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viernes, 3 de noviembre de 2017

DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO





Antífona de entrada

«No me abandones, Señor; Dios mío, no te quedes lejos; ven a prisa a socorrerme, Señor mío, mi salvación». Del salmo 37, versículos del 22 al 23. La súplica prototípica de aquel que tema la lejanía de Dios, de aquel que no imagina su vida sin tener cerca a su Señor. En estos versos se deja oír el clamor angustiado de tantos hijos de la Iglesia que hoy pasan por diversas vicisitudes y obstáculos que les impide una vivencia plena de la fe en paz y en libertad. Con estas palabras se nos invita a, también, a rezar por ellos e impetrar para nosotros, también, la constante presencia protectora de Dios.

Oración colecta

«Dios de poder y misericordia, de quien procede el que tus fieles te sirvan digna y meritoriamente, concédenos avanzar sin obstáculos hacia los bienes que nos prometes. Por nuestro Señor Jesucristo». Aunque presente en la compilación veronense (s. V) esta oración ha sido tomada directamente del sacramentario gelasiano antiguo (s. VIII). También se encuentra en el de Angoulenme (s. IX) y en el misal romano de 1570. Esta oración tiene su corolario en la oración de postcomunión pues en ambas se aborda la cuestión de conseguir (alcanzar) las promesas de Cristo. La aportación de esta oración es la situar, siguiendo el Concilio de Orange (529), la gracia de Dios como antecedente a la libre disposición del hombre para servir a Dios. Luego, esta misma gracia acompaña y sostiene el camino del hombre para salvar, meritoriamente, los obstáculos que el pecado y la debilidad le impiden avanzar ligeramente.

Oración sobre las ofrendas

«Que este sacrificio, Señor, sea para ti una ofrenda pura y, para nosotros, una efusión santa de tu misericordia. Por Jesucristo, nuestro Señor». De nueva creación. Se recoge bellamente la doble dirección de toda acción litúrgica: la dimensión anabática, es decir, la ascendente (sea para ti… ofrenda) y la dimensión catabática, es decir, descendente (para nosotros…efusión).

Antífonas de comunión

«Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, Señor». Tomada del salmo 15, versículo 11. El sendero que lleva desde el banco hasta el ministro que nos espera para darnos la sagrada comunión es imagen del camino de la vida que hemos de transitar, en medio de los obstáculos, hasta llegar a gozar de la presencia definitiva del Señor en la Patria del cielo, donde seremos plenamente saciados del gozo de los santos y redimidos,

«El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí, dice el Señor». Del Evangelio según san Juan, capítulo 6, versículo 58. Acerquémonos presurosos, pues, a recibir el sacramento de la vida, el manjar exquisito donde Dios nos regala la vida para que no temamos ante las dificultades de la misma. La Santísima Trinidad se contiene en el alma de los creyentes cuando, con devoción, reciben la sagrada comunión. Esta presencia amorosa es seguro de vida presente y aval de vida eterna.

Oración de después de comunión

«Te pedimos, Señor, que aumente en nosotros la acción de tu poder, para que, alimentados con estos sacramentos del cielo, nos preparemos, por tu gracia, a recibir tus promesas. Por Jesucristo, nuestro Señor». Con algún cambio léxico ha sido tomada de los sacramentarios gelasiano antiguo (s. VIII) y de Angoulenme (s. IX) y del misal romano de 1570. Esta oración presente siempre en la tradición litúrgica de la Iglesia nos recuerda que la Eucaristía es anticipo de las realidades eternas que el Señor nos ha prometido disfrutar al final de la vida por eso se pide que el recibir la comunión nos sirva de provecho para irnos preparando a este encuentro definitivo.


Visión de conjunto

            La vida cristiana es, ciertamente, un camino angosto que hemos de recorrer pero no un destino ciego pues sabemos bien cuál es la meta y la cumbre del mismo: la patria del cielo. El formulario de la misa de este domingo nos ofrece, precisamente, algunas notas distintivas del camino de la espiritualidad cristiana, que nunca es linealmente progresiva sino que está sujeta al devenir psicosomático de las personas.

            La vida espiritual siempre tiene su inicio en la libre acción de Dios que actúa en el alma del hombre. Es lo que llamamos el “initium fidei”, tal como el Concilio de Orange (529) formuló en su anatema del canon quinto: “Si alguno dice que está naturalmente en nosotros lo mismo el aumento que el inicio de la fe y hasta el afecto de credulidad por el que creemos en Aquel que justifica al impío y que llegamos a la regeneración del sagrado bautismo, no por don de la gracia —es decir, por inspiración del Espíritu Santo, que corrige nuestra voluntad de la infidelidad a la fe, de la impiedad a la piedad—, se muestra enemigo de los dogmas apostólicos, como quiera que el bienaventurado Pablo dice: Confiamos que quien empezó en vosotros la obra buena, la acabará hasta el día de Cristo Jesús [Phil. 1, 6]; y aquello: A vosotros se os ha concedido por Cristo, no sólo que creáis en Él, sino también que por Él padezcáis [Phil. 1, 29]; y: De gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, puesto que es don de Dios [Eph. 2, 8]. Porque quienes dicen que la fe, por la que creemos en Dios es natural, definen en cierto modo que son fieles todos aquellos que son ajenos a la Iglesia de Dios”. Queda claro, pues, la aportación de la oración colecta.

            Sin embargo, el hombre que se inicia en este camino espiritual no es ajeno a lo obstáculos y vicisitudes de la vida, esto es, a la fuerza del pecado que habita en él como consecuencia del pecado de Adán. Por eso es importante aprender a invocar el auxilio divino ante las tentaciones del maligno. Los versículos que conforman la antífona de entrada son un modelo eximio de esta actitud suplicante del fiel. De Dios esperamos, siempre y solo, su misericordia frente a las asperezas con las que somos tratados por las potencias infernales que ni admiten ni admitirán que emprendamos un proceso de conversión y de vuelta a Dios. Esto mismo ya fue recordado por el mismo Concilio en su canon décimo: “La ayuda de Dios ha de ser implorada siempre aun por los renacidos y sanados, para que puedan llegar a buen fin o perseverar en la buena obra”.

            El sendero de la vida esta trazado y tiene un destino cierto: gozar de la presencia del Señor en la patria del cielo. No hay otro. Esa es la gran promesa que Cristo nos ha dejado, todo el resto es cumplimiento. De este modo, conseguir las promesas de Cristo no será otra cosa que habitar con Él en la morada de los santos y redimidos. Ese es nuestro fin y nuestra gloria.

Dios te bendiga

sábado, 14 de octubre de 2017

TRAJE DE BODAS


HOMILIA DEL XXVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            Si el domingo pasado, las lecturas nos invitaban a meditar sobre la necesidad de dar frutos de buenas obras, las de este domingo siguen la misma línea teológica. Si el domingo pasado, el evangelista Mateo nos presentaba una síntesis de la Historia de la Salvación de forma alegórica, este domingo nos plantea otra parábola en labios de Jesús que viene a ser otra alegoría sobre las bodas escatológicas que Dios quiere celebrar con la humanidad. La parábola continúa el mismo esquema literario: dos llamadas a los primeros invitados, a un primer destinatario que rechaza dicha propuesta, y una llamada definitiva a un segundo invitado, a un segundo destinatario que abraza la propuesta y se queda con ella. A los primeros se la quita y al segundo se le da para que de nuevos y buenos frutos.

            Se trata, hoy, de un rey que quiere celebrar la boda de su hijo, imagen del tiempo mesiánico que se inaugura con Jesucristo. Para dicha fiesta se ha dispuesto un banquete repleto de toda clase de manjares exquisitos y vinos de solera, se trataría de ese banquete definitivo que ya Isaías había profetizado en la primera lectura y que estaba abierto para todos los que quisieran acercarse a él. Para dar a conocer este banquete último de bodas, el rey manda a sus criados por dos veces a los primeros destinatarios de la fiesta, es decir, manda profetas, signos y señales al pueblo de Israel, primer destinatario de la salvación. Pero, también, por dos veces, este pueblo rechaza la invitación. Frente al acto libre de la bondad de Dios nos topamos con el rechazo terco del pueblo judío que no atiende a la urgencia final de estos tiempos que Jesús inaugura, hasta, incluso, matar a los enviados. La consecuencia no se hace esperar: el rey enfadado les arrebata la invitación y los destruye; e, incluso, aniquila la ciudad, como ocurrió, efectivamente, en el año 70 con la destrucción del Templo de Jerusalén y la ciudad.

            Aun así, la boda ni se retrasa ni se anula. La invitación ahora se dirigirá a los no destinatarios principales, a los que pululan por los cruces de los caminos, a los que negocian en los mercados, es decir, a la gente normal que hace su vida, que lucha por vivir y se siente marginada por las élites como si pensaran que esto de la salvación no va con ellos. Pues bien, la invitación a participar de los tiempos nuevos de Cristo va dirigida a todos sin excepción, buenos y malos: marginados de Israel, publicanos y despreciados, pecadores y justos para formar un nuevo pueblo integrados por todos a condición de que den frutos nuevos de buenas obras. De ahí la importancia de ir bien vestido a la boda con el traje de fiesta. No basta con formar parte de los nuevos invitados, o entrar de cualquier manera en la boda, sino que debemos ir bien vestidos, bien dispuestos para no desmerecer el festín en el que estamos, que es la Iglesia. Por eso, el rey no dudará en expulsar de la boda a aquel invitado-intruso que no se había molestado en prepararse bien, el típico invitado gorrón que se cuela para aprovecharse del banquete sin importarle nada más.


Vemos, así que efectivamente muchos son los llamados a la salvación, o dicho de otra manera, la llamada a salvarse es universal pero son pocos los que perseveran en esta llamada y fracasan. Todos hemos sido convidados a participar de la redención operada por Jesucristo pero muy pocos son los que la hacen suya, las que la aceptan en sus vidas. Aquí se esconde el sentido profundo del cambio en la traducción de las palabras del cáliz: no es “por todos” sino “por muchos”, ofreciendo así una visión más realista de la salvación.


Ahora bien, nosotros, los cristianos, los miembros de este nuevo Pueblo de Dios ¿Cómo lo vivimos? Ahora nosotros somos los convidados a las bodas escatológicas de Jesucristo; los llamados a entrar en la sala del festín donde los manjares exquisitos y los vinos de solera nos esperan, pero… ¿cómo vamos a entrar? ¿Tenemos el vestido de fiesta preparado? ¿Cómo es nuestra actitud hacia los dones de Cristo? A este banquete no se puede acceder de cualquier manera, la invitación es gratuita pero no barata: se nos exige el cambio y la conversión. Hay quienes ingenuamente piensan que con pertenecer a la Iglesia hay bastante, sin preocuparse de vivir honestamente la fe. Eso es un error garrafal de consecuencias nefastas, como vimos en la parábola.

En estos tiempos que corren tenemos que sentir la urgencia de confeccionarnos el traje nuevo de fiesta, que no es otra cosa que la coherencia de la fe, la vivencia honrada del trabajo cotidiano, de la caridad sincera, de la esperanza cierta. El traje nuevo es el amor a Dios expresado en todas sus formas, externas e internas, que los cristianos tenemos que aprender a vivir. En definitiva, queridos hermanos, este domingo la llamada a perseverar en las buenas obras de fe se hace más urgente, si cabe, dado los tiempos últimos en que nos toca vivir. No nos desanimemos sino que continuemos adelante poniendo nuestra confianza en Dios de quien viene todo bien y quien nunca abandona a sus hijos. Así sea.

Dios te bendiga

viernes, 13 de octubre de 2017

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO





Antífona de entrada

«Si llevas cuenta de los delitos, Señor ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón, Dios de Israel». Tomada del salmo 129, versículos del 3 al 4. Iniciamos la celebración apelando a la misericordia de Dios que no lleva el haber de los pecados sino que espera el arrepentimiento y la conversión de cada uno de nosotros. Su perdón depende de nuestra actitud. Hasta tal punto llega el respeto de Dios por nuestra libertad que sujeta su misericordia a nuestra contrición. Invoquemos pues a lo largo de la celebración la gracia divina para llorar nuestros pecados y experimentar el amor y el perdón de Dios. 

Oración colecta

«Te pedimos, Señor, que tu gracia nos precede y acompañe, y nos sostenga continuamente en las buenas obras. Por nuestro Señor Jesucristo». Esta oración la encontramos en el sacramentario de gelasiano de Angoulenme (s. IX) y en el sacramentario gregoriano del papa Adriano (s. X) fue conservada en el misal romano de 1570. Esta oración está centrada en el efecto de la gracia de Dios en nosotros: una gracia antecedente porque esta al inicio de cualquier obra humana querida por Dios, una gracia asistente que hace que las obras se mantengan estables y lleguen a buen fin. Esta oración nos recuerda que no estamos solos en el mundo sino que Dios no cesa nunca de acompañarnos y asistirnos con la fuerza de su auxilio. La gracia no es otra cosa sino el mismo Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas

«Acepta las súplicas de tus fieles, Señor, juntamente con estas ofrendas, para que lleguemos a la gloria del cielo mediante esta piadosa celebración. Por Jesucristo, nuestro Señor». Este texto también ha sido tomado de los sacramentarios gelasiano de Angoulenme (s. IX) y el gregoriano adrianneo (s. X) y del misal romano de 1570. Breve pero intensa es esta oración. Las preces y la oblación del pueblo de Dios tienen un único fin: hacernos llegar un día al cielo. El cielo es el fin y la meta de la vida del hombre y a él solo accedemos por la participación en la celebración del sacrificio eucarístico, antesala y pregustación de lo que un día se nos descubrirá en total plenitud.   

Antífonas de comunión

«Los ricos empobrecen y pasan hambre, los que buscan al Señor no carecen de nada». Tomada del salmo 33, versículo 11. En el momento de comulgar esta antífona es una explícita llamada a la confianza en Dios. Cuando nos acercamos a recibir la comunión nuestra actitud ha de ser la del mendigo que tímidamente se acerca a pedir limosna; nuestra limosna es Dios mismo. Por el contario, la soberbia y la prepotencia de los que creen tenerlo todo y por tanto no necesitan de Dios va empobreciendo poco a poco su alma y arrastrándola al pecado de apatía hasta el olvido de Dios.

«Cuando se manifieste el Señor, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es». De la Primera Carta del apóstol san Juan, capítulo 3 versículo 2. Esta promesa de la carta de san Juan solo es posible en proceso espiritual de configuración con Cristo que llamamos “cristificación”, es decir, mediante nuestra relación con Cristo y el contacto asiduo con Él en los sacramentos vamos sintonizando en sus sentimientos (cf. Flp 2, 5) e interiorizando las actitudes que nos muestra de Él el santo evangelio. Esta transformación dura toda la vida pero el punto de inflexión lo experimentamos cuando la asistencia a misa deja de ser una obligación cristiana y pasa a ser una necesidad humana y espiritual.

Oración de postcomunión

«Señor, pedimos humildemente a tu majestad que, así como nos fortaleces con el alimento del santísimo Cuerpo y Sangre de tu Hijo, nos hagas partícipes de su naturaleza divina. Por Jesucristo, nuestro Señor». Esta oración ha sido tomada de la compilación veronense (s. V). Se ve implícitamente, de nuevo, la teología del “admirable intercambio” (recordemos: Dios se hace hombre para que el hombre llegue a ser Dios). En este caso, la participación en la naturaleza divina nos viene por la recepción de las especies sacramentales que no son sino el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo.


Visión de conjunto

            ¿Cuántas veces escuchamos hablar de la gracia de Dios? Pero… ¿sabemos a qué nos referimos con este concepto? La oración colecta de la misa de hoy nos habla de la gracia de Dios que nos precede, acompaña y sostiene nuestras obras.

            En síntesis podemos definir la gracia de Dios como el favor divino hacia nosotros. La gracia es el don más grande que se pueda imaginar porque es Cristo mismo ¿porqué? Porque la gran obra que Dios ha hecho en favor nuestro es el habernos dado a su propio Hijo para nuestra salvación. En Cristo Dios nos comunica su amor divino. Así, la gracia es el acontecimiento salvador de Cristo en la medida en que participamos de ellos.

Tradicionalmente la gracia ha sido entendida como una ayuda o auxilio que Dios envía en favor nuestro, la ayuda que Dios concede al pecador para impulsarle en su nueva vida pero esto es una visión que si bien es cierta no es menos verdad que es bastante parcial y reducida porque la gracia en nosotros tiene no solo un efecto sanante sino también el de hacernos hijos de Dios, esto es, la filiación divina.

La gracia es el favor, el auxilio gratuito que Dios nos da para responder a su llamada: llegar a ser hijos de Dios (cf Jn 1, 12-18), hijos adoptivos (cf Rm 8, 14-17), partícipes de la naturaleza divina (cf 2 P 1, 3-4), de la vida eterna (cf Jn 17, 3). La gracia es una participación en la vida de Dios. Nos introduce en la intimidad de la vida trinitaria: por el Bautismo el cristiano participa de la gracia de Cristo, Cabeza de su Cuerpo. Como “hijo adoptivo” puede ahora llamar “Padre” a Dios, en unión con el Hijo único. Pero solo es posible en la medida en que aceptemos la obra de Cristo y su efecto como fuente de salvación para nosotros. De este modo se entiende claramente la expresión paulina de la “justificación por la fe” como justificación de todos los hombres, con independencia de la ley a la que estuvieran sometidos (fueran judíos o paganos), es la universalidad de la salvación de Jesucristo. Así pues, uno no se salva por cumplir una ley única y determinada sino por la aceptación personal de Cristo y la puesta en obra de la nueva ley que se adquiere con él. Así salvamos el binomio “fe-obras”.

También debemos tener en cuenta que la fe por la cual efectuamos esta aceptación no es obra puramente humana sino también don de Dios, lo que san Agustín llamaba el “initium fidei (= el inicio de la fe)” sin embargo, la libertad del hombre no se ve limitada sino que entra en juego en el abandono que hace a este don, la renuncia a la propia afirmación de uno mismo para dar la primacía a Dios en la vida. La libre iniciativa de Dios exige la respuesta libre del hombre, porque Dios creó al hombre a su imagen concediéndole, con la libertad, el poder de conocerle y amarle. El alma sólo libremente entra en la comunión del amor. Dios toca inmediatamente y mueve directamente el corazón del hombre.

Pero no olvidemos que el hombre está bajo el signo del pecado y, por tanto, todo lo dicho anteriormente se topa con el escollo de una libertad inclinada hacia el mal. Pero si hemos dicho que la gracia actúa en el hombre en la medida en que éste participa de la redención de Cristo ¿Cómo es posible esto? ¿Pueden convivir gracia y pecado en el hombre? Veamos cómo se resolvió este problema. Para ello, hagamos un viaje en el tiempo y retrocedamos a las sesiones del Concilio de Trento.

Lutero había dicho que el pecado original había tenido un efecto devastador en el hombre. La naturaleza humana había quedado totalmente destruida por lo que poco o nada podía hacer para salvarse. Ante este pesimismo antropológico, Lutero propone el concepto de justificación foránea o externa, es decir, que Dios mira a su hijo muerto en la cruz y hace la vista gorda hacia nosotros, perdonándonos externamente pero por dentro seguimos igual de corruptos y pecadores.

Ante esta posición de Lutero, el Concilio de Trento redactará su “Decreto sobre la justificación”. Este documento ha sido calificado como la joya del Concilio. Tiene un valor incuestionable puesto que su contenido es de plena actualidad y nunca ha sido ni cuestionado ni enmendado por nadie.

La justificación se inserta en la misma Historia de la Salvación. Por el pecado de los primeros padres, todos éramos reos de la ira divina (cf. Ef 2,3), éramos esclavos del pecado (Rom 6,20). Pero Dios mismo, movido por su misericordia y su compasión, llegada la plenitud de los tiempos (cf. Gal 4,4), envió a su propio hijo para que el mundo fuera salvado por Él (cf. Jn 3, 17). Por Él fuimos hijos adoptivos de Dios (cf. Gal 4,5). Cristo mismo se hace ofrenda y víctima de propiciación por nuestros pecados como lo recoge el discurso sacerdotal de Juan 17.

Esta ofrenda de Jesucristo es causa de mérito infinito ante Dios Padre, quien se complace en su Hijo amado (Mt 3, 17). Los efectos salvíficos del misterio pascual de Jesucristo se han dado de una vez para siempre, es lo que se denomina redención objetiva, pero cada uno de nosotros ha de apropiarse de ellos, ha de hacerlos suyos, es lo que llamamos redención subjetiva. Nosotros aquí nos centramos en esta última, dado que la justificación vendrá en la medida en que por nuestra fe y nuestras obras nos aprovechemos de los méritos de Cristo en su Pasión-muerte y resurrección. La redención, pues, si bien es universal, solo le aprovecha quien se lucra de ella, de ahí el cambio en la traducción de las palabras de consagración del Cáliz, “por muchos” en lugar de “por todos los hombres”.

El mismo Concilio dice que la justificación en los adultos deviene de la gracia de Dios preveniente por medio de Cristo Jesús y explica “la vocación, por la que son llamados sin que exista mérito alguno en ellos, para que quienes se apartaron de Dios por los pecados, por la gracia de Él, que los excita y ayuda a convertirse, se dispongan a su propia justificación, asintiendo y cooperando libremente a la misma gracia, de suerte que, al tocar Dios el corazón del hombre por la iluminación del Espíritu Santo, ni puede decirse que el hombre mismo no hace nada en absoluto al recibir aquella inspiración, puesto que puede también rechazarla; ni tampoco, sin la gracia de Dios, puede moverse, por su libre voluntad, a ser justo delante de Él”.

La única condición para ello es acercarse con plena confianza a Dios misericordioso que perdona los pecados (cf. Mt 9,2; Mc 2,5), un trono maravilloso, a millares de ángeles en fiesta y a una sangre que habla mejor que la de Abel (Heb 12, 22-24). En definitiva, la disposición para enderezar el corazón (cf. 1 Sam 7,3).

Si para Lutero, Dios, mirando a su Hijo muerto en la cruz, hacía la vista gorda hacia nuestros pecados, Trento afirma que su Pasión fue la que nos mereció a nosotros la justificación, que nos llega por el Bautismo. De ahí que se concluya que “la única causa formal es la justicia de Dios, no aquella con que él es justo, sino aquella con que nos hace a nosotros justos”. Es decir la gracia por la que hemos sido renovados en el espíritu de nuestra mente y no solamente desde fuera, “verdaderamente nos llamamos y somos justos”.

Así pues, en resumen: dos son los efectos principales de la gracia en nosotros: la filiación divina y la justificación perfecta. ¿Cómo podemos participar de la redención para que los efectos de la gracia sean una realidad en nosotros? Para ello la gracia puede clasificarse en diversas categorías según sean sus efectos:
1.      La gracia santificante: es un don habitual, una disposición estable y sobrenatural que perfecciona al alma para hacerla capaz de vivir con Dios, de obrar por su amor. Se debe distinguir entre:

2.      La gracia habitual: disposición permanente para vivir y obrar según la vocación divina.

3.      Las gracias actuales: que designan las intervenciones divinas que están en el origen de la conversión o en el curso de la obra de la santificación.

4.      Las gracias sacramentales: dones propios de los distintos sacramentos.

5.      Las gracias especiales: llamadas también carismas, según el término griego empleado por san Pablo, y que significa favor, don gratuito, beneficio. Los carismas están ordenados a la gracia santificante y tienen por fin el bien común de la Iglesia. Están al servicio de la caridad, que edifica la Iglesia.

6.     Las gracias de estado: que acompañan el ejercicio de las responsabilidades de la vida cristiana y de los ministerios en el seno de la Iglesia.


Vivamos, pues, la gracia de Dios y en gracia de Dios.

Dios te bendiga


viernes, 22 de septiembre de 2017

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO





Antífona de entrada

«Yo soy la salvación del pueblo, dice el Señor. Cuando me invoquen en la tribulación, los escucharé y seré para siempre su Señor». Origen desconocido. Esta antífona también aparece en otro momento del misal, es la antífona de entrada de la misa del jueves de la III semana de Cuaresma. Hoy el mismo Señor Jesús habla a su pueblo desde el inicio de la celebración al contrario que otros domingos en que el salmo correspondiente nos sitúa en un tono espiritual determinado. En este caso el Señor se aliga con nosotros mediante una promesa: nos escuchará y se quedará para siempre con nosotros. Estas palabras despiertan en nosotros un gozo inefable que nos invita a entrar en la celebración de modo decidido y sin nada que temer.

Oración colecta

«Oh Dios, que has puesto la plenitud de la ley divina en el amor a ti y al prójimo, concédenos cumplir tus mandamientos, para que merezcamos llegar a la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo». La primera parte de la oración […prójimo] se encuentra en la compilación veronense (s. V) mientras que la segunda parte hasta el final es de nueva incorporación. Dice el Señor que los mandamientos se cierran en dos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo (cf. Mt 22, 36-40). Esta misma idea se trasvasó a la liturgia en el s. V indicando que el cumplimiento de esta ley es el camino seguro para heredar la vida eterna.

Oración sobre las ofrendas

«Recibe, Señor, en tu bondad las ofrendas de tu pueblo, para que cuanto creemos por la fe lo alcancemos por el sacramento celestial. Por Jesucristo, nuestro Señor». Tomada de la compilación veronense (s. V). Los dones que ponemos sobre el altar los colocamos confiando en que sean agradables y aceptos para Dios. No por lo que son (pan, vino y agua) sino por lo que serán (Jesucristo), pues para Dios no hay cosa más agradable que la ofrenda de su Hijo. Así, al deponer los dones sobre el altar creemos que se convertirán en sacramento de vida eterna, precisamente lo que queremos alcanzar al final de nuestras vidas.

Antífonas de comunión

«Tú, Señor, promulgas tus decretos para que se observen exactamente; ojalá esté firme mi camino para cumplir tus consignas». Tomada del salmo 118, versículos 4 al 5. Nuestro camino físico en este momento hace que nuestros pasos se encaminen hacia la recepción del Santísimo Sacramento. Pero esta vía solo se puede iniciar, transitar y concluir con éxito siempre que observemos los mandamientos exactamente, es decir, vivamos en gracia de Dios, reconciliados con el Padre y en comunión con la Iglesia.

«Yo soy el Buen Pastor, dice el Señor, que conozco a mis ovejas, y las mías me conocen». Inspirada en el Evangelio según san Juan, capítulo 10, versículo 14. El Pastor nos espera pacientemente, en este momento, para darnos su pasto. El Pastor se hace pasto en la Eucaristía. De este modo, tanto el Pastor como las ovejas, el pasto y los corderos, el amado y los amantes se reconocen mutuamente y se buscan desesperadamente. Es hermoso vivir este momento de la Eucaristía desde estos sentimientos.

Oración de poscomunión

«Señor, apoya bondadoso con tu ayuda continua a los que alimentas con tus sacramentos, para que consigamos el fruto de la salvación en los sacramentos y en la vida diaria. Por Jesucristo, nuestro Señor». Aunque aparece, con alguna variante, en los sacramentarios gelasiano, la oración está tomada tal cual, literalmente, del misal romano de 1570. De esta compleja oración podemos extraer una idea más o menos clara: la liturgia y la vida están íntimamente relacionadas en pos de la salvación del hombre. Los sacramentos a los que se refiere son el pan de la Eucaristía y la dimensión sacramental de la Palabra de Dios proclamada en la celebración. Ambas dos, las dos mesas de la celebración, pretenden fortalecer e iluminar la vida de los cristianos para que caminando en santidad, puedan gozar de celebrar la liturgia del cielo.

Visión de conjunto

En otro post anterior estuvimos tratando acerca del amor a Dios, primera cláusula de la ley divina. Hoy me gustaría compartir con ustedes alguna reflexión del amor al prójimo, cláusula que cierra la nueva ley dada por Cristo.

En las antigua Roma y en las sociedades coetáneas no existía el concepto de persona tal cual hoy lo conocemos y utilizamos. En Roma las personas se dividían en dos clases: en ciudadanos (personas libres) o esclavos. Esta clasificación suponía que solo los libres o los que adquirían la libertad eran considerados ciudadanos del imperio, libres y por tanto personas con derechos. De tal forma, que la individualidad no existía y en caso de que se tuviera era por pura concesión graciosa del todopoderoso estado que controlaba la vida de sus miembros.


La llegada del cristianismo y su encuentro con las categorías filosóficas helénicas supone el surgimiento de un nuevo concepto de persona como imagen de Dios (“ikono Dei”). La maduración de este pensamiento desde el alba de la revelación judía supuso descubrir que el hombre, por ser imagen de Dios, es sujeto libre y depósito de derechos y deberes para con Dios y su prójimo. Esto supuso algunas consecuencias de gran calado, entre otras la de las responsabilidad personal de los actos que se cometen. El hombre ya no está bajo el inexorable dominio de las fuerzas numinosas, de los hados o de la fatalidad y el capricho de los dioses, sino que como sujeto individual y libre es responsable de la moralidad de sus actos: del bien y del mal que comete. Y en este sentido surge la categoría del “pecado”.

El pecado no será otra cosa que el negligente uso de la libertad individual en tanto que contraviene lo dispuesto por el Creador y afecta negativamente a los demás seres con los que compartimos la existencia. Así pues, libertad y pecado están entrelazados del mimo modo que lo están libertad y virtud. Incluso podríamos decir que la libertad es el mismo sujeto actuante y foco de virtudes y errores. Pero no podemos ser ingenuos y pensar que nuestra naturaleza es tan pura y virtuosa hasta el punto de decidir por ella solo lo bueno y lo malo. La experiencia nos demuestra que el hombre está inclinado a hacer el mal, o dicho de otra manera, que no realiza el bien tanto y tantas veces como quisiera. A esta experiencia la llamamos el “Pecado Original” y su efecto en nosotros, “concupiscencia”.

Pero aclaremos esto: la naturaleza humana fue creada a imagen de Dios y por tanto, inocente y en gracia. De tal modo que antes del pecado original fue la inocencia original, en la que fue creada el primer Adán. Precisamente, cuando decimos que Cristo es hombre perfecto, imagen del hombre nuevo o nuevo Adán o que fue en todo semejante a nosotros excepto en el pecado, lo que se pretende señalar es que Él vive y nos muestra el estado de perfección original, antes del pecado. Y a ese nivel de inocencia es adonde quiere llevarnos con su obra de Redención. Por eso decimos que la libertad está asistida por la gracia que, como don y auxilio divino, es la que inspira, sostiene y acompaña nuestro obrar.


Así, podemos decir que el hombre es creatura de Dios, creado a imagen y semejanza de Él, con una naturaleza buena pero inclinada al pecado y esto afecta a la toma de decisiones en el ejercicio de su libertad. Por tanto, cada hombre y mujer es imagen de Dios y por tanto presencia de Dios en el mundo y este es el fundamento último para vivir el mandato del amor al prójimo.

Los cristianos no estamos llamados a ser altruistas. A amar al otro por que sí, sino a amarla en tanto en cuanto descubrimos a Dios en el otro, tal como lo atestigua el santo evangelio cuando dice Jesús “cada vez que lo hicisteis con uno de estos hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (cf. Mt 25, 40) o “a quien vosotros os escucha a mí me escucha” (cf. Lc 10,16).

Cristo se identifica de este modo con el prójimo y con cada uno de nosotros. Según esta lógica, cada vez que un cristiano actúa y ejerce la caridad es Cristo quien actúa y se presenta, de nuevo, como buen samaritano. Y cuando el prójimo recibe nuestra ayuda y colaboración es Cristo quien la recibe como un humilde hermano entre nosotros.

Por tanto, queridos lectores, no nos cansemos de hacer el bien pues desde Cristo lo hacemos y a Cristo se lo hacemos. El cristiano no se conforma con ser buena persona sino que aspira a ser santo y para serlo solo es necesario imitar a nuestro Señor.

Dios te bendiga

sábado, 16 de septiembre de 2017

NADIE DA LO QUE NO TIENE


HOMILIA DEL XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            Dice un refrán muy castizo: “nadie da lo que no tiene”. Y, efectivamente, es así. Las lecturas de este domingo parten precisamente de la experiencia del perdón, o mejor dicho: de la experiencia del sentirse perdonado; de haber recibido una palabra concreta capaz de borrar sus pecados y devolverle a la vida de la gracia.

            Tanto el libro del Eclesiástico como la parábola del evangelio de Mateo se centran en el mismo tema: perdonar para ser perdonados.

            Ciertamente, para el hombre es muy difícil perdonar. Las ofensas que recibimos con frecuencia van agrietando nuestra alma hasta el punto de que no somos capaces de perdonarlas ni a quienes nos ofenden; o en el mejor de los casos, podemos perdonar pero no olvidar la deuda que los ofensores contraen con nosotros. Y aquí entran en juego los interrogantes que el Eclesiástico nos propone “¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor?”, “No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados?”.

            Este es un tema crucial para los cristianos de hoy y de ayer. A veces, acudimos a Dios creyendo que tenemos derecho a ser perdonados, a recibir su misericordia; y no nos percatamos de que, como dice la carta de Santiago, “el juicio será sin misericordia para quien no practicó la misericordia” (cf. Sant 2,13), que es el caso de la parábola del evangelio y tan real como la vida misma: el mismo empleado a quien el rey perdonó su deuda no dudó en mandar a prisión a quien a él le debía menos. El primero recibió misericordia del rey mientras que el segundo no la recibió del primero, por eso, cuando el rey se entera, no vacila en mandarle también a prisión. De esta manera, la parábola viene a ser como un recordatorio de que la paciencia y la misericordia no son infinitas, porque su único límite lo pone la injusticia obstinada y pertinaz del pecador.

            Expliquemos esto: a veces tenemos una visión ingenua e infantil de la misericordia. Pensamos que es algo que nos pertenece, algo a lo que tenemos derecho, algo que va de suyo en Dios, pero esto no deja de ser una comprensión falsa y tramposa de lo que realmente es la misericordia y la paciencia de Dios. Como se desprende de los textos de la misa de hoy, la misericordia es un don que generosamente Dios regala a quien en este mundo ejerce y vive su ser misericordioso, aun en medio de la debilidad y el pecado, pero no para quedarse instalado en el pecado sino para salir de él, aunque cueste, aunque signifique perder muchas cosas, aunque suponga salir de la estabilidad y la comodidad de vida. Cuando un pecador inicia su camino de conversión, es la gracia la que le mueve al inicio de la misma, le sostiene en su peregrinar y le hace llegar a la plenitud de la vida nueva. Pero el pecador que no hace propósito de enmienda no puede esperar la misericordia divina; no porque Dios no quiera concedérsela, sino porque él mismo se ha auto-limitado y auto-impedido el poder experimentarla.  

            Así pues, queridos hermanos, solo quien busca a Dios, lo encuentra; solo quien necesita misericordia, la recibe; solo quien ha sido perdonado, puede perdonar; solo quien se sabe que no es el centro del mundo, puede acoger a su prójimo. En definitiva, es volver al refrán con el que habíamos comenzado esta homilía: “nadie da lo que no tiene”, pero en nuestro caso, hemos recibido mucho amor de Dios, por tanto, y con gran razón, hemos de dar amor, paciencia y misericordia aun a aquellos que, humanamente, no la merecieran. Y no tanto por ellos sino por nosotros para hallar gracia y paz de parte de Dios.

            Queridos hermanos, que por nuestra parte no quede nunca nada por hacer; que podamos presentarnos siempre ante Dios con una conciencia pura y tranquila de saber que hemos hecho lo que teníamos que hacer y que hemos pasado por este mundo haciendo el bien. “¿Siete veces? Hasta setenta veces siete” ahí está la esencia y la excelencia del cristiano. Que así sea.

Dios te bendiga

viernes, 2 de junio de 2017

DOMINGO DE PENTECOSTÉS





Antífonas de entrada

«El Espíritu del Señor llenó la tierra y todo lo abarca, y conoce cada sonido. Aleluya». Tomada del libro de la Sabiduría, capítulo 1, versículo siete. Esta antífona, con la que iniciamos la celebración, nos evoca al relato de los orígenes del mundo cuando el Espíritu aleteaba sobre la faz de la tierra fecundando las aguas con el bateo de sus alas. La solemnidad de hoy supone un nuevo comienzo para el mundo y la humanidad entera, pues los dispersos por el pecado de Babel son congregados por la unidad de Pentecostés. El dador de vida realiza ahora su obra abarcándolo todo y animando cada cosa.

«El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que habita en nosotros. Aleluya». Construida a partir de la carta de san Pablo a los romanos capítulo 5, versículo 5 y capítulo 8, versículo 11. El Espíritu Santo es el gran don de la Pascua; posibilitador de la presencia viva y permanente del Resucitado en su Iglesia. El Espíritu Santo inunda el corazón del hombre haciendo de él un tabernáculo donde pueda morar la presencia santa de la Trinidad. Cristo ha derramado su sangre, el Padre y el Hijo derraman el Espíritu que hizo posible la fecundación del Verbo en el seno de la Virgen de donde recibió la carne y la sangre humana. Desde el inicio de la celebración de hoy se nos invita a abrir el corazón para acoger la gracia del Santo Espíritu.

Oración colecta

«Oh Dios, que por el misterio de esta fiesta santificas a toda tu Iglesia en medio de los pueblos y de las naciones, derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y realiza ahora también, en el corazón de tus fieles, aquellas maravillas que te dignaste hacer en los comienzos de la predicación evangélica. Por nuestro Señor Jesucristo». Tomada del sacramentario gelasiano antiguo (s. VIII). Esta preciosa oración está estructurada en una triple perspectiva: la Iglesia, el mundo y los fieles. Respecto de la Iglesia, el Espíritu es quien la constituye como sacramento universal de salvación y como testimonio perenne de la presencia de Dios en medio de los pueblos y las naciones. Respecto del mundo, el Espíritu va preparando los confines de la tierra para que se abran al Evangelio, pues la creación entera espera la manifestación de los hijos de Dios (cf. Rom 8, 19). Respecto de los fieles, el Espíritu es quien inflama el corazón de éstos, como hizo en otro tiempo en Pentecostés, para que puedan descubrir las maravillas que Dios realiza en ellos. Por último, la oración recuerda que el Espíritu es el alma que da vida a la Iglesia, porque es el que hace posible que todas sus acciones litúrgicas y evangelizadoras sean fecundas y confieran la gracia que a través de ellas se demandan.

Oración sobre las ofrendas

«Te pedimos, Señor, que, según la promesa de tu Hijo, el Espíritu Santo nos haga comprender más profundamente la realidad misteriosa de este sacrificio y se digne llevarnos al conocimiento pleno de toda la verdad revelada. Por Jesucristo, nuestro Señor». Dice el Señor en el Evangelio que cuando venga el Espíritu Santo nos lo enseñaría toda porque había cosas que sin su luz interior no podemos comprender. Y ciertamente la transubstanciación del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor es un misterio que solo se comprende por una especial iluminación de la fe puesto que los sentidos se ven engañados cuando exteriormente ven pan y vino siendo en verdad Cuerpo y Sangre del Señor. Solo por la acción del Espíritu en nosotros somos conducidos a descubrir la verdad plena de las realidades ocultas bajo los signos externos.

Antífona de comunión

«Se llenaron todos de Espíritu Santo y hablaron de las grandezas de Dios. Aleluya». Tomada de Hechos de los apóstoles capítulo 2, versículos del 4 al 11. Como ya dijimos en comentarios anteriores, cuando recibimos la comunión sacramental, no solo comulgamos con el Cuerpo del Señor sino con la Trinidad entera porque cada una de las obras de las Divinas Personas, aunque sean atribuidas a una de ellas realmente están las otras dos implicadas. Así pues, según este principio teológico, al comulgar, de alguna manera, somos “pneumatizados” (= llenados del Espíritu Santo) para poder proclamar de palabra y obra todo lo que Dios ha hecho por nosotros, su entrega en la cruz, que se actualiza en la Eucaristía.

Oración después de la comunión

«Oh Dios, que has comunicado a tu Iglesia los bienes del cielo, conserva la gracia que le has dado, para que el don infuso del Espíritu Santo sea siempre nuestra fuerza, y el alimento espiritual acreciente su fruto para la redención eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor».  Esta nueva oración viene a reafirmar lo dicho en la colecta. Si ante se pidió la gracia septiforme del Espíritu, ahora vuelve a manifestarse la intención de que esta sea conservada sin mancha. Y en perspectiva escatológica sitúa la fuerza del Espíritu que nos viene por la constante nutrición de los alimentos espirituales.

Visión de conjunto

            Llegamos al final de la Pascua, tras la subida del Señor a los cielos a la Iglesia le es enviada la ayuda del Paráclito, el Espíritu defensor, por la complicada misión que tendrá; el espíritu de ciencia para que aprenda, interiorice y proclame la Verdad de su Señor y Dios, Jesucristo. El Espíritu de piedad para que constantemente ofrezca un culto sincero a Dios; el Espíritu de temor de Dios para que aprenda a amarle sinceramente y persevere en las buenas obras huyendo de todo aquello que desdiga de su misión y ofenda a Dios. El Espíritu de fortaleza para que se mantenga en pie y con entereza cuando las vicisitudes de la misión y los constantes ataques del mundo la humillen y le hagan zozobrar su fe; el Espíritu de consejo para que exhorte al mundo entero a volver a Dios, a no abandonar nunca la confianza puesta en Él; también para amonestar y denunciar el pecado y corrupción de este mundo que vicia las conciencias de los cristianos. El Espíritu de inteligencia para saber descubrir la acción poderosa y maravillosa de Dios a cada momento de su historia y en cada lugar donde se implanta; y el espíritu de sabiduría para guiar a la humanidad a la Verdad plena, para preparar un pueblo bien dispuesto hasta la vuelta de Jesucristo.

            Pentecostés, por tanto, es la fiesta de la Iglesia, porque es, en definitiva, el Espíritu que la anima y la impulsa por los caminos de la historia, como dice un himno de la liturgia de las horas: “Ésta es la fuerza que pone en pie a la Iglesia en medio de las plazas, y levanta testigos en el pueblo para hablar con palabras como espadas delante de los jueces”. Pero también, es el Espíritu que recrea al mundo y lo renueva constantemente. Es el Espíritu que atraviesa los muros y fronteras de las naciones para hacer de todos los pueblos un único pueblo por la fe en Jesucristo, el Señor.

            Como vemos, los siete dones que concede la gracia del Espíritu Santo son para nuestro provecho espiritual si sabemos demandarlos. La tercera Persona de la Trinidad bien sabe lo que necesitamos, el problema es que los cristianos muy pocas veces pedimos cosas grandes, nos conformamos con la oración rutinaria, pedir cosas de este mundo y para este mundo. El Espíritu Santo es quien crea en nosotros la voz de la oración, el espíritu de oración que nos hace pedir lo que realmente necesitamos.

Debemos, pues, queridos lectores, acrecentar en nosotros la fe en el Espíritu Santo, tenerle más presente en nuestra vida, confiar en sus inspiraciones e invocarle con frecuencia. Para ello, aquí te propongo la secuencia del Espíritu Santo que puede ayudarte a invocarlo con seguridad y confianza:

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.


Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.


Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado
cuando no envías tu aliento.


Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas,
infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.


Reparte tus siete dones
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.
Amén.

Dios te bendiga

viernes, 12 de mayo de 2017

LITURGIA DEL V DOMINGO DE PASCUA




Antífona de entrada

«Cantad al Señor un cántico nuevo porque ha hecho maravillas; reveló a las naciones su salvación. Aleluya». Tomada, con alguna variación, del salmo 97, versículos 1 al 2. La Pascua es el tiempo de las maravillas obradas por Dios desde la creación del mundo. Pero si admirable es la creación, aún lo es más la redención, porque afecta no solo al hombre caído, sino también a todo lo que existe, ha existido y existirá. La liturgia de este domingo nos invita a cantar, a exultar de gozo por haber sido asociados a este conjunto de maravillas que Dios obra cada día y actualizamos y celebramos en la Eucaristía.

Oración colecta

«Dios todopoderoso y eterno, lleva a su pleno cumplimiento en nosotros el Misterio pascual, para que, quienes, por tu bondad, han sido renovados en el santo bautismo, den frutos abundantes con tu ayuda y protección y lleguen a los gozos de la vida eterna. Por nuestro señor Jesucristo». De nueva incorporación. Esta oración está centrada en el misterio pascual de Jesucristo como principio sobre el que hemos de fundamentar la nueva vida recibida en el santo bautismo. Con su muerte y resurrección se nos ha abierto el camino hacia la pascua definitiva para cada uno, que es el cielo; pero para ello hemos de dar aquí y ahora frutos de buenas obras.

Oración sobre las ofrendas

«Oh Dios, que nos haces partícipes de tu única y suprema divinidad por el admirable intercambio de este sacrificio, concédenos alcanzar en una vida santa la realidad que hemos conocido en ti. Por Jesucristo, nuestro Señor». Solo la encontramos en el misal romano de 1570 para el IV domingo de pascua. La teología del “mirabile commercium” (= admirable intercambio) no se reduce solo al tiempo de Navidad sino que se extiende a todo el año litúrgico. Pero en este tiempo de pascua, el admirable intercambio se ha dado, no ya en la Encarnación del Verbo, sino también en el intercambio operado entre el Hijo y nosotros respecto del sacrificio de expiación a Dios Padre. Dicho de otra manera, en la pascua, Cristo se entrega a sí mismo en rescate por todos (cf. 1Tim 2,5) como dijo Él “el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20,28) y como canta la liturgia de la Vigilias pascual “para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo”. Pues bien, este trueque asombros es el aval para poder vivir la vida nueva de los renacidos en el bautismo.

Antífona de comunión

«Yo soy la verdadera vid, y vosotros los sarmientos, dice el Señor; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante. Aleluya». Centonización de los versículos 1 y 5 del capítulo 15. Pretende ser un eco del evangelio de este domingo. Mediante la comunión sacramental nos unimos muy íntimamente al Señor, o dicho de otra manera, por el bautismo somos injertados en el tronco de Cristo y por la comunión recibimos la sabia de la vida nueva. El cristiano tiene que actualizar cada día su unión con el Señor y ésta se realiza de modo más eficaz participando del Cuerpo y la Sangre del Señor.

Oración de pos comunión

«Asiste, Señor, a tu pueblo y haz que pasemos del antiguo pecado a la vida nueva los que hemos sido alimentados con los sacramentos del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor». De nueva incorporación. Esta oración sitúa en el plano escatológico la oración que desde el inicio de la misa no ha dejado de repetirse en el formulario: el paso del hombre viejo a la vida nueva que se nos da por el bautismo. La conversión conlleva la perseverancia en el bien y la perseverancia en el bien se mantiene por la asidua participación en el banquete eucarístico.

Visión de conjunto

            Hay ocasiones en la vida que uno debe pararse y pensar cómo está viviendo, si va bien, si va mal, qué debe mejorar, qué debe potenciar. Todos hemos pasado alguna situación en que nos gustaría cambiar, es decir, no nos sentimos cómodos con lo que vivimos, y pensamos que debemos dar un paso más, un paso adelante.

En la vida espiritual ocurre lo mismo: constantemente hemos de ir dando pasos en nuestra conversión personal. Por el bautismo hemos abandonado nuestra condición de pecado, de hombre viejo. Por las aguas bautismales hemos sido sepultados con Cristo y restituidos a la gracia, a la vida nueva con Él. Pero no es menos cierto que la vida cotidiana puede hacernos creer lo contrario, puesto que a pesar de que hemos sido liberados del pecado original, la concupiscencia ha inclinado nuestra naturaleza hacia el mal.

Entonces ¿cómo entender esta dicotomía? ¿Somos justos y pecadores al mismo tiempo? A esto último debemos responder rotundamente no, puesto que la gracia y el pecado no pueden convivir simultáneamente. Gracia y pecado son como el agua y el aceite. Respecto a la primera cuestión, el formulario litúrgico de este domingo nos ofrece una bella exposición acerca de la vida nueva operada en nosotros por el bautismo.

En primer lugar, en la base de la vida nueva esta la participación sacramental en el misterio de la muerte y resurrección del Señor. El bautismo nos ha injertado en su cuerpo, de ahí que con razón podemos decir que la Iglesia es el cuerpo místico de Cristo y que, por tanto, nosotros somos miembros de su cuerpo, piedras de su templo. Pues bien, si esto es así no podemos pensar que todo lo que atañe al cuerpo de Cristo sea ajeno a nosotros o que simplemente sea un mero ejemplo estimulante para la vida. No. Todo lo que atañe al cuerpo humano de Cristo repercute en los miembros de su místico cuerpo, es decir, la Iglesia en general y cada cristiano en particular.

Miremos, por un momento, el cuerpo glorioso del Cristo resucitado. Es un cuerpo transformado pero que conserva las llagas de la Pasión. Cada cristiano, por el bautismo, recibe los dones de la inmortalidad y de la divinización, es decir, participa de la condición gloriosa de Cristo, pero a la vez, conserva las marcas de los clavos, los azotes y la lanza. De este modo, a pesar de la nueva condición del cristiano, éste no se ve exento del ataque del pecado, porque los estigmas de Cristo fueron por nuestros pecados, es más, Cristo se ha hecho carne de pecado (cf. Rom 8,3; 2 Cor 5,21). Por tanto, también los cristianos llevamos, no el peso del pecado, que ya fue cancelado, sino las huellas del pecado. Por eso, y con toda razón, en la vida nueva de los regenerados en Cristo el pecado es una realidad presente pero no por ello destructiva, ya que nuestra vida ha sido recreada en Cristo y el pecado podemos evitarlo (cf. Gn 4, 7) y cuando lo hacemos, dice el Concilio de Trento, se convierte en causa de mérito para nosotros (Decreto sobre el pecado original, cap. 5; sesión V).

De este modo vemos como entender la aparente dicotomía entre gracia y pecado en nosotros y de cómo el hombre no es justo y pecador a la vez. Pero hay un aspecto que no podemos soslayar: la necesidad de resistir las embestidas del pecado, o lo que es lo mismo, vivir en gracia de Dios. El cristiano tiene que tener claro este deseo fuerte en su vida siguiendo las inspiraciones del salmo 26 que dice “tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro” o aquel salmo 42 “como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío”. En Dios, y solo en Dios, debe el cristiano poner su pensamiento y su amor. Ciertamente, tendrá que servirse de las cosas de este mundo para poder vivir, pero éstas deben ser valoradas en tanto en cuanto me posibiliten mi camino de santidad y de amor a Dios y al prójimo (cf. Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola, 23).

Vivir en gracia de Dios conlleva detestar el pecado y rechazarlo por completo, para vivir en la verdadera libertad de los hijos de Dios. Otro gran paso como consecuencia del bautismo: la libertad. El pecado es lo único que esclaviza, la santidad es lo que libera. La libertad de un cristiano radica, precisamente, en su relación con Dios. Quien pone a Dios en el centro de su vida, acaba relativizando todo lo que le ata a este mundo. Quien cifra toda su existencia en hacer lo que agrada a Dios, es verdad que se granjeará el desprecio del mundo, pero habrá ganado grandes cotas de libertad y desasimiento de todo lo terrenal. Hemos de despreciar, por tanto, todo lo que suponga una merma en la libertad adquirida tras el bautismo, esto es, el pecado y cualquier posibilidad del mismo.

Ojalá que poco a poco tomemos conciencia de nuestro bautismo y vivamos con fidelidad los dones que Dios nos ha regalado en la vida nueva. El bautismo nos da la capacidad de transparentar a Cristo en el mundo, por tanto, nuestra oración debe dirigirse a pedir la gracia de ser fieles y coherentes con este don tan maravilloso.

Dios te bendiga