miércoles, 31 de mayo de 2017

LA ORDENACIÓN EPISCOPAL (III)


2. Ritos propios de la ordenación episcopal.


Prólogo: Canto del himno “Veni Creator”.

Hemos optado por denominarlo como prólogo a los ritos ya que se hace justamente después de haberse leído el Evangelio. De tal modo que la Palabra de Cristo que ha resonado en el templo sigue presente por la acción del Espíritu tanto en los oídos de los fieles como del candidato. No podemos perder de vista que la presencia del Espíritu se simbolizará de varias formas.

El primer dato de este himno introducido en el rito de ordenación episcopal lo hallamos en el Pontifical del s. XII pero adquiere carta de ciudadanía en la liturgia romana en el s. XIII con el Pontifical de Durando. Durante la reforma litúrgica quiso suprimirse ya que en la liturgia anterior tenía una función meramente de relleno mientras el obispo realizaba otros ritos. Pero esta idea no gustó a Pablo VI quien se empeñó en mantenerlo buscándolo acomodo en el ritual que saliera de la reforma.

A) Presentación del candidato

«Reverendísimo Padre, la Iglesia de Plasencia pide que ordenes Obispo al presbítero José Luis» se ha mantenido la fórmula del Pontificale Romanum de 1962, salvo que en la edición de 1989 se especifica que la Iglesia que lo pide es la del lugar (en este caso Plasencia) y el nombre del candidato al sagrado orden (en este caso, José Luis). Desde el s. VIII sabemos que comenzó a pedirse el sufragio del pueblo para la elección de un obispo. Esta consulta se ha hecho de diversos modos a lo largo de la historia bien por aclamación popular como el caso de san Ambrosio de Milán, bien consultando al clero de la ciudad, hasta la forma actual de la terna. Sea como fuere, el Pontifical romano ha querido reflejar este consenso con la fórmula que venimos comentando; acuñada por Durando en su pontifical en el s. XIII, y que se usaba en alguna Iglesia metropolitana de Francia.

Como particularidad de esta fórmula, señalamos la expresión latina con la que se define el episcopado “ad onus episcopatus ordines” (=ordenes a la carga del episcopado). La palabra latina “onus, oneris” significa “una carga pesada”, “algo que se lleva a las espaldas”. Con estos datos, vemos el craso realismo con que la liturgia expone el verdadero sentido del episcopado: no es un honor, ni un premio ni un privilegio, sino una dura carga que Dios confía a un hombre al cual, con su gracia, va a capacitar y fortalecer en esta celebración y con este sacramento.
             «¿Tenéis el mandato apostólico? Lo tenemos. Léase» Tomado de la tradición precedente. A pesar del modo de elección, que puede variar en las diversas áreas geográficas y a lo largo de los siglos, lo que siempre es necesario es que el candidato sea ratificado por el Papa, emitiendo este una carta de nombramiento o elección.

B) Escrutinio
«La antigua regla de los santos Padres establece que quien ha sido elegido para el Orden episcopal sea, ante el pueblo, previamente examinado sobre su fe y sobre su futuro ministerio». En esencia se mantiene el tenor de la monición que propone el Pontificale Romanum de 1962. Con toda probabilidad la antigua regla se remonta a los llamados “Statuta ecclesiae antiquae” (= normas de la Iglesia antigua), un documento del s. V compilado en las Galias y recogido por la “colectio hispana”. En este documento se lee: “Qui episcopus ordinandus est, ante examinetur si…” (= quien es ordenado obispo, antes sea examinado si…) y se enumera las cuestiones acerca de su vida, sus virtudes, su fe, sus costumbres, etc. En el Pontificale Romanum de 1962 todavía se conservaban estas preguntas.
Las del actual Pontifical son de nueva creación tal como afirma uno de los miembros del Coetus encargado de la reforma del Pontifical: “…Compusimos, pues, una serie de preguntas casi nuevas del todo (sólo la que concierne al acogimiento de los pobres y de los inmigrantes está sacada del Pontifical Romano), para poner de manifiesto el ministerio pastoral del obispo”. Veamos las preguntas que se le formularán en la celebración para atisbar cuán alta gravedad tiene el ministerio de un obispo:
«¿Quieres consagrarte, hasta la muerte (= usque ad mortem explere), al ministerio episcopal que hemos heredado de los Apóstoles, y que por la imposición de nuestras manos (= per impositionem manuum nostrarum) te va a ser confiado (= tradendum) con la gracia del Espíritu Santo?». Hemos indicado la expresión original latina de tres ideas importantes y que nos dan la clave para entender el sacramento del orden episcopal: en primer lugar, el orden episcopal es definitivo, esto es, algo que no es temporal ni puede dejar de serse. Ser obispo es algo estable y no sujeto a emociones, ni ideas, ni gustos. En segundo lugar, la fórmula recoge el gesto sacramental: la imposición de manos, acompañada de un tercer elemento que la el sentido concreto: la palabra “tradendum viene del verbo “trado, tradere” que significa “entregar a alguien”, “confiar algo a alguien”. Por tanto, por la imposición de las manos, el orden episcopal es algo que se entrega, que se confía a un sujeto introduciéndolo en la cadena ininterrumpida de la sucesión apostólica.
«¿Quieres anunciar con fidelidad y constancia el Evangelio de Jesucristo?». Para el cual el obispo será constituido primer responsable del mismo. Esta pregunta se hará explícita más adelante con la entrega de los Evangelios. En esta fórmula se concentran las antiguas preguntas sobre el credo y los dogmas de fe.
«¿Quieres conservar íntegro y puro el depósito de la fe, tal como fue recibido de los Apóstoles y conservado en la Iglesia y en todo lugar?». El obispo, tanto individualmente como en el conjunto del colegio episcopal, tiene el sagrado deber de exponer fielmente y custodiar celosamente el depósito de la fe. En el Pontifical anterior se especificaban las cuestiones más agudas que debían ser mantenidas: las verdades de fe, la ortodoxia católica y el combate contra las herejías.
«¿Quieres edificar la Iglesia, Cuerpo de Cristo, y permanecer en su unidad con el Orden de los Obispos, bajo la autoridad del sucesor de Pedro?». Esta fórmula fue compuesta, según indica el autor de la misma, con la intención de señalar el papel del obispo en la Iglesia en relación al resto de obispos y bajo la autoridad del Papa. Pretende situar la obediencia al Papa en una perspectiva teológica.
«¿Quieres obedecer fielmente al sucesor de Pedro?». Esta pregunta es una duplicación de la anterior con el fin de concretar y especificar la necesaria obediencia al Papa, recogiendo la idea del Concilio Vaticano II “cum Petro et sub Petro” (cf. LG 22-23, ChD 4). La repetición de la expresión “sucesor de Pedro” responde a la idea de continuidad con la pregunta precedente. El sucesor de Pedro no es distinto al Sumo pontífice, ni un señor feudal al que hubiera que hacer vasallaje.
«Con amor de Padre, ayudado de tus presbíteros y diáconos (= comministris tuis), ¿quieres cuidar del pueblo santo de Dios y dirigirlo por el camino de la salvación?». Esta cuestión debe hacer caer en la cuenta al obispo de que su labor no debe desarrollarse individualmente sino en perfecta y sincera colaboración con sus presbíteros y diáconos, a los que la fórmula en latín llama “conministros”. Pero la pregunta está enfocada, más que en un tono legislativo, en un tono paternal: “con amor de Padre” es la clave para ejercer el gobierno en la diócesis. El obispo ha de ser el padre de sus presbíteros y de sus diáconos, así como de todo el pueblo de Dios al que debe cuidar y dirigir hacia los pastos eternos.
«Con los pobres, con los inmigrantes, con todos los necesitados ¿quieres ser siempre bondadoso y comprensivo?». Esta pregunta está tomada del Pontificale Romanum anterior. Son la clase social más vulnerable y marginal y, por tanto, la que goza de mayor predilección por parte de Dios mismo. La actitud bondadosa y comprensiva del obispo quiere transparentar esa cercanía y misericordia que Dios tiene respecto de ellos.
«Como buen pastor, ¿quieres buscar las ovejas dispersas y conducirlas al aprisco del Señor?». Esta pregunta está fundamentada en la parábola de la oveja perdida (cf. Lc 15, 4-7; Mt 18, 12-14) y en la apropiación que Jesús hace para sí de la imagen del Buen Pastor esperado por Israel (cf. Jn 10, 11-16). Como primer heraldo del Evangelio, el obispo será el primer comprometido en ir a los más alejados. Las periferias humanas, sean geográficas sean existenciales, no pueden ver aplazadas sus demandas por parte de los pastores de la Iglesia. Esto nos impele a todos a tomar partido de este mandato divino al frente del cual estará el obispo y el resto del pueblo secundando su acción.
«¿Quieres rogar continuamente a Dios todopoderoso por el pueblo santo y cumplir de manera irreprochable las funciones del sumo sacerdocio?». La Sagrada Escritura nos dice: “este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo y la ciudad santa” (2Mac 15,14). Este es el oficio del bueno obispo, y que la liturgia le recuerda con esta fórmula y en el responsorio breve de las vísperas del común de pastores: orar continuamente a Dios por todos y cada uno de los fieles que se le ha encomendado. El sumo sacerdote era el que cada año se ponía al frente del pueblo para implorar a Dios; el que vivía en el templo para que cada día se ofreciera el sacrificio agradable a Dios. Como sumo sacerdote, el obispo debe vivir su vida en correspondencia con aquello que celebra. El obispo debe ser un hombre de intenso y cotidiano diálogo con Dios.
La Iglesia confirma el propósito con la siguiente expresión: «Dios, que comenzó en ti la obra buena, Él mismo la lleve a término». Porque es Él quien está al comienzo y al final de la Historia de salvación personal de cada hombre y mujer que viene a este mundo.
C) Súplica litánica
«Oremos, hermanos, para que, en bien de la santa Iglesia, el Dios de todo poder y bondad, derrame sobre este elegido la abundancia de su gracia» tomado del Pontificale Romanum de 1962. La monición a las letanías señala claramente que el don que Dios otorga al candidato no es para provecho propio sino para la edificación de la Iglesia, en este caso de la Iglesia que peregrina en Plasencia.
Las letanía son un antiguo elemento romano que respondería a la oración que hace la comunidad en la ordenación de Bernabé y Saulo (cf. Hch 13, 1-3). En las letanías actuales se ha conservado la petición “para que bendigas, santifiques y consagres a este elegido” que fue introducida por Durando (1296) en el pontifical tomándolo del rito de consagración del Papa.
            «Escucha, Señor, nuestra oración, para que al derramar sobre este siervo tuyo la plenitud de la gracia sacerdotal, descienda sobre él la fuerza de tu bendición». Tomado del Pontificale Romanum de 1962. Se trata de la tradicional oración “propitiare” que ya se contiene en el Sacramentario Veronense y siempre ha estado en la Iglesia, excepto en el sacramentario gelasiano. Esta oración tiene la función de ser una introducción a la plegaria consecratoria que viene a continuación. Expresa la asistencia de Dios sobre el acto que se va a realizar.

                                                                    Dios te bendiga


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