sábado, 4 de febrero de 2017

EL JUSTO BRILLA EN LAS TINIEBLAS COMO UNA LUZ


HOMILIA DEL V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Queridos hermanos en el Señor:

            No es poco a lo que el Señor nos está invitando a ser en este quinto domingo del tempus per annum. Hoy se nos presenta un reto importante para nuestra vida cristiana: ser sal de la tierra y luz del mundo. El oráculo del profeta Isaías enumera una serie de obras de misericordia que vienen a especificar cuál debería ser el verdadero programa de vida de un piadoso israelita: asistir al hambriento, al desnudo, al indigente,… en este se concentra la verdadera y pura religión que Yahvé quiere. El sacrificio ofrecido a Yahvé solo es grato y acepto por éste si va acompañado de las buenas obras.

            De alguna manera, Dios hace depender su presencia en medio del pueblo al ejercicio constante de la caridad humilde. Cuando la humildad una a todos los hombres y mujeres entonces la presencia gloriosa del Señor descansará sobre ellos. Dios se dejará encontrar en tanto en cuanto lo busquemos por medio de un corazón puro y limpio. Y esta limpieza solo se obtiene practicando la misericordia. Ciertamente, el cambio hacia un nuevo día comienza en el interior de los pecadores cuando iluminados por la luz de la gracia se vuelven a Dios y dan frutos de amor al prójimo.

            No se trata, pues, de contraponer culto y misericordia, sino de unirlos para alcanzar la pureza del primero y la verdad de la segunda. Así es como actúan los justos. ¿Qué es ser “justo” en el lenguaje bíblico? Ante todo, es un hombre amigo de Dios, un celoso judío cumplidor de la ley que destaca por un gran amor a Dios y al prójimo. Ejemplos de justos en la Escritura es Abraham, Moisés, Job, san José. Ser justo es ser piadoso. En el lenguaje actual, ser justo es ser santo. Porque los santos son los que han brillado como luz en medio de las tinieblas de cada época histórica.

            Siguiendo, de este modo, la línea teológica del profeta Isaías, Jesús nos llama a no pasar desapercibidos por este mundo. En el mundo antiguo, la sal y la luz eran elementos muy valorados en la sociedad hasta el punto de que en su obra Historia natural, Plinio dice que “nada es tan necesario como la sal y el brillo del sol”. Jesús usa de estas imágenes para describir cómo ha de ser la existencia de un cristiano en la medida en que vive las bienaventuranzas.

La sal es un condimento que aviva el sabor de las comidas; sirve para conservar los alimentos y, además, cuando es puesta sobre una herida hace que ésta cicatrice. Del mismo modo los cristianos hemos de ser sal de la tierra: que de sabor a esta sociedad marchita y decadente harta de inmoralidades; hemos de ser sal que conserve el depósito de la fe verdadera y que haga denuncia profética sobre las heridas que afligen a este mundo sean estas cuales sean. De lo contrario, esta sal no será otra cosa sino un elemento inútil e impuro que solo valga para que la pisoteen las gentes. Y, a veces, como Iglesia corremos el riesgo de ser una sal impura cuando corrompemos el evangelio de Cristo y la tradición de los apóstoles; cuando nos dejamos arrastrar por las corrientes de este mundo esperando el aplauso fácil y olvidamos la eterna ley de Dios.

La luz del mundo. El mismo Jesucristo dijo de sí mismo que era la luz del mundo (cf. Jn 8, 12) que ha venido como luz para todo hombre (cf. Jn 1, 9). Por tanto, nosotros no somos, en este sentido, sino un reflejo de su luz en medio del mundo. El cristiano está llamado a iluminar el mundo por el cumplimiento íntegro de la nueva ley del evangelio. Solo seremos luz en la medida en que irradiemos la misericordia y la caridad que vienen de Jesucristo. Seremos luz por el testimonio de amor que demos con nuestras obras y palabras a Dios y al prójimo. Solo así seremos luz, como luz fueron la insigne pléyade de mártires de todas las épocas, los confesores, las vírgenes consagradas, los matrimonios santos, los laicos apóstoles, y un largo etcétera de cristianos anónimos que están en el cielo.

Los cristianos en medio del mundo somos como aquella ciudad puesta en lo alto de un monte para ser guía y referencia a los errantes y perdidos de la vida. No podemos acobardarnos de la misión que Cristo nos ha confiado, porque el discípulo de Cristo no vive para sí mismo sino para los demás. Pero del mismo modo que la sal, la luz puede apagarse en nosotros si no somos fieles al aceite que hemos recibido de la tradición de la Iglesia. Hoy en día, ser luz radiante es muy difíciles porque las tinieblas del pecado cada vez son más espesas, pero aun así no podemos olvidar que nuestra luz viene de Cristo y que en su luz vemos nuestra luz (cf. Sal 36,9).

Concluye, el Señor, diciendo que las buenas obras moverán a los otros a la glorificación de Dios. Y esto, hermanos, hemos de tenerlo muy presente para obtener un sano equilibrio entre la realización de las buenas obras y nuestro orgullo personal, es decir, para evitar el atribuirnos a nosotros el mérito de las obras buenas. La ejercitación del bien no es un fin en sí mismo sino un medio para la evangelización. El cristiano no realiza obras buenas por una razón altruista o filantrópica sino para que Dios sea glorificado en todo. Del mismo modo que Cristo no realizó milagros para su beneficio si no para despertar la fe de aquellos de entonces.

El cristianismo tiene, como vemos, un reto importante en el mundo de hoy: despertar las conciencias, transmitir la fe, no pasar desapercibido, mostrarse como actual. Solo así, brillaremos como luz en medio de las tinieblas y se dirá de nosotros, parafraseando al salmo: el cristiano brilla en las tinieblas como una luz.

Dios te bendiga

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