sábado, 8 de abril de 2017

ENTREMOS CON CRISTO EN JERUSALÉN


Querido lector de este blog: en los días grandes de la Semana Santa no ofreceremos homilías y comentarios litúrgicos, sino meditaciones para orar con tranquilidad los misterios que celebraremos cada día.


MEDITACIÓN PARA EL DOMINGO DE RAMOS

1. La realeza mesiánica de Cristo

Con la celebración de la entrada del Señor en Jerusalén a lomos de un pollino damos inicio a la semana más intensa del año litúrgico. Los textos del formulario para la celebración de este día nos ofrecen un itinerario espiritual idóneo para poder contemplar a Cristo ascendiendo solemnemente a la Ciudad Santa a celebrar su Pascua y entrar, así, en la Gloria. El Domingo de Ramos es la fiesta de Cristo Rey tal como las profecías lo habían anunciado. En este sentido, el pasaje de la entrada en Jerusalén en las diferentes versiones sinópticas (cf. Mt 21,1-11; Mc 11,1-11; Lc 19, 28-40) y la joánica (cf. Jn 12,12-15) nos ofrece algunos datos interesantes para la meditación:

1. Jesús pide prestado un borrico sin más explicación que la de “el señor lo necesita”: Jesús reivindica el derecho del rey a requisar medios de transporte. Es un animal sobre el que nadie ha montado todavía, es decir, uso exclusivo de Jesús. J. Ratzinger afirma que tras este dato hay algunos textos de referencia importantes como Gn 49,10-11 en que la bendición de Judá, a quien obedecerán todos los pueblos, indica que atará su borriquillo a la vid. También Zac 9,9, texto que usará Jn 12,15, dice: “Decid a la hija de Sión: mira a tu rey, que viene a ti humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila”. De este modo, Jesús, al entrar de este modo en Jerusalén, reivindica su derecho regio. El Antiguo Testamento hablaba de Él, las profecías se han cumplido en Cristo.

2. Otro dato acerca de su realeza nos lo ofrece el hecho de que a su paso echaran mantos (cf. 2Re 9,13). Siguiendo la tradición israelí, los discípulos pretenden así, entronizar a Jesús. Junto a este rito, las muchedumbres entonan el salmo 117 como bendición por el rey que viene. Con este salmo los israelitas acompañaban su peregrinación hacia el templo. La expresión “os bendecimos desde la casa del Señor” era dirigida, por parte de los sacerdotes, a los peregrinos que iban llegando. En este pasaje todo está referido a Jesucristo como aquel que “viene en nombre del Señor”.

3. Por último, serán los niños los que griten “¡Hosanna en el cielo!” teniendo como referencia lo profetizado por el salmo 8 “de la boca de los niños de pecho ha sacado una alabanza frente a tus enemigos y adversarios”.

Todos estos datos apuntan a la idea del mesianismo regio, es decir, vienen a confirmar que, efectivamente, Jesús es el Mesías y el Rey de Israel, el Rey esperado y prometido. Es el Rey que viene a consumar su gloria como lo ha concentrado, bellamente, el himno a Cristo Rey que la liturgia dispone para este día: “ibas como va el sol a un ocaso de gloria/ cantaban ya tu muerte al cantar tu victoria;/ pero tú eres el Rey, el Señor, el Dios fuerte/ la Vida que renace del fondo de la Muerte”.

2. Salir con palmas y ramos al encuentro del Rey

Ante la inminente llegada del gran rey no podemos hacer otra cosa sino salir a su encuentro levantando las palmas y ramos de la victoria en honor de Cristo vencedor para que seamos “portadores, apoyados en él, del fruto de las buenas obras” (segunda oración de bendición de los ramos). Alzar las palmas no es otra cosa sino un signo de reconocimiento a aquel que viene a consumar su pasión. Las palmas han de ser el vestido con que engalanemos nuestra alma, el traje festivo, en definitiva, de la Jerusalén futura: “como Jerusalén con su traje festivo,/ vestida de palmeras, coronada de olivos,/ viene la cristiandad en son de romería/ a inaugurar tu Pascua con himnos de alegría”. La exaltación jubilosa con las palmas la hallamos, también, en el salmo 45(46): “pueblos todos batid palmas,/ aclamad a Dios con gritos de júbilo”.

3. La espiritualidad del borrico

Pero dirijamos ahora nuestra mirada hacia el pollino, hijo de acémila. El borrico tiene mucho que enseñarnos. Él tuvo el honor de llevar sobre sus lomos al Rey de reyes y Señor de señores. Sin embargo, pensemos por un momento qué hubiera pasado si el borrico hubiera pensado que los aplausos y vítores iban dirigidos a él y no a Jesús. Se hubiera levantado sobre sus dos patas traseras a saludar y agradecer a la multitud, derribando al suelo a Jesús. Pues, queridos hermanos, esa es la gran tentación: en la vida hemos de considerarnos como el borrico que porta a Jesús, que hace entrar a Jesús en los diversos ambientes en que nos movemos, pero si por un momento pensáramos que el protagonismo es nuestro y que todo depende de nosotros acabaríamos llenándonos de orgullo y, por consiguiente, opacando al Señor derribándolo de nosotros. Podríamos llamar a esto “la espiritualidad del borrico”, que no es otra cosa sino la espiritualidad basada en la humildad, en el trabajo callado, en sabernos portadores de Cristo, gente que pretende no solo conocer o vivir el misterio de Dios sino también comunicarlo, llevarlo a los demás. De este modo, podremos hacer entrar a Dios en todos los ambientes, incluso en aquellos en los que hoy es expulsado.

4. Entrar en la Jerusalén del cielo

Así pues, querido lector, entremos con ánimo decidido a la Ciudad Santa de Jerusalén. Hoy esta entrada se celebra místicamente en la liturgia de la Semana Santa pero mañana se hará realidad en el tránsito de este mundo al Padre. Allí tendremos nuestra verdadera, completa y permanente ciudadanía (cf. Flp 3,20). Allí empuñaremos eternamente las palmas y ramos al asociarnos al séquito del Rey eterno junto con sus santos, ángeles y elegidos. Lo que celebramos este domingo, lo viviremos plenamente en la eternidad. Esta idea la ha recogido, bellamente, una de las oraciones para bendecir los ramos: “…y, a cuantos vamos a acompañar a Cristo Rey aclamándolo con cantos, concédenos, por medio de él, entrar en la Jerusalén del cielo”. Amén.

Buena Pascua

No hay comentarios:

Publicar un comentario