sábado, 5 de enero de 2019

Y AMANECIÓ EN JERUSALÉN


HOMILIA EN LA SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA



Queridos hermanos en el Señor:

Hoy la Iglesia se viste de luz, de alegría desbordante y de felicidad completa, porque lo que aconteció, a penas doce días, en la intimidad y el anonimato de la noche, en la gruta de Belén, hoy se hace público y manifiesto. Hoy, queridos hermanos, celebramos la Epifanía del Señor, y los Magos de Oriente nos sirven de guía y ejemplo para adoptar una apropiada y oportuna actitud espiritual: los Magos salen de su lugar, siguiendo una estrella, para encontrar un niño Dios-Rey, al que adoran cayendo postrados a sus pies.

Los Magos salen de su lugar: es la primera actitud que nos muestran los tres Magos de Oriente. El encuentro con Dios no se produce en la comodidad de la pasividad o la apatía. Para encontrarse con Dios hay que salir de si mismo, ponerse en camino y emprender una peregrinación espiritual que nos lleve hasta Él. El día a día es el itinerario para el lugar de nuestro encuentro con Dios que se halla en las faenas cotidianas. La familia, el trabajo, el estudio, los hermanos, son el puesto teológico donde Dios nos espera cada día y quiere encontrarse con nosotros. Este es el reto, hermanos, salir de nosotros mismos, des-instalarnos, des-centrarnos, para vivir la fe en plenitud y gratuidad.

Siguiendo una estrella: en el camino espiritual, no estamos solos. No debemos emprenderlo solos. Necesitamos una estrella, esto es, alguien que nos conduzca y guíe hasta completar el camino. En este sentido, necesitamos, lo que en terminología clásica se denomina, un director espiritual. Alguien que nos acompañe en nuestro progreso en la fe pero que no quiera imponer ni dominar. La Estrella solo brilla y conduce pero da libertad a los Magos para hacer un alto en el camino. En la peregrinación espiritual no caben agobios ni obligaciones, debe realizarse en libertad, con ganas libres, o dicho vulgarmente "porque nos da la gana" de encontrarnos con Él y para ello necesitamos de una sincera ayuda y un sólido apoyo.

Para encontrar un niño Dios-Rey: meta de nuestro camino. Prueba segura de que Dios no defrauda. Acierto claro de la opción fundamental. Dios no nos priva de su gloria, de su presencia, de su Epifanía. Dios se manifiesta a los de corazón humilde, a los pequeños, a los que lo esperan todo de su amor. Esta es la actual Epifanía, la del encuentro personal con Jesucristo, la del encuentro de cada uno con nuestro Dios y Rey. La Epifanía es cada Eucaristía, cada lectura del Evangelio, cada ejercicio de la caridad. Epifanía es vivir aquello que se dijo en Adviento: "Él mismo viene ahora a nuestro encuentro en cada hombre y en cada acontecimiento"(Prefacio III de Adviento).

Adoraron, cayendo de rodillas ante Él: y este es el gran milagro. Esta es la mayor expresión de libertad humana y espiritual. Adorar a Dios en espíritu y verdad implica despojarse de prejuicios humanos que nos paralizan. Adorar significa reconocer que Dios merece toda nuestra alabanza y toda nuestra sumisión. Pero aún más grande es adorar a Dios, si este se nos presenta hecho niño, tierno e indefenso. Adorar a un Dios jupiteriano no es meritorio sino temible, pero adorar a un Dios débil y enamorado del hombre es redentor y liberador. Adorar se convierte, pues, en fortaleza para el hombre y en liberación de todos los males del mundo que lo afligen.



Hermanos, esta es nuestra Epifanía: la Epifanía de la Iglesia, de la nueva Jerusalén que se deja iluminar por Jesucristo. Es el nuevo amanecer que se vive en una Iglesia que se abre paso, frente a los combates y envites del mundo. Es la Epifanía de una Iglesia llamada a convocar y a acoger en su seno a todos los pueblos de la tierra porque coherederos son, también, los gentiles que vienen a ella. Es la Nueva Jerusalén cuya luz, Cristo, ilumina al mundo entero.

Hoy, queridos hermanos, podemos decirle a nuestra Santa Madre Iglesia: ¡Alégrate, porque la gloria del Señor amanece sobre ti y ante ti se postrarán todos los pueblos de la tierra, porque tu eres la Esposa del Señor, el Cuerpo Místico de Cristo que camina en la historia. Como a los Magos, condúcenos tú, Madre Iglesia, al encuentro de Cristo para que podamos reconocerle y adorarle, y así ser libres en medio de las esclavitudes de este mundo. Así sea.

Dios te bendiga

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