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viernes, 13 de octubre de 2017

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO





Antífona de entrada

«Si llevas cuenta de los delitos, Señor ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón, Dios de Israel». Tomada del salmo 129, versículos del 3 al 4. Iniciamos la celebración apelando a la misericordia de Dios que no lleva el haber de los pecados sino que espera el arrepentimiento y la conversión de cada uno de nosotros. Su perdón depende de nuestra actitud. Hasta tal punto llega el respeto de Dios por nuestra libertad que sujeta su misericordia a nuestra contrición. Invoquemos pues a lo largo de la celebración la gracia divina para llorar nuestros pecados y experimentar el amor y el perdón de Dios. 

Oración colecta

«Te pedimos, Señor, que tu gracia nos precede y acompañe, y nos sostenga continuamente en las buenas obras. Por nuestro Señor Jesucristo». Esta oración la encontramos en el sacramentario de gelasiano de Angoulenme (s. IX) y en el sacramentario gregoriano del papa Adriano (s. X) fue conservada en el misal romano de 1570. Esta oración está centrada en el efecto de la gracia de Dios en nosotros: una gracia antecedente porque esta al inicio de cualquier obra humana querida por Dios, una gracia asistente que hace que las obras se mantengan estables y lleguen a buen fin. Esta oración nos recuerda que no estamos solos en el mundo sino que Dios no cesa nunca de acompañarnos y asistirnos con la fuerza de su auxilio. La gracia no es otra cosa sino el mismo Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas

«Acepta las súplicas de tus fieles, Señor, juntamente con estas ofrendas, para que lleguemos a la gloria del cielo mediante esta piadosa celebración. Por Jesucristo, nuestro Señor». Este texto también ha sido tomado de los sacramentarios gelasiano de Angoulenme (s. IX) y el gregoriano adrianneo (s. X) y del misal romano de 1570. Breve pero intensa es esta oración. Las preces y la oblación del pueblo de Dios tienen un único fin: hacernos llegar un día al cielo. El cielo es el fin y la meta de la vida del hombre y a él solo accedemos por la participación en la celebración del sacrificio eucarístico, antesala y pregustación de lo que un día se nos descubrirá en total plenitud.   

Antífonas de comunión

«Los ricos empobrecen y pasan hambre, los que buscan al Señor no carecen de nada». Tomada del salmo 33, versículo 11. En el momento de comulgar esta antífona es una explícita llamada a la confianza en Dios. Cuando nos acercamos a recibir la comunión nuestra actitud ha de ser la del mendigo que tímidamente se acerca a pedir limosna; nuestra limosna es Dios mismo. Por el contario, la soberbia y la prepotencia de los que creen tenerlo todo y por tanto no necesitan de Dios va empobreciendo poco a poco su alma y arrastrándola al pecado de apatía hasta el olvido de Dios.

«Cuando se manifieste el Señor, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es». De la Primera Carta del apóstol san Juan, capítulo 3 versículo 2. Esta promesa de la carta de san Juan solo es posible en proceso espiritual de configuración con Cristo que llamamos “cristificación”, es decir, mediante nuestra relación con Cristo y el contacto asiduo con Él en los sacramentos vamos sintonizando en sus sentimientos (cf. Flp 2, 5) e interiorizando las actitudes que nos muestra de Él el santo evangelio. Esta transformación dura toda la vida pero el punto de inflexión lo experimentamos cuando la asistencia a misa deja de ser una obligación cristiana y pasa a ser una necesidad humana y espiritual.

Oración de postcomunión

«Señor, pedimos humildemente a tu majestad que, así como nos fortaleces con el alimento del santísimo Cuerpo y Sangre de tu Hijo, nos hagas partícipes de su naturaleza divina. Por Jesucristo, nuestro Señor». Esta oración ha sido tomada de la compilación veronense (s. V). Se ve implícitamente, de nuevo, la teología del “admirable intercambio” (recordemos: Dios se hace hombre para que el hombre llegue a ser Dios). En este caso, la participación en la naturaleza divina nos viene por la recepción de las especies sacramentales que no son sino el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo.


Visión de conjunto

            ¿Cuántas veces escuchamos hablar de la gracia de Dios? Pero… ¿sabemos a qué nos referimos con este concepto? La oración colecta de la misa de hoy nos habla de la gracia de Dios que nos precede, acompaña y sostiene nuestras obras.

            En síntesis podemos definir la gracia de Dios como el favor divino hacia nosotros. La gracia es el don más grande que se pueda imaginar porque es Cristo mismo ¿porqué? Porque la gran obra que Dios ha hecho en favor nuestro es el habernos dado a su propio Hijo para nuestra salvación. En Cristo Dios nos comunica su amor divino. Así, la gracia es el acontecimiento salvador de Cristo en la medida en que participamos de ellos.

Tradicionalmente la gracia ha sido entendida como una ayuda o auxilio que Dios envía en favor nuestro, la ayuda que Dios concede al pecador para impulsarle en su nueva vida pero esto es una visión que si bien es cierta no es menos verdad que es bastante parcial y reducida porque la gracia en nosotros tiene no solo un efecto sanante sino también el de hacernos hijos de Dios, esto es, la filiación divina.

La gracia es el favor, el auxilio gratuito que Dios nos da para responder a su llamada: llegar a ser hijos de Dios (cf Jn 1, 12-18), hijos adoptivos (cf Rm 8, 14-17), partícipes de la naturaleza divina (cf 2 P 1, 3-4), de la vida eterna (cf Jn 17, 3). La gracia es una participación en la vida de Dios. Nos introduce en la intimidad de la vida trinitaria: por el Bautismo el cristiano participa de la gracia de Cristo, Cabeza de su Cuerpo. Como “hijo adoptivo” puede ahora llamar “Padre” a Dios, en unión con el Hijo único. Pero solo es posible en la medida en que aceptemos la obra de Cristo y su efecto como fuente de salvación para nosotros. De este modo se entiende claramente la expresión paulina de la “justificación por la fe” como justificación de todos los hombres, con independencia de la ley a la que estuvieran sometidos (fueran judíos o paganos), es la universalidad de la salvación de Jesucristo. Así pues, uno no se salva por cumplir una ley única y determinada sino por la aceptación personal de Cristo y la puesta en obra de la nueva ley que se adquiere con él. Así salvamos el binomio “fe-obras”.

También debemos tener en cuenta que la fe por la cual efectuamos esta aceptación no es obra puramente humana sino también don de Dios, lo que san Agustín llamaba el “initium fidei (= el inicio de la fe)” sin embargo, la libertad del hombre no se ve limitada sino que entra en juego en el abandono que hace a este don, la renuncia a la propia afirmación de uno mismo para dar la primacía a Dios en la vida. La libre iniciativa de Dios exige la respuesta libre del hombre, porque Dios creó al hombre a su imagen concediéndole, con la libertad, el poder de conocerle y amarle. El alma sólo libremente entra en la comunión del amor. Dios toca inmediatamente y mueve directamente el corazón del hombre.

Pero no olvidemos que el hombre está bajo el signo del pecado y, por tanto, todo lo dicho anteriormente se topa con el escollo de una libertad inclinada hacia el mal. Pero si hemos dicho que la gracia actúa en el hombre en la medida en que éste participa de la redención de Cristo ¿Cómo es posible esto? ¿Pueden convivir gracia y pecado en el hombre? Veamos cómo se resolvió este problema. Para ello, hagamos un viaje en el tiempo y retrocedamos a las sesiones del Concilio de Trento.

Lutero había dicho que el pecado original había tenido un efecto devastador en el hombre. La naturaleza humana había quedado totalmente destruida por lo que poco o nada podía hacer para salvarse. Ante este pesimismo antropológico, Lutero propone el concepto de justificación foránea o externa, es decir, que Dios mira a su hijo muerto en la cruz y hace la vista gorda hacia nosotros, perdonándonos externamente pero por dentro seguimos igual de corruptos y pecadores.

Ante esta posición de Lutero, el Concilio de Trento redactará su “Decreto sobre la justificación”. Este documento ha sido calificado como la joya del Concilio. Tiene un valor incuestionable puesto que su contenido es de plena actualidad y nunca ha sido ni cuestionado ni enmendado por nadie.

La justificación se inserta en la misma Historia de la Salvación. Por el pecado de los primeros padres, todos éramos reos de la ira divina (cf. Ef 2,3), éramos esclavos del pecado (Rom 6,20). Pero Dios mismo, movido por su misericordia y su compasión, llegada la plenitud de los tiempos (cf. Gal 4,4), envió a su propio hijo para que el mundo fuera salvado por Él (cf. Jn 3, 17). Por Él fuimos hijos adoptivos de Dios (cf. Gal 4,5). Cristo mismo se hace ofrenda y víctima de propiciación por nuestros pecados como lo recoge el discurso sacerdotal de Juan 17.

Esta ofrenda de Jesucristo es causa de mérito infinito ante Dios Padre, quien se complace en su Hijo amado (Mt 3, 17). Los efectos salvíficos del misterio pascual de Jesucristo se han dado de una vez para siempre, es lo que se denomina redención objetiva, pero cada uno de nosotros ha de apropiarse de ellos, ha de hacerlos suyos, es lo que llamamos redención subjetiva. Nosotros aquí nos centramos en esta última, dado que la justificación vendrá en la medida en que por nuestra fe y nuestras obras nos aprovechemos de los méritos de Cristo en su Pasión-muerte y resurrección. La redención, pues, si bien es universal, solo le aprovecha quien se lucra de ella, de ahí el cambio en la traducción de las palabras de consagración del Cáliz, “por muchos” en lugar de “por todos los hombres”.

El mismo Concilio dice que la justificación en los adultos deviene de la gracia de Dios preveniente por medio de Cristo Jesús y explica “la vocación, por la que son llamados sin que exista mérito alguno en ellos, para que quienes se apartaron de Dios por los pecados, por la gracia de Él, que los excita y ayuda a convertirse, se dispongan a su propia justificación, asintiendo y cooperando libremente a la misma gracia, de suerte que, al tocar Dios el corazón del hombre por la iluminación del Espíritu Santo, ni puede decirse que el hombre mismo no hace nada en absoluto al recibir aquella inspiración, puesto que puede también rechazarla; ni tampoco, sin la gracia de Dios, puede moverse, por su libre voluntad, a ser justo delante de Él”.

La única condición para ello es acercarse con plena confianza a Dios misericordioso que perdona los pecados (cf. Mt 9,2; Mc 2,5), un trono maravilloso, a millares de ángeles en fiesta y a una sangre que habla mejor que la de Abel (Heb 12, 22-24). En definitiva, la disposición para enderezar el corazón (cf. 1 Sam 7,3).

Si para Lutero, Dios, mirando a su Hijo muerto en la cruz, hacía la vista gorda hacia nuestros pecados, Trento afirma que su Pasión fue la que nos mereció a nosotros la justificación, que nos llega por el Bautismo. De ahí que se concluya que “la única causa formal es la justicia de Dios, no aquella con que él es justo, sino aquella con que nos hace a nosotros justos”. Es decir la gracia por la que hemos sido renovados en el espíritu de nuestra mente y no solamente desde fuera, “verdaderamente nos llamamos y somos justos”.

Así pues, en resumen: dos son los efectos principales de la gracia en nosotros: la filiación divina y la justificación perfecta. ¿Cómo podemos participar de la redención para que los efectos de la gracia sean una realidad en nosotros? Para ello la gracia puede clasificarse en diversas categorías según sean sus efectos:
1.      La gracia santificante: es un don habitual, una disposición estable y sobrenatural que perfecciona al alma para hacerla capaz de vivir con Dios, de obrar por su amor. Se debe distinguir entre:

2.      La gracia habitual: disposición permanente para vivir y obrar según la vocación divina.

3.      Las gracias actuales: que designan las intervenciones divinas que están en el origen de la conversión o en el curso de la obra de la santificación.

4.      Las gracias sacramentales: dones propios de los distintos sacramentos.

5.      Las gracias especiales: llamadas también carismas, según el término griego empleado por san Pablo, y que significa favor, don gratuito, beneficio. Los carismas están ordenados a la gracia santificante y tienen por fin el bien común de la Iglesia. Están al servicio de la caridad, que edifica la Iglesia.

6.     Las gracias de estado: que acompañan el ejercicio de las responsabilidades de la vida cristiana y de los ministerios en el seno de la Iglesia.


Vivamos, pues, la gracia de Dios y en gracia de Dios.

Dios te bendiga


viernes, 26 de mayo de 2017

SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR




Antífona de entrada

«Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Volverá como lo habéis visto marcharse al cielo. Aleluya». Tomada de los Hechos de los apóstoles capítulo 1, versículo 11. Llega el momento de la despedida. Nuestro anhelo por estar con Cristo puede llevarnos a estar constantemente mirando al cielo como si esperáramos su pronta venida sin tener en cuenta que cada domingo vuelve a nosotros bajo las especies del pan y del vino. El que se marchó ante el asombro jubiloso de los ángeles vuelve ante el estupor de los fieles y de la corte de los santos. De este modo, esta promesa de los ángeles a los discípulos se cumple en cada misa aguardando su cumplimiento definitivo al final de los tiempos.

Oración colecta

Se ofrecen dos textos:

«Dios todopoderoso, concédenos exultar santamente de gozo y alegrarnos con religiosa acción de gracias, porque la ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestra victoria, y adonde ya se ha adelantado gloriosamente nuestra cabeza, esperamos llegar también los miembros de su cuerpo. Por nuestro Señor Jesucristo». Nueva creación. Se aprecia notablemente la visión antropológica de la teología católica donde la unidad psico-somática del hombre está llamada, toda ella y entera, a participar de la gloria eterna. Esta oración pretende ofrecernos una visión de la solemnidad de la Ascensión despojada de conceptos locativos (arriba o abajo), acentuando la cuestión del estado de salvación eterna, que no es otro sino compartir el destino último de Cristo, esto es, ocupar nuestro lugar en el santuario del cielo ante la presencia del Padre eterno.

«Dios todopoderoso, concédenos habitar espiritualmente en las moradas celestiales a cuantos creemos que tu Unigénito y Redentor nuestro ascendió hoy a tu gloria. Él, que vive y reina contigo». Tomada del sacramentario gregoriano de Adrianno (s. IX) y presente en misal romano de 1570. Esta antigua oración sitúa los frutos de la Ascensión en una mera perspectiva espiritual: como consecuencia de creer en este misterio que hoy celebramos, podemos habitar en el cielo. En comparación con la colecta anterior vemos que la teología actual es más completa al recoger la renovada escatología cristiana.

Oración sobre las ofrendas

«Te presentamos ahora, Señor, el sacrificio para celebrar la admirable ascensión de tu Hijo; concédenos, por este sagrado intercambio, elevarnos hasta las realidades del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor». Tomada del sacramentario gelasiano antiguo (s. VIII) y del gregoriano de Adriano (s. IX) y presente en el misal romano de 1570. La oración está redactada en términos geográficos (ascensión-elevarnos-arriba) propio de las ideas de la antigüedad cristiana. Sin embargo, el sacrificio ofrecido en nuestra dimensión terrenal es el que puede hacer posible elevar el corazón a las realidades celestes de las que el pan y el vino son figura.

Antífona de comunión

«Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos. Aleluya». Tomada del capítulo 28 del evangelio de Mateo, versículo 20. Del mismo modo que la antífona de entrada, el último versículo del evangelio según san Mateo haya su cumplimiento en este momento de la Eucaristía. En la comunión sacramental Cristo se hace presente en medio de su pueblo con el fin de ser para ellos alimento de vida y compañía en la travesía.

Oración de pos comunión

«Dios todopoderoso y eterno, que, mientras vivimos aún en la tierra, nos concedes gustar los divinos misterios, te rogamos  que el efecto de nuestra piedad cristiana se dirija allí donde nuestra condición humana está contigo. Por Jesucristo, nuestro Señor». Es el resultado de dos textos oracionales, unidos por el verbo “quaesumus” (= te rogamos). La primera parte de la oración solo se halla en la compilación veronense (s. V), la otra parte se encuentra tanto en la compilación veronense como en los sacramentarios gelasiano antiguo (s. VIII), de Angoulenme (s. IX) y el gregoriano del papa Adriano (s. IX), pero no en el misal romano de 1570. El tema escatológico está muy presente en esta oración que, por otra parte, se sitúa en la misma línea que la oración sobre las ofrendas: el sacrificio de la misa, al hacer presente a Cristo bajo las especies del pan y del vino, nos permite pre-gustar, anticipar, el banquete eterno que llegará a su cumplimiento definitivo cuando pasemos de la figura de este mundo a las realidades del cielo, donde Cristo, cabeza de la Iglesia, espera a ésta que es su cuerpo. Es, en definitiva, la fiesta de la carne glorificada que, por medio de Cristo, ha entrada en el cielo.

Visión de conjunto

            “¿Qué hacéis mirando al cielo?” le preguntan los ángeles a aquellos atónitos apóstoles que veían, con tristeza y admiración, cómo su Señor y su amigo desaparecía de su vista mientras ascendía a lo más alto de los cielos. Con frecuencia ocurre que los cristianos podemos adoptar estas actitudes, quedarnos “embobados” mirando al cielo, esperando que Dios nos hable o realice algún prodigio. Es la actitud descorazonada de quien se siente perdido o como abandonado de un Dios que sabe que existe pero al que no logra ver, ni sentir, ni manipular. Porque esta es otra tentación: el pretender manipular a Dios, y en ella se cae cuando buscamos nuestros intereses en la oración. Creo en Dios en la medida en que Éste me hace caso y atiende todas mis necesidades del modo que yo quiero. A esto lo llamamos hacernos un dios a nuestra medida.

            Como consecuencia de estas actitudes, podemos correr el riesgo de no ver que Aquel que se ha ido al cielo, lo ha hecho para estar más cerca, aún si cabe, de nosotros. La solemnidad de la Ascensión nos enseña, por el contrario, que entrando en el santuario del cielo, Cristo inaugura un tiempo nuevo en la historia de la humanidad que está imbuido de su presencia, sobre todo, por medio de la liturgia. Del misterio de la Ascensión podemos colegir que es el tiempo de la presencia íntima de Dios en la vida de los fieles. La Ascensión del Señor hace posible la gracia en las acciones litúrgicas de la Iglesia, es decir, la Ascensión tiene como consecuencia, primera y directa, el Pentecostés, el derramamiento del Espíritu Santo sobre su Iglesia. En cada celebración pública de la Iglesia se produce un nuevo Pentecostés.

            Así pues, como vemos, la solemnidad de la Ascensión es la que hace posible que Cristo cumpla su promesa de estar siempre con nosotros hasta el final de los tiempos, porque como dice un prefacio del misal: “Él mismo, habiendo entrado en el santuario del cielo una vez para siempre, intercede ahora por nosotros como mediador que asegura la perpetua efusión del Espíritu” (Prefacio para después de la Ascensión). Su presencia habitual, tanto en la liturgia como en el alma de los fieles, solo es posible mediante la acción del Espíritu Santo, de ahí que Ascensión y Pentecostés son inseparables, dos caras de una misma moneda.

            Pero esto no queda aquí, la inhabitación del Señor en nosotros supone, más que un privilegio, una grave responsabilidad para llevar una vida en gracia rechazando todo pecado y realizando las buenas obras. Oración y caridad es el binomio en que se concentra la vida del cristiano. En el elemento oración incluimos la celebración de la santa misa, la oración personal, la lectio divina, el Rosario, etc; mientras que por caridad comprendemos las obras de misericordia (todas), el rechazo a vivir una vida fragmentada por situaciones irregulares, el cumplimiento de los mandamientos de la ley de Dios y de la santa madre Iglesia. En otras palabras, del sagrario al mundo y del mundo al sagrario; Cristo en los pobres y los pobres en Cristo.

            Ánimo, queridos lectores; les deseo una muy feliz fiesta de la Ascensión y ojalá que nos convenzamos de la presencia de Cristo en nuestras vidas gracias a la efusión del Espíritu Santo. Liturgia y vida; Misterio, celebración y vida; oración y caridad. Estas son las reglas a seguir para una sólida, seria y estable vida espiritual.

Dios te bendiga

viernes, 10 de marzo de 2017

II DOMINGO DE CUARESMA




Antífona de entrada Sal  26, 8-9

«Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro.» Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro». Tomada del salmo 26 versículos 8 al 9. Hoy toda la liturgia está centrada en el rostro resplandeciente de Cristo, contemplado así en la Transfiguración. La misa desde el principio marca un itinerario espiritual que persigue que el fiel descubra en su vida la presencia transfigurante del Señor escuchando su palabra para entrar en la gloria.

«Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas. Que no triunfen de nosotros nuestros enemigos; sálvanos, Dios de Israel, de todos nuestros peligros». Inspirada en el salmo 24 versículos 6, 2 y 22. En esta misa se propone otra antífona que pone ante nuestros ojos el misterio de la misericordia divina. Ese don gratuito de Dios que vence a las fuerzas del mal (nuestros enemigos) librándonos de todos los peligros de alma y cuerpo.

Oración colecta

«Oh Dios, que nos has mandado escuchar a tu Hijo amado, alimenta nuestro espíritu con tu palabra; para que, con mirada limpia, contemplemos gozosos la gloria de tu rostro. Por nuestro Señor Jesucristo». De nueva incorporación al sacramentario del beato Pablo VI. Es una síntesis de lo mejor que se destila del pasaje de la Transfiguración, aunque la expresión “alimenta nuestro espíritu con tu palabra” pretende enlazar con la temática del domingo anterior, de las tentaciones.

Oración sobre las ofrendas

«Te pedimos, Señor, que esta oblación borre nuestros pecados y santifique los cuerpos y las almas de tus fieles, para que celebren dignamente las fiestas pascuales. Por Jesucristo, nuestro Señor». Tomada del sacramentario gregoriano de Adriano (s. VII) y presente en el misal romano de 1570, se ha mantenido en el actual. Una mirada limpia, como hemos pedido en la colecta, solo brota de un corazón puro y para ello es necesario que sea el mismo Cristo, mediante su sacrificio redentor, quien lo purifique; de ahí surge esta súplica que recoge la oración sobre las ofrendas.

Antífona de comunión

«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo» de Mt 17, 5. Última confesión de fe inmediatamente antes de recibir la comunión sacramental en el cuerpo de Cristo, no ya transfigurado, sino ahora transubstanciado por la acción del mismo Espíritu que entonces lo envolvió en la sombra de la nube y ahora en la sombra de la epíclesis con la imposición de manos, la inclinación y las palabras de la consagración.

Oración después de la comunión

«Te damos gracias, Señor, porque al participar en estos gloriosos misterios nos haces recibir, ya en este mundo, los bienes eternos del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor». El sustrato más primitivo lo hallamos en el veronense (s. V) y con alguna modificación pasó al gelasiano antiguo (s. VIII). El misal de Pablo VI lo retomó con algunos cambios gramaticales. Es el fin de todo este proceso espiritual de búsqueda del rostro divino: hemos escuchado sus palabras y alimentado con su pan previa purificación de nuestros ojos y corazón por su sacrificio redentor; y esto nos conduce a entrar en la eternidad del cielo, cuyos dones y gloria hemos anticipado en la comunión sacramental con el Hijo de Dios.

Oración sobre el pueblo

«Señor, protege con tu mano poderosa a este pueblo suplicante; dígnate purificarlo y orientarlo para que, consolado en el presente, tienda sin cesar hacia los bienes futuros. Por Jesucristo, nuestro Señor». De nueva incorporación. Es una oración, eminentemente dinámica, es decir, expresa un movimiento progresivo del pueblo cristiano que camina sin cesar hacia los “bienes futuros”. Pero no es una empresa exclusiva del hombre, sino que requiere de la orientación (ad orientem) del mismo Dios, que como un día hiciera en el desierto con su pueblo, hoy sigue asistiéndonos con la columna de fuego, que es el Espíritu, y con la nube del desierto que es la maternidad de María.

Visión de conjunto

            Hoy el mundo es un constante ajetreo. Los hombres y mujeres que lo pueblan van constantemente de acá para allá, de la ceca a la meca sin otra preocupación de llegar pronto a los sitios, estar el menos tiempo posible y volver a sus casas, donde hallan solaz y brotes de estrés. Pasamos la vida buscando cosas que nos satisfagan, que aplaquen nuestras primarias necesidades y luego las secundarias y después las que nosotros mismos nos creamos. Esta búsqueda no se realiza sin dificultad. Pues con frecuencia tropezamos con nuestros miedos, incertidumbres y, lo que es peor, la disyuntiva de tener que pisar a alguien para conseguir lo que buscamos. Esto último es terrible.

            La liturgia de este domingo nos invita a hacer un alto en esta fatigosa tarea que nos autoimponemos todos los días. Se nos invita a buscar lo único importante que puede satisfacer los anhelos profundos de cada uno de nosotros: el rostro de Dios. “Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro” nos hacía suspirar el salmo de la antífona de entrada. Ojalá que fuera este nuestro programa de vida: anhelar día tras día el poder ver a Dios, querer estar con Él para siempre.

            Para ello será imprescindible una vida jalonada de la escucha, lectura y práctica de la Palabra de Dios, de la comunión sacramental (siempre en gracia), de la confesión frecuente y de una caridad sin límites, de esto último nunca estaremos satisfechos.

Dios te bendiga


viernes, 10 de febrero de 2017

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO



Entremos con espíritu nuevo en la liturgia que se nos da como regalo en este domingo VI del tiempo ordinario (tempus per annum).
Antífona de entrada

«Sé la roca de mi refugio, Señor, un baluarte donde me salve, tú que eres mi roca y mi baluarte; por tu nombre dirígeme y guíame». Tomada del salmo 30 versículos 3 al 4. Es un salmo de lamentación. El orante se dirige a Dios en medio del peligro con una recia actitud de confianza pues sabe que solo Dios puede salvarlo. Con esa misma confianza somos invitados a entrar en la celebración. Dios es la única protección de nuestra vida, el único puerto donde nuestro corazón descansa tranquilo.

Oración colecta

«Señor, tú que te complaces en habitar en los rectos y sencillos de corazón, concédenos vivir por tu gracia de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo». Tomada del sacramentario gelasiano antiguo (s. VIII) en la misa de vigilia de la Ascensión del Señor. Con una gran carga bíblica: un corazón no ambicioso (cf. Sal 130,1), los pequeños (cf. Mt 11, 25 y Lc 10,21), recto es el corazón de José de Arimatea (Lc 23, 50), la sencillez de corazón está recomendada por el apóstol Pablo (cf. Flp 2, 15). El corazón es la sede de las pasiones y sentimientos del hombre. Para el mundo hebreo, el corazón es sinónimo de espíritu, memoria o conciencia. Dios conoce el corazón del hombre (cf. Sal 138, 1.23), no juzga por apariencias (cf. 1Sam 16,7). Esta oración recoge toda esta tradición y pide estar siempre muy unido a Dios, es decir, se trata de la inhabitación de Dios en el justo, puesto que la expresión “rectos y sencillos” es sinónimo de “hombre justo”.
Oración sobre las ofrendas

«Señor, que esta oblación nos purifique y nos renueve, y sea causa de eterna recompensa para los que cumplen tu voluntad. Por Jesucristo nuestro Señor». Esta oración no se halla en los sacramentarios precedentes por lo que pensamos que ha sido incorporada en el misal del beato Pablo VI. Recoge y continúa el tema de la oración colecta, esto es, un corazón puro y renovado (cf. Sal 50, 12) para que Dios pueda morar en él, auténtica y verdadera recompensa del hombre justo.
Antífonas de comunión

«Ellos comieron y se saciaron, el Señor les dio lo que habían pedido; no fueron defraudados». Inspirada en el salmo 77 versículos 29 al 30. En verdad, el Señor es el único que nunca defrauda. Cuando los fieles se acercan a comulgar ponen gran confianza en que el Cuerpo del Señor les renovará y sanará las heridas de su corazón y esas expectativas son cumplidas, con creces, puesto que Dios se vuelve generosísimo ante el hombre que pide su alimento (cf. 104, 27-28).

«Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna». Del Evangelio de Juan capítulo 3 versículo 16. El Señor es salvación y el Señor dado en comunión es entregado nuevamente al mundo para su salvación, esto es, la vida eterna.
Oración después de la comunión

«Alimentados con el manjar del cielo te pedimos, Señor, que busquemos siempre las fuentes de donde brota la vida verdadera. Por Jesucristo, nuestro Señor». Tomada del sacramentario gelasiano antiguo y presente también en el misal romano de 1570 en el VI domingo después de Epifanía. Es una oración eminentemente bucólica. Hay un manjar y una bebida. El manjar del cielo es el alimento eucarístico que nos impulsa a ir a las fuentes del agua de la gracia que purificarán el corazón para que esté pueda suspirar por la eternidad, o en palabras de san Agustín “nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (Confesiones 1, 1,1).
Visión de conjunto

            Todos pasamos la vida deseando algo que no tenemos. Con frecuencia tenemos sueños por realizar, planes por desarrollar y metas que alcanzar. Cada cual la suya. Pero hay una aspiración que reside, de una manera u otra, en el deseo de los hombres: la felicidad. Nos repugna la tristeza, la amargura, el dolor, etc. Sin embargo, la vida esta tejida, cual tapiz, por el binomio felicidad-infelicidad. La felicidad no es un fin en si mismo, sino un medio para vivir.

            Pasar la vida buscando la felicidad por sí misma es una continua utopía, es decir, algo inalcanzable por ser inexistente. La felicidad no es un lugar en el que vivir sino un estado de vida a mantener, de tal modo que habrá gente que en la peor de sus desgracias mantenga un ánimo impertérrito y una felicidad constante.

            Pero la felicidad no surge de la nada ni por generación espontánea ni por azar, sino que tiene una causa y un origen. La felicidad esta en Dios mismo. Dios es la felicidad absoluta y en la medida en que creamos en Él y nos fiemos de Él podremos experimentar la felicidad en nosotros. ¿Pero esto como es posible? ¿Cómo llega esta felicidad a mi vida?

            La teología espiritual ha hablado siempre de un concepto teológico, misterioso y sorprendente, al que ha llamado “inhabitación de la Trinidad en el justo”; o dicho con otras palabras: la presencia de Dios en el corazón del hombre piadoso.  La Sagrada Escritura dice: “Si alguno me ama, guardará mi palabra; y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14, 23). Eso es lo que pretende, precisamente, Dios con cada uno de nosotros: hacer morada, poner su tienda en nosotros. Pero para que esto pueda darse son necesarias algunas condiciones: un corazón puro, recto y sencillo.

            La vida de la gracia es conditio sine qua non para que Dios haga verdad su palabra en nosotros. Vivir en gracia de Dios debe ser el propósito de cada cristiano al comenzar el día. Evitar el pecado, ayudado por la misericordia de Dios, es lo primero que debemos programar. Vivir en gracia es vivir conforme a lo que Dios quiere y pide de nosotros. La coherencia fe - vida se hace hoy más necesaria que nunca. El corazón, pues, se hace puro en la medida en que es sanado por la gracia misericordiosa de Dios que se derrama en los sacramentos, en particular dos: comunión y reconciliación.

            Por otra parte, el corazón se hace recto en cuanto que es dirigido por la ley divina que lo inspira, es decir, por los mandamientos (los diez) y los preceptos morales del Evangelio. Y el corazón se vuelve sencillo mediante la docilidad que presta a la gracia de Dios y a las inspiraciones divinas.

En este corazón es donde Dios quiere habitar. En cada participación de la Eucaristía se actualiza y anticipa la participación escatológica en la cena del Cordero (cf. Ap 3, 20) pero para que este mortal encuentro se dé la casa ha de estar preparada y dispuesta, es decir, limpia de pecado.

Una vez efectuado este encuentro gozoso, la felicidad hará morada en el corazón del hombre piadoso y nunca se apartará de él, venga lo que venga, y se desarrollen las circunstancias que se desarrollen.

Así pues, en este domingo proponte hacer una buena confesión en cuanto te sea posible. Cuando comulgues, pídele a Dios que habite en lo más profundo de tu alma, que nunca se separe de ti.

Dios te bendiga