceso a la comunión si no se confiesa de ello y, además, no se hace un firme propósito de no persistir en él (Decreto del Concilio de Trento del 25 de noviembre del 1551 cap. 4, DH 1676). Y sin embargo, vemos como hay episcopados (Alemania, Malta o Filipinas) que lo permiten tan ricamente sin que nadie les advierta de esto. Otro ejemplo: hace poco hemos visto como la mediática monja de ¿clausura? Sor Lucia Caram sale en un programa de televisión ciscándose en la virginidad de María y ¿creen ustedes que alguien ha dicho algo? Pues no. Según ella, desde Roma le dicen que “esté tranquila”.

            Pero con estas incoherencia entre lo que predicamos y vivimos o entre dogma y pastoral, entre teoría y práxis ¿Cómo vamos a evangelizar? ¿Cómo vamos a presentar un testimonio coherente de fe y amor a Jesucristo?

Estamos, ciertamente, ante un momento importante de plaga de incoherencia que no debemos permitir que siga campando a sus anchas. No. El mundo espera de los cristianos algo diferente a lo que otros le presentan. La defensa de la vida, de la familia, del matrimonio, de la libertad y dignidad de los hijos de Dios no admite ni cortapisas ni esperas ni rebajas. Lo contrario será siempre confundir misericordia con permisividad. Dios es justo y misericordioso pero no es permisivo ni “pasota” al estilo “laissez faire laissez passer” proto-liberal.

Y para que esto no sea simple demagogia ideológica vamos a acudir a un texto bastante elocuente de la Escritura: «No digas: «He pecado, y ¿qué me ha pasado?», porque el Señor sabe esperar. Del perdón no te sientas tan seguro, mientras acumulas pecado tras pecado. Y no digas: «Es grande su compasión, me perdonará mis muchos pecados», porque él tiene compasión y cólera, y su ira recae sobre los malvados. No tardes en convertirte al Señor, ni lo dejes de un día para otro, porque de repente la ira del Señor se enciende, y el día del castigo perecerás» (Eclo 5, 4-7).

En fin, el tema central del formulario de la misa de este domingo está en que no basta con solo conocer por teoría sino que debemos esforzarnos para vivir coherentemente lo que sabemos que se debe hacer y para ello la liturgia es la mejor y más eficaz ayuda ya que nos hace salir místicamente de nosotros y nos pone cara a cara con el mismo Dios velado en los signos sacramentales de su Palabra, del pan y del vino.

Así pues, como ejercicio espiritual para este domingo hazte una lista de situaciones o motivos que te impiden vivir coherentemente la fe, analiza sus causas y pídele a Dios la fuerza y la gracia para salir de ellas y volver a Él, volver a experimentar su amor y su misericordia que, como dice otra oración, nuestros pecados retardan.



Dios te bendiga