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sábado, 23 de septiembre de 2017

DAR A CADA UNO LO SUYO


HOMILIA DEL XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

Las lecturas de este domingo nos plantean un tema de extrema importancia para nosotros: las expectativas de la vida espiritual.

Cada uno de nosotros puede tener legítimas aspiraciones en la vida. Todos, legítimamente, podemos generar expectativas de prosperar en la vida, de obtener cada vez más beneficios. Del mismo modo puede ocurrir en la vida espiritual, iniciamos un camino de fe con una generosa entrega a Dios y esto lo hacemos a veces por diversos motivos que pueden ir desde buscar la salvación hasta el hacer de Dios un refugio que nos proteja de los males de nuestro mundo a los que no queremos enfrentarnos. Lo malo de las expectativas está en cuando llega el momento en que no se cumplen, es decir, cuando viene la defección, la frustración y la tristeza. Y en la vida espiritual se concluye con la duda de que Dios exista y, por tanto, se da el paso o bien a un ateísmo opcional o a cambiar al Dios verdadero por el dios personal y a la carta que nos construimos.

Algo semejante le pasaba a los jornaleros de la parábola de hoy: habían sido contratados a diversas horas del día por un salario adecuado, como era costumbre en aquella época. Pero a la hora de cobrar comenzaron las expectativas en los primeros de cobrar más que los últimos. Es esta una perfecta imagen de la vida espiritual: podemos ser llamados a la gracia en cualquier instante de la existencia; Dios puede llamarnos a su servicio en el momento que menos esperemos…y aun así, por más temprano o tarde que sea, la recompensa será siempre la misma: la alegría de servirlo y la eternidad. Y si esto no nos conviene pues comenzamos a vivir como si Dios no existiera.


En este sentido, Dios es justo y bueno porque da a cada uno lo suyo. Pero, lógicamente, esta justicia no es la humana por eso dice Isaías en la primera lectura “mis planes no son vuestros planes”. Efectivamente, para entender a Dios lo primero es romper con la lógica retributiva y mercantilista humana que en aras de defender la justicia impone la ideología de la igualdad como un absoluto sin darnos cuenta de que la igualdad es lo más injusto y desigual porque mientras que la justicia es dar a cada uno lo suyo, la igualdad es dar a todos lo mismo sin tener en cuenta ninguna otra variante.

Esta parábola es también un antídoto frente al “carrerismo” que puede sobrevenir en la vida de la Iglesia. Entendemos por “carrerismo” el afán exacerbado de buscar el éxito y la promoción personal en la vida y en la Iglesia. Este veneno, aunque  a veces se presente revestido de piedad y buenos motivos, genera siempre en nosotros una insatisfacción y una amargura de vida ya que siempre estamos esperando más y más; y lo que es peor, puede conducirnos a usar medios moralmente reprobables para ocupar puestos y plazas. Y es que el cristiano no debe buscar la promoción personal por medios injustos sino por méritos propios y honestidad personal y entender que donde Dios le pone debe dar testimonio y santificarse.

No habrá, pues, al final de la vida más recompensa que la misma gloria del cielo y el saber que el trabajo estaba bien hecho. No habrá más recompensa que la satisfacción del deber cumplido y la salvación de la humanidad a la que hemos contribuido. Solo en Dios esta nuestra esperanza y nuestra justicia, no desesperemos pues de esta verdad de fe. No nos cansemos de esperar en Él y de amar como Él nos ama. Aquí reside el gozo de la vida espiritual perfecta y plena: amar aquí para ser amados allí.

Dios te bendiga

viernes, 15 de septiembre de 2017

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO





Antífona de entrada

«Señor, da la paz a los que esperan en ti, y saca veraces a tus profetas, escucha la súplica de tus siervos y de tu pueblo Israel». Tomada del libro del Eclesiástico, capítulo 36, versículo 15. Al comenzar la celebración, nos reconocemos como aquellos que lo esperan todo de Dios y por eso imploramos de su bondad el don de su misericordia. La asamblea cristiana que se reúne cada domingo es imagen y cumplimiento del Israel peregrino que suplica con gran confianza a Dios para que le conceda profetas y ser profetas en medio del mundo. Pedimos profetas que anuncien y denuncien, que sean testigos valientes y veraces de lo que Dios dispone para nuestra salvación. Por otra parte, pedimos el carisma de la profecía para que con nuestras palabras y nuestra vida denunciemos las injusticias del mundo y seamos signo de la vida nueva y joven que Dios nos regala.

Oración colecta

«Míranos, oh Dios, creador y guía de todas las cosas, y concédenos servirte de todo corazón, para que percibamos el fruto de tu misericordia. Por nuestro Señor Jesucristo». Tomada de la compilación veronense (s. V). Esta oración, de las más antiguas de la Iglesia, recoge las características de la composición eucológica romana: la brevedad y la concisión: en primer lugar, Dios es denominado como “creador y guía”, es decir, como el providente; 2. Como consecuencia de esa providencia y confiados en ella, pedimos que nos mire para obtener misericordia; 3. Solo asím animados por su providencia e impulsados por su misericordia, podremos servirle denodadamente de “todo corazón”.

Oración sobre las ofrendas

«Sé propicio a nuestras súplicas, Señor, y recibe complacido estas ofrendas de tus siervos, para que la oblación que ofrece cada uno en honor de tu nombre sirva para la salvación de todos. Por Jesucristo, nuestro Señor». Con alguna variación gramatical, la hallamos en el misal romano de 1570. Esta oración recoge lo que en el credo decimos “Creo-creemos”. Me explico: la dimensión personal de la fe y la dimensión comunitaria o eclesial de la misma. Lo mismo ocurre con la deposición de dones en el altar: junto al sacrificio que ofrece la Iglesia entera, tributando una alabanza perfecta al Padre por medio de Cristo en el Espíritu Santo, tenemos los sacrificio personales que cada uno vive y ofrece a lo largo de la semana realizando así una existencia cultual como dispone su condición sacerdotal por el bautismo. Pero todo esto se realiza sabiendo que tanto la ofrenda eclesial como la personal va encaminada a conseguir la salvación de todos y cada uno de los que se acercan a Cristo, único sacerdote y único salvador.

Antífonas de comunión

«Qué inapreciable es tu misericordia, oh Dios. Los humanos se acogen a la sombra de tus alas». Del salmo 35, versículo 8. En Dios no suele abundar lo llamativo, ni lo estruendoso, ni lo ruidoso, más bien todo lo contrario. Como prueba singular de esto tenemos el sacramento de la Eucaristía donde de forma inapreciable Dios se contiene todo entero y se nos da para nuestra fortaleza. Al recibir la Santa Comunión nuestra alma se cobija a la sombra y el amparo del Dios altísimo que viene a ella para hacer morada en nosotros. Un don inapreciable pero de un valor infinito.

«El cáliz de la bendición que bendecimos es comunión de la Sangre de Cristo; el pan que partimos es participación en el Cuerpo del Señor». Inspirado en la primera carta de san Pablo a los Corintios, capítulo 10, versículo 16. Esta antífona poco comentario precisa ya que expresa muy a la perfección lo que se produce en este momento de la celebración: Dios y la humanidad entran en contacto sacramental sin que cada una de las partes pierda ni un ápice de su individualidad.

Oración de poscomunión

«Te pedimos, Señor, que el fruto del don del cielo penetre nuestros cuerpos y almas, para que sea su efecto, y no nuestro sentimiento, el que prevalezca siempre en nosotros. Por Jesucristo, nuestro Señor». Su origen más remoto está en los sacramentarios gelasianos antiguo (s. VIII) y de Angoulenme  (s. IX) pero donde la oración ya se encuentra tal como la conocemos hoy es en el misal romano de 1570. Esta breve oración nos plantea un tema complejo de la fe que veremos a continuación: el efecto de la gracia como antídoto ante cualquier interpretación sentimental de la fe o de la gracia. Los efectos de la comunión, según el Catecismo de la Iglesia son: 1. La comunión acrecienta nuestra unión con Cristo; 2. La comunión nos separa del pecado; 3. Nos preserva de futuros pecados mortales; 4. Procura la unidad del Cuerpo místico. 5. La Eucaristía entraña un compromiso a favor de los pobres.


Visión de conjunto

            Con harta frecuencia pensamos que la fe es un sentimiento o una emoción. Hay gente que solo reza cuando se emociona y cuando no siente nada deja de orar hasta que vuelva a apetecerle y el cuerpo se ponga en disposición para volver a derretirse en amor, impostado pero amor.

            La oración última de la misa de este domingo nos propone reflexionar sobre el sentimiento en la fe. Ante todo hemos de decir que reducir la fe a un puro y mero sentimiento es una herejía modernista condenada por Pio X en la encíclica “Pascendi”. Veamos los orígenes:


            Plantear la fe como un sentimiento o como mera experiencia subjetiva de revelación se lo debemos a un teólogo protestante liberal llamado Friederich Schleiermacher (1768-1834), quien junto a otros autores como Sabatier concebían la fe como una pura experiencia a la que resulta extraña los conocimientos y nociones de la misma fe. De tal modo que la fe al ser sentimiento subjetivo no necesita de doctrinas ni de revelación ninguna; cada uno cree en lo que quiere y en aquello que experimenta, siente o le emociona.

            Siguiendo este planteamiento sentimentalista de la fe, la conclusión se impone dada su evidencia: la realidad divina se desvanece en la nebulosa de la subjetividad hasta el punto de que se cree en una divinidad más o menos subjetiva e impersonal sin incidencia moral en la vida. Todo esto ha quedado bastante bien concentrado en la expresión “Yo creo en Dios a mi manera”.  Y esto, queridos lectores, es el problema al que se enfrenta el catolicismo en estos momentos.

            El sentimentalismo religioso que prima la emoción por encima de lo objetivo y eclesial ha dado como resultado un “catolicismo light” en el que todo se puede cuestionar y del que todo se puede dudar. La subjetividad de la fe por encima del aspecto eclesial de la misma da como resultado la percepción de una deidad más o menos real, a la que puedo dirigirme cuando lo necesito sin más compromiso que el dar alguna dádiva o cumplir una promesa en el caso de que la deidad me haya escuchado y atendido mi petición.


            Este sentimentalismo sin fundamento acaba haciendo de Dios una mera proyección personal o bien de todo lo bueno que quisiéramos ser o tener o bien de las aspiraciones más nobles de lo humano. Así lo concibió Arthur Schopenhauer (1788-1860) quien definió al hombre como animal metafísico y por tanto Dios solo sería una proyección de lo bueno del hombre y su ansía de infinitud. En este sentido Schopenhauer sigue la filosofía atea de Feuerbach (1804-1872).

            Así pues, sin entrar en mas profundidas vemos el peligro en el que se puede caer si comprendemos la fe y la vida espiritual como un puro sentimiento o una reducción a la emoción.



            La fe es creer en lo que Dios ha revelado y dicho de sí mismo. Y esto entregarme totalmente y sin reservas, como nos indica el Concilio Vaticano II: “Cuando Dios revela hay que prestarle "la obediencia de la fe", por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios prestando "a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad", y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por El. Para profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios, que proviene y ayuda, a los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da "a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad". Y para que la inteligencia de la revelación sea más profunda, el mismo Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones” (DV 5).

            La oración y la vida espiritual siguen el mismo camino: el objeto último de la oración no es la emoción ni sentir nada, sino simplemente estar con Él, alabarlo y adorarlo. Dejar que Él actúe silenciosa y discretamente en nosotros sin querer percibir nada más que la serenidad y la paz que da el saber que aunque no lo sintamos Él nunca abandona nuestra casa ni nuestra vida. Así pues, queridos lectores, no se preocupen sin no sienten nada en la oración, si su corazón no se esponja lo suficiente si se distraen o pasan el rato ante el sagrario sin decir nada…sepan solamente que Cristo está ahí y el hace todo cuando nosotros no somos capaces de hacer nada. La peor oración es la que no se hace porque se pierden las gracias que podrían venir.

Dios te bendiga

viernes, 18 de agosto de 2017

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO





Antífona de entrada

«Fíjate, oh Dios, escudo nuestro; mira el rostro de tu Ungido, porque vale más un día en tus atrios que mil en mi casa». Del salmo 83, versículos 10 al 11. Cada uno de nosotros somos ese ungido del salmo porque hemos recibido la unción del santo crisma que graba en nosotros la marca indeleble del ser cristiano. Quien recibe esta unción se hace partícipe de la herencia eterna de los hijos de Dios, que no es otra que la de habitar en las moradas celestiales, nuestra verdadera patria. Mientras llega ese feliz momento, el Señor nos permite estar en la antesala del cielo, esto es, la santa misa. Participemos, pues, con gusto de estos santos misterios aspirando a disfrutarlos plenamente en los atrios del cielo.

Oración colecta

«Oh Dios, que has preparado bienes invisibles para los que te aman, infunde la ternura de tu amor en nuestros corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas, consigamos alcanzar tus promesas que superan todo deseo. Por nuestro Señor Jesucristo». Presente en los sacramentarios gelasiano antiguo (s. VIII) y de Angoulenme (s. IX) y conservada en el misal romano de 1570. San Pablo en su carta a los Colosenses nos invita a poner los ojos en los bienes imperecederos del cielo porque, a diferencia de los de la tierra, estos no se corroen ni son pasto de las polillas.

Esos bienes celestiales son los que hoy la oración colecta nos recuerda que han sido preparados para nosotros. El tema central de este texto litúrgico es el amor en dos dimensiones: el amor como don divino “infunde la ternura de tu amor…”; y el amor a Dios como motor de la vida cristiana “amándote en todo y sobre todas las cosas”.

Oración sobre las ofrendas

«Acepta, Señor, nuestras ofrendas en las que vas a realizar un admirable intercambio, para que, al ofrecerte lo que tú nos diste, merezcamos recibirte a ti mismo. Por Jesucristo, nuestro Señor». De nueva incorporación. Aunque breve en su redacción, pues se reflejan las dos características de las oraciones romanas: brevedad y concisión, es bastante profunda en su contenido: en primer lugar, encontramos, de nuevo, el navideño tema del “admirable intercambio”, esto es, el Dios que se hace hombre para que el hombre llegue a ser Dios: Encarnación-Divinización, dos caras de una misma moneda.

Aquí el intercambio es el del natural pan y vino por el sobrenatural Cuerpo y Sangre de Cristo. Estos dones naturales son el objeto de nuestra ofrenda en el altar de la celebración para que al recibir el rocío del Espíritu se conviertan en aquello que recibiremos: en el mismo Jesucristo, sujeto y agente de nuestra divinización como nos indicará la primera antífona de comunión de la misa de hoy.

Antífonas de comunión

«Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa». Del salmo 129, versículo 7. Misericordia y redención son dos vocablos unidos semánticamente en este versículo ya que pretenden reforzar la idea de que Dios es el único salvador. No hay otro más. Esa salvación operada por Jesucristo con su muerte y resurrección se actualiza en el misterio de la Eucaristía y se nos comunica a nosotros por la comunión del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. De este sagrado banquete nos viene hoy copiosamente la misericordia divina y la redención eterna.

«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, dice el Señor; el que coma de este pan vivirá para siempre». Del evangelio según san Juan, capítulo 6, versículo 51. Vuelve hoy la liturgia a traernos el evangelio de Juan para recordarnos que el único alimento que perdura para la vida eterna y tiene, además, la capacidad de saciar nuestra hambre de eternidad es el pan eucarístico.

Oración para después de la comunión

«Después de haber participado de Cristo por estos sacramentos, imploramos humildemente tu misericordia, Señor, para que, configurados en la tierra a su imagen, merezcamos participar de su gloria en el cielo. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos». De nueva incorporación en el actual misal. Este texto eucológico nos recuerda uno de los frutos inmediatos de la Eucaristía: nos configura cada vez más con Cristo. Comulgar cada domingo no debería convertirse en un acto ritual y rutinario sino en un gesto de amor grande y de agradecimiento aún mayor por los muchos beneficios que recibimos.

La configuración cristológica que experimentamos, progresivamente, en este mundo supone la vía directa para participar de la eternidad, para morar con Cristo en el cielo. No es, pues, como vemos, una gracia que queda aquí en la cotidianidad del mundo sino que nos proyecta a un destino último y eterno que escapa a nuestros pensamientos y, como dijimos anteriormente, “superan todo deseo”.

Visión de conjunto

            Muchas veces se ha venido hablando del amor de Dios a nosotros. Por doquier encontramos mensajes del tipo “Dios te ama”, “Dios te ama tal como eres”. En principio no hay nada que objetar porque es verdad. El amor de Dios por cada uno de nosotros es indiscutible. Pero si solo nos quedáramos en esto, ofreceríamos una visión parcial del mensaje cristiano. Hoy quiero reflexionar con ustedes acerca del amor a Dios, pues amor con amor se paga, aunque ciertamente jamás podremos corresponder, como merece, al amor de Dios.

            Primeramente, para vivir el amor a Dios hemos de colocar la cuestión en su justo término. El amor es, ante todo, un don de Dios. Un don que, junto a la fe y la esperanza, se nos concede en el Bautismo. El amor, junto a la fe y la esperanza, forma la triada llamada “virtudes teologales”. Por tanto, el amor es una virtud que procede de Dios, tiene a Dios como sujeto y se dirige a Dios como destinatario último.

            Así pues, amar a Dios no es algo que dependa de nosotros sino que surge de una gracia especial que Él nos otorga. Solo podremos amarle en cuanto Él nos ama y nos permite amar, como dice el autor de la Primera Carta de Juan: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados” (1Jn 4,10).


            Y aquí radica la segunda idea del amor a Dios. Nosotros, por nuestra limitada capacidad, no podemos amar a Dios como Éste merece. Entre su amor y el nuestro hay un abismo tal que nunca podríamos colmar, por eso era necesario que un amor divino pudiera entablar la paz y la reconciliación entre Dios y los hombres. De ahí que el amor a Dios sea el motor de la vida y el sacrificio de Cristo al Padre. Para Cristo amar a Dios es cumplir su voluntad y en medida en que nosotros nos unimos más estrechamente con Cristo nuestro amor a Dios será más pleno y agradable. Cristo es, pues, el que salva la distancia entre el Padre y las criaturas. Por eso era necesario que Él padeciera su Pasión y entrara así en la gloria: para allanar el camino de nosotros, pobres mortales.

            Pero, hoy, ¿cómo podemos amar a Dios? ¿Cómo mostrar nuestro amor a Él? La respuesta la hallamos en la misma escritura: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt 6, 59). Es decir, el hombre debe poner en el empeño de amar a Dios toda su persona íntegra y entera. Todas las potencias del alma, todos los afectos del corazón deben volcarse en amar a Dios sin medida alguna. La mayor empresa que podemos hacer en este mundo es la de amar a Dios.

            En primer lugar, hemos de amarle con la adoración sincera. Pero… ¿Qué es adorar? Nos dice el catecismo: “Adorar a Dios es reconocerle como Dios, como Creador y Salvador, Señor y Dueño de todo lo que existe, como Amor infinito y misericordioso […] Adorar a Dios es reconocer, con respeto y sumisión absolutos, la “nada de la criatura”, que sólo existe por Dios. Adorar a Dios es alabarlo, exaltarle y humillarse a sí mismo, como hace María en el Magníficat, confesando con gratitud que Él ha hecho grandes cosas y que su nombre es santo. La adoración del Dios único libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo” (cf. CEC 2096-2097).

            En segundo lugar, la celebración, al menos dominical, del santo sacrificio de la misa donde se hace presente el misterio del amor de Dios (santificación) y del amor a Dios (ofrenda). La oración personal también es de capital importancia. Una oración que sea elevación del espíritu hacia Dios, una expresión de nuestra adoración a Dios (cf. CEC 2098). La confesión frecuente y la caridad sin límites, coronarán esta vivencia del amor a Dios.


            
Por el contrario, el Catecismo alerta de aquellas desviaciones que faltan al amor a Dios:
La superstición: la desviación del sentimiento religioso y de las prácticas que impone. Puede afectar también al culto que damos al verdadero Dios, por ejemplo, cuando se atribuye una importancia, de algún modo, mágica a ciertas prácticas, por otra parte, legítimas o necesarias. Atribuir su eficacia a la sola materialidad de las oraciones o de los signos sacramentales, prescindiendo de las disposiciones interiores que exigen, es caer en la superstición. (cf. 2111)
La idolatría: consiste en divinizar lo que no es Dios. Hay idolatría desde el momento en que el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios. Trátese de dioses o de demonios (por ejemplo, el satanismo), de poder, de placer, de la raza, de los antepasados, del Estado, del dinero, etc. La idolatría rechaza el único Señorío de Dios; es, por tanto, incompatible con la comunión divina (cf. 2113).
Adivinación y magia: todas las formas de adivinación deben rechazarse: el recurso a Satán o a los demonios, la evocación de los muertos, y otras prácticas que equivocadamente se supone “desvelan” el porvenir. La consulta de horóscopos, la astrología, la quiromancia, la interpretación de presagios y de suertes, los fenómenos de visión, el recurso a “mediums” encierran una voluntad de poder sobre el tiempo, la historia y, finalmente, los hombres, a la vez que un deseo de granjearse la protección de poderes ocultos. Están en contradicción con el honor y el respeto, mezclados de temor amoroso, que debemos solamente a Dios. Todas las prácticas de magia o de hechicería mediante las que se pretende domesticar potencias ocultas para ponerlas a su servicio y obtener un poder sobrenatural sobre el prójimo —aunque sea para procurar la salud—, son gravemente contrarias a la virtud de la religión. El espiritismo implica con frecuencia prácticas adivinatorias o mágicas. Por eso la Iglesia advierte a los fieles que se guarden de él (cf. 2116-2117).
La irreligión: el primer mandamiento de Dios reprueba los principales pecados de irreligión: 1- La acción de tentar a Dios consiste en poner a prueba, de palabra o de obra, su bondad y su omnipotencia. El reto que contiene este tentar a Dios lesiona el respeto y la confianza que debemos a nuestro Creador y Señor (cf. 2119). 2- El sacrilegio consiste en profanar o tratar indignamente los sacramentos y las otras acciones litúrgicas, así como las personas, las cosas y los lugares consagrados a Dios (cf. 2120). 3- La simonía se define como la compra o venta de cosas espirituales. A Simón el mago, que quiso comprar el poder espiritual del que vio dotado a los Apóstoles, Pedro le responde: “Vaya tu dinero a la perdición y tú con él, pues has pensado que el don de Dios se compra con dinero” (cf. 2121)
El ateísmo: en cuanto rechaza o niega la existencia de Dios, el ateísmo es un pecado contra la virtud de la religión. En la génesis y difusión del ateísmo “puede corresponder a los creyentes una parte no pequeña; en cuanto que, por descuido en la educación para la fe, por una exposición falsificada de la doctrina, o también por los defectos de su vida religiosa, moral y social, puede decirse que han velado el verdadero rostro de Dios y de la religión, más que revelarlo” (GS 19, 3). Con frecuencia el ateísmo se funda en una concepción falsa de la autonomía humana, llevada hasta el rechazo de toda dependencia respecto a Dios (GS 20, 1) (cf. 2125-2126).
El agnosticismo: el agnóstico se resiste a negar a Dios; al contrario, postula la existencia de un ser trascendente que no podría revelarse y del que nadie podría decir nada. En otros casos, el agnóstico no se pronuncia sobre la existencia de Dios, manifestando que es imposible probarla e incluso afirmarla o negarla. El agnosticismo puede contener a veces una cierta búsqueda de Dios, pero puede igualmente representar un indiferentismo, una huida ante la cuestión última de la existencia, y una pereza de la conciencia moral. El agnosticismo equivale con mucha frecuencia a un ateísmo práctico (cf. 2127-2128).
Así pues, no nos cansemos nunca de amar a Dios y huyamos de todo aquello que pueda ofenderle.
Dios te bendiga



viernes, 17 de febrero de 2017

DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO




Antífona de entrada

«Señor, yo confío en tu misericordia: alegra mi corazón con tu auxilio y cantaré al Señor por el bien que me ha hecho». Del salmo 12 versículo 6. El orante necesita experimentar el auxilio de la misericordia de Dios para poder tener, de nuevo, un motivo para cantar y exaltar de júbilo. La misa de este domingo pretende dar esa razón al fiel para que pueda vivir la celebración con un corazón jubiloso ¿qué motivo será? La doctrina de su palabra y el alimento de sus misterios.

Oración colecta

«Dios todopoderoso y eterno, concede a tu pueblo que la meditación asidua de tu doctrina le enseñe a cumplir, de palabra y de obra, lo que a ti te complace. Por nuestro Señor Jesucristo». Esta oración está presente tanto en el sacramentario gelasiano (s. VII-VIII) como en el gregoriano (s. IX) se mantuvo en el misal romano de 1570 y el de Pablo VI lo conservó tal cual.

La oración pivota sobre tres verbos: “meditar”- “cumplir”- “complacer”. Para comprender esta oración hemos de partir de la voz de Dios en el pasaje de la Transfiguración: “Este es mi hijo amado, en quien me complazco, escuchadlo” (cf. Mt 17,5; Mc 9,7 y Lc 9, 35) y unirlo a la descripción que hace Jesús de su nueva familia: “mejor, bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen” (Lc 11, 28 y cf. Mc 3, 35); de tal modo que, lo que Dios pide es que escuchemos la doctrina de su hijo amado, Jesucristo, y la pongamos por obra para formar parte, en verdad, de la familia de los hijos de Dios.

Así pues, la gracia que demandamos en esta oración es doble: por un lado, la de meditar la palabra de Dios (doctrina) y, por otro, la coherencia fe-vida (cumplir de palabra y de obra) para agradar (complacer) a Dios.

Oración sobre las ofrendas

«Al celebrar tus misterios con culto reverente, te rogamos, Señor, que los dones ofrecidos para glorificarte nos obtengan de ti la salvación. Por Jesucristo nuestro Señor». Tomada de la compilación veronense (s. V). La doble dimensión de la liturgia esta bellamente expresada en esta oración: la liturgia es culto y glorificación de Dios y fuente de salvación y santificación para el hombre. Del mismo modo, se destaca el tema de la participación activa de los fieles que han de asistir a la celebración con una actitud de culto “reverente”, es decir, de manera piadosa, consciente y atenta.

Antífonas de comunión

«Proclamaré todas tus maravillas; quiero alegrarme y regocijarme en ti y cantar himnos a tu nombre, Altísimo». Inspirada en el salmo 9 versículos del 2 al 3. Sigue en la misma línea que la antífona de entrada de la misa. El orante ya ha experimentado aquella gracia que pedía el salmo 12 y por eso, en el momento de comulgar, el fiel puede tener razones, más que sobradas, para poder acercarse a este misterio de unión con Dios y con el prójimo. La alegría y regocijo que se experimenta en cada comunión sacramental debe ser transparentada y comunicada externamente con el cambio de vida, que es el mejor himno de alabanza.

«Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Del capítulo 11 versículo 27 del cuarto evangelio. No es sino una confesión de fe ante la presencia real y sacramental de Cristo. Pues bien sabemos los católicos que en la blanca Hostia esta toda concentrada toda la divinidad y gloria del cielo, esto es, el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesús.

Oración después de la comunión

«Concédenos, Dios todopoderoso, alcanzar un día la salvación eterna, cuyas primicias nos has entregado en estos sacramentos. Por Jesucristo nuestro Señor». Al igual que la oración colecta, la encontramos por vez primera en el sacramentario gelasiano y luego en el gregoriano; fue conservada en el misal romano de 1570 y el de Pablo VI nos la ha vuelto a ofrecer para nuestra edificación espiritual.

La antífona del Magníficat para las II Vísperas del Corpus dice: “Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida; se celebra el memorial de su pasión; el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura”. El banquete eucarístico que acabamos de celebrar se nos presenta, precisamente, como prenda. Este vocablo en el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua tiene varias acepciones, nos fijamos en la 4 y la 5. Dice así: acepción 4: “f. Cosa que se da o hace en señal, prueba o demostración de algo” y 5: “f. Cosa no material que sirve de seguridad y firmeza para un objeto”.

En conjunto, la Eucaristía es prenda de la gloria futura o primicia de la salvación eterna (cf. Jn 6, 54) en tanto en cuanto es una señal que pretende demostrarnos lo que nuestros ojos, y no otros, un día podrán ver (cf. Job 19, 27). Pero la Eucaristía no es una señal ficticia o simbólica, sino una señal real y presencial de Cristo, por eso no es solo prenda sino también primicia de aquel objeto, seguro y firme, de contemplación eterna.
                                                                              


Visión de conjunto

            Seguramente, querido lector, el defecto que menos soportamos una persona es, sin duda, la hipocresía, es decir, el “fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan RAE dixit. Generalmente, la hipocresía viene acompañada de la incoherencia hasta el punto de que hipocresía e incoherencia no se distinguen clara y distintamente.

            Precisamente, este es el gran pecado del que se nos acusa a los cristianos, hasta tal punto es así, que el mismo Concilio Vaticano II lo expresa con estas palabras: «en esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión» (cf. GS 19c). Palabras duras éstas para tomar muy en cuenta la vivencia coherente de nuestra fe.

            En este domingo, la oración colecta nos invita a la meditación asidua de la doctrina de Cristo; pero seriamos muy ingenuos (por no decir protestantes) si la circunscribiremos a los datos evangélicos, es decir, quedarnos solo con lo que literalmente se expone en los cuatro evangelios. No. La doctrina de Cristo es la recogida tanto en los escritos canónicos (la Biblia) como la comunicada por la Tradición de la Iglesia. De ahí que cuando la Iglesia expone una verdad de fe hemos de tomarla como si del mismo Cristo hablando se tratase.

            Por desgracia, no siempre esto se tiene muy claro. Basta ver cómo está el variopinto mosaico eclesial para descubrir que sobre ciertos temas cada uno tiene su opinión y se pugna para que sean verdad. Respecto a la última polémica suscitada por el tema del acceso a la comunión por parte de los divorciados vueltos a casar (civilmente) y que el mismo Cristo lo denominado “adulterio” (cf. Mt 5, 27-32; Mc 10, 11-12; Lc 16,18) el dato tradicional y revelado es que no les está permitido por vivir en desacuerdo a la ley de Dios, es decir, por vivir en pecado mortal; del mismo modo que cualquier otro pecado mortal (robo, fornicación, infidelidad, matar, blasfemar, profanar, injuriar, difamar, etc) impide el acceso a la comunión si no se confiesa de ello y, además, no se hace un firme propósito de no persistir en él (Decreto del Concilio de Trento del 25 de noviembre del 1551 cap. 4, DH 1676). Y sin embargo, vemos como hay episcopados (Alemania, Malta o Filipinas) que lo permiten tan ricamente sin que nadie les advierta de esto. Otro ejemplo: hace poco hemos visto como la mediática monja de ¿clausura? Sor Lucia Caram sale en un programa de televisión ciscándose en la virginidad de María y ¿creen ustedes que alguien ha dicho algo? Pues no. Según ella, desde Roma le dicen que “esté tranquila”.

            Pero con estas incoherencia entre lo que predicamos y vivimos o entre dogma y pastoral, entre teoría y práxis ¿Cómo vamos a evangelizar? ¿Cómo vamos a presentar un testimonio coherente de fe y amor a Jesucristo?

Estamos, ciertamente, ante un momento importante de plaga de incoherencia que no debemos permitir que siga campando a sus anchas. No. El mundo espera de los cristianos algo diferente a lo que otros le presentan. La defensa de la vida, de la familia, del matrimonio, de la libertad y dignidad de los hijos de Dios no admite ni cortapisas ni esperas ni rebajas. Lo contrario será siempre confundir misericordia con permisividad. Dios es justo y misericordioso pero no es permisivo ni “pasota” al estilo “laissez faire laissez passer” proto-liberal.

Y para que esto no sea simple demagogia ideológica vamos a acudir a un texto bastante elocuente de la Escritura: «No digas: «He pecado, y ¿qué me ha pasado?», porque el Señor sabe esperar. Del perdón no te sientas tan seguro, mientras acumulas pecado tras pecado. Y no digas: «Es grande su compasión, me perdonará mis muchos pecados», porque él tiene compasión y cólera, y su ira recae sobre los malvados. No tardes en convertirte al Señor, ni lo dejes de un día para otro, porque de repente la ira del Señor se enciende, y el día del castigo perecerás» (Eclo 5, 4-7).

En fin, el tema central del formulario de la misa de este domingo está en que no basta con solo conocer por teoría sino que debemos esforzarnos para vivir coherentemente lo que sabemos que se debe hacer y para ello la liturgia es la mejor y más eficaz ayuda ya que nos hace salir místicamente de nosotros y nos pone cara a cara con el mismo Dios velado en los signos sacramentales de su Palabra, del pan y del vino.

Así pues, como ejercicio espiritual para este domingo hazte una lista de situaciones o motivos que te impiden vivir coherentemente la fe, analiza sus causas y pídele a Dios la fuerza y la gracia para salir de ellas y volver a Él, volver a experimentar su amor y su misericordia que, como dice otra oración, nuestros pecados retardan.



Dios te bendiga