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sábado, 23 de febrero de 2019

ES NUESTRA HORA


HOMILÍA DEL VII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            En este domingo el Señor pone la guinda en el pastel, nos muestra la excelencia de la religión cristiana. La pedagogía litúrgica de la Iglesia nos plantea el problema del obrar cristiano ante situaciones difíciles y cómo actuar.

En la primera lectura, comprobamos con que nobleza actuó el rey David cuando tuvo en sus manos el poder acabar con su enemigo y, sin embargo, perdonó su vida porque la justicia es solo de Dios. Esta acción ejemplar, dará pie, no solo para entender el Evangelio de hoy, sino para comprobar que es posible vivirlo.

El señor nos ofrece tres acciones positivas que, humanamente, es muy difícil vivir: amar a los enemigos, hacer el bien a los que nos odian, bendecir y rezar por quien nos está haciendo daño. A continuación, enumera otras cuatro acciones negativas que agitan nuestra alma y hacen que el rencor o la violencia aniden en ella: la violencia, el robo, las exigencias y el hurto.

La consecuencia es lógica: si nosotros, los cristianos, reaccionamos como humanamente se esperaría, no nos distinguiremos en nada de quienes no confiesan nuestra fe y nuestra moral. Los cristianos, en este sentido, estamos urgidos por el Salvador, a reaccionar de una manera teologal, esto es, con misericordia como es misericordioso el Padre del cielo.

Los cristianos estamos en el mundo para ser testigos del amor y de la misericordia de Dios y dar ese mismo amor y esa misma misericordia a quien no la ha experimentado, o llevarlas a donde no las conocen. Hermanos, no podemos ser estériles en este sentido. Que si no sembramos la acción bondadosa de Dios en este mundo, nadie lo hará. Que esto depende de nosotros; que Dios confía en sus hijos para hacer del mundo un lugar habitable. Solo así podremos ser, en verdad, hijos del Altísimo. Así sea.

Dios te bendiga

sábado, 20 de octubre de 2018

EN RESCATE POR MUCHOS

HOMILÍA DEL XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Queridos hermanos en el Señor:

Hoy vivimos en un mundo donde se da gran importancia al liderazgo: ser líderes de opinión, líderes de audiencia, líderes en youtube, líderes en el trabajo, en definitiva, buscamos el liderazgo en todo. Hoy estan, también, muy de moda los llamados "coach" o los "personal trainer". alguien que nos dice qué hacer, cómo actuar, qué vestir, y es que ante la inseguridad de la vida, enseguida buscamos quien nos dicte lo que hemos de decir y lo que creemos que nos conviene.

El Evangelio de hoy, a raíz de una atrevida petición de Santiago y Juan, nos ofrece una triple enseñanza sobre el liderazgo cristiano: en primer lugar, a un real seguidor de Cristo no se le ahorran sufrimiemtos en esta vida, más aún se le aseguran, y bastante desagradables, de ahí la imagen del cáliz y del bautismo que Jesús emplea en su respuesta. La segunda enseñanza es que el gozar del Reino de Dios no es algo que se consigue por méritos propios o como pago por un servicio, sino que es puro don y gracia del Padre eterno, dueño soberano de la Gloria. Y como tercera enseñanza encontramos el aserto (logion) del rescate: la misión de Jesucristo es la de dar su vida por la salvación de los hombres. Vemos pues, que Jesús hace suya la profecía de Isaias que leíamos en la primera lectura.

Jesús, ofreciendo su vida por la liberación de los hombres en manos del demonio, esta ejerciendo su oficio sacerdotal mostrando, así, su capacidad de compadecerse de nuestras debilidades, y para que alcanzaramos el trono de la gracia donde reside la misericordia y la gracia oportuna frente a la debilidad de la vida humana.

Así pues, el liderazgo cristiano que Jesús nos propone va más allá del mérito humano y de nuestras fuerzas, se trata de imitar su abajamiento a nuestro mundo y a nuestra flaquezas. Jesús confronta la actitud de los poderosos y jefes de la tierra que ejercen un liderazgo desde el dominio y la opresión, con respecto a los miembros de la Iglesia que deben ejercer su liderazgo desde el servicio y la humildad de saber que solo queremos servir a Cristo en los hermanos. Ell evangelista define el servicio de Cristo con dos palabras griegas bastante duras: "diakonos" y "doulos": la primera se refiere al servidor como tal, al que sirve las mesas, el que ejerce un oficio; la segunda palabra es aun más dura, pues se refiere al esclavo, al oficio servil, al que depende enteramente de la retribución y magnanimidad de su amo.

Pues bien, hasta este punto llega Cristo: el no quiere que sus seguidores se conformen con servir al prójimo como lo podría hacer cualquiera. No. El quiere que nuestro servicio sea real, generoso, incluso si llegara el momento de tener que dar la vida por la persona que menos se lo mereciera. Este evangelio que hemos leido, queridos hermanos, es una fuente de consuelo para nosotros por lo que Jesucristo está dispuesto a hacer por nosotros, pero es tambiñen una llamada al compromiso cristiano serio y radical. Consecuencia moral extrema de nuestro ser cristiano. Así sea.

Dios te bendiga 

viernes, 8 de junio de 2018

MISSA PRO AFFLIGENTIBUS NOS


MISA POR LOS QUE NOS AFLIGEN

I. Misterio

La quinta petición del Padrenuestro es “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, el Catecismo de la Iglesia (cf. CEC 2838-2845) nos ofrece una fantástica enseñanza sobre cómo llevarla a cabo, ofreceremos una síntesis de la doctrina de la Iglesia.

Esta petición empieza con una afirmación de nuestra miseria respecto de su Misericordia. Pero este desbordamiento de misericordia no puede penetrar en nuestro corazón mientras no hayamos perdonado a los que nos han ofendido. No podemos amar a Dios a quien no vemos, si no amamos al hermano, a la hermana a quien vemos (cf 1 Jn 4, 20). Al negarse a perdonar a nuestros hermanos y hermanas, el corazón se cierra, su dureza lo hace impermeable al amor misericordioso del Padre; en la confesión del propio pecado, el corazón se abre a su gracia.


La grandeza de esta petición de la oración del Señor reside en la partícula “como”. Con ella, expresamos una participación, vital y nacida “del fondo del corazón”, en la santidad, en la misericordia, y en el amor de nuestro Dios. Así, adquieren vida las palabras del Señor sobre el perdón, este Amor que ama hasta el extremo del amor (cf Jn 13, 1). No está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y olvidarla; pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión.

Por otra parte, el perdón es cumbre de la oración cristiana; el don de la oración no puede recibirse más que en un corazón acorde con la compasión divina. Además, el perdón da testimonio de que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte que el pecado. Los mártires de ayer y de hoy dan este testimonio de Jesús. El perdón es la condición fundamental de la reconciliación.

No hay límite ni medida en este perdón, esencialmente divino, pues se vive en la oración y sobre todo en la Eucaristía (cf Mt 5, 23-24). A este respecto es bastante elocuente el siguiente texto de san Cipriano de Cartago: «Dios no acepta el sacrificio de los que provocan la desunión, los despide del altar para que antes se reconcilien con sus hermanos: Dios quiere ser pacificado con oraciones de paz. La obligación más bella para Dios es nuestra paz, nuestra concordia, la unidad en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo de todo el pueblo fiel» (De dominica Oratione, 23).

Pasemos, pues, ya a estudiar como la Iglesia ha convertido en oración toda esta enseñanza de Jesucristo.

II. Celebración

El formulario que hoy analizamos es de nueva creación y, fundamentalmente, de inspiración bíblica. Se rige por las normas generales de las misas “ad diversa” y puede ser completada con la plegaria eucarística cuarta para las misas por diversas necesidades. Puede ser celebrada de color blanco o del color litúrgico del tiempo en que se empleé.


La oración colecta pivota sobre el mandamiento nuevo de Cristo de amarnos los unos a los otros y de amar a los enemigos (cf. Mt 5, 44-49) y la necesidad de vencer al mal con la práctica del bien (cf. Rom 12,21), llevando las cargas del prójimo (cf. Lc 6, 27-31). La oración sobre las ofrendas sitúa el sacrificio de Cristo en la cruz y su ejemplo de perdonar a sus verdugos, como el fundamento de nuestra paz y nuestro esfuerzo por buscar la reconciliación con los enemigos. La oración para después de la comunión denomina la Eucaristía “misterio de nuestra reconciliación” y se ofrece para que nosotros seamos pacíficos y los pecadores que atentan contra la Iglesia se conviertan y agraden a Dios.

Los textos bíblicos seleccionados para este formulario son: para la antífona de entrada, Lc 6, 27-28 donde se nos recuerda la inversión de valores que Cristo hace respecto del código de Hammurabi; para la antífona de comunión, Mt 5, 9-10 pues al comulgar debemos traer a la mente la bienaventuranza del ser pacíficos y de ser perseguidos por causa de Cristo. En la comunión reside nuestra fortaleza.

III. Vida

Una vez analizado el formulario eucológico estamos en disposición de extraer algunas consecuencias éticas y morales para una mejor vivencia del cristianismo.

Aunque es un tema profusamente tratado en multitud de libros y meditaciones en el cristianismo, nunca nos cansaremos de abordar el mandato de Cristo que da la excelencia al cristianismo a la par que le aporta la nota distintiva respecto de otras religiones: el amor a los enemigos. Tradicionalmente las sociedades y civilizaciones antiguas elaboraron un conjunto de normas y preceptos defensivos y bélicos para garantizar la defensa de la ciudad o de la tribu o del clan. Eran normas que exhortaban a la desconfianza, a estar a la defensiva y a no mostrar ningún atisbo de piedad respecto de los enemigos y atacantes. Multitud de ejércitos se fueron conformando y adiestrando para la guerra, imperios colonizando a otros pueblos menos fuertes y preparados y odios cada vez más crecientes que hicieron de la paz un viejo mito con pocas esperanzas de volver a ser realidad.


Ante este panorama, Cristo viene a mandar a sus discípulos que deben deponer los odios y discordias que los viejos códigos legislativos imponían, y abrazar una nueva forma de establecer relaciones sociales basadas en el amor a los enemigos y la piedad cristiana. De este modo, el cristianismo fue el factor de socialización de las civilizaciones posteriores a Roma, el creador de nuevas normas y leyes de la guerra que, sobre todo, con la escuela de Salamanca y la obra de su máximo exponente, Fray Francisco de Vitoria, dieron un nuevo enfoque a la hora de establecer las condiciones de paz con los enemigos o el bando vencido.

Por otra parte, en sus dos mil años de historia, la Iglesia ha conocido a multitud de enemigos que la han atacado y afligido en lugares diversos, en tiempos distintos y con formas y métodos múltiples. Desde los romanos hasta el Daesh pasando por la Francia revolucionaria y llegando a las leyes totalitarias de género, la Iglesia ha desempeñado su cometido evangelizador sin que le faltaran persecuciones, pero de todas ha salido victoriosa y fortalecida. De hecho, es la única institución que ha visto la tumba de sus enemigos. Aun así, a pesar de los muchos sufrimientos que ha padecido, ella es consciente y sabe que tiene que orar por sus enemigos, orar por sus perseguidores para que cesen en su rencor y su encono y vuelvan al amor de Dios, pues a Él lo que le importa es que los pecadores se arrepientan y gocen de la vida eterna. Orar por los pecadores y su conversión es deber y obligación de la Iglesia, en general, y de cada cristiano en particular.

Señores lectores, aquí reside nuestro reto y la excelencia de la religión cristiana. Esto, ya lo sabemos, no es fácil ni cómodo ni agradable pero cuando se superan los prejuicios y las barreras psicológicas que nos ponemos, hallamos una paz y serenidad en el alma tan grande que no podemos expresarlo en palabras humanas ni conceptualizarlo en legislaciones civiles.

Dios te bendiga

viernes, 1 de junio de 2018

MISSA AD POSTULANDAM CARITATEM


MISA PARA PEDIR LA CARIDAD


I. Misterio

            Afirma san Agustín: «La culminación de todas nuestras obras es el amor. Ese es el fin; para conseguirlo, corremos; hacia él corremos; una vez llegados, en él reposamos» (In ep. Io, 10, 4).

Sabemos que la caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios (cf. CEC 1822). Para los cristianos supone la suprema ley de su obrar, dado que es el mandamiento nuevo (cf Jn 13, 34) dado por Jesús en la Última Cena. De este modo, los discípulos imitan el amor de Jesús que reciben también en ellos.

Ese mismo amor que Jesús pidió para nosotros fue el que le llevó a dar su vida por los demás, sobre todo, cuando por el pecado, éramos todavía “enemigos” (Rm 5, 10). El Señor nos pide que amemos como Él hasta a nuestros enemigos, al prójimo, al lejano; que amemos a los niños y a los pobres como a Él mismo, pues lo que hacemos con ellos es como si se lo hacemos a él (cf Mt 25, 40.45).

La caridad es la primera de las virtudes teologales (1 Co 13,13). El ejercicio de todas las virtudes está animado e inspirado por ella; las articula y las ordena entre sí; es fuente y término de su práctica cristiana. La caridad asegura y purifica nuestra facultad humana de amar. La eleva a la perfección sobrenatural del amor divino (cf. CEC 1827).

En este sentido, es importante la consecuencia que marca el Catecismo de la Iglesia: «La práctica de la vida moral animada por la caridad da al cristiano la libertad espiritual de los hijos de Dios. Este no se halla ante Dios como un esclavo, en el temor servil, ni como el mercenario en busca de un jornal, sino como un hijo que responde al amor del “que nos amó primero” (1 Jn 4,19)» (1828).

Los frutos de la caridad son: el gozo, la paz y la misericordia. La caridad necesita la práctica del bien y la corrección fraterna; es benevolencia; suscita la reciprocidad; es siempre desinteresada y generosa; es amistad y comunión (cf. CEC 1829).

Veamos como ha tratado el formulario litúrgico la cuestión de la caridad como virtud teologal vertebradora de todo el universo espiritual del cristiano.

II. Celebración

La misa “Para pedir la caridad”, cuyo formulario es de nueva creación aunque esta misa también se recogía en el misal anterior, tiene su uso legislado por las normas generales para las misas ad diversa. Puede ser celebrada con los ornamentos blancos o del color del tiempo litúrgico. Conviene emplear, también, la segunda plegaria eucarística para las misas por diversas necesidades.


La oración colecta nos presenta la caridad como fruto de la acción del Espíritu Santo en nosotros, que nos mueve a buscar agradar a Dios mediante el amor sincero a los hermanos. En la oración sobre las ofrendas, al ser inflamados por el fuego del amor divino, somos movidos a amar a todos los hombres, prójimos de cada uno, como si del mismo Cristo se tratase. La oración para después de la comunión resume todo lo anterior con el concepto de “caridad perfecta”, esto es amor a Dios y amor al prójimo.

Los textos bíblicos asignados son: Ez 36, 26-28 para el introito, donde se recuerda la promesa hecha por Dios a su pueblo – y por prefiguración – a nosotros, de cambiar nuestro corazón esclerotizado por un corazón de carne que sienta y padezca. Para la antífona de comunión se ofrece 1Cor 13, 13, donde san Pablo nos recuerda, a la hora de comulgar, que la virtud principal e imperecedera es el amor de caridad, pues la comunión es alimentarnos de Cristo, amor de los amores y caridad misma.

III. Vida

Tras el análisis del formulario, podemos sacar algunos puntos fundamentales para entender qué es la caridad y cómo podemos vivirla cada día mejor:

La caridad, virtud teologal: es una virtud sobrenatural infundida por Dios en nuestra alma, con la que amamos a Dios por Sí mismo sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios. Como virtud teologal, la caridad se va desarrollando y creciendo a medida que vamos conociendo el bien y el mal, lo bueno y la malo, pero, sobre todo, en la medida en que ejercemos y nos guiamos por la piedad cristiana que nos impulsa a amar a todos, con especial dedicación a los más necesitados y, con amor genuino, a los enemigos y a los que más cuesta amar. Pero es que ahí está la excelencia de la virtud cristiana: en amar a los enemigos, a los que se nos hacen más odiosos.


Amar a Dios: en el primer mandamiento, Dios nos ordena que le reconozcamos, adoremos, amemos y sirvamos a Él solo, como a nuestro supremo Señor. También podemos amar a Dios a través de estas prácticas: 1. La adoración: adorar a Dios es reconocerle como Dios, como Creador y Salvador, Señor y Dueño de todo lo que existe, como Amor infinito y misericordioso. 2. La oración: la oración es una condición indispensable para poder obedecer los mandamientos de Dios. 3. El sacrificio: el sacrificio exterior, para ser auténtico, debe ser expresión del sacrificio espiritual. 4. Promesas y votos: por devoción personal, el cristiano puede también prometer a Dios un acto, una oración, una limosna, una peregrinación, etc. La fidelidad a las promesas hechas a Dios es una manifestación amor hacia el Dios fiel.

Amar al prójimo: es consecuencia del amor a Dios, a la vez que el fundamento para amar a Dios. Una paradoja más de la fe. La caridad cristiana para con el prójimo no es altruismo ni filantropía, tal vez éstas pudieran ser lo básico que a todo el mundo se le exige, pero no. La caridad cristiana supone un salir de uno mismo para ir al encuentro del otro, ser servidores de los demás y procurar sembrar el bien y la felicidad por donde nos movamos. El amor al prójimo supone reconocer la imagen de Dios en el otro; el prójimo no me es extraño, sino un hermano, un hijo de Dios al que me unen lazos espirituales. La caridad horizontal es presencia de Dios en el mundo, santificación del alma a la cual, al volcarse con la imagen moral de Dios, le son perdonados los pecados.

Así pues,  la caridad perfecta supone, ante todo, amar en cruz, amar a Dios, travesaño vertical que une el cielo y la tierra, haciéndonos hijos de Dios, filiación divina adoptiva por el bautismo; y el amor al prójimo, travesaño horizontal que une a los hombres entre sí, fundiéndonos en una fraternidad universal. La fraternidad humana es el correlato necesario y lógico de la filiación divina, concentrando en sí toda la realidad teologal y última de la Iglesia como sacramento de salvación. La oración del Padrenuestro, recogida en la versión del evangelio según san Mateo, aúna estas dos dimensiones en un sintagma nominal: “Padre” (filiación divina) y  “nuestro” (fraternidad cristiana). Vivamos, pues, esta doble dimensión de la caridad para alcanzar la santidad, que es el gran regalo de Dios a los hombres.

Dios te bendiga

sábado, 5 de mayo de 2018

AMIGOS DE JESÚS


HOMILÍA DEL VI DOMINGO DE PASCUA


Queridos hermanos en el Señor:

            En el sexto domingo de la Pascua, la liturgia nos ofrece la segunda parte del Evangelio que ya iniciamos en el domingo anterior. Si en la primera parte se nos invitaba a permanecer unidos a Jesucristo como los sarmientos a la vida, en este domingo se nos invita a considerar la consecuencia más extrema y radical de esta permanencia amorosa: la entrega de la vida por los demás.

            En la primera lectura, encontramos el pasaje donde se nos ofrece el punto de arranque de la universalización del mensaje evangélico. El Espíritu Santo se derrama indistintamente sobre judíos y paganos siempre y cuando estos crean en Jesucristo y practiquen las buenas obras que brotan de la fe. De esta manera, el Evangelio, al revelarse a las naciones, se va abriendo camino por el mundo entero hasta llegar a todos los rincones de la tierra. Durante dos mil años el mensaje ha sido siempre el mismo: que Dios es amor y que su amor se ha manifestado a nosotros enviándonos a su Hijo Jesucristo para morir por nosotros.


            En ese Cristo enviado, muerto y resucitado, es en quien hemos puesto nuestra esperanza y nuestra vida. Es el que ha traído la alegría al mundo entero y ha construido sociedades y civilizaciones.  Y es en ese mismo Mesías y Señor glorioso en el cual nosotros, por el bautismo, estamos injertados como los sarmientos a la vid.

            El mensaje de Cristo para este domingo es muy directo: “así os he amado yo: dando la vida por mis amigos, vosotros sois mis amigos porque yo os he elegido para que permanezcáis en mi amor y deis fruto abundante y duradero. Porque solo así vuestra alegría será plena”. Y esta plenitud reside en la apertura universal que adquiere el mensaje evangélico: que Dios es amor y nos ha mostrado su amor enviado a su Hijo al mundo para entregar su vida por nosotros.


            Somos, por tanto, fruto de una elección divina, una elección realizada en el amor. Elegidos por Dios, desde la eternidad, para ser amigos suyos, para agradarle en medio del mundo, o lo que es lo mismo, para ser santos e irreprochables ante Él por el amor. Ser amigos de Dios no es otra cosa que ser santos en medio del mundo, cristianos que transformen sus ambientes según Dios. pero esto solo podemos vivirlo en la medida en que estemos muy unidos a Jesús y amemos a los hombres y mujeres de este mundo tal como les ama el Señor, tal como nosotros hemos sido amados por el Señor: entregando la vida por ellos.

            Queridos hermanos, es un reto precioso el que Jesucristo nos propone en este domingo. Es un camino de santidad maravilloso, apasionante y contagioso el que Jesús quiere que transitemos unidos a su amor. Ojalá estemos dispuesto a ellos. Así sea.

Dios te bendiga

sábado, 18 de febrero de 2017

EL AMOR, MÁS ALLÁ DE LO MANDADO


HOMILIA DEL VII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            La temática de las lecturas de este domingo es el corolario de las del anterior. Si el domingo pasado el Señor nos exhortaba a superarnos moralmente frente a los fariseísmos e hipocresías que se apegan a cumplir el minimum indispensabile de la ley, hoy no basta con esto, sino que la aspiración es a la de ser santos como Dios es santo y perfectos como nuestro Padre Dios es perfecto.

            El pasaje del libro de Levítico, que es un tratado sacerdotal sobre prescripciones morales para incrementar la vida ética del pueblo, nos presenta una profecía: “seréis santos”. Pero… ¿cómo será esto? ¿Qué hemos de hacer? El mismo Dios nos da tres claves: 1. No odiar; 2. No buscar venganza ni albergar rencor; 3. Amar al prójimo como a uno mismo. Sobre la prescripción de no odiar, el texto nos llama a ponerla por obra advirtiendo al otro de su pecado, pues el mayor acto de odio es consentir la condenación del prójimo impidiendo cualquier posibilidad de salvación para éste. De ahí nace el grave deber de la Iglesia, cuerpo de Cristo y Pueblo de Dios, de denunciar todo aquello que corrompe la verdad y socaba los fundamentos más profundos de la esencia del hombre.

            La compasión y misericordia como atributos de Dios, que el salmo no invita a cantar en esta liturgia de alabanza, vienen a poner delante de nosotros cuál es el origen de la santidad que el hombre quiere vivir. Cuando en las catequesis o charlas se aborda este tema se presenta como si de un premio o un fin en sí mismo se tratase, como si ser santo fuera algo que obtenemos al final de la vida. Y vemos que los textos de hoy nos dicen lo contrario: la santidad es un don de Dios que se nos ha dado en el bautismo y que configura y define a los miembros de la Iglesia; hasta el punto de que san Pablo dirá en su Carta a los Corintios que los cristianos son templo de Dios y el templo de Dios es santo, luego los cristianos son el pueblo de los santos. Pero claro, muy ingenuos seriamos si pensáramos que la santidad es un medio de vida que ya tenemos. No. La santidad es potencia y acto: es decir, acto en cuanto que se nos ha dado por el bautismo, pero potencia en tanto en cuanto la vayamos viviendo y actualizando cada día con nuestros actos, palabras y pensamientos asistidos por la gracia divina. La santidad es, básicamente, tomar conciencia del bautismo y, por ende, de nuestra pertenencia a Cristo, como dice san Pablo “vosotros de Cristo y Cristo de Dios”.

            El mismo filón teológico-espiritual del Levítico será retomado por Jesús en su predicación. Seguimos en el llamado “Sermón de la Montaña”. Tras la Bienaventuranzas como programa de vida del cristiano, la imagen de la sal y la luz como dinamismo misionero del mismo y la llamada a la superación moral de la estricta ley, Jesús sigue desarrollando este último tema aboliendo la antigua “ley del talión”. Recibe su nombre de la palabra latina “Talis” que significa “tal como” o “semejante”. Esta ley aparece en el código de Hammurabi y en la ley romana de las 12 tablas. Al contrario de lo que pudiera parecer, la redacción de esta ley supuso un progreso moral ya que limitaba la venganza a la exacta reciprocidad, esto es, la hacía proporcional al daño causado. Pero Jesús no se conforma con ni con la exacta reciprocidad ni con la proporcionalidad humana. Él va más allá; por eso enumerará una serie de acciones que suponen la superación del rencor y la venganza, que ya rechazaba el Levítico.

            La frase que desencadena la nueva ley moral de Jesús es la de “no hagáis frente al que os agravia” inspirada en Proverbios 25, 21: “si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber” y en Romanos 12,21: “no te dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal con el bien”. Jesús rechaza una resistencia violenta, Él quiere una psicológica y moral que obligue al adversario a cambiar internamente. Sólo así se consigue la perfección. Idea ésta última interesante de  comentar: la palabra griega que usa el evangelista para hablar de “ser perfecto” es “teleioi” (teleioi) del sustantivo griego “teleios” que implica una obra acabada y perfecta a la que no falta nada. En lenguaje bíblico significa “lo que es conforme al ideal divino” es decir, la vivencia fiel a la alianza y al amor constante. Así pues, la perfección supone un movimiento constante y perseverante hacia el sumo bien, en otras palabras: un progreso dinámico de la santidad, una búsqueda incesante de la santidad.

Esto es a lo que Jesús nos llama hoy: a no quedarnos, de nuevo, en la pura literalidad de la ley, a superarnos cada día en nuestra vivencia del cristianismo. Porque, hermanos míos, esto es lo que distingue al cristiano de las buenas personas: la capacidad de amar a los enemigos, de rezar por ellos, de no sucumbir a los instintos primarios de la venganza o del odio. Este es el “plus” que el cristianismo añade a la pura y desnuda filantropía. Quien vive de esta manera obtendrá méritos de santidad para con Dios pues como bien dice el prefacio I de los santos “al coronar sus méritos, coronas tu propia obra”.

Hermanos míos, no podemos quedarnos en un cristianismo ramplón y descafeinado. El amor cristiano o escandaliza al mundo o no es verdadero amor. ¿Qué nos impide vivir esto? ¿Dónde quedó nuestra pasión por Cristo? ¿Quiero ser santo o mediocre? ¿Tengo conciencia de ser parte del templo vivo de Dios? ¿La compasión y la misericordia son virtudes en mí? ¿En qué lugar del camino las dejé? Pidamos, pues, la asistencia del Espíritu para que cada día nos superemos moralmente, espiritualmente y humanamente y hagamos realidad en nuestra sociedad ese mundo nuevo que anhelamos de justicia y paz, que es el Reino de Dios. Reino de paz y justicia, Reino de vida y verdad que habrá de advenir al final de los tiempos.

Dios te bendiga