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viernes, 1 de junio de 2018

MISSA AD POSTULANDAM CARITATEM


MISA PARA PEDIR LA CARIDAD


I. Misterio

            Afirma san Agustín: «La culminación de todas nuestras obras es el amor. Ese es el fin; para conseguirlo, corremos; hacia él corremos; una vez llegados, en él reposamos» (In ep. Io, 10, 4).

Sabemos que la caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios (cf. CEC 1822). Para los cristianos supone la suprema ley de su obrar, dado que es el mandamiento nuevo (cf Jn 13, 34) dado por Jesús en la Última Cena. De este modo, los discípulos imitan el amor de Jesús que reciben también en ellos.

Ese mismo amor que Jesús pidió para nosotros fue el que le llevó a dar su vida por los demás, sobre todo, cuando por el pecado, éramos todavía “enemigos” (Rm 5, 10). El Señor nos pide que amemos como Él hasta a nuestros enemigos, al prójimo, al lejano; que amemos a los niños y a los pobres como a Él mismo, pues lo que hacemos con ellos es como si se lo hacemos a él (cf Mt 25, 40.45).

La caridad es la primera de las virtudes teologales (1 Co 13,13). El ejercicio de todas las virtudes está animado e inspirado por ella; las articula y las ordena entre sí; es fuente y término de su práctica cristiana. La caridad asegura y purifica nuestra facultad humana de amar. La eleva a la perfección sobrenatural del amor divino (cf. CEC 1827).

En este sentido, es importante la consecuencia que marca el Catecismo de la Iglesia: «La práctica de la vida moral animada por la caridad da al cristiano la libertad espiritual de los hijos de Dios. Este no se halla ante Dios como un esclavo, en el temor servil, ni como el mercenario en busca de un jornal, sino como un hijo que responde al amor del “que nos amó primero” (1 Jn 4,19)» (1828).

Los frutos de la caridad son: el gozo, la paz y la misericordia. La caridad necesita la práctica del bien y la corrección fraterna; es benevolencia; suscita la reciprocidad; es siempre desinteresada y generosa; es amistad y comunión (cf. CEC 1829).

Veamos como ha tratado el formulario litúrgico la cuestión de la caridad como virtud teologal vertebradora de todo el universo espiritual del cristiano.

II. Celebración

La misa “Para pedir la caridad”, cuyo formulario es de nueva creación aunque esta misa también se recogía en el misal anterior, tiene su uso legislado por las normas generales para las misas ad diversa. Puede ser celebrada con los ornamentos blancos o del color del tiempo litúrgico. Conviene emplear, también, la segunda plegaria eucarística para las misas por diversas necesidades.


La oración colecta nos presenta la caridad como fruto de la acción del Espíritu Santo en nosotros, que nos mueve a buscar agradar a Dios mediante el amor sincero a los hermanos. En la oración sobre las ofrendas, al ser inflamados por el fuego del amor divino, somos movidos a amar a todos los hombres, prójimos de cada uno, como si del mismo Cristo se tratase. La oración para después de la comunión resume todo lo anterior con el concepto de “caridad perfecta”, esto es amor a Dios y amor al prójimo.

Los textos bíblicos asignados son: Ez 36, 26-28 para el introito, donde se recuerda la promesa hecha por Dios a su pueblo – y por prefiguración – a nosotros, de cambiar nuestro corazón esclerotizado por un corazón de carne que sienta y padezca. Para la antífona de comunión se ofrece 1Cor 13, 13, donde san Pablo nos recuerda, a la hora de comulgar, que la virtud principal e imperecedera es el amor de caridad, pues la comunión es alimentarnos de Cristo, amor de los amores y caridad misma.

III. Vida

Tras el análisis del formulario, podemos sacar algunos puntos fundamentales para entender qué es la caridad y cómo podemos vivirla cada día mejor:

La caridad, virtud teologal: es una virtud sobrenatural infundida por Dios en nuestra alma, con la que amamos a Dios por Sí mismo sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios. Como virtud teologal, la caridad se va desarrollando y creciendo a medida que vamos conociendo el bien y el mal, lo bueno y la malo, pero, sobre todo, en la medida en que ejercemos y nos guiamos por la piedad cristiana que nos impulsa a amar a todos, con especial dedicación a los más necesitados y, con amor genuino, a los enemigos y a los que más cuesta amar. Pero es que ahí está la excelencia de la virtud cristiana: en amar a los enemigos, a los que se nos hacen más odiosos.


Amar a Dios: en el primer mandamiento, Dios nos ordena que le reconozcamos, adoremos, amemos y sirvamos a Él solo, como a nuestro supremo Señor. También podemos amar a Dios a través de estas prácticas: 1. La adoración: adorar a Dios es reconocerle como Dios, como Creador y Salvador, Señor y Dueño de todo lo que existe, como Amor infinito y misericordioso. 2. La oración: la oración es una condición indispensable para poder obedecer los mandamientos de Dios. 3. El sacrificio: el sacrificio exterior, para ser auténtico, debe ser expresión del sacrificio espiritual. 4. Promesas y votos: por devoción personal, el cristiano puede también prometer a Dios un acto, una oración, una limosna, una peregrinación, etc. La fidelidad a las promesas hechas a Dios es una manifestación amor hacia el Dios fiel.

Amar al prójimo: es consecuencia del amor a Dios, a la vez que el fundamento para amar a Dios. Una paradoja más de la fe. La caridad cristiana para con el prójimo no es altruismo ni filantropía, tal vez éstas pudieran ser lo básico que a todo el mundo se le exige, pero no. La caridad cristiana supone un salir de uno mismo para ir al encuentro del otro, ser servidores de los demás y procurar sembrar el bien y la felicidad por donde nos movamos. El amor al prójimo supone reconocer la imagen de Dios en el otro; el prójimo no me es extraño, sino un hermano, un hijo de Dios al que me unen lazos espirituales. La caridad horizontal es presencia de Dios en el mundo, santificación del alma a la cual, al volcarse con la imagen moral de Dios, le son perdonados los pecados.

Así pues,  la caridad perfecta supone, ante todo, amar en cruz, amar a Dios, travesaño vertical que une el cielo y la tierra, haciéndonos hijos de Dios, filiación divina adoptiva por el bautismo; y el amor al prójimo, travesaño horizontal que une a los hombres entre sí, fundiéndonos en una fraternidad universal. La fraternidad humana es el correlato necesario y lógico de la filiación divina, concentrando en sí toda la realidad teologal y última de la Iglesia como sacramento de salvación. La oración del Padrenuestro, recogida en la versión del evangelio según san Mateo, aúna estas dos dimensiones en un sintagma nominal: “Padre” (filiación divina) y  “nuestro” (fraternidad cristiana). Vivamos, pues, esta doble dimensión de la caridad para alcanzar la santidad, que es el gran regalo de Dios a los hombres.

Dios te bendiga

sábado, 28 de abril de 2018

CAMINAR, CREER Y AMAR


HOMILIA DEL V DOMINGO DE PASCUA


Queridos hermanos en el Señor:

Si el IV domingo de Pascua nos presentaba a Jesucristo bajo la imagen del Buen Pastor, el V domingo de Pascua, en el cual nos encontramos nos ofrece la imagen de la vid como figura representativa del Señor Jesús. Pero ¿Por qué Cristo usa esta imagen? ¿Qué nos quiere decir con ella? Dejemos, pues, ahora que sean los mismos textos, en su conjunto, los que nos hablen.

En primer lugar, el libro de los Hechos de los apóstoles nos narra el encuentro de san Pablo con los apóstoles de Cristo, tras su conversión. Al principio, sienten miedo de este personaje neo-converso, puesto que hace poco le habían visto perseguir con saña a la Iglesia de Dios. Sin embargo, Pablo les cuenta como persiguiendo al Camino, él se encontró con Él en medio del camino. Hay un precioso juego de significados en este pasaje: en Hechos 9, 2 se dice que Pablo perseguía a los miembros que pertenecían al camino, hombres y mujeres; en Hechos 9, 27 narra cómo se encuentra con Jesús en medio del camino. De alguna manera nos está indicando que él seguía un camino falso y plagado de error y mentira, y en esto, Cristo, el verdadero camino, le salió al encuentro para re-calcular su ruta hacia el camino verdadero, en su Iglesia.

Del mismo modo, hoy Jesucristo quiere seguir llamando a cada uno de nosotros y a cada uno de los hombres y mujeres que pueblan este mundo a re-orientar la ruta de su vida, a re-emprender el camino verdadero y alejarse de tosa senda mala que conduzca a la perdición. En definitiva, queridos hermanos, se trata de vivir en el seno de la Iglesia, cuerpo de Cristo, y, por tanto, camino verdadero de la fe que debe progresar en el tiempo en exquisita fidelidad a su Señor.


Jesús es el camino que debemos transitar para llegar al Padre. Pero…¿Cómo hacerlo? en este punto, el Evangelio es muy claro y diáfano: permaneciendo siempre unidos a Él y dando frutos de buenas obras; o dicho de otra manera, usando las palabras de la carta de san Juan, la segunda lectura de hoy: creyendo en Él y amándonos los unos a los otros. Y así es como, precisamente, recibe gloria el Padre Dios en medio de la gran asamblea.

Creer y amar son los dos verbos principales que iluminan la imagen de la vid aplicada a Jesucristo. Permanecer unidos a Cristo, vid verdadera, significa creer en él, adherirse a él, sintonizar con Él en sus pensamientos, palabras, gestos y actitudes. Ver la vida como la ve Cristo y tratar a las personas como las trata Cristo. Permanecer en su amor significa hacer de la misericordia, el amor y el perdón los principios motrices de nuestra vida, los pilares basales de nuestra existencia. Permanecer unidos a Él supone desarraigar de nosotros cualquier tipo de pecado que nos apartare de su amor, hacer una opción fundamental por ser SANTOS y no quedarse en la mediocridad del buenismo personal. Ser sarmiento unido a la vida, de donde recibimos el alimento que nos hace crecer y desarrollarnos, supone un gran ejercicio de humildad, de saber que no somos el centro ni lo más importante, sino Cristo. Que es Él quien debe marcar nuestras rutas y ser Él quien tome forma en nosotros. Todo esto supone creer y permanecer en su amor.


Pero que significa amar y dar frutos de buenas obras para glorificar a Dios. Esta es otra tarea ardua. Si el punto anterior era don de su gracia; este segundo es tarea nuestra que hemos de acometer con tesón y paciencia. Dar fruto significa amar sin medida, ser generosos en la caridad, vivir la ley del Evangelio. Dar fruto significa salir al encuentro del otro, del necesitado, del marginado. Dar fruto de buenas obras, significa tener claro que somos cooperadores en la construcción del Reino de Dios, un Reino de amor, de justicia, de paz y de verdad.

Queridos hermanos, seguir a Cristo, vid verdadera, supone un don y una tarea que no podemos eludir si queremos ser salvados. Nadie dijo que fuera fácil pero sí apasionante y contagioso. ¿Estaremos dispuestos a dar frutos? ¿Estamos unidos a Jesús verdaderamente? O ¿estamos unidos a nuestros caprichos, afectos, gustos personales, etc? ¿Busco la gloria de Dios o mis éxitos personales? ¿Mi conciencia responde ante Dios o más bien busca la complacencia y el aplauso del mundo? Que Dios nos conceda la gracia de estar siempre unidos al Señor en el camino de su Iglesia. Así sea.

Dios te bendiga

sábado, 28 de octubre de 2017

AMAR A DIOS Y AL PRÓJIMO


HOMILÍA DEL XXX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO



Queridos hermanos en el Señor:

            Las lecturas de este domingo no admiten muchas explicaciones puesto que son bastantes elocuentes por si mismas. Le ley de Dios se fundamenta y sostiene en dos pilares: el amor a Dios y el amor al prójimo. Ambas cosas no son contradictorias sino que van de la mano hasta el punto de depender la una de la otra.

            La pregunta tramposa que le hacen los juristas judíos a Jesús es muy sencilla “¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley?” esto es, dónde está el núcleo y síntesis de todo lo dispuesto por Dios; dicho de otra manera ¿Qué es lo que más agrada a Dios y da sentido a toda la ley de su voluntad?

Aunque lejana en el tiempo, esta pregunta continúa formulándose de distinta manera en nuestro tiempo. No son pocas las veces qué oímos “Es más importante hacer buenas obras que rezar tanto”, “los que van a misa son los peores porque mucho golpe de pecho pero luego no ayudan a nadie”, o la frase bochornosa del liberal y agnóstico americano, Robert G. Ingersoll “las manos que ayudan son más nobles que los labios que rezan”. Olvidando, precisamente, que los labios que rezan pertenecen, la mayoría de las veces, a las manos que ayudan.


La respuesta de Jesús despeja toda duda que pueda surgir en este binomio Dios-prójimo. El amor a Dios no es otra cosa que la vivencia fiel de la Alianza con Él. El amor a Dios es un movimiento de la persona entera (corazón, alma y ser), de su voluntad de acción. En este empeño, el hombre ha de poner toda su vida y sus capacidades. Del amor a Dios es el fundamento de toda la ley y el manantial de donde fluyen el resto de preceptos, incluido el de Lv 19, 18 donde se indica el amor al prójimo.

Pero incluso el amor al prójimo, para los cristianos, es un mandamiento determinado por la cláusula “como a ti mismo”. ¿Cómo entender esto? Si hay gente que no se estima ni se quiere ¿cómo puede amar, así, a nadie? Debemos saber interpretar esta expresión. El “como a ti mismo” depende del amor a Dios ¿por qué? Porque cada uno de nosotros es, en sí mismo, imagen y semejanza de Dios; y esto es lo que debemos aprender a ver en los demás, de ahí que amar al prójimo como a uno mismo significa amar la imagen de Dios en el otro, el reflejo de mi yo en un tú que me interpela y me hace procurar y querer su bien. Esta es la base del humanismo cristiano: descubrir la presencia de Dios en el prójimo, por eso Jesús dice “el segundo es semejante al primero”, porque amar a Dios y amara al prójimo en cuanto imagen de Dios, es lo mismo. No hay distinción.


Esta identificación de la caridad, que como hemos pedido en la oración colecta, debe ir aumentando en nosotros,  es el nudo que unifica y sostiene toda la Torá, es decir, la ley judía y la nueva ley de los cristianos. Aquí radica el “quid” del avance moral del cristianismo. Luego, la lectura del libro del Éxodo será la que nos ayude a concretar ese amor a Dios y al prójimo; la búsqueda de la justicia y de la misericordia.

Así pues, queridos hermanos, no nos podemos conformar con las críticas frívolas ni los consejos edulcorantes de que solo basta con ser buenas personas. No. Lo nuestro no es altruismo ni filantropía sino Amor con mayúsculas. Un amor sin medida a Dios y sin límites al prójimo, amando en ellos lo que amamos en nosotros, esto es, nuestro ser imagen y semejanza de Dios, hijo de Dios por adopción. Así sea.
                                                           Dios te bendiga


sábado, 14 de octubre de 2017

TRAJE DE BODAS


HOMILIA DEL XXVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            Si el domingo pasado, las lecturas nos invitaban a meditar sobre la necesidad de dar frutos de buenas obras, las de este domingo siguen la misma línea teológica. Si el domingo pasado, el evangelista Mateo nos presentaba una síntesis de la Historia de la Salvación de forma alegórica, este domingo nos plantea otra parábola en labios de Jesús que viene a ser otra alegoría sobre las bodas escatológicas que Dios quiere celebrar con la humanidad. La parábola continúa el mismo esquema literario: dos llamadas a los primeros invitados, a un primer destinatario que rechaza dicha propuesta, y una llamada definitiva a un segundo invitado, a un segundo destinatario que abraza la propuesta y se queda con ella. A los primeros se la quita y al segundo se le da para que de nuevos y buenos frutos.

            Se trata, hoy, de un rey que quiere celebrar la boda de su hijo, imagen del tiempo mesiánico que se inaugura con Jesucristo. Para dicha fiesta se ha dispuesto un banquete repleto de toda clase de manjares exquisitos y vinos de solera, se trataría de ese banquete definitivo que ya Isaías había profetizado en la primera lectura y que estaba abierto para todos los que quisieran acercarse a él. Para dar a conocer este banquete último de bodas, el rey manda a sus criados por dos veces a los primeros destinatarios de la fiesta, es decir, manda profetas, signos y señales al pueblo de Israel, primer destinatario de la salvación. Pero, también, por dos veces, este pueblo rechaza la invitación. Frente al acto libre de la bondad de Dios nos topamos con el rechazo terco del pueblo judío que no atiende a la urgencia final de estos tiempos que Jesús inaugura, hasta, incluso, matar a los enviados. La consecuencia no se hace esperar: el rey enfadado les arrebata la invitación y los destruye; e, incluso, aniquila la ciudad, como ocurrió, efectivamente, en el año 70 con la destrucción del Templo de Jerusalén y la ciudad.

            Aun así, la boda ni se retrasa ni se anula. La invitación ahora se dirigirá a los no destinatarios principales, a los que pululan por los cruces de los caminos, a los que negocian en los mercados, es decir, a la gente normal que hace su vida, que lucha por vivir y se siente marginada por las élites como si pensaran que esto de la salvación no va con ellos. Pues bien, la invitación a participar de los tiempos nuevos de Cristo va dirigida a todos sin excepción, buenos y malos: marginados de Israel, publicanos y despreciados, pecadores y justos para formar un nuevo pueblo integrados por todos a condición de que den frutos nuevos de buenas obras. De ahí la importancia de ir bien vestido a la boda con el traje de fiesta. No basta con formar parte de los nuevos invitados, o entrar de cualquier manera en la boda, sino que debemos ir bien vestidos, bien dispuestos para no desmerecer el festín en el que estamos, que es la Iglesia. Por eso, el rey no dudará en expulsar de la boda a aquel invitado-intruso que no se había molestado en prepararse bien, el típico invitado gorrón que se cuela para aprovecharse del banquete sin importarle nada más.


Vemos, así que efectivamente muchos son los llamados a la salvación, o dicho de otra manera, la llamada a salvarse es universal pero son pocos los que perseveran en esta llamada y fracasan. Todos hemos sido convidados a participar de la redención operada por Jesucristo pero muy pocos son los que la hacen suya, las que la aceptan en sus vidas. Aquí se esconde el sentido profundo del cambio en la traducción de las palabras del cáliz: no es “por todos” sino “por muchos”, ofreciendo así una visión más realista de la salvación.


Ahora bien, nosotros, los cristianos, los miembros de este nuevo Pueblo de Dios ¿Cómo lo vivimos? Ahora nosotros somos los convidados a las bodas escatológicas de Jesucristo; los llamados a entrar en la sala del festín donde los manjares exquisitos y los vinos de solera nos esperan, pero… ¿cómo vamos a entrar? ¿Tenemos el vestido de fiesta preparado? ¿Cómo es nuestra actitud hacia los dones de Cristo? A este banquete no se puede acceder de cualquier manera, la invitación es gratuita pero no barata: se nos exige el cambio y la conversión. Hay quienes ingenuamente piensan que con pertenecer a la Iglesia hay bastante, sin preocuparse de vivir honestamente la fe. Eso es un error garrafal de consecuencias nefastas, como vimos en la parábola.

En estos tiempos que corren tenemos que sentir la urgencia de confeccionarnos el traje nuevo de fiesta, que no es otra cosa que la coherencia de la fe, la vivencia honrada del trabajo cotidiano, de la caridad sincera, de la esperanza cierta. El traje nuevo es el amor a Dios expresado en todas sus formas, externas e internas, que los cristianos tenemos que aprender a vivir. En definitiva, queridos hermanos, este domingo la llamada a perseverar en las buenas obras de fe se hace más urgente, si cabe, dado los tiempos últimos en que nos toca vivir. No nos desanimemos sino que continuemos adelante poniendo nuestra confianza en Dios de quien viene todo bien y quien nunca abandona a sus hijos. Así sea.

Dios te bendiga

viernes, 29 de septiembre de 2017

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO





Antífona de entrada

«Cuanto has hecho con nosotros, Señor, es un castigo merecido, porque hemos pecado contra ti y no hemos obedecido tus mandamientos; pero da gloria a tu nombre y trátanos según tu gran misericordia». Del libro del profeta Daniel, capítulo 3, versículos 31 y 29 y 30 y 43 y 42. Tras la profanación del templo de Jerusalén por parte del rey Nabucodonosor, Azarías eleva una súplica de la comunidad confesando la culpa del pueblo por haber caído en el pecado de idolatría. Pero al lado de la confesión de culpas encontramos la apelación a la misericordia infinita de Dios. La antífona de la misa de hoy nos indica el tono penitencial del resto del formulario; sin embargo, debemos tener en cuenta que es domingo y por tanto la confesión de la culpa está marcada por el poder indulgente del resucitado que nos lleva al cielo borrando nuestros delitos.

Oración colecta

«Oh Dios, que manifiestas tu poder sobre todo con el perdón y la misericordia, aumenta en nosotros tu gracia, para que aspirando a tus promesas, nos hagas participar de los bienes del cielo. Por nuestro Señor, Jesucristo». Aparece por vez primera en el sacramentario gelasiano antiguo (s. VIII) y mantenida en el misal romano de 1570. Frente a la antífona de entrada donde hemos visto como Azarías habla de la posibilidad de un castigo como expresión del poder divino, la oración colecta dice que Dios como verdaderamente manifiesta su poder es con el poder y la misericordia. De este Dios misericordioso nos viene la gracia de poder un día participar de su vida divina, la mayor promesa referida y la más alta aspiración del hombre.

Oración sobre las ofrendas

«Concédenos, Dios de misericordia, aceptar esta ofrenda nuestra y que, por ella, se abra para nosotros la fuente de toda bendición. Por Jesucristo, nuestro Señor». De nueva incorporación. El hombre no puede ofrecer a Dios otra cosa que la que Dios le ha dado para que le ofrende. Los dones del pan, del vino y el agua, al ser convertidas en Cuerpo y Sangre del Señor, son la llave que abre la puerta de la gracia del cielo que no es otra sino el mismo Jesucristo.

Antífonas de comunión

«Recuerda la palabra que diste a tu siervo, Señor, de la que hiciste mi esperanza; este es mi consuelo en la aflicción». Del salmo 118, versículos del 49 al 50. Siguiendo el tono penitencial de la misa, la recepción del Cuerpo y la Sangre del Señor nos ofrece un momento propicio de solaz y consuelo en el duro combate contra el mal y el pecado en esta vida. La palabra prometida que inspira la esperanza del cristiano es la de aquella por la cual Cristo dijo que estaría con nosotros hasta el fin del mundo. Su continua presencia en la Eucaristía es la cumplida promesa que nos consuela y alienta para seguir adelante.

«En esto hemos conocido el amor de Dios: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos». De la primera carta del apóstol san Juan, capítulo 3, versículos 16. La Eucaristía es sacramento de la entrega pascual de Cristo y por tanto figura y ejemplo de nuestra propia entrega pues nadie tiene más amor que el que entrega su vida por los demás.

Oración después de la comunión

«Señor, que el sacramento del cielo renueve nuestro cuerpo y nuestro espíritu, para que seamos coherederos en la gloria de aquel cuya muerte hemos anunciado y compartido. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos». Esta oración hunde sus raíces en su primera parte [Señor,…espíritu] en el sacramentario de Angoulenme (s. IX) el resto es nuevo. Es una oración que parte de una antropología unitaria: la gracia del sacramento afecta a todo el hombre entero, pues todo él (cuerpo y alma) está llamado a la gloria, primero el alma en el juicio particular y después el cuerpo resucitando en el juicio universal. Por otra parte, la Eucaristía, en este sentido, vuelve a ser considerada desde la óptica escatológica: por este sacramento anticipamos la gloria eterna que Cristo nos ganó con su pascua; pascua que anunciamos y compartimos en este alimento sacramental.

Visión de conjunto

¡Cuán difícil es la función de ser padres! ¡Qué complicado es educar a los hijos! Por ellos harías cualquier cosa. Estás pendiente de todo. Te importa todo lo suyo. A veces debes echar mano de la severidad y otra de la vehemencia para que te obedezcan, sazonado todo ello con la ternura y el cariño. Pues bien. Todo esto, queridos lectores, los que sois padres o madres de familia y tenéis o habéis tenido hijos a vuestro cargo sabéis bien lo que es, lo que significa y lo que supone.

Creo que educar a una persona debe ser de las tareas más hermosas que hay, a la par que difícil. Nunca sabes cómo vas a atinar con ellos. Sin embargo, todo lo haces por su bien y con miras a su mejor formación y defensa en la vida.

Del mismo modo, actúa Dios con nosotros, sus hijos. Él, a través de diversos modos, va educándonos en la vida de la gracia. Sus enseñanzas se van mostrando a los hombres a través de aquello que llamamos “los signos de los tiempos”, esto es, acontecimiento o señal de diverso orden por medio del cual Dios se muestra a los hombres. Pero… ¿Y el castigo? ¿Dios castiga? La experiencia humana de quien le toca educar a los hijos nos dice que cuando uno de la prole hace algo malo debe recibir una reprimenda para hacerle ver la maldad y fealdad del acto cometido. Luego es deber y obligación de los padres, en aras a la buena educación de su hijo, el castigarlo.


¿Qué dice la Escritura? Veamos: “Hijo mío, no desprecies la disciplina del Señor, ni te ofendas por sus reprensiones. Porque el Señor disciplina a los que ama, como corrige un padre a su hijo querido” (Prov 3, 11-12). Otra: “Ciertamente, ninguna disciplina, en el momento de recibirla, parece agradable, sino más bien penosa; sin embargo, después produce una cosecha de justicia y paz para quienes han sido entrenados por ella” (Heb 12,11) y “Yo reprendo y disciplino a todos los que amo. Por lo tanto, sé fervoroso y arrepiéntete” (Ap 3,19).

Según se desprende de estos textos, Dios castiga a sus hijos buscando su perfeccionamiento. En este sentido, el castigo divino es una prueba de amor que busca aquilatar nuestra vida espiritual para sacar lo mejor de nosotros.

Otras veces, el castigo viene motivado por el mismo pecado: “Arrepiéntanse y apártense de todas sus maldades, para que el pecado no les acarree la ruina”(Ez 18, 30). Porque el pecado del cual no se arrepiente uno, no queda impune. Recordemos la vieja pregunta del Catecismo: “¿Quién es Dios? - Dios es nuestro Padre, que está en los cielos; Creador y Señor de todas las cosas, que premia a los buenos y castiga a los malos”. Los buenos no son tales por si mismos sino por el arrepentimiento y la acción de la gracia en ellos. Los malos son tales en cuanto han pecado y no quieren redimirse.

Tener esto claro puede ayudarnos a vivir una vida espiritual sana y evitar dos extremos: 1. La “manga ancha”: es la actitud del que piensa que Dios no mira los pecados sino que lo perdona y comprende todo y transige todo. Es un Dios sin incidencia personal. Me quiere tal como soy y eso basta y se conforma. 2. Los “escrúpulos espirituales”: es la actitud del que ve pecado en todo y a cada paso que da incurre en un pecado nimio. Es un Dios vengador de maldades, incapaz de sentir compasión ni lástima por el hombre pecador. El horizonte de la salvación se ve cada vez más lejano. Ambas posturas son erróneas y pueden llevar a la perdición.

La actitud intermedia es la de aquel que confía toda su vida en la gracia divina, que reconoce que sin Dios no puede hacer nada y por tanto sabe que todo lo bueno que tiene es don suyo y que lo malo es corrección divina para superarse y seguir progresando humana y espiritualmente. Es la actitud del que se reconoce pecador y necesitado de misericordia y compasión. Quien así lo vive es el justo y el bueno.

De esta manera se entiende y soluciona la aparente contradicción que descubríamos en el formulario de la misa de hoy: “Cuanto has hecho con nosotros, Señor, es un castigo merecido” (Ant. entrada) y “Oh Dios, que manifiestas tu poder sobre todo con el perdón y la misericordia” (O. Colecta). El castigo merecido no es incompatible con la misericordia y el perdón generoso, pues tras la absolución viene la penitencia y la restitución.

Así pues, queridos lectores, dejémonos educar por Dios y transformar por su gracia y su perdón.

Dios te bendiga

viernes, 18 de agosto de 2017

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO





Antífona de entrada

«Fíjate, oh Dios, escudo nuestro; mira el rostro de tu Ungido, porque vale más un día en tus atrios que mil en mi casa». Del salmo 83, versículos 10 al 11. Cada uno de nosotros somos ese ungido del salmo porque hemos recibido la unción del santo crisma que graba en nosotros la marca indeleble del ser cristiano. Quien recibe esta unción se hace partícipe de la herencia eterna de los hijos de Dios, que no es otra que la de habitar en las moradas celestiales, nuestra verdadera patria. Mientras llega ese feliz momento, el Señor nos permite estar en la antesala del cielo, esto es, la santa misa. Participemos, pues, con gusto de estos santos misterios aspirando a disfrutarlos plenamente en los atrios del cielo.

Oración colecta

«Oh Dios, que has preparado bienes invisibles para los que te aman, infunde la ternura de tu amor en nuestros corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas, consigamos alcanzar tus promesas que superan todo deseo. Por nuestro Señor Jesucristo». Presente en los sacramentarios gelasiano antiguo (s. VIII) y de Angoulenme (s. IX) y conservada en el misal romano de 1570. San Pablo en su carta a los Colosenses nos invita a poner los ojos en los bienes imperecederos del cielo porque, a diferencia de los de la tierra, estos no se corroen ni son pasto de las polillas.

Esos bienes celestiales son los que hoy la oración colecta nos recuerda que han sido preparados para nosotros. El tema central de este texto litúrgico es el amor en dos dimensiones: el amor como don divino “infunde la ternura de tu amor…”; y el amor a Dios como motor de la vida cristiana “amándote en todo y sobre todas las cosas”.

Oración sobre las ofrendas

«Acepta, Señor, nuestras ofrendas en las que vas a realizar un admirable intercambio, para que, al ofrecerte lo que tú nos diste, merezcamos recibirte a ti mismo. Por Jesucristo, nuestro Señor». De nueva incorporación. Aunque breve en su redacción, pues se reflejan las dos características de las oraciones romanas: brevedad y concisión, es bastante profunda en su contenido: en primer lugar, encontramos, de nuevo, el navideño tema del “admirable intercambio”, esto es, el Dios que se hace hombre para que el hombre llegue a ser Dios: Encarnación-Divinización, dos caras de una misma moneda.

Aquí el intercambio es el del natural pan y vino por el sobrenatural Cuerpo y Sangre de Cristo. Estos dones naturales son el objeto de nuestra ofrenda en el altar de la celebración para que al recibir el rocío del Espíritu se conviertan en aquello que recibiremos: en el mismo Jesucristo, sujeto y agente de nuestra divinización como nos indicará la primera antífona de comunión de la misa de hoy.

Antífonas de comunión

«Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa». Del salmo 129, versículo 7. Misericordia y redención son dos vocablos unidos semánticamente en este versículo ya que pretenden reforzar la idea de que Dios es el único salvador. No hay otro más. Esa salvación operada por Jesucristo con su muerte y resurrección se actualiza en el misterio de la Eucaristía y se nos comunica a nosotros por la comunión del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. De este sagrado banquete nos viene hoy copiosamente la misericordia divina y la redención eterna.

«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, dice el Señor; el que coma de este pan vivirá para siempre». Del evangelio según san Juan, capítulo 6, versículo 51. Vuelve hoy la liturgia a traernos el evangelio de Juan para recordarnos que el único alimento que perdura para la vida eterna y tiene, además, la capacidad de saciar nuestra hambre de eternidad es el pan eucarístico.

Oración para después de la comunión

«Después de haber participado de Cristo por estos sacramentos, imploramos humildemente tu misericordia, Señor, para que, configurados en la tierra a su imagen, merezcamos participar de su gloria en el cielo. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos». De nueva incorporación en el actual misal. Este texto eucológico nos recuerda uno de los frutos inmediatos de la Eucaristía: nos configura cada vez más con Cristo. Comulgar cada domingo no debería convertirse en un acto ritual y rutinario sino en un gesto de amor grande y de agradecimiento aún mayor por los muchos beneficios que recibimos.

La configuración cristológica que experimentamos, progresivamente, en este mundo supone la vía directa para participar de la eternidad, para morar con Cristo en el cielo. No es, pues, como vemos, una gracia que queda aquí en la cotidianidad del mundo sino que nos proyecta a un destino último y eterno que escapa a nuestros pensamientos y, como dijimos anteriormente, “superan todo deseo”.

Visión de conjunto

            Muchas veces se ha venido hablando del amor de Dios a nosotros. Por doquier encontramos mensajes del tipo “Dios te ama”, “Dios te ama tal como eres”. En principio no hay nada que objetar porque es verdad. El amor de Dios por cada uno de nosotros es indiscutible. Pero si solo nos quedáramos en esto, ofreceríamos una visión parcial del mensaje cristiano. Hoy quiero reflexionar con ustedes acerca del amor a Dios, pues amor con amor se paga, aunque ciertamente jamás podremos corresponder, como merece, al amor de Dios.

            Primeramente, para vivir el amor a Dios hemos de colocar la cuestión en su justo término. El amor es, ante todo, un don de Dios. Un don que, junto a la fe y la esperanza, se nos concede en el Bautismo. El amor, junto a la fe y la esperanza, forma la triada llamada “virtudes teologales”. Por tanto, el amor es una virtud que procede de Dios, tiene a Dios como sujeto y se dirige a Dios como destinatario último.

            Así pues, amar a Dios no es algo que dependa de nosotros sino que surge de una gracia especial que Él nos otorga. Solo podremos amarle en cuanto Él nos ama y nos permite amar, como dice el autor de la Primera Carta de Juan: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados” (1Jn 4,10).


            Y aquí radica la segunda idea del amor a Dios. Nosotros, por nuestra limitada capacidad, no podemos amar a Dios como Éste merece. Entre su amor y el nuestro hay un abismo tal que nunca podríamos colmar, por eso era necesario que un amor divino pudiera entablar la paz y la reconciliación entre Dios y los hombres. De ahí que el amor a Dios sea el motor de la vida y el sacrificio de Cristo al Padre. Para Cristo amar a Dios es cumplir su voluntad y en medida en que nosotros nos unimos más estrechamente con Cristo nuestro amor a Dios será más pleno y agradable. Cristo es, pues, el que salva la distancia entre el Padre y las criaturas. Por eso era necesario que Él padeciera su Pasión y entrara así en la gloria: para allanar el camino de nosotros, pobres mortales.

            Pero, hoy, ¿cómo podemos amar a Dios? ¿Cómo mostrar nuestro amor a Él? La respuesta la hallamos en la misma escritura: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt 6, 59). Es decir, el hombre debe poner en el empeño de amar a Dios toda su persona íntegra y entera. Todas las potencias del alma, todos los afectos del corazón deben volcarse en amar a Dios sin medida alguna. La mayor empresa que podemos hacer en este mundo es la de amar a Dios.

            En primer lugar, hemos de amarle con la adoración sincera. Pero… ¿Qué es adorar? Nos dice el catecismo: “Adorar a Dios es reconocerle como Dios, como Creador y Salvador, Señor y Dueño de todo lo que existe, como Amor infinito y misericordioso […] Adorar a Dios es reconocer, con respeto y sumisión absolutos, la “nada de la criatura”, que sólo existe por Dios. Adorar a Dios es alabarlo, exaltarle y humillarse a sí mismo, como hace María en el Magníficat, confesando con gratitud que Él ha hecho grandes cosas y que su nombre es santo. La adoración del Dios único libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo” (cf. CEC 2096-2097).

            En segundo lugar, la celebración, al menos dominical, del santo sacrificio de la misa donde se hace presente el misterio del amor de Dios (santificación) y del amor a Dios (ofrenda). La oración personal también es de capital importancia. Una oración que sea elevación del espíritu hacia Dios, una expresión de nuestra adoración a Dios (cf. CEC 2098). La confesión frecuente y la caridad sin límites, coronarán esta vivencia del amor a Dios.


            
Por el contrario, el Catecismo alerta de aquellas desviaciones que faltan al amor a Dios:
La superstición: la desviación del sentimiento religioso y de las prácticas que impone. Puede afectar también al culto que damos al verdadero Dios, por ejemplo, cuando se atribuye una importancia, de algún modo, mágica a ciertas prácticas, por otra parte, legítimas o necesarias. Atribuir su eficacia a la sola materialidad de las oraciones o de los signos sacramentales, prescindiendo de las disposiciones interiores que exigen, es caer en la superstición. (cf. 2111)
La idolatría: consiste en divinizar lo que no es Dios. Hay idolatría desde el momento en que el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios. Trátese de dioses o de demonios (por ejemplo, el satanismo), de poder, de placer, de la raza, de los antepasados, del Estado, del dinero, etc. La idolatría rechaza el único Señorío de Dios; es, por tanto, incompatible con la comunión divina (cf. 2113).
Adivinación y magia: todas las formas de adivinación deben rechazarse: el recurso a Satán o a los demonios, la evocación de los muertos, y otras prácticas que equivocadamente se supone “desvelan” el porvenir. La consulta de horóscopos, la astrología, la quiromancia, la interpretación de presagios y de suertes, los fenómenos de visión, el recurso a “mediums” encierran una voluntad de poder sobre el tiempo, la historia y, finalmente, los hombres, a la vez que un deseo de granjearse la protección de poderes ocultos. Están en contradicción con el honor y el respeto, mezclados de temor amoroso, que debemos solamente a Dios. Todas las prácticas de magia o de hechicería mediante las que se pretende domesticar potencias ocultas para ponerlas a su servicio y obtener un poder sobrenatural sobre el prójimo —aunque sea para procurar la salud—, son gravemente contrarias a la virtud de la religión. El espiritismo implica con frecuencia prácticas adivinatorias o mágicas. Por eso la Iglesia advierte a los fieles que se guarden de él (cf. 2116-2117).
La irreligión: el primer mandamiento de Dios reprueba los principales pecados de irreligión: 1- La acción de tentar a Dios consiste en poner a prueba, de palabra o de obra, su bondad y su omnipotencia. El reto que contiene este tentar a Dios lesiona el respeto y la confianza que debemos a nuestro Creador y Señor (cf. 2119). 2- El sacrilegio consiste en profanar o tratar indignamente los sacramentos y las otras acciones litúrgicas, así como las personas, las cosas y los lugares consagrados a Dios (cf. 2120). 3- La simonía se define como la compra o venta de cosas espirituales. A Simón el mago, que quiso comprar el poder espiritual del que vio dotado a los Apóstoles, Pedro le responde: “Vaya tu dinero a la perdición y tú con él, pues has pensado que el don de Dios se compra con dinero” (cf. 2121)
El ateísmo: en cuanto rechaza o niega la existencia de Dios, el ateísmo es un pecado contra la virtud de la religión. En la génesis y difusión del ateísmo “puede corresponder a los creyentes una parte no pequeña; en cuanto que, por descuido en la educación para la fe, por una exposición falsificada de la doctrina, o también por los defectos de su vida religiosa, moral y social, puede decirse que han velado el verdadero rostro de Dios y de la religión, más que revelarlo” (GS 19, 3). Con frecuencia el ateísmo se funda en una concepción falsa de la autonomía humana, llevada hasta el rechazo de toda dependencia respecto a Dios (GS 20, 1) (cf. 2125-2126).
El agnosticismo: el agnóstico se resiste a negar a Dios; al contrario, postula la existencia de un ser trascendente que no podría revelarse y del que nadie podría decir nada. En otros casos, el agnóstico no se pronuncia sobre la existencia de Dios, manifestando que es imposible probarla e incluso afirmarla o negarla. El agnosticismo puede contener a veces una cierta búsqueda de Dios, pero puede igualmente representar un indiferentismo, una huida ante la cuestión última de la existencia, y una pereza de la conciencia moral. El agnosticismo equivale con mucha frecuencia a un ateísmo práctico (cf. 2127-2128).
Así pues, no nos cansemos nunca de amar a Dios y huyamos de todo aquello que pueda ofenderle.
Dios te bendiga



viernes, 27 de enero de 2017

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO



Con el fin de prepararnos mejor para la celebración de este domingo ofrecemos el formulario oracional (eucológico) de la misa correspondiente. Ha sido íntegramente tomado de la compilación veronense (s.V). No es un sacramentario en sentido estricto sino una colección de misas atribuidas a san León Magno aunque esto último no es muy probable.

Antífona de entrada

«Sálvanos, Señor Dios nuestro, reúnenos de entre los gentiles: daremos gracias de tu santo nombre, y alabarte será nuestra gloria». Esta antífona para el introito de la misa esta tomada del salmo 105 versículo 17. El salmista habla de parte del pueblo de Israel pidiendo la salvación: ésta consiste en congregar al pueblo que ha sido dispersado por toda la tierra; sólo tras esta congregación puede producirse la acción de gracias y la alabanza. Cada domingo la Iglesia es congregada de su dispersión para celebrar la Eucaristía, sacrificio de expiación y alabanza a gloria de Dios.

Oración Colecta

«Señor, concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda también a todos los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo». Esta breve pero densa oración está inspirada en Mt 22, 37-39 cuando Jesús es abordado por un doctor de la ley que le pregunta por el mandamiento más importante de la ley. Jesús pone en plano de igualdad ambas cosas: el amor a Dios y el amor al prójimo. También en la primera carta de san Juan se retoma este tema tachando de mentiroso a quien ama a Dios y aborrece a su prójimo (cf. 1Jn 4, 20-21). El amor no puede ser egoísta pues siempre busca abrirse a horizontes nuevos. En esta oración se recoge el eco del “Shemá” israelí (cf. Dt 6, 4-5).

Oración sobre las ofrendas

«Presentamos, Señor, estas ofrendas en tu altar como signo de nuestra servidumbre; concédenos que, al ser aceptadas por ti, se conviertan para tu pueblo en sacramento de vida y redención. Por Jesucristo nuestro Señor». Esta oración pivota en la siguiente trilogía verbal: “presentar-ser aceptadas-convertir”. El pueblo de Dios presenta ante el altar los dones del pan y del vino que han sido extraídos de la tierra y que fueron manufacturados por hombres y mujeres anónimos. Estos dones no se ofrecen como en los ritos paganos que ofrecían cosas a la divinidad; en el culto cristiano el pan y el vino no son fines en sí mismos sino la materia sacramental que por la fuerza del Espíritu Santo se transformarán en Jesucristo, auténtica y verdadera víctima ofrecida. Por eso, al presentar los dones, Dios los acepta con amabilidad y en virtud de su aceptación y la acción pneumática del mismo, son convertidos en sacramento de vida y redención.

Antífonas de comunión

«Haz brillar tu rostro sobre tu siervo, sálvame por tu misericordia, Señor, que no me avergüenzo de haberte invocado». Tomada del salmo 30 versículos 17-18. La Sagrada comunión es presencia real, sustancial y verdadera del Señor. Por este motivo, este salmo expresa el pensamiento espiritual del fiel al acercarse a comulgar: un corazón iluminado por la misericordia del Señor que se nos da en alimento.

«Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos los sufridos, porque ellos heredaran la tierra» tomada de Mt 5, 3-4. Cristo predicó las bienaventuranzas siendo la bienaventuranza máxima tenerle a Él. Esto es precisamente el fruto espiritual máximo de la comunión: Cristo presente en nuestros corazones por la participación en su cuerpo y en su sangre.  

Oración de pos-comunión

«Reanimados por estos dones de nuestra redención te suplicamos, Señor, que el pan de vida eterna nos haga crecer continuamente en la fe verdadera. Por Jesucristo nuestro Señor». La gracia que pedimos al recibir al Señor en comunión sacramental es la de crecer en la “fe verdadera”. El cuerpo y la sangre del Señor son calificados como “dones de nuestra redención”; compendiando así el aspecto cristológico de la fe: la fe auténtica se traba en la adhesión a Cristo, único Redentor.

Visión de conjunto

            Uno de los grandes males que aqueja a la sociedad de hoy es su falta de coherencia, es decir, la contradicción entre las palabras y los hechos. La liturgia de este domingo, presente en la Iglesia desde el s.V, nos recuerda que en la vida de los cristianos no puede haber contradicción entre el amor a Dios y el amor al prójimo.

            Cuando Dios creó al hombre y a la mujer los hizo a imagen y semejanza suya, es decir, llevamos en nosotros la impronta divina de la eternidad, lo que supone una semejanza, es decir, una vida de continua perfección hasta la configuración final con Él.  

Pero hay veces que, por la razón que sea, se distorsiona en nosotros la imagen de Dios plasmada en el hombre. Las críticas, las maledicencias, los chismes, las envidias, los rencores,… ejercen en nosotros una fuerza tal que nos hacen caer con facilidad en una especie de esquizofrenia espiritual que lleva, en primer lugar, al amor a Dios y desprecio del hombre para concluir en el desprecio del hombre y el aborrecimiento de Dios.

Así pues, amor a Dios y amor al prójimo no son cosas contradictorias ni complementarios, sino que van de la mano y son simultáneas; de tal modo que es imposible no amar al Uno sin amar a los otros. Solo desde esta caridad espiritual a Dios y al hombre podemos presentar nuestra ofrenda en el altar para que el amor de Dios, que es el Espíritu Santo, la haga fecunda y la convierta en sacramento de vida y redención.

La fe verdadera se basa, pues, en el amor verdadero; y el amor verdadero es un amor basado en la esperanza verdadera, es decir, la fe y la esperanza en Dios y el amor a Dios y al prójimo. Pero… ¿En qué medida vivo estas virtudes teologales? ¿Amo a Dios sobre todas las cosas? ¿Descubro la imagen de Dios en los prójimos? ¿Con qué frecuencia caigo en los pecados que difuminan la impronta divina en los prójimos? ¿Soy coherente con mi fe y mi vida?

Como ejercicio espiritual proponte este domingo presentar en el altar de Dios la ofrenda de tu vida. Pon en la patena a aquella o aquellas personas a las que te cuesta amar siempre y de verdad. Ofrece la misa por ellas y que Dios sane tu corazón.



Dios te bendiga