sábado, 10 de noviembre de 2018

LAS MONEDAS DE DIOS


HOMILÍA DEL XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO



Queridos hermanos en el Señor:

            La caridad os generoso y privativa, o se convierte en un opiáceo para la conciencia. Así, sin tapujos, empiezo la homilía de este domingo. La liturgia nos presenta hoy dos textos distantes en el tiempo pero en claro paralelismo: dos viudas que entregan lo que tienen para sobrevivir en el día, sin esperar nada a cambio. Pero en ambos, Dios valora su gesto de desprendimiento y les devuelve aún más de lo que entregaron.

            La viuda de Sarepta solo tenía un poco de agua y harina para comer ese día. Dios había cerrado el cielo y, por tanto, una hambruna y una sequia tremenda azotaba toda aquella región. Para mayor desgracia, aquella mujer era viuda, esto es, una mujer sin marido y, por tanto, sin protección ni ciudadanía; sin derecho a nada. Y, aún para mayor agravante, tenía un hijo al que debía sacar adelante, sin apoyos humanos ninguno.

            Sin embargo, en este contexto, la mujer viuda no duda en entregar lo poco que tiene a aquel huésped repentino y misterioso, que había sido enviado por Dios.

            En el Evangelio encontramos a una insignificante mujer que destaca para Dios en medio de un gentío hipócrita pero cumplidor de los preceptos legislativos. Frente a la falsedad de los que interpretan la ley pero omiten cumplir en verdad, Dios aprecia el esfuerzo de una pobre viuda que entrega para Dios lo que necesita para vivir, se lo quita ella para dárselo a Dios.

            Acaso, queridos hermanos, esto no nos impele a pensar en qué cosas entregamos a Dios. Porque al margen de otras interpretaciones sociológicas o filantrópicas, ambas viudas ejercen su caridad para con Dios. ¿Y hoy? ¿Qué limosna habríamos de echar en el arca de las ofrendas? El gesto de la viuda del Evangelio es una concreción del primer mandamiento: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”. Aquella viuda dio a Dios algo que ella necesitaba y de lo que se privó.


            Hoy nuestras dos monedas podrían ser el tiempo: dar nuestro tiempo a Dios, pasar más, y largos, ratos con Él. Nos afanamos en invertir nuestras horas en cosas mundanas y triviales, no dudo de que necesarias algunas de ellas, pero damos a Dios el tiempo que nos sobra.

            Otras dos monedas podrían ser la entrega de la vida diaria: hacer de nuestra vida una continua presencia de Dios. Buscar en qué cosas puedo implicarme en mi apostolado como laico: catequista, pastoral de la salud, Cáritas, equipos de Nuestra Señora, Adoración Nocturna, etc. Son cauces apostólicos que ofrecen las parroquias y que debemos aprovechar.

            Otras dos monedas podrían ser la formación: dedicar a Dios nuestros estudios y nuestras carreras, ofreciéndoselas y poniéndolas a disposición de los mas necesitados. También, y no menos importante, la formación cristiana, tan esencial hoy.

            Otras dos monedas podrían ser la entrega económica: para cumplir con el mandamiento de la Santa Madre Iglesia de ayudar a la Iglesia en sus necesidades. Ser dadivosos con la Iglesia, para los fines apostólicos, para el culto o sostenimiento de los ministros eclesiásticos. Pero también para con la asistencia social a pobres, enfermos, marginados.

            Podríamos poner más ejemplos, pero serán cada uno de ustedes, queridos hermanos, quienes deben pensar de qué manera pueden arrojar sus monedas al arca de las ofrendas. Dios nos pide hoy una caridad sin límite para con Él para, de este modo, poder Él entregarse desbordadamente hacia sus fieles para que el aceite y la harina no mermen ni se agoten.

            Ánimo, pues, y desbordemos nuestra vida en amor a Dios para que Éste ilumine con su luz y su gracia cada segundo de nuestra existencia.

Dios te bendiga

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