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sábado, 8 de junio de 2019

ES PENTECOSTÉS


HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS


Queridos hermanos en el Señor:

            Llegamos hoy al final de la cincuentena de Pascua. Han sido unos días preciosos en que el Resucitado nos ha regalado su presencia entre nosotros. Le hemos podido tocar con santo Tomás, caminar hacia Emaús mientras su compañía encendía nuestro corazón, almorzar con Él junto al lago de Tiberiades; hemos escuchado sus últimas enseñanzas y disposiciones, y al recibir su última bendición, nos pidió que aguardásemos la venida del Paráclito. Y así lo hemos hecho. Hemos esperado e invocado pacientemente al Espíritu Santo hasta este gran día en que el cielo vuelve a abrirse para darnos esta bendición increada.

            Como aquellos doce, también nosotros hoy somos privilegiados receptores de la gracia septiforme que nos capacita para confesar que Jesús es el Señor y, de este modo, nos hace ser cristianos convencidos y convincentes. El lenguaje universal que todos entienden es el que da la fe. Se puede ser de una u otra nacionalidad, raza, lengua o país, pero la fe rompe todos los muros y traspasa las fronteras, y, de este modo, nos une a todos en un solo corazón y en una sola alma formando así un único pueblo que tiene una misma fe, un mismo Señor, un mismo bautismo y una misma ley en el amor. 


            Pentecostés es el tiempo de la Iglesia. Pentecostés hace la Iglesia. Pentecostés es todos los días de nuestra vida porque el Espíritu Santo no deja de soplar sobre su Pueblo dándole la paz de Jesucristo y fortaleciendo el testimonio de sus hijos. Pentecostés realiza la verdad de los sacramentos y da eficacia a la liturgia de la Iglesia. Pentecostés es el alma de la caridad y de la misión de la Iglesia. Todo cuanto en la Iglesia vive y late tiene su fondo y su alma en la acción del Espíritu Santo. Por eso, hermanos, es tan importante la solemnidad que celebramos hoy. No es que Pentecostés sea el origen de la Iglesia, pues bien sabemos que ésta responde al deseo original de Dios, truncado por el Pecado Original pero restaurado por el misterio Pascual de Jesucristo. En clara línea de continuidad con la historia de la Salvación, el Espíritu Santo es garantía de presencia perenne y activa de las maravillas de Dios hechas por los hombres, o dicho de otra manera: el Espíritu Santo hace posible que la Iglesia viva en el eterno presente de Dios.

            Así pues, queridos hermanos, celebrar Pentecostés es, por tanto, saborear, de nuevo, las maravillas de Dios. Es saborear la novedad de lo sagrado, la perenne actualidad de la Palabra revelada. Pentecostés, fiesta del Espíritu Santo, fiesta de la cristiandad que, otra vez, se renueva en su fondo y en su forma. Vivamos esta fiesta con el corazón abierto completamente para recibir, de nuevo, la gracia del Paráclito: los siete dones y los doce frutos que el Espíritu Santo siembra en él. Demos gracias, hermanos, por tanto bien y por tanta gracia inmerecida. Así sea.

sábado, 19 de mayo de 2018

SE LLENARON DEL ESPÍRITU SANTO....Y HABLARON


HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS



Queridos hermanos en el Señor:

            Ponemos hoy punto y final al tiempo de Pascua. Cincuenta días de gozo y júbilo intenso por la alegría que da el saber que nuestro Señor ha vencido a la muerte y vive eternamente. Pero aún más alegría da el tener la certeza de que, sentado a la derecha del Padre, en lo más alto de los cielos, Él intercede por nosotros y nos asegura la perenne efusión del Espíritu Santo.

            Y aquí es, precisamente, donde nos encontramos: en el envío del Espíritu Santo por parte del Padre y del Hijo para dar vida y eficacia a todas las acciones de la Iglesia bien sean litúrgicas, bien sean apostólicas, caritativas o asistenciales. El Espíritu Santo esta en todo, lo impregna todo y lo aviva todo. Nada hay en la comunidad de los discípulos de Jesús que no esté inspirado, acompañado, sostenido y culminado por la eficacísima fuerza y auxilio del Paráclito.

            De esta manera, la Iglesia vive inmersa en un continuo Pentecostés que, como hace dos mil años, hoy sigue llenando a los cristianos de Espíritu para hablar y proclamar el mensaje de Salvación legado por nuestro Señor Jesucristo.


En primer lugar, hoy como ayer, queremos llenarnos de la acción del Espíritu Santo y sentir los efectos de su amor. Necesitamos el Espíritu de unidad para crecer y vivir la comunión con Dios y con el prójimo. La unidad, que es signo del amor cristiano, solo puede ser real cuando está habitada por los frutos del Espíritu, que nos ha recordado la Carta a los Gálatas: amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí. Es el Espíritu de la Verdad plena que, trabajando en nuestra alma, va sembrando en nosotros el gusto por la Verdad; gusto que nos impulsa a buscarla denodadamente para hacer de ella el principio motor de nuestra vida. El Santo Espíritu hace arraigar la Verdad en nuestra conciencia, en nuestro corazón y a la puerta de nuestros labios para hablar y dar testimonio de la misma.

Para hablar y testimoniar ¿qué decir? ¿De qué hablar? En primer lugar, la efusión del Espíritu Santo nos mueve a bendecir a Dios por toda su obra creadora, redentora y santificadora. El hombre debe aprender a bendecir a su Señor y Dios por todo cuanto existe y hace por él. En segundo lugar, nos dice la Escritura que nadie puede decir “Jesús es Señor” si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Pues bien, esto es lo que principalmente debe decir el hombre y mujer imbuidos del Espíritu Santo: que Jesús es el Señor, el rey de la Gloria, el alfa y el omega, principio y fin de todo lo que existe, ha existido y vendrá a la existencia. El Espíritu Santo es el principio de toda predicación apostólica y de toda proclamación kerigmática. Porque es, precisamente, el Paráclito el que posibilita el oído de los habitantes de todas las naciones de la tierra para entender el mensaje de salvación.

Así pues, queridos hermanos, renovemos este Pentecostés nuestra fe en Dios, abramos nuestro corazón a la acción suave del Paráclito para que sus dones hagan fecunda nuestra vida en buenas obras, frutos del Espíritu. Recordemos que solo llenos del Espíritu Santo podremos pertrecharnos al mundo como testigos verdaderos del Resucitado para proclamar, a todas las naciones de la tierra, las maravillas que ha hecho por los hombres y solo en Él podemos hallar salvación. Así sea.

Dios te bendiga

miércoles, 5 de julio de 2017

TIEMPO ORDINARIO (PER ANNUM)




«Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos […]. Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse» (Hch 1, 14. 2, 1-4).

Debido a las anteriores catequesis dedicadas a la ordenación episcopal, presentamos ahora el icono del Tiempo Ordinario del actual misal. Como en ocasiones anteriores, será el profesor don Ismael Pastor, licenciado en catequética y director del secretariado diocesano de infancia y de catequesis, quien vuelva a ayudarnos a comprender los distintos tiempos litúrgicos desde las ilustraciones de la III edición del misal romano en lengua española.  

Descripción de la ilustración

La ilustración del tiempo ordinario (Página 379 del misal), nos muestra el momento de Pentecostés. Los doce apóstoles mirando en todas las direcciones posibles, en el centro la figura de María, con los brazos abiertos y sobre ellos las 13 lenguas, como llamas de fuego, descendiendo sobre ellos.


Análisis mistagógico

Si habíamos dicho que el primer criterio al contemplar las ilustraciones era el cristocéntrico, esta parece contradecirnos. Sin embargo contemplar Pentecostés desde una perspectiva meramente pneumatológica supone cercenar notablemente su significado. No asistimos tan sólo a un descenso del Espíritu, sino que contemplamos el nacimiento de la Iglesia, Cuerpo de Cristo y templo del Espírito Santo. Es por ello que esta ilustración está situada como portada del tiempo per annum.

Este tiempo nos ayuda a contemplar la presencia del Señor en el camino de la Iglesia, mostrando el tiempo cristiano, cualquier momento, cualquier día, como referido al misterio de Cristo y a la historia de la salvación. Cada día, especialmente en la celebración de la Eucaristía, supone la participación cotidiana de la Pascua.  La Iglesia, Cuerpo de Cristo: los apóstoles de pie, con sus rostros iluminados, sobre los que se posa la llama del Espíritu, con sus nombres, con su humanidad sobre la cual aletea el Espíritu de Jesús, son la Iglesia, visible y humana. Ellos son llamados a continuar con su misión.

 La consagración del Espíritu es lo que faltaba a los discípulos para ser el Cuerpo de Jesús. Por eso ahora reciben la misma vida, la misma energía vital que estaba en él. Los apóstoles, testigos y enviados, serán la palabra y voz de Cristo, mano que bendice y perdona, pie que se cansa en el camino de la evangelización. Cada uno de ellos y todos juntos (LG 7). Porque este Cuerpo, tal y como se muestra en la ilustración, es la comunión de personas, su unidad. El Espíritu es quien ha consagrado a las personas en la Iglesia y da fuerza divinizadora a sus actos: a la palabra para que sea anuncio salvífico, a los signos, para que sean sacramento.  

La Iglesia templo del Espíritu: el cenáculo es el nuevo templo, consagrado por la celebración del memorial de la Pasión en la última cena; iluminado por la presencia del Resucitado, es el lugar de la Palabra y de la fracción del pan hecha desde el misterio Pascual; es la nueva y definitiva manifestación de la gloria de Dios en la teofanía de las lenguas de fuego de Pentecostés. Pero en el cenáculo no se pone la atención en el lugar como tal, sino en los que hacen el cenáculo. Los discípulos son el templo y en ellos habita el Espíritu Santo como en su definitiva morada. La Iglesia es la casa del Espíritu.

  La Virgen María, madre y modelo de la Iglesia: en el icono de Pentecostés la Virgen está presente en medio de los discípulos. María es discípula con los discípulos, apóstol con los apóstoles, porque ella ha seguido al Maestro y será con los discípulos como un cofre que encierra los recuerdos más íntimos de las palabras y de los gestos de Jesús, testigo de su resurrección, es la primera fuente a quien los discípulos interrogan para saber más acerca de su Hijo. En su centralidad en la imagen aparece como Madre de los discípulos y eje de la Iglesia que es templo, porque en su corazón ha resonado con intensa conmoción el gemido del Espíritu. Rostro femenino de la Iglesia no representa su jerarquía, sino que transmite a la Iglesia su identidad y su testimonio: ser Santa por el Espíritu que se le ha dado en Pentecostés, el Espíritu Santo y santificador, enviado por Jesús a perfeccionar su obra hasta su última venida.

Dios te bendiga

sábado, 3 de junio de 2017

RECIBID EL ESPÍRITU SANTO


HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS



Queridos hermanos en el Señor:

            Estamos en el último día de la cincuentena pascual, en el llamado Domingo de Pentecostés. Según el texto bíblico, en este día el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles en forma de lenguas de fuego. Haciendo una lectura a golpe de ojo del texto de los Hechos de los apóstoles podemos observar tres detalles: el primero, la situación psicológica de los apóstoles, que es de auténtico miedo, pavor, rechazo hostil a lo que los judíos pudieran hacerle, pues el texto griego usa el sustantivo “fobos” (= miedo, de donde viene “fobia”). Sin embargo, esos mismos hombres encerrados en la clandestinidad, de repente los vemos predicando abiertamente a todos sin temor a ser detenidos o asesinados. ¿Cómo explicar este cambio psicológico? Por la acción del Espíritu. Y es que, queridos hermanos, solo cuando el Espíritu Santo inunda nuestro corazón, llenando nuestra alma, podemos romper con toda clase de miedo y hostilidad que nos impide crecer en gracia y dar valiente testimonio de Jesús. Pueden ser muchas las ocasiones en que nuestro ánimo se muestre débil, temeroso, cobarde,… pero es precisamente en esos instantes cuando con más fuerza hemos de invocar la fuerza, la valentía y la acción del Paráclito.

            Otro detalle que se destaca es esta expresión “se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra”. Jerusalén es la ciudad donde las profecías decían que confluirían las naciones para adorar al único Dios. Jerusalén es la ciudad de la paz y de la reconciliación porque ha sido regada por la sangre de muchos profetas, y, sobre todo, por la de Jesucristo. En Jerusalén estaba el Templo, lugar físico de la presencia de Dios en la tierra. Pues bien, allí tiene lugar, como esta profetizado, el encuentro de todos los pueblos de la tierra, como indica la lista de nacionalidades que se enumeran incluidas Roma y Arabia. Al contrario de Babel que supuso dispersión y barreras, Pentecostés hace posible el encuentro y la inteligibilidad de las mismas lenguas provocando la unión en la diversidad.

            Y esta unión en la diversidad es, precisamente, el tercer detalle aunque está más desarrollado en la lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios. Los dones pertenecen a un único Espíritu, los ministerios fluyen de un único Señor y las diversas funciones sirven a un único Padre. La diversidad en la Iglesia, hoy como ayer, debe remitirnos siempre a la unicidad de Dios, esto es, a construir la única Iglesia de Dios, el único pueblo de Dios, el único cuerpo de Cristo. Unidad en el amor y en el bien común. Cuánto ganaríamos si todos los cristianos tuviéramos claro esto. Cuántas disputas, rivalidades, envidias, celos, tropiezos se evitarían si cada uno trabajásemos en la consecución de un único fin: la gloria de Cristo y el bien de la Iglesia. Hemos de pedir, pues, el espíritu de amor y concordia, de unidad y comunión que animó a la Iglesia de los primeros siglos.

            No podemos olvidar, por último, que el Espíritu Santo es el gran don del Resucitado, pues Él mismo dijo que era necesario que muriera y resucitara para que el Padre nos lo enviara; por esto mismo, la mañana de Pascua, cuando los apóstoles están escondidos, Cristo les regala el Espíritu otorgándoles cuatro dones: la paz, la alegría, el envío y el poder o autoridad sobre el pecado. Es Espíritu de la paz en cuanto les fortalece el alma y les disipa las “fobias” que zaherían su ánimo; es Espíritu de alegría en cuanto les hace mantener la confianza que creían haber perdido, una alegría que se mantiene intacta en medio de las pruebas, dificultades, persecuciones, martirios. La misión también es un don que Cristo les hace, pues sentirse elegido por Él para anunciar su palabra es tan alto honor como grave responsabilidad por eso el Espíritu es quien nos capacita para desempeñar la misión evangelizadora. Y para que esa misión sea creíble y eficaz, Jesús les reviste un poder y una autoridad que se ha ido transmitiendo a través de los obispos en la sucesión de los siglos hasta hoy. Perdonar o retener pecados es un poder concedido desde lo alto, pero que se debe administrar con generosidad y recibirlo con humildad.

            Así pues, queridos hermanos, vivamos este Pentecostés pidiendo que el Espíritu renueve nuestra alma para comprender la riqueza incomparable que Dios quiere darnos con su gracia. Pidamos que este Espíritu disipe nuestros miedos y resistencias; que nos haga crecer en la unidad y amor a su Iglesia; que nos de conciencia de que nuestro servicio en la Iglesia solo es para gloria de Dios y no nuestra. Pidamos que este Espíritu aumento en nosotros la paz y la alegría que provienen de Dios para desempeñar la misión a cada uno encomendada confiando en el poder y la capacitación que Dios nos otorga. Ven Espíritu Santo y renueva nuestros corazones.

Dios te bendiga

viernes, 2 de junio de 2017

DOMINGO DE PENTECOSTÉS





Antífonas de entrada

«El Espíritu del Señor llenó la tierra y todo lo abarca, y conoce cada sonido. Aleluya». Tomada del libro de la Sabiduría, capítulo 1, versículo siete. Esta antífona, con la que iniciamos la celebración, nos evoca al relato de los orígenes del mundo cuando el Espíritu aleteaba sobre la faz de la tierra fecundando las aguas con el bateo de sus alas. La solemnidad de hoy supone un nuevo comienzo para el mundo y la humanidad entera, pues los dispersos por el pecado de Babel son congregados por la unidad de Pentecostés. El dador de vida realiza ahora su obra abarcándolo todo y animando cada cosa.

«El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que habita en nosotros. Aleluya». Construida a partir de la carta de san Pablo a los romanos capítulo 5, versículo 5 y capítulo 8, versículo 11. El Espíritu Santo es el gran don de la Pascua; posibilitador de la presencia viva y permanente del Resucitado en su Iglesia. El Espíritu Santo inunda el corazón del hombre haciendo de él un tabernáculo donde pueda morar la presencia santa de la Trinidad. Cristo ha derramado su sangre, el Padre y el Hijo derraman el Espíritu que hizo posible la fecundación del Verbo en el seno de la Virgen de donde recibió la carne y la sangre humana. Desde el inicio de la celebración de hoy se nos invita a abrir el corazón para acoger la gracia del Santo Espíritu.

Oración colecta

«Oh Dios, que por el misterio de esta fiesta santificas a toda tu Iglesia en medio de los pueblos y de las naciones, derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y realiza ahora también, en el corazón de tus fieles, aquellas maravillas que te dignaste hacer en los comienzos de la predicación evangélica. Por nuestro Señor Jesucristo». Tomada del sacramentario gelasiano antiguo (s. VIII). Esta preciosa oración está estructurada en una triple perspectiva: la Iglesia, el mundo y los fieles. Respecto de la Iglesia, el Espíritu es quien la constituye como sacramento universal de salvación y como testimonio perenne de la presencia de Dios en medio de los pueblos y las naciones. Respecto del mundo, el Espíritu va preparando los confines de la tierra para que se abran al Evangelio, pues la creación entera espera la manifestación de los hijos de Dios (cf. Rom 8, 19). Respecto de los fieles, el Espíritu es quien inflama el corazón de éstos, como hizo en otro tiempo en Pentecostés, para que puedan descubrir las maravillas que Dios realiza en ellos. Por último, la oración recuerda que el Espíritu es el alma que da vida a la Iglesia, porque es el que hace posible que todas sus acciones litúrgicas y evangelizadoras sean fecundas y confieran la gracia que a través de ellas se demandan.

Oración sobre las ofrendas

«Te pedimos, Señor, que, según la promesa de tu Hijo, el Espíritu Santo nos haga comprender más profundamente la realidad misteriosa de este sacrificio y se digne llevarnos al conocimiento pleno de toda la verdad revelada. Por Jesucristo, nuestro Señor». Dice el Señor en el Evangelio que cuando venga el Espíritu Santo nos lo enseñaría toda porque había cosas que sin su luz interior no podemos comprender. Y ciertamente la transubstanciación del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor es un misterio que solo se comprende por una especial iluminación de la fe puesto que los sentidos se ven engañados cuando exteriormente ven pan y vino siendo en verdad Cuerpo y Sangre del Señor. Solo por la acción del Espíritu en nosotros somos conducidos a descubrir la verdad plena de las realidades ocultas bajo los signos externos.

Antífona de comunión

«Se llenaron todos de Espíritu Santo y hablaron de las grandezas de Dios. Aleluya». Tomada de Hechos de los apóstoles capítulo 2, versículos del 4 al 11. Como ya dijimos en comentarios anteriores, cuando recibimos la comunión sacramental, no solo comulgamos con el Cuerpo del Señor sino con la Trinidad entera porque cada una de las obras de las Divinas Personas, aunque sean atribuidas a una de ellas realmente están las otras dos implicadas. Así pues, según este principio teológico, al comulgar, de alguna manera, somos “pneumatizados” (= llenados del Espíritu Santo) para poder proclamar de palabra y obra todo lo que Dios ha hecho por nosotros, su entrega en la cruz, que se actualiza en la Eucaristía.

Oración después de la comunión

«Oh Dios, que has comunicado a tu Iglesia los bienes del cielo, conserva la gracia que le has dado, para que el don infuso del Espíritu Santo sea siempre nuestra fuerza, y el alimento espiritual acreciente su fruto para la redención eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor».  Esta nueva oración viene a reafirmar lo dicho en la colecta. Si ante se pidió la gracia septiforme del Espíritu, ahora vuelve a manifestarse la intención de que esta sea conservada sin mancha. Y en perspectiva escatológica sitúa la fuerza del Espíritu que nos viene por la constante nutrición de los alimentos espirituales.

Visión de conjunto

            Llegamos al final de la Pascua, tras la subida del Señor a los cielos a la Iglesia le es enviada la ayuda del Paráclito, el Espíritu defensor, por la complicada misión que tendrá; el espíritu de ciencia para que aprenda, interiorice y proclame la Verdad de su Señor y Dios, Jesucristo. El Espíritu de piedad para que constantemente ofrezca un culto sincero a Dios; el Espíritu de temor de Dios para que aprenda a amarle sinceramente y persevere en las buenas obras huyendo de todo aquello que desdiga de su misión y ofenda a Dios. El Espíritu de fortaleza para que se mantenga en pie y con entereza cuando las vicisitudes de la misión y los constantes ataques del mundo la humillen y le hagan zozobrar su fe; el Espíritu de consejo para que exhorte al mundo entero a volver a Dios, a no abandonar nunca la confianza puesta en Él; también para amonestar y denunciar el pecado y corrupción de este mundo que vicia las conciencias de los cristianos. El Espíritu de inteligencia para saber descubrir la acción poderosa y maravillosa de Dios a cada momento de su historia y en cada lugar donde se implanta; y el espíritu de sabiduría para guiar a la humanidad a la Verdad plena, para preparar un pueblo bien dispuesto hasta la vuelta de Jesucristo.

            Pentecostés, por tanto, es la fiesta de la Iglesia, porque es, en definitiva, el Espíritu que la anima y la impulsa por los caminos de la historia, como dice un himno de la liturgia de las horas: “Ésta es la fuerza que pone en pie a la Iglesia en medio de las plazas, y levanta testigos en el pueblo para hablar con palabras como espadas delante de los jueces”. Pero también, es el Espíritu que recrea al mundo y lo renueva constantemente. Es el Espíritu que atraviesa los muros y fronteras de las naciones para hacer de todos los pueblos un único pueblo por la fe en Jesucristo, el Señor.

            Como vemos, los siete dones que concede la gracia del Espíritu Santo son para nuestro provecho espiritual si sabemos demandarlos. La tercera Persona de la Trinidad bien sabe lo que necesitamos, el problema es que los cristianos muy pocas veces pedimos cosas grandes, nos conformamos con la oración rutinaria, pedir cosas de este mundo y para este mundo. El Espíritu Santo es quien crea en nosotros la voz de la oración, el espíritu de oración que nos hace pedir lo que realmente necesitamos.

Debemos, pues, queridos lectores, acrecentar en nosotros la fe en el Espíritu Santo, tenerle más presente en nuestra vida, confiar en sus inspiraciones e invocarle con frecuencia. Para ello, aquí te propongo la secuencia del Espíritu Santo que puede ayudarte a invocarlo con seguridad y confianza:

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.


Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.


Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado
cuando no envías tu aliento.


Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas,
infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.


Reparte tus siete dones
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.
Amén.

Dios te bendiga

viernes, 26 de mayo de 2017

SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR




Antífona de entrada

«Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Volverá como lo habéis visto marcharse al cielo. Aleluya». Tomada de los Hechos de los apóstoles capítulo 1, versículo 11. Llega el momento de la despedida. Nuestro anhelo por estar con Cristo puede llevarnos a estar constantemente mirando al cielo como si esperáramos su pronta venida sin tener en cuenta que cada domingo vuelve a nosotros bajo las especies del pan y del vino. El que se marchó ante el asombro jubiloso de los ángeles vuelve ante el estupor de los fieles y de la corte de los santos. De este modo, esta promesa de los ángeles a los discípulos se cumple en cada misa aguardando su cumplimiento definitivo al final de los tiempos.

Oración colecta

Se ofrecen dos textos:

«Dios todopoderoso, concédenos exultar santamente de gozo y alegrarnos con religiosa acción de gracias, porque la ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestra victoria, y adonde ya se ha adelantado gloriosamente nuestra cabeza, esperamos llegar también los miembros de su cuerpo. Por nuestro Señor Jesucristo». Nueva creación. Se aprecia notablemente la visión antropológica de la teología católica donde la unidad psico-somática del hombre está llamada, toda ella y entera, a participar de la gloria eterna. Esta oración pretende ofrecernos una visión de la solemnidad de la Ascensión despojada de conceptos locativos (arriba o abajo), acentuando la cuestión del estado de salvación eterna, que no es otro sino compartir el destino último de Cristo, esto es, ocupar nuestro lugar en el santuario del cielo ante la presencia del Padre eterno.

«Dios todopoderoso, concédenos habitar espiritualmente en las moradas celestiales a cuantos creemos que tu Unigénito y Redentor nuestro ascendió hoy a tu gloria. Él, que vive y reina contigo». Tomada del sacramentario gregoriano de Adrianno (s. IX) y presente en misal romano de 1570. Esta antigua oración sitúa los frutos de la Ascensión en una mera perspectiva espiritual: como consecuencia de creer en este misterio que hoy celebramos, podemos habitar en el cielo. En comparación con la colecta anterior vemos que la teología actual es más completa al recoger la renovada escatología cristiana.

Oración sobre las ofrendas

«Te presentamos ahora, Señor, el sacrificio para celebrar la admirable ascensión de tu Hijo; concédenos, por este sagrado intercambio, elevarnos hasta las realidades del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor». Tomada del sacramentario gelasiano antiguo (s. VIII) y del gregoriano de Adriano (s. IX) y presente en el misal romano de 1570. La oración está redactada en términos geográficos (ascensión-elevarnos-arriba) propio de las ideas de la antigüedad cristiana. Sin embargo, el sacrificio ofrecido en nuestra dimensión terrenal es el que puede hacer posible elevar el corazón a las realidades celestes de las que el pan y el vino son figura.

Antífona de comunión

«Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos. Aleluya». Tomada del capítulo 28 del evangelio de Mateo, versículo 20. Del mismo modo que la antífona de entrada, el último versículo del evangelio según san Mateo haya su cumplimiento en este momento de la Eucaristía. En la comunión sacramental Cristo se hace presente en medio de su pueblo con el fin de ser para ellos alimento de vida y compañía en la travesía.

Oración de pos comunión

«Dios todopoderoso y eterno, que, mientras vivimos aún en la tierra, nos concedes gustar los divinos misterios, te rogamos  que el efecto de nuestra piedad cristiana se dirija allí donde nuestra condición humana está contigo. Por Jesucristo, nuestro Señor». Es el resultado de dos textos oracionales, unidos por el verbo “quaesumus” (= te rogamos). La primera parte de la oración solo se halla en la compilación veronense (s. V), la otra parte se encuentra tanto en la compilación veronense como en los sacramentarios gelasiano antiguo (s. VIII), de Angoulenme (s. IX) y el gregoriano del papa Adriano (s. IX), pero no en el misal romano de 1570. El tema escatológico está muy presente en esta oración que, por otra parte, se sitúa en la misma línea que la oración sobre las ofrendas: el sacrificio de la misa, al hacer presente a Cristo bajo las especies del pan y del vino, nos permite pre-gustar, anticipar, el banquete eterno que llegará a su cumplimiento definitivo cuando pasemos de la figura de este mundo a las realidades del cielo, donde Cristo, cabeza de la Iglesia, espera a ésta que es su cuerpo. Es, en definitiva, la fiesta de la carne glorificada que, por medio de Cristo, ha entrada en el cielo.

Visión de conjunto

            “¿Qué hacéis mirando al cielo?” le preguntan los ángeles a aquellos atónitos apóstoles que veían, con tristeza y admiración, cómo su Señor y su amigo desaparecía de su vista mientras ascendía a lo más alto de los cielos. Con frecuencia ocurre que los cristianos podemos adoptar estas actitudes, quedarnos “embobados” mirando al cielo, esperando que Dios nos hable o realice algún prodigio. Es la actitud descorazonada de quien se siente perdido o como abandonado de un Dios que sabe que existe pero al que no logra ver, ni sentir, ni manipular. Porque esta es otra tentación: el pretender manipular a Dios, y en ella se cae cuando buscamos nuestros intereses en la oración. Creo en Dios en la medida en que Éste me hace caso y atiende todas mis necesidades del modo que yo quiero. A esto lo llamamos hacernos un dios a nuestra medida.

            Como consecuencia de estas actitudes, podemos correr el riesgo de no ver que Aquel que se ha ido al cielo, lo ha hecho para estar más cerca, aún si cabe, de nosotros. La solemnidad de la Ascensión nos enseña, por el contrario, que entrando en el santuario del cielo, Cristo inaugura un tiempo nuevo en la historia de la humanidad que está imbuido de su presencia, sobre todo, por medio de la liturgia. Del misterio de la Ascensión podemos colegir que es el tiempo de la presencia íntima de Dios en la vida de los fieles. La Ascensión del Señor hace posible la gracia en las acciones litúrgicas de la Iglesia, es decir, la Ascensión tiene como consecuencia, primera y directa, el Pentecostés, el derramamiento del Espíritu Santo sobre su Iglesia. En cada celebración pública de la Iglesia se produce un nuevo Pentecostés.

            Así pues, como vemos, la solemnidad de la Ascensión es la que hace posible que Cristo cumpla su promesa de estar siempre con nosotros hasta el final de los tiempos, porque como dice un prefacio del misal: “Él mismo, habiendo entrado en el santuario del cielo una vez para siempre, intercede ahora por nosotros como mediador que asegura la perpetua efusión del Espíritu” (Prefacio para después de la Ascensión). Su presencia habitual, tanto en la liturgia como en el alma de los fieles, solo es posible mediante la acción del Espíritu Santo, de ahí que Ascensión y Pentecostés son inseparables, dos caras de una misma moneda.

            Pero esto no queda aquí, la inhabitación del Señor en nosotros supone, más que un privilegio, una grave responsabilidad para llevar una vida en gracia rechazando todo pecado y realizando las buenas obras. Oración y caridad es el binomio en que se concentra la vida del cristiano. En el elemento oración incluimos la celebración de la santa misa, la oración personal, la lectio divina, el Rosario, etc; mientras que por caridad comprendemos las obras de misericordia (todas), el rechazo a vivir una vida fragmentada por situaciones irregulares, el cumplimiento de los mandamientos de la ley de Dios y de la santa madre Iglesia. En otras palabras, del sagrario al mundo y del mundo al sagrario; Cristo en los pobres y los pobres en Cristo.

            Ánimo, queridos lectores; les deseo una muy feliz fiesta de la Ascensión y ojalá que nos convenzamos de la presencia de Cristo en nuestras vidas gracias a la efusión del Espíritu Santo. Liturgia y vida; Misterio, celebración y vida; oración y caridad. Estas son las reglas a seguir para una sólida, seria y estable vida espiritual.

Dios te bendiga