sábado, 26 de agosto de 2017

UNA PREGUNTA, UN NOMBRE, UNA PROMESA...


HOMILIA DEL XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

En el día de hoy las lecturas de la liturgia nos ofrecen tres claves para una serena reflexión acerca de estos textos: una pregunta, un nombre y una promesa.

Una pregunta: “¿Quién soy yo?. Jesús, como hace 2000 años, nos lanza hoy esta misma pregunta. Es importante conocer la identidad de nuestro Dios para poder amarle y seguirle. No basta con las apreciaciones de otros, ni con los discursos ateos que dibujan a Cristo como un revolucionario o un instructor moral de la humanidad. No. La respuesta a esta pregunta solo tiene una respuesta: Tú eres Cristo, el Señor, el Hijo de Dios.


Son muy explícitas estas palabras del beato Pablo VI “Jesucristo es el Mesías, el Hijo de Dios vivo; él es quien nos ha revelado al Dios invisible, él es el primogénito de toda criatura, y todo se mantiene en él. Él es también el maestro y redentor de los hombres; él nació, murió y resucitó por nosotros. Él es el centro de la historia y del universo; él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de nuestra vida, hombre de dolor y de esperanza; él, ciertamente, vendrá de nuevo y será finalmente nuestro juez y también, como esperamos, nuestra plenitud de vida y nuestra felicidad […]Cristo Jesús es el principio y el fin, el alfa y la omega, el rey del nuevo mundo, la arcana y suprema razón de la historia humana y de nuestro destino; él es el mediador, a manera de puente, entre la tierra y el cielo; él es el Hijo del hombre por antonomasia, porque es el Hijo de Dios, eterno, infinito, y el Hijo de María, bendita entre todas las mujeres, su madre según la carne; nuestra madre por la comunión con el Espíritu del cuerpo místico” (Homilía del 29 de noviembre de 1970).

Un nombre: “Tú eres Pedro. Como a Eliaquín, el primero de los apóstoles es revestido de autoridad sobre la casa de Dios. Esta autoridad no le viene por sus cualidades personales, sino por ser el primero quien de manera enérgica confiesa plenamente la fe en el misterio de Cristo. Al reconocer la identidad verdadera de Cristo, Éste le otorga una nueva identidad: ahora Pedro será hasta el final de los tiempos quien guiará a los que nacen no de carne y de la sangre sino de la fe en Cristo por el Bautismo. El ministerio petrino, fundado por voluntad del mismo Jesucristo, se ha ido sucediendo a lo largo de dos milenios hasta el día de hoy dirigiendo la nave de la Iglesia hacia la Patria celestial.


Pero no podemos pensar que este oficio lo realiza el Papa de cualquier manera ni que cualquier cosa que diga se considera magisterio. No. El Papa ejerce su ministerio como cabeza de un cuerpo, de un colegio episcopal. Y siempre en clara sintonía con la Tradición de la Iglesia y el Evangelio de Cristo. El Papado no es un privilegio sino un servicio a la Iglesia, y así hemos de entenderlo. De este modo, nuestra fidelidad y afecto al romano pontífice será acertada y sin radicalismos.

Una promesa: “No la derrotarán. La comunidad de fieles dirigida por Pedro bajo las inspiraciones del Espíritu Santo, y que llamamos Iglesia, es la destinataria de esta promesa. Desde su fundación por Cristo no ha estado exenta de ataques por parte de todos los que han visto en ella un enemigo peligroso para sus intereses. Desde los judíos, los romanos y los árabes hasta el yihadismo actual, pasando por los herejes, nacismo y comunismo, la Iglesia ha sobrevivido a todas las afrentas y embestidas. Pero hoy el ataque del demonio no es externo a ella, sino interno.


Hoy, los peores enemigos de la Iglesia están dentro, como predijo el beato Pablo VI “A través de alguna grieta ha entrado, el humo de Satanás en el templo de Dios” (Homilía del 29 de Junio del 1972). Estos enemigos son la defección de muchos miembros de la Iglesia para vivir coherentemente con la Verdad que han conocido; los nuevos herejes que pretenden presentar como moderno las falsedades que en tiempo pretéritos hicieron daño a la Iglesia; el “carrerismo” de algunos que no tienen miramiento en sus métodos para conseguir puestos en la Iglesia; los grupos de base que fomentan la discordia contra lo que llaman “Iglesia institucional”, etc.

Así pues, Cristo, Pedro e Iglesia son algo más que tres palabras. En realidad, son tres claves para vivir en católico. Tres elementos de un mismo horizonte de salvación fundamentales para la supervivencia de la fe en estos momentos tan complicados en que nos ha tocado vivir. Solo podemos confesar la verdadera fe en Cristo Jesús, Hijo de Dios vivo en el seno de la Santa Iglesia, quien guiada por Pedro y sus sucesores, tiene el grave deber de conducir a todos los pueblos, razas y naciones a un único destino de salvación eterna. Amén.

Dios te bendiga

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