sábado, 8 de junio de 2019

ES PENTECOSTÉS


HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS


Queridos hermanos en el Señor:

            Llegamos hoy al final de la cincuentena de Pascua. Han sido unos días preciosos en que el Resucitado nos ha regalado su presencia entre nosotros. Le hemos podido tocar con santo Tomás, caminar hacia Emaús mientras su compañía encendía nuestro corazón, almorzar con Él junto al lago de Tiberiades; hemos escuchado sus últimas enseñanzas y disposiciones, y al recibir su última bendición, nos pidió que aguardásemos la venida del Paráclito. Y así lo hemos hecho. Hemos esperado e invocado pacientemente al Espíritu Santo hasta este gran día en que el cielo vuelve a abrirse para darnos esta bendición increada.

            Como aquellos doce, también nosotros hoy somos privilegiados receptores de la gracia septiforme que nos capacita para confesar que Jesús es el Señor y, de este modo, nos hace ser cristianos convencidos y convincentes. El lenguaje universal que todos entienden es el que da la fe. Se puede ser de una u otra nacionalidad, raza, lengua o país, pero la fe rompe todos los muros y traspasa las fronteras, y, de este modo, nos une a todos en un solo corazón y en una sola alma formando así un único pueblo que tiene una misma fe, un mismo Señor, un mismo bautismo y una misma ley en el amor. 


            Pentecostés es el tiempo de la Iglesia. Pentecostés hace la Iglesia. Pentecostés es todos los días de nuestra vida porque el Espíritu Santo no deja de soplar sobre su Pueblo dándole la paz de Jesucristo y fortaleciendo el testimonio de sus hijos. Pentecostés realiza la verdad de los sacramentos y da eficacia a la liturgia de la Iglesia. Pentecostés es el alma de la caridad y de la misión de la Iglesia. Todo cuanto en la Iglesia vive y late tiene su fondo y su alma en la acción del Espíritu Santo. Por eso, hermanos, es tan importante la solemnidad que celebramos hoy. No es que Pentecostés sea el origen de la Iglesia, pues bien sabemos que ésta responde al deseo original de Dios, truncado por el Pecado Original pero restaurado por el misterio Pascual de Jesucristo. En clara línea de continuidad con la historia de la Salvación, el Espíritu Santo es garantía de presencia perenne y activa de las maravillas de Dios hechas por los hombres, o dicho de otra manera: el Espíritu Santo hace posible que la Iglesia viva en el eterno presente de Dios.

            Así pues, queridos hermanos, celebrar Pentecostés es, por tanto, saborear, de nuevo, las maravillas de Dios. Es saborear la novedad de lo sagrado, la perenne actualidad de la Palabra revelada. Pentecostés, fiesta del Espíritu Santo, fiesta de la cristiandad que, otra vez, se renueva en su fondo y en su forma. Vivamos esta fiesta con el corazón abierto completamente para recibir, de nuevo, la gracia del Paráclito: los siete dones y los doce frutos que el Espíritu Santo siembra en él. Demos gracias, hermanos, por tanto bien y por tanta gracia inmerecida. Así sea.

sábado, 1 de junio de 2019

DICHOSOS Y TRANQUILOS


HOMILÍA EN LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR



Queridos hermanos en el Señor:

Como cada año los solmenes días de la Pascua tocan a su fin. Final que viene precedido por una solemnidad aún mayor, una solemnidad que ilumina al mundo: la solemnidad de la Ascensión del Señor. Si la idea expresada por san Pedro de que no tenemos otro nombre en el cielo en el que podamos ser salvos mas que en el de Jesucristo, la realidad dogmática de contemplarle entrando en el santuario del cielo y tomando posesión del trono a la derecha de la majestad del Padre para reinar sobre el mundo y ejercer su gobierno en la historia y su justicia sobre vivos y muertos, es algo que agita nuestros corazones y hace vibrar nuestras almas en una sonora alabanza que emulando el son de las trompetas angélicas, conmueve a toda la creación.

Es por ello, hermanos, un día grande para nosotros. Un día profético ya que allí donde ha entrado Cristo, cabeza de la Iglesia, habrá de entrar un día el resto de su Cuerpo místico que somos nosotros. Esto supone que el cielo sea nuestra verdadera patria, nuestra meta última y segura. De este modo, el purgatorio se convierte en necesidad de purificación total y el infierno en posibilidad de fracaso en nuestro empeño. Lo único seguro que tenemos los cristianos es el cielo, lo único conquistado por Jesucristo en virtud de su gloriosa Pasión, muerte y resurrección.

Pero esta fiesta puede hacernos caer en la misma tentación en que cayeron aquellos doce santos varones: quedarnos mirando al cielo y olvidarnos de nuestra misión en la tierra. Tanto en relato de los Hechos de los apóstoles, como en el de Lucas, Jesucristo, antes de ascender, les mandó ser testigos “en Jerusalén y en el cofín de la tierra” de todo lo que habían visto y oído, es decir, de todo lo que habían vivido con Él. También en este domingo, a nosotros nos toca ser testigos en medio del mundo, del Señor resucitado y exaltado.

Nos toca, hermanos, ser propagadores de sus palabras y sus milagros. Ser voceros de su misericordia y trato lleno de amor. Ser imitadores de su ternura y delicadezas con los mas pobres, enfermos y marginados sociales. Ese Jesús al que hoy vemos marchar a lo más alto de los cielos, sigue estando, precisamente, ahí, en esas situaciones y personas. Él vive en su Iglesia, en sus pastores, en su pueblo, en sus sacramentos. No ha querido abandonarnos a nuestra suerte. Por eso somos dichosos y estamos tranquilos en medio de los procelosos mares de este mundo. Así sea.