sábado, 27 de mayo de 2017

SERÉIS MIS TESTIGOS HASTA LOS CONFINES DEL MUNDO


HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Queridos hermanos en el Señor:

            Llegamos al final de los cuarenta días de la Pascua. Cuarenta días en que hemos podido disfrutar de la presencia del Resucitado entre nosotros; Cristo ha comido con nosotros, nos ha hablado al corazón…pero hoy toca la despedida. La Ascensión es una fiesta que tiene un sabor agridulce, porque Cristo se va ya de nuestro lado haciéndose invisible, pero con su entrada en el santuario del cielo, inaugura un tiempo nuevo en la historia donde todo estará imbuido de su presencia. Por eso a la vez que sube al cielo, dice que estará con nosotros hasta el fin del mundo.

            Así, la Iglesia nos invita hoy a contemplar una estampa que bien podría definirse como parusía anticipada, en cuanto que se nos permite ver al Cristo glorioso, exaltado a la derecha del Padre, Aquel que, como cantaba el salmo, asciende entre aclamaciones y al son de trompetas. Si, aquellas trompetas que resonaban la noche de la vigilia pascual tocadas por los ángeles del cielo para anunciar al mundo la resurrección de Cristo. Pero antes de acometerse tal prodigio de gloria, Cristo dejó un testamento perenne a sus once apóstoles, pues Judas se había suicidado, tejido por cuatro verbos: “id”, “haced discípulos”, “bautizándolos” y “enseñándoles”.

            En primer lugar, el Señor nos manda “id”. Somos enviados a una tarea, a una misión. La palabra “apóstol” significa “enviado”. Podemos decir que los discípulos son investidos hoy como apóstoles, es decir, como aquellos que han sido elegidos para ser enviados al mundo entero. También, para nosotros, cristianos del s. XXI, es válido este mandato del Resucitado. “Id cada uno de vosotros – es como si dijera – a vuestras casas, barrios, calles para encontraros conmigo en medio de los hermanos de este mundo”.

            El segundo verbo es “haced discípulos”. La misión de los discípulos no es otra sino la de agrandar el número de seguidores de Jesús. No es esta poca tarea para los cristianos de hoy día: somos enviados a evangelizar a contagiar a otros de la alegría de ser discípulos de Cristo, muerto y resucitado. Somos enviados a transformar la realidad según los designios que Dios tiene para ella. La gran tarea de hoy es la de hablarles de Cristo, decirles que les ama, que les busca, que quiere ser su Salvador.

            El tercer verbo es “bautizar”. Es el fin último que tiene la predicación apostólica, el anuncia se muestra eficaz en cuanto el oyente solicita el santo bautismo. Los cristianos del s. XXI nos enfrentamos a una sociedad cada vez más secularizada, más descristianizada, y ese aire viciado con harta frecuencia nos contamina, hasta tal punto que nos hace confundir el bien con el mal y lo malo con lo bueno. Por eso, hoy, con más insistencia, debemos volver a las raíces de nuestro bautismo y nuestra confirmación, sacramentos con los que nos configuramos con Cristo. Difícil misión de las cristianos hoy, pero no por ello imposible, la de vivir el bautismo en medio de nuestro mundo, de bautizar nuestra realidad y de proponer el bautismo a los que aún no han sido bautizados; porque bien expresa la Iglesia en su doctrina, que ésta no conoce otra puerta para la salvación que no sea la del bautismo (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1257).

            El cuarto verbo es “enseñándoles”. No basta con bautizarse, como si fuera un hechizo mágico, sino aprender a guardar las enseñanzas recibidas por la tradición de la Iglesia. Hoy nos golpea el drama de ver que hay cristianos (pastores y fieles) que tras el bautismo han perdido el amor primero, no aceptan los dogmas de la fe porque se hacen la falsa creencia de que saben más que la Iglesia, a la que dicen pertenecer pero solo nominalmente, pues en la práctica de su vida muestran lo contrario. Católicos que no aceptan la revelación, que cuestionan permanentemente las verdades de la fe y que rinden su juicio más a los criterios del mundo que a los que dimanan del evangelio. Ante este fracaso estrepitoso, hoy como ayer, el Señor quiere que aprendamos a guardar sus palabras, la tradición de la Iglesia que es su Cuerpo.

            Para que la misión sea verdadera, leal y eficaz hemos de ser fieles a las enseñanzas de Cristo y de su Iglesia. Y esto solo es posible por la acción del Espíritu Santo que ilumina los corazones de sus fieles y los abrasa en el fuego del amor divino. Quien se ve asistido por la fuerza del Espíritu puede ponerse en pie, en cada momento y en cada circunstancia, para algo más que, simplemente mantener la fe, sino para ser testigo de Él hasta los confines del mundo.

Y esta, queridos hermanos míos, es la consecuencia principal de la Ascensión: ser testigo de Cristo en el mundo. El testigo es el que narra lo que ve, lo que ha presenciado, lo que ha experimentado. Para ser testigo, por tanto, no basta con saber que Dios existe o saber la doctrina de la fe, sino que necesitamos tener experiencia de Dios, experiencia de oración, experiencia de intimidad con Dios. Los apóstoles fueron enviados a predicar no por que supieran las verdades, sino porque habían estado con Él, habían comido y bebido con Él, le habían escuchado, le habían visto hacer milagros, conocieron su muerte y experimentaron su resurrección. Del mismo modo a nosotros, que no hemos tenido la gracia de verlo físicamente, el Espíritu es quien nos proporciona el conocimiento y la experiencia tal como pudieron tenerla aquellos doce. Por eso, es necesario pedir la asistencia del Espíritu en cada momento y lugar.

Por último, la Ascensión inaugura un tiempo nuevo en la historia de la humanidad: el tiempo de la Iglesia. Un tiempo en que la presencia de Cristo se hace visible y real en las acciones litúrgicas de la misma. Es el tiempo de la gracia y de la perenne efusión del Espíritu. La promesa del Señor de estar con nosotros todos los días y esto se cumple de manera eminente, en cada celebración de la Eucaristía, en los sacramentos y sacramentales y en el rezo de la Liturgia de las Horas. También lo encontraremos presente, de otra manera, en los pobres, enfermos y marginados.

En definitiva, queridos hermanos, la Ascensión es el pistoletazo de salida para nosotros. Este es nuestro tiempo, nuestra hora; la hora de ir al mundo a hacer discípulos de Cristo a todos cuanto nos encontremos y nos necesiten; la hora de vivir el bautismo con radicalidad y conducir a todos hacia el santo bautismo; la hora del testimonio fiel y solícito de Jesucristo. Es el tiempo de la Iglesia, pero no de una Iglesia cualquiera, sino de la una Iglesia viva, renovada, alegre, esperanzada, activa, servicial, orante, suplicante, caritativa,… en definitiva, la Iglesia que fundó Jesús y que ha sabido renovarse a través de los siglos.

Queridos hermanos, vivamos la Ascensión con la cabeza hacia el cielo pero con los pies bien puestos en la tierra. Aunque desde el cielo, Dios sigue habitando en el mundo, en su Iglesia, en nuestros corazones. Ojalá que el Espíritu Santo, su don perenne, nos haga tener una constante experiencia de gracia, una fuerte experiencia de Jesús en nuestras vidas.

Dios te bendiga

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