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viernes, 13 de octubre de 2017

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO





Antífona de entrada

«Si llevas cuenta de los delitos, Señor ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón, Dios de Israel». Tomada del salmo 129, versículos del 3 al 4. Iniciamos la celebración apelando a la misericordia de Dios que no lleva el haber de los pecados sino que espera el arrepentimiento y la conversión de cada uno de nosotros. Su perdón depende de nuestra actitud. Hasta tal punto llega el respeto de Dios por nuestra libertad que sujeta su misericordia a nuestra contrición. Invoquemos pues a lo largo de la celebración la gracia divina para llorar nuestros pecados y experimentar el amor y el perdón de Dios. 

Oración colecta

«Te pedimos, Señor, que tu gracia nos precede y acompañe, y nos sostenga continuamente en las buenas obras. Por nuestro Señor Jesucristo». Esta oración la encontramos en el sacramentario de gelasiano de Angoulenme (s. IX) y en el sacramentario gregoriano del papa Adriano (s. X) fue conservada en el misal romano de 1570. Esta oración está centrada en el efecto de la gracia de Dios en nosotros: una gracia antecedente porque esta al inicio de cualquier obra humana querida por Dios, una gracia asistente que hace que las obras se mantengan estables y lleguen a buen fin. Esta oración nos recuerda que no estamos solos en el mundo sino que Dios no cesa nunca de acompañarnos y asistirnos con la fuerza de su auxilio. La gracia no es otra cosa sino el mismo Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas

«Acepta las súplicas de tus fieles, Señor, juntamente con estas ofrendas, para que lleguemos a la gloria del cielo mediante esta piadosa celebración. Por Jesucristo, nuestro Señor». Este texto también ha sido tomado de los sacramentarios gelasiano de Angoulenme (s. IX) y el gregoriano adrianneo (s. X) y del misal romano de 1570. Breve pero intensa es esta oración. Las preces y la oblación del pueblo de Dios tienen un único fin: hacernos llegar un día al cielo. El cielo es el fin y la meta de la vida del hombre y a él solo accedemos por la participación en la celebración del sacrificio eucarístico, antesala y pregustación de lo que un día se nos descubrirá en total plenitud.   

Antífonas de comunión

«Los ricos empobrecen y pasan hambre, los que buscan al Señor no carecen de nada». Tomada del salmo 33, versículo 11. En el momento de comulgar esta antífona es una explícita llamada a la confianza en Dios. Cuando nos acercamos a recibir la comunión nuestra actitud ha de ser la del mendigo que tímidamente se acerca a pedir limosna; nuestra limosna es Dios mismo. Por el contario, la soberbia y la prepotencia de los que creen tenerlo todo y por tanto no necesitan de Dios va empobreciendo poco a poco su alma y arrastrándola al pecado de apatía hasta el olvido de Dios.

«Cuando se manifieste el Señor, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es». De la Primera Carta del apóstol san Juan, capítulo 3 versículo 2. Esta promesa de la carta de san Juan solo es posible en proceso espiritual de configuración con Cristo que llamamos “cristificación”, es decir, mediante nuestra relación con Cristo y el contacto asiduo con Él en los sacramentos vamos sintonizando en sus sentimientos (cf. Flp 2, 5) e interiorizando las actitudes que nos muestra de Él el santo evangelio. Esta transformación dura toda la vida pero el punto de inflexión lo experimentamos cuando la asistencia a misa deja de ser una obligación cristiana y pasa a ser una necesidad humana y espiritual.

Oración de postcomunión

«Señor, pedimos humildemente a tu majestad que, así como nos fortaleces con el alimento del santísimo Cuerpo y Sangre de tu Hijo, nos hagas partícipes de su naturaleza divina. Por Jesucristo, nuestro Señor». Esta oración ha sido tomada de la compilación veronense (s. V). Se ve implícitamente, de nuevo, la teología del “admirable intercambio” (recordemos: Dios se hace hombre para que el hombre llegue a ser Dios). En este caso, la participación en la naturaleza divina nos viene por la recepción de las especies sacramentales que no son sino el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo.


Visión de conjunto

            ¿Cuántas veces escuchamos hablar de la gracia de Dios? Pero… ¿sabemos a qué nos referimos con este concepto? La oración colecta de la misa de hoy nos habla de la gracia de Dios que nos precede, acompaña y sostiene nuestras obras.

            En síntesis podemos definir la gracia de Dios como el favor divino hacia nosotros. La gracia es el don más grande que se pueda imaginar porque es Cristo mismo ¿porqué? Porque la gran obra que Dios ha hecho en favor nuestro es el habernos dado a su propio Hijo para nuestra salvación. En Cristo Dios nos comunica su amor divino. Así, la gracia es el acontecimiento salvador de Cristo en la medida en que participamos de ellos.

Tradicionalmente la gracia ha sido entendida como una ayuda o auxilio que Dios envía en favor nuestro, la ayuda que Dios concede al pecador para impulsarle en su nueva vida pero esto es una visión que si bien es cierta no es menos verdad que es bastante parcial y reducida porque la gracia en nosotros tiene no solo un efecto sanante sino también el de hacernos hijos de Dios, esto es, la filiación divina.

La gracia es el favor, el auxilio gratuito que Dios nos da para responder a su llamada: llegar a ser hijos de Dios (cf Jn 1, 12-18), hijos adoptivos (cf Rm 8, 14-17), partícipes de la naturaleza divina (cf 2 P 1, 3-4), de la vida eterna (cf Jn 17, 3). La gracia es una participación en la vida de Dios. Nos introduce en la intimidad de la vida trinitaria: por el Bautismo el cristiano participa de la gracia de Cristo, Cabeza de su Cuerpo. Como “hijo adoptivo” puede ahora llamar “Padre” a Dios, en unión con el Hijo único. Pero solo es posible en la medida en que aceptemos la obra de Cristo y su efecto como fuente de salvación para nosotros. De este modo se entiende claramente la expresión paulina de la “justificación por la fe” como justificación de todos los hombres, con independencia de la ley a la que estuvieran sometidos (fueran judíos o paganos), es la universalidad de la salvación de Jesucristo. Así pues, uno no se salva por cumplir una ley única y determinada sino por la aceptación personal de Cristo y la puesta en obra de la nueva ley que se adquiere con él. Así salvamos el binomio “fe-obras”.

También debemos tener en cuenta que la fe por la cual efectuamos esta aceptación no es obra puramente humana sino también don de Dios, lo que san Agustín llamaba el “initium fidei (= el inicio de la fe)” sin embargo, la libertad del hombre no se ve limitada sino que entra en juego en el abandono que hace a este don, la renuncia a la propia afirmación de uno mismo para dar la primacía a Dios en la vida. La libre iniciativa de Dios exige la respuesta libre del hombre, porque Dios creó al hombre a su imagen concediéndole, con la libertad, el poder de conocerle y amarle. El alma sólo libremente entra en la comunión del amor. Dios toca inmediatamente y mueve directamente el corazón del hombre.

Pero no olvidemos que el hombre está bajo el signo del pecado y, por tanto, todo lo dicho anteriormente se topa con el escollo de una libertad inclinada hacia el mal. Pero si hemos dicho que la gracia actúa en el hombre en la medida en que éste participa de la redención de Cristo ¿Cómo es posible esto? ¿Pueden convivir gracia y pecado en el hombre? Veamos cómo se resolvió este problema. Para ello, hagamos un viaje en el tiempo y retrocedamos a las sesiones del Concilio de Trento.

Lutero había dicho que el pecado original había tenido un efecto devastador en el hombre. La naturaleza humana había quedado totalmente destruida por lo que poco o nada podía hacer para salvarse. Ante este pesimismo antropológico, Lutero propone el concepto de justificación foránea o externa, es decir, que Dios mira a su hijo muerto en la cruz y hace la vista gorda hacia nosotros, perdonándonos externamente pero por dentro seguimos igual de corruptos y pecadores.

Ante esta posición de Lutero, el Concilio de Trento redactará su “Decreto sobre la justificación”. Este documento ha sido calificado como la joya del Concilio. Tiene un valor incuestionable puesto que su contenido es de plena actualidad y nunca ha sido ni cuestionado ni enmendado por nadie.

La justificación se inserta en la misma Historia de la Salvación. Por el pecado de los primeros padres, todos éramos reos de la ira divina (cf. Ef 2,3), éramos esclavos del pecado (Rom 6,20). Pero Dios mismo, movido por su misericordia y su compasión, llegada la plenitud de los tiempos (cf. Gal 4,4), envió a su propio hijo para que el mundo fuera salvado por Él (cf. Jn 3, 17). Por Él fuimos hijos adoptivos de Dios (cf. Gal 4,5). Cristo mismo se hace ofrenda y víctima de propiciación por nuestros pecados como lo recoge el discurso sacerdotal de Juan 17.

Esta ofrenda de Jesucristo es causa de mérito infinito ante Dios Padre, quien se complace en su Hijo amado (Mt 3, 17). Los efectos salvíficos del misterio pascual de Jesucristo se han dado de una vez para siempre, es lo que se denomina redención objetiva, pero cada uno de nosotros ha de apropiarse de ellos, ha de hacerlos suyos, es lo que llamamos redención subjetiva. Nosotros aquí nos centramos en esta última, dado que la justificación vendrá en la medida en que por nuestra fe y nuestras obras nos aprovechemos de los méritos de Cristo en su Pasión-muerte y resurrección. La redención, pues, si bien es universal, solo le aprovecha quien se lucra de ella, de ahí el cambio en la traducción de las palabras de consagración del Cáliz, “por muchos” en lugar de “por todos los hombres”.

El mismo Concilio dice que la justificación en los adultos deviene de la gracia de Dios preveniente por medio de Cristo Jesús y explica “la vocación, por la que son llamados sin que exista mérito alguno en ellos, para que quienes se apartaron de Dios por los pecados, por la gracia de Él, que los excita y ayuda a convertirse, se dispongan a su propia justificación, asintiendo y cooperando libremente a la misma gracia, de suerte que, al tocar Dios el corazón del hombre por la iluminación del Espíritu Santo, ni puede decirse que el hombre mismo no hace nada en absoluto al recibir aquella inspiración, puesto que puede también rechazarla; ni tampoco, sin la gracia de Dios, puede moverse, por su libre voluntad, a ser justo delante de Él”.

La única condición para ello es acercarse con plena confianza a Dios misericordioso que perdona los pecados (cf. Mt 9,2; Mc 2,5), un trono maravilloso, a millares de ángeles en fiesta y a una sangre que habla mejor que la de Abel (Heb 12, 22-24). En definitiva, la disposición para enderezar el corazón (cf. 1 Sam 7,3).

Si para Lutero, Dios, mirando a su Hijo muerto en la cruz, hacía la vista gorda hacia nuestros pecados, Trento afirma que su Pasión fue la que nos mereció a nosotros la justificación, que nos llega por el Bautismo. De ahí que se concluya que “la única causa formal es la justicia de Dios, no aquella con que él es justo, sino aquella con que nos hace a nosotros justos”. Es decir la gracia por la que hemos sido renovados en el espíritu de nuestra mente y no solamente desde fuera, “verdaderamente nos llamamos y somos justos”.

Así pues, en resumen: dos son los efectos principales de la gracia en nosotros: la filiación divina y la justificación perfecta. ¿Cómo podemos participar de la redención para que los efectos de la gracia sean una realidad en nosotros? Para ello la gracia puede clasificarse en diversas categorías según sean sus efectos:
1.      La gracia santificante: es un don habitual, una disposición estable y sobrenatural que perfecciona al alma para hacerla capaz de vivir con Dios, de obrar por su amor. Se debe distinguir entre:

2.      La gracia habitual: disposición permanente para vivir y obrar según la vocación divina.

3.      Las gracias actuales: que designan las intervenciones divinas que están en el origen de la conversión o en el curso de la obra de la santificación.

4.      Las gracias sacramentales: dones propios de los distintos sacramentos.

5.      Las gracias especiales: llamadas también carismas, según el término griego empleado por san Pablo, y que significa favor, don gratuito, beneficio. Los carismas están ordenados a la gracia santificante y tienen por fin el bien común de la Iglesia. Están al servicio de la caridad, que edifica la Iglesia.

6.     Las gracias de estado: que acompañan el ejercicio de las responsabilidades de la vida cristiana y de los ministerios en el seno de la Iglesia.


Vivamos, pues, la gracia de Dios y en gracia de Dios.

Dios te bendiga


viernes, 12 de mayo de 2017

LITURGIA DEL V DOMINGO DE PASCUA




Antífona de entrada

«Cantad al Señor un cántico nuevo porque ha hecho maravillas; reveló a las naciones su salvación. Aleluya». Tomada, con alguna variación, del salmo 97, versículos 1 al 2. La Pascua es el tiempo de las maravillas obradas por Dios desde la creación del mundo. Pero si admirable es la creación, aún lo es más la redención, porque afecta no solo al hombre caído, sino también a todo lo que existe, ha existido y existirá. La liturgia de este domingo nos invita a cantar, a exultar de gozo por haber sido asociados a este conjunto de maravillas que Dios obra cada día y actualizamos y celebramos en la Eucaristía.

Oración colecta

«Dios todopoderoso y eterno, lleva a su pleno cumplimiento en nosotros el Misterio pascual, para que, quienes, por tu bondad, han sido renovados en el santo bautismo, den frutos abundantes con tu ayuda y protección y lleguen a los gozos de la vida eterna. Por nuestro señor Jesucristo». De nueva incorporación. Esta oración está centrada en el misterio pascual de Jesucristo como principio sobre el que hemos de fundamentar la nueva vida recibida en el santo bautismo. Con su muerte y resurrección se nos ha abierto el camino hacia la pascua definitiva para cada uno, que es el cielo; pero para ello hemos de dar aquí y ahora frutos de buenas obras.

Oración sobre las ofrendas

«Oh Dios, que nos haces partícipes de tu única y suprema divinidad por el admirable intercambio de este sacrificio, concédenos alcanzar en una vida santa la realidad que hemos conocido en ti. Por Jesucristo, nuestro Señor». Solo la encontramos en el misal romano de 1570 para el IV domingo de pascua. La teología del “mirabile commercium” (= admirable intercambio) no se reduce solo al tiempo de Navidad sino que se extiende a todo el año litúrgico. Pero en este tiempo de pascua, el admirable intercambio se ha dado, no ya en la Encarnación del Verbo, sino también en el intercambio operado entre el Hijo y nosotros respecto del sacrificio de expiación a Dios Padre. Dicho de otra manera, en la pascua, Cristo se entrega a sí mismo en rescate por todos (cf. 1Tim 2,5) como dijo Él “el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20,28) y como canta la liturgia de la Vigilias pascual “para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo”. Pues bien, este trueque asombros es el aval para poder vivir la vida nueva de los renacidos en el bautismo.

Antífona de comunión

«Yo soy la verdadera vid, y vosotros los sarmientos, dice el Señor; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante. Aleluya». Centonización de los versículos 1 y 5 del capítulo 15. Pretende ser un eco del evangelio de este domingo. Mediante la comunión sacramental nos unimos muy íntimamente al Señor, o dicho de otra manera, por el bautismo somos injertados en el tronco de Cristo y por la comunión recibimos la sabia de la vida nueva. El cristiano tiene que actualizar cada día su unión con el Señor y ésta se realiza de modo más eficaz participando del Cuerpo y la Sangre del Señor.

Oración de pos comunión

«Asiste, Señor, a tu pueblo y haz que pasemos del antiguo pecado a la vida nueva los que hemos sido alimentados con los sacramentos del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor». De nueva incorporación. Esta oración sitúa en el plano escatológico la oración que desde el inicio de la misa no ha dejado de repetirse en el formulario: el paso del hombre viejo a la vida nueva que se nos da por el bautismo. La conversión conlleva la perseverancia en el bien y la perseverancia en el bien se mantiene por la asidua participación en el banquete eucarístico.

Visión de conjunto

            Hay ocasiones en la vida que uno debe pararse y pensar cómo está viviendo, si va bien, si va mal, qué debe mejorar, qué debe potenciar. Todos hemos pasado alguna situación en que nos gustaría cambiar, es decir, no nos sentimos cómodos con lo que vivimos, y pensamos que debemos dar un paso más, un paso adelante.

En la vida espiritual ocurre lo mismo: constantemente hemos de ir dando pasos en nuestra conversión personal. Por el bautismo hemos abandonado nuestra condición de pecado, de hombre viejo. Por las aguas bautismales hemos sido sepultados con Cristo y restituidos a la gracia, a la vida nueva con Él. Pero no es menos cierto que la vida cotidiana puede hacernos creer lo contrario, puesto que a pesar de que hemos sido liberados del pecado original, la concupiscencia ha inclinado nuestra naturaleza hacia el mal.

Entonces ¿cómo entender esta dicotomía? ¿Somos justos y pecadores al mismo tiempo? A esto último debemos responder rotundamente no, puesto que la gracia y el pecado no pueden convivir simultáneamente. Gracia y pecado son como el agua y el aceite. Respecto a la primera cuestión, el formulario litúrgico de este domingo nos ofrece una bella exposición acerca de la vida nueva operada en nosotros por el bautismo.

En primer lugar, en la base de la vida nueva esta la participación sacramental en el misterio de la muerte y resurrección del Señor. El bautismo nos ha injertado en su cuerpo, de ahí que con razón podemos decir que la Iglesia es el cuerpo místico de Cristo y que, por tanto, nosotros somos miembros de su cuerpo, piedras de su templo. Pues bien, si esto es así no podemos pensar que todo lo que atañe al cuerpo de Cristo sea ajeno a nosotros o que simplemente sea un mero ejemplo estimulante para la vida. No. Todo lo que atañe al cuerpo humano de Cristo repercute en los miembros de su místico cuerpo, es decir, la Iglesia en general y cada cristiano en particular.

Miremos, por un momento, el cuerpo glorioso del Cristo resucitado. Es un cuerpo transformado pero que conserva las llagas de la Pasión. Cada cristiano, por el bautismo, recibe los dones de la inmortalidad y de la divinización, es decir, participa de la condición gloriosa de Cristo, pero a la vez, conserva las marcas de los clavos, los azotes y la lanza. De este modo, a pesar de la nueva condición del cristiano, éste no se ve exento del ataque del pecado, porque los estigmas de Cristo fueron por nuestros pecados, es más, Cristo se ha hecho carne de pecado (cf. Rom 8,3; 2 Cor 5,21). Por tanto, también los cristianos llevamos, no el peso del pecado, que ya fue cancelado, sino las huellas del pecado. Por eso, y con toda razón, en la vida nueva de los regenerados en Cristo el pecado es una realidad presente pero no por ello destructiva, ya que nuestra vida ha sido recreada en Cristo y el pecado podemos evitarlo (cf. Gn 4, 7) y cuando lo hacemos, dice el Concilio de Trento, se convierte en causa de mérito para nosotros (Decreto sobre el pecado original, cap. 5; sesión V).

De este modo vemos como entender la aparente dicotomía entre gracia y pecado en nosotros y de cómo el hombre no es justo y pecador a la vez. Pero hay un aspecto que no podemos soslayar: la necesidad de resistir las embestidas del pecado, o lo que es lo mismo, vivir en gracia de Dios. El cristiano tiene que tener claro este deseo fuerte en su vida siguiendo las inspiraciones del salmo 26 que dice “tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro” o aquel salmo 42 “como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío”. En Dios, y solo en Dios, debe el cristiano poner su pensamiento y su amor. Ciertamente, tendrá que servirse de las cosas de este mundo para poder vivir, pero éstas deben ser valoradas en tanto en cuanto me posibiliten mi camino de santidad y de amor a Dios y al prójimo (cf. Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola, 23).

Vivir en gracia de Dios conlleva detestar el pecado y rechazarlo por completo, para vivir en la verdadera libertad de los hijos de Dios. Otro gran paso como consecuencia del bautismo: la libertad. El pecado es lo único que esclaviza, la santidad es lo que libera. La libertad de un cristiano radica, precisamente, en su relación con Dios. Quien pone a Dios en el centro de su vida, acaba relativizando todo lo que le ata a este mundo. Quien cifra toda su existencia en hacer lo que agrada a Dios, es verdad que se granjeará el desprecio del mundo, pero habrá ganado grandes cotas de libertad y desasimiento de todo lo terrenal. Hemos de despreciar, por tanto, todo lo que suponga una merma en la libertad adquirida tras el bautismo, esto es, el pecado y cualquier posibilidad del mismo.

Ojalá que poco a poco tomemos conciencia de nuestro bautismo y vivamos con fidelidad los dones que Dios nos ha regalado en la vida nueva. El bautismo nos da la capacidad de transparentar a Cristo en el mundo, por tanto, nuestra oración debe dirigirse a pedir la gracia de ser fieles y coherentes con este don tan maravilloso.

Dios te bendiga


viernes, 17 de febrero de 2017

DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO




Antífona de entrada

«Señor, yo confío en tu misericordia: alegra mi corazón con tu auxilio y cantaré al Señor por el bien que me ha hecho». Del salmo 12 versículo 6. El orante necesita experimentar el auxilio de la misericordia de Dios para poder tener, de nuevo, un motivo para cantar y exaltar de júbilo. La misa de este domingo pretende dar esa razón al fiel para que pueda vivir la celebración con un corazón jubiloso ¿qué motivo será? La doctrina de su palabra y el alimento de sus misterios.

Oración colecta

«Dios todopoderoso y eterno, concede a tu pueblo que la meditación asidua de tu doctrina le enseñe a cumplir, de palabra y de obra, lo que a ti te complace. Por nuestro Señor Jesucristo». Esta oración está presente tanto en el sacramentario gelasiano (s. VII-VIII) como en el gregoriano (s. IX) se mantuvo en el misal romano de 1570 y el de Pablo VI lo conservó tal cual.

La oración pivota sobre tres verbos: “meditar”- “cumplir”- “complacer”. Para comprender esta oración hemos de partir de la voz de Dios en el pasaje de la Transfiguración: “Este es mi hijo amado, en quien me complazco, escuchadlo” (cf. Mt 17,5; Mc 9,7 y Lc 9, 35) y unirlo a la descripción que hace Jesús de su nueva familia: “mejor, bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen” (Lc 11, 28 y cf. Mc 3, 35); de tal modo que, lo que Dios pide es que escuchemos la doctrina de su hijo amado, Jesucristo, y la pongamos por obra para formar parte, en verdad, de la familia de los hijos de Dios.

Así pues, la gracia que demandamos en esta oración es doble: por un lado, la de meditar la palabra de Dios (doctrina) y, por otro, la coherencia fe-vida (cumplir de palabra y de obra) para agradar (complacer) a Dios.

Oración sobre las ofrendas

«Al celebrar tus misterios con culto reverente, te rogamos, Señor, que los dones ofrecidos para glorificarte nos obtengan de ti la salvación. Por Jesucristo nuestro Señor». Tomada de la compilación veronense (s. V). La doble dimensión de la liturgia esta bellamente expresada en esta oración: la liturgia es culto y glorificación de Dios y fuente de salvación y santificación para el hombre. Del mismo modo, se destaca el tema de la participación activa de los fieles que han de asistir a la celebración con una actitud de culto “reverente”, es decir, de manera piadosa, consciente y atenta.

Antífonas de comunión

«Proclamaré todas tus maravillas; quiero alegrarme y regocijarme en ti y cantar himnos a tu nombre, Altísimo». Inspirada en el salmo 9 versículos del 2 al 3. Sigue en la misma línea que la antífona de entrada de la misa. El orante ya ha experimentado aquella gracia que pedía el salmo 12 y por eso, en el momento de comulgar, el fiel puede tener razones, más que sobradas, para poder acercarse a este misterio de unión con Dios y con el prójimo. La alegría y regocijo que se experimenta en cada comunión sacramental debe ser transparentada y comunicada externamente con el cambio de vida, que es el mejor himno de alabanza.

«Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Del capítulo 11 versículo 27 del cuarto evangelio. No es sino una confesión de fe ante la presencia real y sacramental de Cristo. Pues bien sabemos los católicos que en la blanca Hostia esta toda concentrada toda la divinidad y gloria del cielo, esto es, el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesús.

Oración después de la comunión

«Concédenos, Dios todopoderoso, alcanzar un día la salvación eterna, cuyas primicias nos has entregado en estos sacramentos. Por Jesucristo nuestro Señor». Al igual que la oración colecta, la encontramos por vez primera en el sacramentario gelasiano y luego en el gregoriano; fue conservada en el misal romano de 1570 y el de Pablo VI nos la ha vuelto a ofrecer para nuestra edificación espiritual.

La antífona del Magníficat para las II Vísperas del Corpus dice: “Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida; se celebra el memorial de su pasión; el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura”. El banquete eucarístico que acabamos de celebrar se nos presenta, precisamente, como prenda. Este vocablo en el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua tiene varias acepciones, nos fijamos en la 4 y la 5. Dice así: acepción 4: “f. Cosa que se da o hace en señal, prueba o demostración de algo” y 5: “f. Cosa no material que sirve de seguridad y firmeza para un objeto”.

En conjunto, la Eucaristía es prenda de la gloria futura o primicia de la salvación eterna (cf. Jn 6, 54) en tanto en cuanto es una señal que pretende demostrarnos lo que nuestros ojos, y no otros, un día podrán ver (cf. Job 19, 27). Pero la Eucaristía no es una señal ficticia o simbólica, sino una señal real y presencial de Cristo, por eso no es solo prenda sino también primicia de aquel objeto, seguro y firme, de contemplación eterna.
                                                                              


Visión de conjunto

            Seguramente, querido lector, el defecto que menos soportamos una persona es, sin duda, la hipocresía, es decir, el “fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan” RAE dixit. Generalmente, la hipocresía viene acompañada de la incoherencia hasta el punto de que hipocresía e incoherencia no se distinguen clara y distintamente.

            Precisamente, este es el gran pecado del que se nos acusa a los cristianos, hasta tal punto es así, que el mismo Concilio Vaticano II lo expresa con estas palabras: «en esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión» (cf. GS 19c). Palabras duras éstas para tomar muy en cuenta la vivencia coherente de nuestra fe.

            En este domingo, la oración colecta nos invita a la meditación asidua de la doctrina de Cristo; pero seriamos muy ingenuos (por no decir protestantes) si la circunscribiremos a los datos evangélicos, es decir, quedarnos solo con lo que literalmente se expone en los cuatro evangelios. No. La doctrina de Cristo es la recogida tanto en los escritos canónicos (la Biblia) como la comunicada por la Tradición de la Iglesia. De ahí que cuando la Iglesia expone una verdad de fe hemos de tomarla como si del mismo Cristo hablando se tratase.

            Por desgracia, no siempre esto se tiene muy claro. Basta ver cómo está el variopinto mosaico eclesial para descubrir que sobre ciertos temas cada uno tiene su opinión y se pugna para que sean verdad. Respecto a la última polémica suscitada por el tema del acceso a la comunión por parte de los divorciados vueltos a casar (civilmente) y que el mismo Cristo lo denominado “adulterio” (cf. Mt 5, 27-32; Mc 10, 11-12; Lc 16,18) el dato tradicional y revelado es que no les está permitido por vivir en desacuerdo a la ley de Dios, es decir, por vivir en pecado mortal; del mismo modo que cualquier otro pecado mortal (robo, fornicación, infidelidad, matar, blasfemar, profanar, injuriar, difamar, etc) impide el acceso a la comunión si no se confiesa de ello y, además, no se hace un firme propósito de no persistir en él (Decreto del Concilio de Trento del 25 de noviembre del 1551 cap. 4, DH 1676). Y sin embargo, vemos como hay episcopados (Alemania, Malta o Filipinas) que lo permiten tan ricamente sin que nadie les advierta de esto. Otro ejemplo: hace poco hemos visto como la mediática monja de ¿clausura? Sor Lucia Caram sale en un programa de televisión ciscándose en la virginidad de María y ¿creen ustedes que alguien ha dicho algo? Pues no. Según ella, desde Roma le dicen que “esté tranquila”.

            Pero con estas incoherencia entre lo que predicamos y vivimos o entre dogma y pastoral, entre teoría y práxis ¿Cómo vamos a evangelizar? ¿Cómo vamos a presentar un testimonio coherente de fe y amor a Jesucristo?

Estamos, ciertamente, ante un momento importante de plaga de incoherencia que no debemos permitir que siga campando a sus anchas. No. El mundo espera de los cristianos algo diferente a lo que otros le presentan. La defensa de la vida, de la familia, del matrimonio, de la libertad y dignidad de los hijos de Dios no admite ni cortapisas ni esperas ni rebajas. Lo contrario será siempre confundir misericordia con permisividad. Dios es justo y misericordioso pero no es permisivo ni “pasota” al estilo “laissez faire laissez passer” proto-liberal.

Y para que esto no sea simple demagogia ideológica vamos a acudir a un texto bastante elocuente de la Escritura: «No digas: «He pecado, y ¿qué me ha pasado?», porque el Señor sabe esperar. Del perdón no te sientas tan seguro, mientras acumulas pecado tras pecado. Y no digas: «Es grande su compasión, me perdonará mis muchos pecados», porque él tiene compasión y cólera, y su ira recae sobre los malvados. No tardes en convertirte al Señor, ni lo dejes de un día para otro, porque de repente la ira del Señor se enciende, y el día del castigo perecerás» (Eclo 5, 4-7).

En fin, el tema central del formulario de la misa de este domingo está en que no basta con solo conocer por teoría sino que debemos esforzarnos para vivir coherentemente lo que sabemos que se debe hacer y para ello la liturgia es la mejor y más eficaz ayuda ya que nos hace salir místicamente de nosotros y nos pone cara a cara con el mismo Dios velado en los signos sacramentales de su Palabra, del pan y del vino.

Así pues, como ejercicio espiritual para este domingo hazte una lista de situaciones o motivos que te impiden vivir coherentemente la fe, analiza sus causas y pídele a Dios la fuerza y la gracia para salir de ellas y volver a Él, volver a experimentar su amor y su misericordia que, como dice otra oración, nuestros pecados retardan.



Dios te bendiga