sábado, 1 de abril de 2017

LÁZARO, SAL FUERA


HOMILIA DEL V DOMINGO DE CUARESMA



Queridos hermanos en el Señor:

            Entramos en la recta  final de la cuaresma. Tras meditar sobre Jesús como el portador del agua de la vida, sobre Jesús-luz del mundo, llegamos hoy al tercer elemento: Jesús es la vida del mundo. Agua, luz y vida han marcado nuestro itinerario espiritual.

            Las lecturas de este domingo confluyen todas en esta idea: la nueva vida. El profeta Ezequiel, profeta de la época del exilio, habla de la vuelta del pueblo de Israel a Jerusalén y lo hace precisamente en términos de vida y espíritu. Dios será quien muestre su gloria al pueblo haciéndolos salir de las cadenas de la muerte y la opresión (los sepulcros) para llevarlos a la libertad de la verdadera vida que se adquiere con el espíritu de Dios.

            Esta experiencia de cautividad del pueblo judío puede ser experimentada por cada uno de nosotros en diversas ocasiones cuando el pecado, el error, el miedo u otras cosas, nos oprimen y no nos dejan ser libres. En definitiva, la redención operada por Dios respecto de su pueblo no es otra cosa que devolverles a la libertad de los hijos de Dios, esto es, salir del pecado para orientar nuestra vida hacia Él. Este es el secreto de la verdadera libertad: la que está regida por la acción de Dios y no por los caprichos humanos.

            Pues bien, aquella profecía, perdida en la sucesión de los tiempos, es cumplida por Jesús en el pasaje que acabamos de escuchar. Para mejor comprender el relato de la resurrección de Lázaro debemos partir de Jn 5, 24-29 donde Jesús dice que los muertos oirán su voz y unos resucitarán para la vida y otros para la muerte eterna. La intención de estos dos pasajes  es presentar a Jesús como la vida del mundo.

            Jesús siente profundamente la muerte de su amigo (gr. fileis) de su amigo Lázaro. Vemos, hermanos, como el Señor se conmueve y está sujeto a los sentimientos, emociones y pasiones humanas. Dios no es ajeno, por tanto, a nuestra vida y nuestras circunstancias sino que Él ríe con nosotros y llora con nosotros. Pero la muerte de Lázaro, como ocurre con cada suceso de nuestra vida, ha sido permitida para “gloria de Dios”, “para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”. Qué bueno sería si viviéramos con esta certeza: saber que todo lo nuestro puede ser ofrenda que glorifique a Dios y nos santifique a nosotros mismos. De este modo viviríamos el culto en espíritu y verdad de una manera concreta.

            Jesús vuelve a autodenominarse “luz del mundo” cuando para hablar de su pronta muerte usa el símil de las doce horas del día: así como la luz del día dura doce horas y luego viene la noche, el Señor viene al mundo y mientras esta en él es su luz luego cuando parta cesará ésta. Sin embargo, los cristianos estamos en el mundo para prolongar su luz hasta el final. Si somos cuerpo de Cristo y Cristo es la luz con su cuerpo, los cristianos hemos de iluminar por nuestras palabras y nuestras obras.

            Pero entremos en el meollo del relato evangélico. Lázaro lleva ya cuatro días muerto, no tres sino cuatro. ¿Por qué este detalle? Según la tradición rabínica hasta el tercer día no salía el alma del cuerpo totalmente y comenzaba el proceso de putrefacción del cadáver. De ahí que Marta diga que huele mal porque lleva cuatro días muertos. Con este detalle se reafirma el estado mortuorio de Lázaro, no está en coma, para que no haya ninguna confusión, Lázaro esta total y realmente muerto.

Frente a esta dramática y amarga realidad, que a todos acaece, Jesús entabla un dialogo de fe con Marta. Jesús afirma, con palabras bien medidas, que Él es la resurrección (gr. anastasis) y la vida (gr. zoé). Y aquí pivota todo el pasaje: “quien haya muerto vivirá; y el que está vivo y creen en mí, no morirá para siempre”, y la gran pregunta que Jesús dirige a Marta y hoy nos dirige a nosotros: “¿Crees es esto?

Hoy Marta quiere hacer de portavoz de todos nosotros cuando afirma que cree (gr. pisteika) que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios y el que tenía que venir al mundo (gr. erjómenos). Sin embargo, el evangelista pone en boca de Marta el verbo griego “erjómenos” que es simplemente desplazarse de un lugar a otro. Marta aún no tiene una fe completa e intensa. Pero esta intervención de Marta dará pie al gran milagro que está por venir: que Lázaro vuelva a la vida.

Jesús pronuncia una oración al Padre para hacer el milagro. Esta oración es eminentemente eucarística: una acción de gracias por la comunión divina de las tres personas. La misma oración señala el motivo del milagro: ser acicate para mover la fe y la adhesión de los espectadores “para que crean que tu me has enviado (gr. apesteilas)”. A diferencia de Marta, el evangelista usa, en boca de Jesús, el verbo “apostello” en imperfecto. Jesús ha venido al mundo porque ha sido enviado para algo ¿para qué? Para darnos vida. Para ser la vida del mundo; para ser portador de vida para ti y para mí. Hoy como un día a Lázaro vuelve a decirnos “sal fuera” sal de tus miedos, sal de esos sepulcros en que tienes enterrada tu vida: tus dolencias, la mentira, la timidez, la desafección, la frustración, las decepciones de la vida… Recobra hoy las ganas de seguir viviendo, de ser libre, de proyectarte a la eternidad.

Hoy Cristo quiere ser tu agua, tu luz, tu camino, tu verdad y tu vida. Aprovecha el momento. Agárrate fuerte a Cristo y desátate de las vendas y sudarios con que has envuelto tu alma.

Dios te bendiga


No hay comentarios:

Publicar un comentario